sábado, 19 de septiembre de 2020

EL ARTE DE HACER

Cada acto de nuestras vidas requiere de arte, de conjugar sentimientos, pasiones, de equilibrar nuestra balanza, de saber elegir los ingredientes precisos, de poner el trabajo y esfuerzo necesarios, de no bajar los brazos, de levantarnos si nos caemos y continuar entusiasmados, porque creemos que lo que hacemos vale la pena y corremos tras una causa.

Deshilachada por el desencanto  la ilusión no encontraba esperanza que lo zurciera. Con artesanal paciencia comenzó a tejer, tomó los hilos uno por uno, buscó despacio los diferentes y posibles candidatos para que la labor comenzara a dar sus frutos.

El primer hilo que apareció enredado entre aquella maraña confusa fue el de la esperanza, un poco descolorido lo puso en remojo hasta que tomó su color característico.

El tesón no tardo en aparecer, sabía que sin constancia aquel trabajo sería imposible.

Con la algarabía del amanecer apareció la alegría dispuesta a iluminar con una sonrisa radiante a todos sus compañeros.

La creatividad surgió como guía, con su contagioso ánimo llenó el recinto de buenas ideas, se dejó guiar por la imaginación y la inteligencia.

La humildad pretendió pasar desapercibida, en silencio hizo sentir a cada hilo importante y necesario, el trabajo mancomunado fue parte de su aporte desinteresado y sincero.

El esfuerzo llegó con las ganas de dar ese empujoncito necesario y cariñoso para que las fuerzas no flaquearan.

La fe por fin apareció para alumbrar el tejido, sin ella los hilos se hallarían poco incentivados, debían creer en si mismos para que la labor se transformara en una obra de arte.

La templanza un hilo esencial a la hora de que la labor se desarrollara con armonía y justo propósito.

El artesano ya con todos sus hilos prontos para hilar se preguntó dónde se hallaba el arte de su labor. Recordó entonces unas palabras de su padre: “El arte se expresa a través de tus manos, pero habita en tu corazón, déjate guiar por él y llegarás tan lejos como te lo propongas, cree en ti y nada te detendrá”

El tejido se encausó armonioso, la música de la naturaleza fue la melodía perfecta para que todos danzaran a su ritmo, cada color se fue mezclando lentamente con el otro, y las sedas se anudaron con la magia de aquellas manos que con amor y ahínco tejieron su obra.

Cada acto de nuestras vidas requiere de arte, de conjugar sentimientos, pasiones, de equilibrar nuestra balanza, de saber elegir los ingredientes precisos, de poner el trabajo y esfuerzo necesarios, de no bajar los brazos, de levantarnos si nos caemos y continuar entusiasmados porque creemos que lo que hacemos vale la pena y corremos tras una causa.

Andrea Calvete

domingo, 13 de septiembre de 2020

MANDALA SÍMBOLO PUENTE

El mandala es una estructura de diseños concéntricos que representan la composición del universo y de la naturaleza. Es una palabra de origen sánscrito y significa círculo; representa la unidad, la armonía y la infinitud del universo mediante el equilibrio de los elementos visuales. En Oriente, mandala y vacío son conceptos relacionados con la meditación.

El círculo es perfección y equilibrio y se relaciona con la esencia de lo sagrado. Mientras el cuadrado el símbolo de la materia, del cuerpo y la realidad terrena. Es así que cada símbolo geométrico que aparece en el mandala tiene un significado y una interpretación.

Como símbolo de totalidad, el mandala es una herramienta para el bienestar humano, constituye diagramas simbólicos que permiten dejar fluir y a armonizar los estados psíquicos propios con el mundo exterior.

Fue el psicólogo Carl Jung uno de los primeros en investigar al mandala y su potencial en la Psicología y en el Arte. A través de los aportes de Jung se pudo apreciar el potencial del mandala que emerge del inconsciente universal, relacionados con nuestras percepciones y nuestro ser interno. Según Jung detrás de un símbolo confluyen dos realidades, una conocida y otra desconocida. Es así como el mandala es símbolo espiritual que trasciende el entendimiento lógico y racional para tomar contacto como lo más profundo del ser.

Durante la guerra Jung comenzó a dibujar mandalas en sus ratos libres, los dibujaba en la tierra, en el papel, en lo que tuviera a mano. En un determinado momento sufrió un infarto, y tuvo una experiencia próxima a la muerte, todo esto quedó plasmado en un diario personal que luego de su muerte fue publicado como el Libro Rojo. Además, fue un hombre interesado por la metafísica, el hermetismo y ocultismo, espiritualidad y alquimia,  pero dado su época fue algo que llevó a cabo en forma reservada.

El mandala es un símbolo, tanto figurativo como abstracto, logra aludir realidades no visibles y explicar conceptos más allá del lenguaje verbal, para tomar contacto con representaciones sensibles, creativas que tienen que ver con las ideas, pensamientos y emociones. Detrás de cada mandala se crea un mensaje. El símbolo se puede considerar como la piedra angular para aproximarnos a la verdadera naturaleza de las cosas, la totalidad del universo, en la que la relación sujeto-objeto se desvanece para fundirnos en un todo.

A través de la creación artística y del símbolo el hombre traspasa los límites de la lógica y se conecta con su parte intuitiva, más profunda, y deja por unos instantes el razonamiento que lo presiona en forma permanente dado el ritmo de vida actual, que a su vez lo condiciona y por momentos esclaviza. De este modo, el arte tiene la capacidad de reintroducir significados, cualidades, y nos permite trascender el tiempo y el espacio.

En su libro “Psicología y alquimia”, Carl Jung nos explica que en un momento de su vida tuvo la posibilidad de conocer a Lingdam Gomchen un lama tibetano. Este Lama le explicó que los mandalas tibetanos sólo podían ser obtenidos mediante la imaginación de un Lama instruido. Por lo tanto, ningún mandala es como los demás y todos son individualmente ricos y diferentes.

De esta forma Jung comprendió que una imagen interior es única e irrepetible y tiene que ver con el equilibrio anímico, cuando se pueden encontrar los pensamientos y las ideas. A su vez apreció que estas imágenes que provienen de visiones interiores forman parte de los símbolos más antiguos de la humanidad. Luego de años de estudios con distintos pacientes, pudo ver que el proceso de la producción de los símbolos del mandala se convirtió en un símbolo de equilibrio, entre la contrariedad y conflictividad de la situación consciente. Según su experiencia personal, gracias al dibujo de los mandalas, pudo observar su transformación psíquica día a día.

Jung considera que los mandalas son una expresión del inconsciente colectivo, son fenómenos ancestrales que están relacionados con las culturas y las sociedades. Para Jung el mandala forma parte de los arquetipos humanos. Según su interpretación, el centro del mandala representa el individuo, que busca perfeccionar su individualidad. La función básica que tienen entonces los mandalas es central las energías positivas - del cosmos o de las personas - y trabajar su ego, logrando dar así un sentido fluido, armonioso y evolutivo ante las situaciones de confusión y caos, o de excesiva racionalidad y rigidez. De esta forma el individuo se autoconoce, se acerca a su ser más profundo.

Los estudios realizados por Jung han permitido descubrir al mandala como herramienta terapéutica, un símbolo de totalidad, abarcada por el hecho de que existe un centro y una periferia que lo engloban. Por este motivo, en momentos de desorden o estados de caos mental, puede aparecernos este símbolo, ya sea en forma de mandala dentro de un sueño, o como dibujos fantásticos imaginados. Jung observó que sus pacientes espontáneamente dibujaban mandalas e interpretó que estos dibujos reflejan una tendencia natural de auto-regulación del psiquismo. Definió a los mandalas no solamente como manifestaciones simbólicas ancestrales, sino que yendo más lejos, las consideró una necesidad de la psique humana para organizarse.

Por todo lo compartido, los mandalas se los considera criptogramas que se relacionan con el estado interno y con el proceso de autoconocimiento. Símbolos puentes que nos permite trasladarnos hacia universos desconocidos, trascender planos y fronteras, volar, crear y transitar tiempos y espacios, más allá de lo imaginado, en una trasmutación constante.

Andrea Calvete

sábado, 12 de septiembre de 2020

SE NOS ADELANTAN EN EL TIEMPO


En una suerte de carrera, en la que quedamos atrás sin poder hacer nada más que aceptar su partida, se nos adelantan en el tiempo. Un mutismo sin palabras, sonidos confusos, aromas incomprensibles se mezclan en ese poco sentido con el que se colorea todo. El adelantarse en el tiempo no es cuestión de cronómetro, no tiene relación directa con los años vividos, es una carta de la vida que llega cuando es el momento justo de la partida.

Cuando pasan los días, las estaciones, volvemos a sentir el sol en el rostro y comprendemos que más allá de las explicaciones que no llegan, todo pasa, lo bueno y lo malo, lo que queda es el sentimiento genuino que ha alimentado ese ser que ha partido y que continúa en nosotros.

El adelantarse en el tiempo no es cuestión de cronómetro, no tiene relación directa con los años vividos, es una carta de la vida que llega cuando es el momento justo de la partida. Y no estamos preparados para la muerte de un ser querido, nuestra cultura así nos ha formado, y cuando alguien fallece se lo vela, se lo entierra, se lo llora, como parte de un ritual que está ya instaurado. Esto no quiere decir que en lo más profundo no sea sincera y honesta esa sensación que nos desgarra el alma. Pero a que voy, todo lo que hacemos se conjuga para que aún nos sintamos peor.

Después de muchas lunas, vemos que las noches dejan de ser ese rincón oscuro en el que las lágrimas flotan por las esquinas, ese lecho lleno de añoranza y recuerdos que se escapan. Y entonces la luz de cada día vuelve a brillar, los aromas empiezan a perfumar, y el corazón late diferente, vibra en otra sintonía, en el que se ha adelantado nos acompaña de otra manera distinta, ya no desde el dolor sino desde la alegría de estar en nosotros desde un sitio nunca percibido, pero tan importante y necesario para dar continuidad a nuestros días.

Andrea Calvete

lunes, 7 de septiembre de 2020

LO QUE SE HACE, DICE Y PIENSA


No siempre está alineado el pensamiento, palabra y acción. Algunas veces se piensa lo que no se dice, se dice lo que no se piensa, y se siente lo que no se dice. Y entonces a mal puerto vamos por agua. La brújula parece no marcarnos el camino, y nos hallamos perdidos. 

Se pueden decir tantas cosas y al mismo tiempo pensar, pero a la hora de llevarlas a cabo se suceden un sinfín de acontecimientos que frenan la puesta en acción. El poner en práctica se convierte en una tarea lejana y utópica, nuestro ánimo parece desvanecerse tras aquellos proyectos producto de nuestras palabras y pensamientos. Entonces, nos resignamos y decimos más vale malo conocido que bueno por conocer. Pero en el fondo, hemos traicionado a nuestras emociones, a nuestro ser más profundo que se había propuesto ser fiel a esta tríada de pensamiento, palabra y acción.

Día a día intentamos vivir tal como somos, sin embargo, nos vemos condicionados por nuestros juicios, y ese constante enfrentarnos al pasado y al futuro. Así cuestionamos a quienes nos rodean, etiquetamos, enjuiciamos, sin ser capaces de ponernos un minuto en el lugar del otro. Cuando juzgamos o suponemos lo hacemos desde nuestro lugar, desde nuestra subjetividad, sin llegar a aproximarnos al lugar del otro. También el hecho de prejuzgar, juzgar, o suponer, tiene que ver con no aprender a valorar lo que estamos haciendo. Cuando uno está ocupado en sus que haceres poco lugar nos queda para las conjeturas y especulaciones. Tantas veces, dejamos de valorar lo que estamos haciendo, por cuestionarnos lo que hicimos en el pasado y lo que haremos en el futuro, y así nunca estamos en el presente en este aquí y ahora. Vivimos entonces desacompasados con el tiempo real, y preocupados y ocupados por lo que han dicho y dirán…

Algunas personas creen que el talento tiene que ver con las grandes ideas, aunque para poder sostenerlo es necesario creer en uno mismo, y para ello también es importante sentirnos entendidos, queridos y respetados. Goethe señala que “el talento se educa en la calma y el carácter en la tempestad”, y como la vida es un continuo cúmulo de movimientos, que pasan de la pasividad a los movimientos más intensos, el hombre permanece vivo, vibrando y latiendo en su lucha diaria por lograr sus metas y anhelos más allá de todos los posibles impedimentos que día a día se le presentan, dejando que su talento y carácter moldeen su propia historia de vida. Estas dos características hacen que florezca en cada ser humano un ser diferente, único y especial. Algunas veces, nos sorprendemos frente a una persona que dado su carácter y talento nos cautiva en forma inmediata, como si tuviera un inmenso imán. El tener carácter firme implica saber decir sí y no cuando es necesario, admitiendo el desenlace de nuestra decisión. Generalmente, la persona de carácter fuerte tiene muy seguro lo quiere, pero a su vez suele por el mismo motivo caer en momentos de intransigencia, dada su absoluta seguridad. Entonces, si logra incorporar el pensamiento crítico, más bien autocrítico, posiblemente será capaz de modificar sus errores con humildad y grandeza. Por otra parte, si este carácter se acompaña de talento, entonces es posible recorrer muchos caminos, lograr tantas metas. Sólo es cuestión de saber cultivarlos, de apreciarlos, porque algunas veces insertos en nuestras tareas cotidianas, vemos sólo aflorar nuestro carácter, pero parece que el talento quedara adormecido a la espera de ser despertado. De esta forma, al alinear nuestro carácter y temperamento, nos embarcamos también a querer a los demás, a fortalecer nuestros nexos afectivos, porque al intentar equilibrarlos comenzamos a ver en los seres que nos rodea su humanidad, más allá de que piensen, actúen o sean diferentes a nosotros.

Cuando logramos alinear nuestros pensamientos, palabras y acciones, reina en nosotros una placentera armonía, que se transforma y libera a través de un accionar ecuánime hacia nuestros semejantes más allá de las diferencias que nos separan, porque entendemos que ellos al igual que nosotros son seres que tienen problemas, desvelos y angustias, alegrías y tristezas como nosotros.

No siempre está alineado el pensamiento, palabra y acción. Algunas veces se piensa lo que no se dice, se dice lo que no se piensa, y se siente lo que no se dice. Vale la pena entonces, antes de hablar escuchemos, antes de criticar examinémonos , antes de escribir pensemos, antes de herir sintamos, antes de rendirnos intentémoslo, y antes de morir vivamos.

Andrea Calvete

LAS PUERTAS ABIERTAS A LA VIDA


Rosas tenues se pierden en el horizonte yodado en un mar turquesa y apacible. Las olas perfumadas rompen blancas mientras las gaviotas vuelan distendidas. La arena húmeda intensifica los aromas, los pies disfrutan de su textura fresca mientras el día los recibe con los brazos abiertos.

Sentados descalzos frente al mar, el maestro pregunta a su discípulo ¿qué ve? El silencio entre ambos se extiende un minuto, el discípulo cargado de emoción por la maravilla que tiene ante sus ojos se atreve a hablar

-Maestro, veo un mar azul quieto bajo un cielo que amanece.

El maestro vuelve a preguntar - ¿Qué ves?

El discípulo algo nervioso, y titubea -Un mar azul, gaviotas que vuelan pacíficas, y un cielo con distintos matices de colores.

El maestro vuelve a preguntar - ¿Qué ves?

El discípulo sin entender responde- Maestro, veo lo mismo que ves tú, un mar, un cielo y una playa inmensa-

El maestro vuelve a preguntar- ¿Qué ves?

-No sé qué quieres que vea, te repito, veo lo que vemos ambos- dice asombrado

El maestro permanece unos minutos en silencio mirando hacia el horizonte y vuelve a preguntar- ¿Qué ves?

- Veo un mar lleno de vida, de corrientes, de olas, de peces, bajo un cielo magnífico, y un aire fresco que abre nuestros pulmones. También puedo percibir que muchas veces he entrado al agua sin miedo, que otras he tenido temor y me he quedado afuera, otras tantas el baño me ha purificado… ¿sigo?

El maestro satisfecho responde- No, es suficiente, has visto que ante el mismo lugar has experimentado muchísimos sentimientos, sensaciones, vivencias, tan sólo recuerda que día a día irás descubriendo nuevas cosas, sólo depende de ti la apertura que tengan todos tus sentidos ante lo que ocurre, no te cierres. Abre todos los días las puertas a la vida.

Andrea Calvete

jueves, 27 de agosto de 2020

EL BIZCOCHUELO DE MAMÁ

"Como el bizcochuelo de mamá no hay otro", una frase que seguirá de generación en generación, en la que se compartirán los secretos de la cocina y el amor de una familia tras largas horas de preparación y charlas llenas de amor y alegría. 

¡Qué rico el bizcochuelo de mamá!Vale la pena remontarse a la infancia donde fueron infaltables. La antesala a su preparación era un universo de aromas cítricos, colores acaramelados, se desgranaban con suavidad, mientras los sonidos de la cocina se incorporaban a la escena hogareña donde el amor era el principal ingrediente. Una mezcla de entusiasmo y algarabía se colaba por el aire, era la víspera del cumpleaños de alguien en la familia. 

Su preparación toda una ceremonia: los huevos relucientes, azúcar refinada, harina blanca, dos recipientes para separar las claras de las yemas, un tamizador, la batidora, vainilla y todo listo para comenzar. El batido era aquel ritual en que cada elemento tenía su punto y su mezcla, nada era al azar, a cada uno le llegaba su turno y con la parsimonia de quien ama la cocina todos eran unidos en forma mágica. Una vez prontos al horno con la asadera enmantecada y enharinada, luego de unos minutos la casa se invadía de un espectacular aroma, cada rincón se perfumaba con notas de vainilla y limón.

Ya cocido, mamá lo dejaba enfriar para desmoldar. De allí en más era una celebración de ingredientes, lo primero bañarlo con vino garnacha y almíbar para que quedara bien húmedo y con un sabor inconfundible. A gusto del cumpleañero el relleno se hacía desear: dulce de leche, chocolate, nueces, café, almendras, frutillas con crema o duraznos en almíbar. Los merengues con crema doble sellaban aquel manjar pronto para deleitar. Eran tortas enormes, en las que comían todos los invitados, alguien siempre se llevaba un trocito para su casa, y además nos quedaba torta para seguir festejando unos cuantos días.

Tardes con sabor a bizcochuelo, meriendas avainilladas junto a un café con leche calentito. Se respiraba alegría, espolvoreada con azúcar impalpable aquella torta simple y recién horneada era una gloria para los niños que llegábamos con un apetito voraz luego de la jornada escolar.

Se desmigaba por ser tan tierno y fresco, al desgranarse en nuestra boca una sensación de saciedad nos invadía luego de varios trozos compartidos. Porque de eso también se trataban las tardes de bizcochuelos de compartir ese rato alrededor de la mesa del comedor diario.

Como el bizcochuelo de mamá no hay otro, una frase que seguirá de generación en generación, en la que se compartirán los secretos de la cocina y el amor de una familia tras largas horas de preparación y charlas llenas de amor y alegría. ¡Qué rico el bizcochuelo de mamá!

Andrea Calvete

 

martes, 25 de agosto de 2020

DEJAR HABLAR AL CORAZÓN


Un tero alborotado grita mientras el transcurrir gris y húmedo de la mañana lo apacigua. El techo llora sobre sus tejas con moho, sin embargo, intenta disimular que no ha pasado nada, se para erguido y seca su rostro mojado. El tiempo los mira y les guiña un ojo, sabe que la nostalgia habita en ellos, pero como anda con prisa no se detiene ni siquiera a intercambiar unas palabras. Un viejo proverbio vuela tranquilo en el aire y regala su sabiduría: “hay que escuchar a la cabeza y dejar hablar al corazón”

Un enorme álamo plateado los arrulla con el sonido de sus hojas que parecen una caricia para los sentidos. Los pájaros que sobrevuelan el lugar hacen un descanso en sus ramas armoniosas. El tero reposa entre sus raíces, y el tejado respira más calmado el perfume de una insipiente primavera.

El tiempo quiere llevarse un suceso que los ha marcado a todos, con esmero ha borrado muchas huellas, sin embargo, algunas cicatrices han quedado como testigo imborrable de lo ocurrido. Un viejo búho que habita en la rama más alta del álamo entrecierra los ojos. El techo ya algo vencido le habla. No alcanzo a escuchar la conversación, dialogan largo y tendido. Luego de varias horas de diálogo el búho se despide con el viejo proverbio que desde temprano transita en aire como un regalo en el día: “Hay que escuchar a la cabeza, pero dejar hablar al corazón”

El corazón ha hablado, se siente más tranquilo, ha puesto en palabras lo que estaba guardado en lo más profundo, mientras la inteligencia y la razón lo han acompañado en busca de ese equilibrio tan difícil de conquistar.

La vida en su palpitar constante se ha manifestado a través del viento, de la lluvia, del sol, del crecimiento de una planta, del vuelo de un pájaro o el perfume de una flor. Todos los corazones han palpitado fortalecidos con el nacimiento de la esperanza a través de la libre expresión. 

Andrea Calvete

 

sábado, 22 de agosto de 2020

CORRER TRAS EL VIENTO

Correr tras el viento es rozar los días de la niñez, de la juventud… o esos instantes más cercanos en los que la felicidad o el goce nos perfumaban. Sin embargo, quizás podamos llegar a alcanzarlo, si nos disponemos a recordar con alegría.

¿Quién en estos días no ha añorado el pasado, quién no ha vuelto a su niñez, juventud, o a esos días lejanos en los que la dicha nos acompañaba? Añorar significa recordar con pena una pérdida o ausencia, pero ¿no es posible sobreponerse a ese sentimiento y recordar con alegría?

Evidentemente el estado anímico de estos recuerdos dependerá de lo que recordemos y también de nuestro estado de vulnerabilidad. En tal sentido, la añoranza es interpretada como un sentimiento poco benéfico, por lo cual es importante eludirla.

Según un proverbio ruso “añorar el pasado es correr tras el viento”, cierto, aunque los recuerdos se presentan por sorpresa y nos mantienen atrapados en ellos, sin miramientos o contemplaciones. Es algo que practicamos sin ser conscientes, en un afán porque lo recordado no desaparezca o se desdibuje.

Pero ¿es tan mala la nostalgia? Depende del cristal con que se mire. Si echamos de menos instantes de nuestra vida en los que pasamos bien, o a la gente con quienes compartimos determinados momentos, quizás irrepetibles, que ya nunca volverán, posiblemente la congoja nos sorprenda, la nostalgia nos visite, pero cabe cuestionarnos si no es maravilloso que permanezcan en nuestros recuerdos como parte de nuestras vidas.

Lo importante es alegrarnos por lo bueno que nos ha sucedido, sonreír aunque sepamos que ya ese acontecimiento terminó. Porque a pesar de ello, esas añoranzas son testigos de lo que hemos vivido, aprendido, crecido, de lo que somos.

Y Quino, con su increíble sentido del humor, nos explica que “no es cierto que todo tiempo pasado fue mejor. Lo que pasaba era que los que estaban peor todavía no se habían dado cuenta”. Posiblemente, estas palabras de humor no dejen de acercarse a la realidad, la que no vemos tal cual es, sino como queremos verla, y más aún cuando pasa el tiempo, los recuerdos suelen alterarse en una suerte de mezclas que sólo la mente es capaz de descifrar.

Pero volviendo a estos días en los que las añoranzas se han puesto al alcance de todos, seguramente ellas nos sirvan para valorar lo que somos, nuestros afectos, y lo que realmente es importante en nuestras vidas.

Ojalá cuando todo esto pase la añoranza que hoy se ha despertado en nosotros nos iluminé y haga obrar de la mejor manera, nos permita ser mejores personas.

En este proceso de añorar el pasado, la memoria juega un rol preponderante, donde nuestras emociones y sentimientos se van plasmando, conjugándose la mente el cuerpo y el espíritu en una unión permanente.

Al poner a funcionar nuestra memoria, realizamos tres procesos: primero recibimos, luego retenemos, para después recordar y reconocer. Y cada persona va acumulando vivencias, que de acuerdo con su estado anímico irá asimilando, recordando y atesorando.

Actualmente los psicólogos han comenzado a concentrarse en los aspectos positivos y potencialmente terapéuticos de la nostalgia, de esos recuerdos felices que forman parte de nuestras vivencias. Por tal motivo, deberíamos convertir el pasado como un nexo con el presente, pero sin estancarnos en él.

La capacidad de vivir el presente con intensidad está en cada uno de nosotros, ubicando al pasado en su lugar estableciendo nexos con él y con el futuro, pero sin olvidar que el tiempo más importante y trascendente es aquí y ahora, en que tenemos tanto pero tanto por hacer.

Correr tras el viento es rozar los días de la niñez, de la juventud… o esos instantes más cercanos en los que la felicidad o el goce nos perfumaban. Sin embargo, quizás podamos llegar a alcanzarlo, si nos disponemos a recordar con alegría.

Andrea Calvete

miércoles, 19 de agosto de 2020

RECINTO MÁGICO

A vos 2020 que nos pusiste un montón de piedras en el camino, que no nos has dado tregua, te quisiera pregunta tantas cosas…Pero comienzo con el pedido de una habitación en la que podamos descargar toda nuestra frustración y enojo, donde por arte de magia los gritos de preocupación y las lágrimas derramadas se conviertan en materia prima de lo que vendrá.

Ya estamos en ella parados, gracias por permitirnos pasar. Hemos juntado nuestros pedacitos y los comenzamos a pegar con paciencia y esmero, con delicadeza y laboriosidad. Cada vez llegan más personas que han decidido unirse en esta tarea. Cada uno de nosotros está pagando las consecuencias de esta pandemia que no sólo ha cobrado vidas, también ha robado ilusiones, esperanza y ha sembrado miedo y desconfianza. Sin embargo, hay algo que aún permanece en cada uno de nosotros, y es el amor a la vida, es lo que nos une en este recinto. Más allá de los obstáculos hay en cada uno de nosotros un ser único e irrepetible capaz de aportar una solución, una idea, un poco de luz y esperanza. Es por esto que la habitación brilla luminosa, sonríe radiante y nos recibe agradecida.

Esta habitación a la que nos has permitido pasar, la llamaremos el recinto mágico, porque no nos vamos a dar por vencidos, mancomunaremos esfuerzos, nos solarizaremos, nos uniremos más nunca en pro de salir adelante, con el otro, con esa persona que está al lado nuestro y nos necesita, a su vez nosotros necesitamos de ella. Me retrotrajiste a aquella película “Cadena de favores”, muy triste, por cierto, pero de una gran enseñanza, será cuestión de “hoy por ti, mañana por mí” como dice un antiguo dicho. En este recinto mágico quedan muchos ingredientes por incorporar y trabajar, pero seguro saldremos todos fortalecidos y unidos.

Andrea Calvete

sábado, 15 de agosto de 2020

EL DECIR DE LA ARAUCARIA

Esbelta, con su imponente altura se balancea, mientras el murmullo de sus ramas y hojas son un bello sonido en el transitar de esta tarde tranquila y soleada, en el que la parsimonia del tiempo reposa mientras escucha atento el decir de la araucaria.

Sopla fuerte el viento, las hojas de la añeja araucaria se mueven y crujen en un decir certero y decido. Con sus treinta metros de altura se para erguida y mira a lo lejos. Cierro los ojos, me dejo llevar por el sonido enigmático del movimiento de sus hojas. En el vértice ronda un águila en busca de alguna presa. El sol brilla por entre las ramas, se cuela entretenido por el espectáculo. El cielo diáfano y celeste es el marco ideal para que el majestuoso árbol se mueva libre y oxigene el espacio.

Me pregunto: ¿Cuántos años tendrá la araucaria? Por su altura rondará entre cincuenta años o quizás más. Por lo menos ha sido testigo de más de medio siglo de historias, de familias, de encuentros, ¿habrá visto cómo el barrio se construía y avanzaba? En tantos años, han cambiado el estilo de edificación, los apartamentos se han elevado, el barrio se ha poblado, y la vieja costumbre de jugar los niños en las calles se ha hecho lejana, ni el tránsito, ni el ritmo de vida permiten ese lujo. Del mismo modo, el hábito tan sano de confraternizar en la acera, o jugar a la paleta en la calle, o saltar a la cuerda o un picadito de fútbol casi no se ve. Sin embargo, la araucaria los recuerda, su antiguo tronco ha sido testigo de aquellas horas felices.

Esbelta, con su imponente altura se balancea, mientras el murmullo de sus ramas y hojas son un bello sonido en el transitar de esta tarde tranquila y soleada, en el que la parsimonia del tiempo reposa mientras escucha atento el decir de la araucaria.

Andrea Calvete

domingo, 9 de agosto de 2020

EL DRAMA DEL PRÓXIMO MES

Las promesas suelen ser grandes alicientes, despiertan ilusiones, palpitares nuevos, brillo de pupilas, y sobre todo esperanza. Pero ¿qué pasa cuando lo prometido, se posterga día tras día, corre para más adelante, hasta dilatarse en un enorme vacío que comienza a doler y asfixiar? Allí es cuando se presenta el drama del próximo mes.

Un nuevo día a la espera de esa respuesta que se aleja, que se evade complaciente y se adorna con excusas que pronto pierden credibilidad. Una sonrisa por cortesía nos recibe y un “vuelve el próximo mes” se instala con inquietud y molestia como un nido que está a punto de caerse del árbol.

Nos aferramos a esas palabras que ya no tienen demasiada confiabilidad, con la ilusión de que algo cambie, que se produzca un milagro… Aunque con el correr de los días sentimos la necesidad de que se nos diga la verdad, y pensamos que sería más honesto que se nos cerrara la puerta en la cara.

Este drama muchas personas lo han vivido en algún momento en su vida, y se han sentido atrapados a una situación que se alarga casi indefinidamente, sin poder salir y liberarse, en busca de otra posibilidad. Y uno se pregunta: “¿Para qué alargar algo tanto, con qué motivo, con qué razón, conveniencia económica, falta de honestidad, miedo, o simplemente cobardía… y los motivos podrían ser tantos, pero uno no alcanza a comprenderlos, no le entran en la cabeza?

El drama del próximo mes tiene que ver con poder asimilar ¿cómo siguen nuestros días, de saber cuál será nuestro sustento?, ¿cuál será la posibilidad de desempeñarnos en una tarea?, de sentirnos útiles y capaces de dignificarnos con nuestro trabajo.

Hoy el drama del próximo mes se ha terminado, porque finalmente nos han cerrado la puerta en la cara, han tenido las agallas de decir hasta aquí llegamos, no va más. Si bien aún nuestro problema no se ha solucionado, al menos ahora nos sentimos libres de buscar y optar por una mejor opción, y nuevamente con la esperanza y la ilusión encendidas. 

Andrea Calvete

 

 

sábado, 8 de agosto de 2020

LO QUE NO TIENE NOMBRE

A esta altura todo tiene un nombre, un vocablo que lo describe, una sensación que lo habita, un aroma que lo define, un gusto que lo posibilita, un sonido que lo distingue, un color que lo anuncia o una mirada que lo perfila. Pero hoy, la propuesta es ver si todo tiene un nombre, si no queda algo por nombrar o por descubrir más allá de lo descripto.

Nacemos y nos ponen un nombre, nos determinan una crianza, una educación, y se nos inculcan conceptos y valores que lentamente nos acompañan y forman parte de lo que somos. En la medida que avanzamos incorporamos lo que realmente ansiamos, deseamos y queremos. Y para eso nos valemos de ciertas herramientas claves en nuestro andar.

Las herramientas de las que nos valemos para caminar mejor en la vida son de elección personal, tienen que ver con nuestros gustos, con nuestra forma de ser, con las expectativas que tenemos, con el valor que le damos a lo que nos rodea, y con el sentido que tiene para nosotros nuestra existencia. Así todo suena redondito y fácil, sin embargo, nos lleva una vida entera saber dónde estamos parados y hacia donde vamos. Algunos logran las respuestas a mediano plazo, y otros más enredados en el diario vivir no logramos ni acercarnos a contestar las preguntas más simples que nos propone el día.

Y con el correr de lo aprendido vemos que cada vocablo sirve para describir y acercarnos a lo que nos rodea. Cuando nos miramos al espejo se refleja esa imagen que para algunos coincide con lo que anhela, para otros dista de lo que quisiera, y no falta quien queda perplejo porque ese ser es tan distante que resulta un auténtico desconocido.

Dice José Saramago: “Dentro de nosotros existe algo que no tiene nombre y eso es lo que realmente somos”. Lo que realmente somos no tiene nombre, es ese ser que vamos construyendo día a día, con esfuerzo, sacrificio, en el que vamos limando asperezas, en el que se depositan las dudas, los miedos, las expectativas, las ilusiones y los sueños, en donde el amor ilumina ese espacio intangible en el que transcurre lo que somos y en lo que nos transformaremos hasta el último de nuestros días.

A esta altura todo tiene un nombre, un vocablo que lo describe, una sensación que lo habita, un aroma que lo define, un gusto que lo posibilita, un sonido que lo distingue, un color que lo anuncia o una mirada que lo perfila. Pero hoy, la propuesta es ver ese ser que nos habita que se verá reflejado por lo que realmente somos, sin palabras, sin etiquetas, simplemente con lo que somos que se refleja en lo que pensamos, hacemos y decimos.

Andrea Calvete

UN VERDADERO DESASTRE

¿Quién ha decidido generar tanto mal estar?, ¿Quién ha osado interferir en la dulce armonía?, ¿Qué busca, qué pretende?... preguntas que no llegamos a contestar con seguridad, sin embargo, nos paramos frente a un caos en el que la cabeza parece estallar, y no sabemos bien para dónde agarrar.

Estábamos tranquilos en nuestra rutina, pero de pronto ha llegado esa noticia que nos ha amargado el día, que nos para en la vereda de la tristeza y la desazón, del frío de la deshumanización, de la falta de sinceridad y empatía.

Algunas veces quisiéramos dar marcha atrás las agujas de reloj, fingir que nada ha ocurrido. Y uno se pone a pensar por qué ocurren los hechos, y evidentemente son obra de un gran engranaje en el que hay una persona que es el primer desencadenante, ese propulsor que pone en funcionamiento en gran desastre, que como una bola de nieve comienza siendo algo pequeñito para luego convertirse en un gran problema.

Generalmente cuando hablamos de desastres nos referimos a los naturales, que ocasionan pérdidas de vidas, materiales, y sobre todo emocionales. Sin embargo, los desastres de todo tipo son parte de la dinámica de vida, y los más dolorosos son los creados por el propio hombre en el afán de ambición, ignorancia y fanatismo.

Pero no es oro todo lo que brilla, algunas personas enceguecidas por los brillos banales pretenden alcanzar ciertas metas y para ello se valen de la mentira, de la falta de ética, de la calumnia, y tantos artificios malévolos para lograr sus fines. Sin embargo, la vida nos muestra que a la larga la mentira tiene patas cortas, y todo lo que va vuelve, y de lo malo el producto no puede ser algo bueno, porque los cimientos son tan endebles que con el primer viento fuerte terminan por desmoronarse.

Algunas veces quisiéramos dar marcha atrás las agujas de reloj, fingir que nada ha ocurrido. Entonces respiramos hondo, y nos cargamos de la mejor energía, nos perfumamos con el amor sincero de las personamos queridas, y continuamos esperanzados con perseverancia y esfuerzo, porque sabemos que el tiempo no se detiene y que las injusticias continuarán sucediendo, pero cada día nos hacemos más fuertes porque tenemos la convicción de que si nos alineamos entre lo que hacemos pensamos y decimos, la armonía será el escudo protector más potente ante cualquier desastre que nos salpique de cerca.

Andrea Calvete

 

domingo, 2 de agosto de 2020

ACARAMELADO EL POP

Como la magdalena de Proust ciertos alimentos suelen ser esos disparadores en nuestro cerebro de emociones, recuerdos y sentimientos. Hoy me referiré a las palomitas de maíz dulce o más conocido como el pop acaramelado, testigo de la infancia y del camino de la vida

Mi primer recuerdo me sitúa en el Parque Rodó, en las tardes de invierno de vacaciones de julio junto a mis padres y mi hermano y algún amigo de turno que siempre ampliaba la familia. El olor a pop recién hecho y el de garrapiñada eran infaltables en esa tarde llena de emoción y alegría. La voz del vendedor de pop surgía entre el murmullo de la gente como un encantador de serpientes que llegaba acompañada de un exquisito aroma : “Pop acaramelado el pop”

Se formaban largas colas, hasta que lográbamos subir dos o tres minutos a cada juego. Para un niño una cola normal puede parecer eterna, no sé dimensionar hasta altura si era tan larga o era la ansiedad por subir a los juegos. Era un día de fiesta, nos aprontábamos con nuestras mejores ropas y el día antes comenzábamos a diagramar cómo sería la tarde, evidentemente la antesala venía aderezada con alegría y fantasía propias de la niñez.

Otra salida que desde la niñez a estos días que está vinculad al pop es el cine, la sala a oscuras y el sonido del crujir del pop es algo que uno a esta altura uno lo tiene asociado con la alegría del cine. Si me refiero a la niñez no puedo olvidar las tardes de matinés tres películas continuadas, una fiesta en momentos en que la televisión no brindaba las oportunidades de hoy. Aunque de mayor si bien me entusiasma mucho la ida al cine, sólo lo hago cuando una película promete gustarme, ya sea por los actores, argumento, director… pero no es ir por ir, apuesto a pasar un momento que pueda disfrutar y llevarme algo en compañía de un pop acaramelado de buen tamaño.

Las palomitas de maíz me traen tantos recuerdos, además de que su sabor es muy agradable, me lleva a viajar por la infancia, la juventud hasta llegar a la actualidad. Indudablemente un viaje relacionado con el disfrute de la buena compañía, de la diversión y el entretenimiento, y en el cultivo del conocimiento y aprendizaje.

Me encanta el pop acaramelado, más allá de estos gratos recuerdos, que evidentemente son indisociables a esta altura del camino.

Tibio recién hecho el pop está pronto para ser consumido, el caramelo entre los granos se desliza le da color y un aroma avainillado irresistible, pronto para que mi mano llena de emoción lo lleve a la boca para deleitarse de su sabor y textura inconfundibles. Ya empieza la película así que los dejo y me dispongo a disfrutar.

Andrea Calvete

sábado, 1 de agosto de 2020

AL ENCUENTRO DE LA PACHAMAMA

La naturaleza nunca se apresura, con esmerado trabajo día a día nace, crece y se desarrolla, y muere. Así se cumple el ciclo de la vida. La tierra tiene música para quienes escuchan, perfumes para los que sueñan, dimensiones para los que vuelan, sabores para los que catan sus bondades, texturas para quien palpan cada rincón, y paisajes sorprendentes y a su vez tan simple como la gota de agua.

Todo está en ella. Los antiguos alquimistas consideraban la existencia de cuatro elementos básicos en el universo: agua, fuego, aire y tierra; y utilizaban este término para referirse a lo que venía después de estos, es decir, un quinto elemento al que también se le denominaba éter o alma.

Hoy se celebra el día de la Pachamama, de la madre tierra, de esa naturaleza en la que todo habita, desde lo más simple a lo más complejo, un universo de posibilidades de colores, formas, sonidos, aromas y gustos que nos llevan a disfrutarla, pero también a cuidarla para que continúe siendo un bello legado para generaciones venideras.

Si miramos con profundidad a la naturaleza podremos comprender todo mucho mejor, alcanza tan solo con detenernos unos instantes, inspirar profundo para poder disfrutar y comenzar ese viaje magistral que nos propone la Pachamama y que se llama vida.

Andrea Calvete 

ODA A LA ALEGRÍA

Dícese de una emoción intermitente, que se enciende cuando la sonrisa aparece, el buen humor se dibuja, y la ilusión anida en los pensamientos, o algo parece impregnarse de lo mejor que lo habita. El grado de durabilidad depende mucho de nuestra personalidad y de la forma que tengamos de ver la vida.

Las posesiones materiales si bien pueden ser las que le llenan el ojo, no son las que la sostienen, en realidad hay una esencia mágica que es la que logra que ella habite en cada uno de nosotros. Benjamín Franklin decía “la alegría es la piedra filosofal que todo lo convierte en oro”

La alegría es un bien sumamente importante en nuestro diario vivir, sin embargo, el viejo proverbio que dice: “la alegría va por barrios”, es parte de lo que la vida misma nos muestra. Los avatares que nos sorprenden en forma continua intentan apagarla hasta que prácticamente se desvanece.

Es patrimonio de todos y cada uno de nosotros, aunque permitimos que al menor contratiempo desaparezca y se instalen sentimientos que distan de nuestro bienestar de esa energía vital imprescindible para sentirnos vivos y útiles.

Quizás en este mismo momento alguien esté riendo feliz porque algo maravilloso le sucedió, y otra persona esté llorando o lamentándose por algo que realmente le desgarra el alma.

Existen momentos en que todo parece dicha al mirar al cielo sus colores nos maravillan, los olores del aire penetran en forma profunda, y los sonidos de la naturaleza apaciguan nuestros oídos, es como si la vida nos sonriera, aunque en el fondo se trata de nuestra actitud hacia lo que nos rodea.

Esa actitud con la que enfrentamos cada día es la que nos posibilita que el día se haga maravilloso o quizás interminable. Evidentemente, aún cuando estamos viviendo un problema serio si nuestra actitud es positiva e intentamos ver soluciones, caminos, entonces nuestro rostro posiblemente se ilumine y denote que no nos hemos dado por vencidos.

Y en ese día a día nos tropezaremos con situaciones y personas que definitivamente influirán en nosotros, pero dependerá exclusivamente de cada uno la forma que permitamos en que nos acompañen. Quizás si nos rodeamos de personas positivas, que nos carguen de energía nos armonizaremos, al mismo tiempo que dejaremos pasar lo que nos opaca el día.

El hecho de brillar, es una tarea exclusivamente individual en la que tenemos el libre albedrío. Y está en cada uno permitir que una sonrisa se esboce a diario, acompañada de una mirada cálida, simpática y amable.

Y les pregunto, ¿de qué nos sirve andar peleados con la vida, con las situaciones, con la gente? Ya sé, me dirán que existen días en que todo parece conspirar en nuestra contra, pero todo pasa: lo bueno y lo malo. Por lo tanto, es importante no dejar escapar los buenos momentos, debemos atesorarlos en nuestro corazón para que nos llenen de energía día a día.

Sinceramente, creo que todos tenemos en nuestro haber excelentes momentos, sólo que nos agarramos de ellos con añoranza, congoja, y eso es lo malo. Permitamos que esos instantes de felicidad nos iluminen y nos carguen de energía vital.

Los motivos para estar alegres: innumerables. Es que el hecho de tan sólo contar con nuestros sentidos, percibir lo que nos rodea y estar vivos, son argumentos de peso que sin embargo parecen no contar a la hora de abrir las puertas de la alegría.

Posiblemente, estemos ciegos, sordos, distraídos, sumergidos en nuestro pequeño mundo que se reduce a tan poco que perdemos la real dimensión de las cosas, el verdadero valor de la alegría.

En la medida que pasan los años dimensionamos las cosas de diferente manera, y lo que antes era un verdadero problema ahora resulta ser algo casi intrascendente, porque el tiempo es un aliado para dar valor a lo que realmente lo tiene.

Asimismo, el reloj de arena no se detiene y en esa vorágine llamada vida nos damos el lujo de dejar pasar los días sin esbozar una sonrisa o una carcajada, o quizás sin hacernos tiempo de disfrutar de la compañía de un ser querido.

Reír es salud, es un deber que necesitamos poner en práctica para ir en contra de la corriente, pero a la vez sentirnos mejor con nosotros y con los demás. A su vez, darnos un espacio con las personas que queremos de verdad, para compartir con ellas esos momentos que marcan la diferencia en nuestros días.

En la medida que tomamos distancia y nos alejamos de lo que nos amarga, deprime o lastima, veremos las verdaderas causas de los problemas, las razones por las que impedimos que la alegría se siente al lado nuestro, nos tome de la mano y entre en nuestro corazón gélido cargado de sentimientos que lo único que hacen es lastimarnos.

Para que la alegría nos invada, nos visite, deberemos poner de nuestra parte: empeño, esmero, entusiasmo; porque de lo contrario los sentimientos que nos amargan los días pronto se instalarán sin pedir permiso, para quedarse como inquilinos eternos en nuestros días.

La alegría es contagiosa, si llegamos a un lugar cargados de ella, es posible que en décimas de segundos se propague en ese ambiente como por obra de magia.

Experimentar alegría está relacionada con una actitud de vida, de estar abiertos a gozar, a cultivar. No se trata de ser conformistas o resignarnos, por el contrario, asumir el dolor o la pérdida, aceptarlo, para luego superarlo y dejar entonces fluir lo mejor de nosotros mismos. Pero existe un gran obstáculo que no nos permite gozar y disfrutar, así el apego controla nuestras vidas y nos convierte en marionetas de lo pasajero para que comience la danza del deseo y el dolor, en esa permanente dependencia que nos genera infelicidad. Otra forma de conectarse con la alegría está en el agradecimiento, en donde damos cabida a la flexibilidad, de sentido del humor y de adaptación, y a la gratitud.

Pero no podemos dejar para mañana lo que podemos hacer hoy, esperando a que las cosas cambien, a que los buenos momentos sucedan, porque el tiempo no se detiene, y la alegría sí, ella puede quedar encerrada bajo llave y con candado porque nosotros lo hemos decido.

Como canta Joan Manuel Serrat “hoy puede ser un gran día, plantéatelo así, aprovecharlo a que no pase de largo depende de ti”. El hecho de querer ser partícipes de la alegría de vivir, de existir, es algo exclusivo de cada uno y el dejar pasar las oportunidades es una decisión meramente personal.

Y lo bueno, lo positivo, lo maravilloso, sucederá en la medida que abramos nuestro corazón a la alegría y al amor, a esos valores que nos permiten estar en paz con nosotros mismos y con los demás, al mismo tiempo que nos cargan de energía vital.

Asimismo, en esta búsqueda de alegría, es importante despojarnos de los sentimientos de odio, rencor, angustia, hostilidad, envidia… todos ellos nos oscurecen el alma, nos quitan energía, y la alegría de ser y estar.

Empujemos la alegría, mantengámosla a nuestro lado, convirtámosla en una amiga entrañable, así quizás todo sea mejor y más fácil. Porque una amiga así será una gran alidada para cada ocasión que tengamos que afrontar, por eso sostengámosla fuerte, fuerte para que no se escape.

Celebremos entonces el día mundial de la alegría, y analicemos la importancia de tener presente ese sentimiento en cada momento de la vida y su poder transformador. Sin olvidar que “la alegría es la piedra filosofal que todo lo convierte en oro” 

Andrea Calvete



 

 


miércoles, 29 de julio de 2020

SIEMPRE JUNTO A NUESTROS SERES QUERIDOS

Hoy me propongo hablarle a cada uno de mis seres queridos que han partido, aunque lo hago en forma habitual, no sé si como anhelo de comunicarme o como el sentimiento genuino que me unirá siempre con ellos, en este plano o en cualquier otro.

Se me hacen más palpables las palabras de mis padres que por momentos sonaban como un cencerro, hoy saben a dulzura, también vienen a mi mente los soles de mi abuela o aquella pequeña huerta que carpía con tanto amor. Los cuentos de mi tío que, aunque no sabía de niños tenía la peculiaridad de transmitir su cariño. Hoy la naturaleza se cuela por cada rincón de mi alma, me habla y la escucho y entonces me vienen a la mente tantos recuerdos, en realidad son trocitos que se encuentren en mí muy adentro y que afloran cuando la belleza del día me sorprende.

Comunicarnos con los seres queridos es tan importante, no callar nada, porque el tiempo es una herramienta muy valiosa que desestimamos y desaprovechamos por tantos motivos… Y dejamos de dar ese beso, o decir te quiero o te necesito, o te escucho, o aquí estoy… La vida no se detiene, no nos espera a que nos hagamos un momento para dialogar con quienes nos importan, porque ella no sabe de esperas o de pausas, y menos de que tengamos un mal día o año. Está en nosotros manejar ese tiempo en el que podamos expresar lo que importa, lo que hace falta decir, y algunas veces no requiere de palabras tan sólo de un gesto cargado de ternura.

Ya ha pasado más de la mitad de mi vida desde la partida de mi padre, me pongo a pensar y son pocos los años que tuve la fortuna de estar junto a él, porque la vida quiso llevárselo muy joven. Sin embargo, esos pocos años fueron capaces de contagiarme su entusiasmo y alegría, su forma positiva de ver la vida, sus ojos solidarios y su mano fraterna siempre abierta. Cada día lo llevo conmigo y me ilumina como una antorcha cuando los nubarrones se aproximan.

Cinco años parecen mucho pero no son nada cuando siempre hemos permanecido al lado de esa persona que nos dio la vida, que nos llevó en su vientre, nos amamantó y acompañó en forma incondicional con todo su amor. Es así como mi madre a muy poco tiempo de su partida también me acompaña de una manera diferente, no porque no haya sido trascendental en mis días, sólo que su ausencia por momentos me entristece, porque así son los duelos llevan tiempo y no es cuestión de números o fechas, se trata de superarlos y recordar con alegría.

Hoy la naturaleza se cuela por cada rincón de mi alma, me habla y la escucho y entonces me vienen a la mente tantos recuerdos, en realidad son trocitos que se encuentren en mí muy adentro y que afloran cuando la belleza del día me sorprende. Paso por mi corazón cada momento, doy gracias por haberlos disfrutado y haber aprendido tanto a través de ellos. Sé que continuarán en mi como continúan en ustedes todas las personas que han sido y son importantes en nuestra vida. 

Andrea Calvete

domingo, 26 de julio de 2020

EL ARTE DEL OLVIDO

Pasar por el tamiz del olvido nos lleva a viajar por las sendas de los desafíos, por los rincones oscuros de las palabras filosas, por los baúles sellados por los recuerdos deshabitados. Quizás sea una utopía, o el más sanador de los momentos.

El olvido se mezcla de aromas agrios y dulces, de las esperas exacerbadas por la impotencia, de los desgarros producidos por los puñales clavados por la espalda, o por la traición que se simula detrás de una sonrisa benévola.

Las caricias veloces, los besos perdidos, el pulso del latido detenido, el rumor de las hojas de los árboles que se paran desde aquella ventana lejana, casi inalcanzable. Nos acercamos, pero se aleja con despiadado ímpetu, con la destreza del que se escabulle camuflado por el paisaje.

De soslayo el desconcierto mira a su alrededor, detiene su marcha e intenta olvidar lo que le atemoriza y a su vez engaña.

Los minutos se zambullen en segundos, en instantes, mientras las horas confluyen en el río de los días y años, que desembocan en el océano de los sentimientos, en las lágrimas del amor y en el tesoro de la gratitud que se dibuja en la sinceridad.

El perdón se para iluminar al olvido, para allanar el camino, mientras algunos episodios se vuelven inolvidables y no son susceptibles de este sustantivo, pasan por la asimilación y comprensión, por el duelo y la aceptación.

Cada momento se transforma, late y vibra en una extraña fusión, en la que todo se hace uno y uno se hace todo, ambivalencia extraña de la que olvido se nutre, mientras sus raíces crecen en el aprendizaje del error, y se levanta con la mano compasiva de quien le quiere con el corazón.

Todo lo olvidado, está aquí y allá, habita en esas posibilidades infinitas de ser y volar, de crecer, de expandirnos en ese constante devenir en el que tú y yo habitamos, y en el que perduraremos más allá de los posibles, en una dimensión en la que transmutar es parte del conocimiento y la sabiduría.

Andrea Calvete

sábado, 25 de julio de 2020

EL ESPEJO

Lugar donde se refleja la imagen, donde se esparce la luz, se superan los recuerdos y la memoria camina por un inmenso espacio virtual vaporoso, lleno de profundos recovecos. Utilizado por antiguas civilizaciones ha llegado a nuestros días como un objeto cotidiano, capaz de irradiar los misterios más exiguos.

En un descuido el espejo se ha roto en mil pedazos, esparcidos por el suelo forman cada uno una historia remota. Entro por uno de esos pequeños trozos y llego hasta la niñez lejana, cálida y risueña, soleada por la alegría e inocencia. No sé por dónde seguir son tantos momentos esparcidos que no me alcanza la memoria ni el tiempo de poderlos transitar. Me detengo en un fragmento opaco que no brilla, entro con dificultad y veo un día oscuro en el que sus ojos se cerraron y su sonrisa quedó instalada en mi alma.

Pronto recuerdo un viejo proverbio que dice :“quien rompe un espejo lo persigue siete años de mala suerte”. Superstición o verdad, leyendas que tienen que ver con los comienzos del espejo momentos en los que eran objetos muy valiosos al alcance de unos pocos. Posiblemente, este dicho se relacione con la creencia romana de que la vida se daba en ciclos de siete años, entonces haya surgido el mito de que, al romper un espejo, el alma se quedaría encerrada entre los pedazos. Por su parte, el número siete es el número de los ciclos, signo del intelecto, del pensamiento, del idealismo y la sabiduría, de la búsqueda del saber y el conocimiento. En el Tarot el número siete tiene que ver con el umbral iniciático. Sin embargo, más allá de estas creencias, romper un espejo puede tener un significado para cada uno especial y significativo. Estar dispuestos a romper el espejo en que se refleja nuestra imagen es atreverse a cambiar, es estar dispuestos a dar un salto, a tomar un nuevo camino, a dejar ver una nueva imagen, diferente e innovadora.

Solemos evitar mirarnos al espejo, seguimos de largo, el reflejo algunas veces nos duele. Extraña sensación la que puede producir una imagen poco nítida y lejana, sin embargo, intentamos alejarnos de ella, por miedo, por temor o simplemente porque lo que refleja no nos gusta y comenzamos a construir nuestra propia condena. Entonces nos condenamos a no cambiar, a estancarnos, a no darnos la oportunidad, a no reperfilar de rumbo, en definitiva a no sincerarnos con nosotros mismos.

Y seguimos a nuestro ritmo, algunas veces peleados con la vida porque no estamos a la altura de lo que los demás esperan de nosotros. ¿Qué significa estar a la altura de lo que alguien desea o espera? En realidad, poco importa estar a la altura de lo que los demás esperan de nosotros, si no somos nosotros mismos, si no estamos conformes con nuestro ser más profundo, siendo genuinos y auténticos. Dicen que cuando vemos en alguien algo que no nos gusta, generalmente es que espejamos cosas nuestras que nos duelen y nos cuestan asumir.

Así cuando no reconocemos nuestra imagen nos condenamos a vivir sin autenticidad, y eso trae aparejado un gran peso en nuestras espaldas, muy difícil de soportar. A la larga o a la corta nos condenamos a ser esclavos en nuestra propia existencia. Sin embargo, no podemos escapar al ojo de nuestro propio espejo, que reflejará lo que desee aún que no estemos dispuesto a mirarlo.

Algunas tradiciones esotéricas dotan al espejo de ciertas propiedades para captar o archivar información. Del mismo modo, en nuestro propio espejo se maneja tanta energía que ante nuestros sentidos se hace imposible comprender. Sin embargo, hay un proverbio que valdría reflejar en nuestro espejo que dice: "trata a los demás como a ti te gustaría ser tratado”.

Andrea Calvete

sábado, 18 de julio de 2020

LA LLAVE DE LA FIESTA

La vida puede convertirse en una fiesta o en el más terrible de los lugares, o simplemente en una permanencia sin pena ni gloria. ¿Dónde está el misterio?, ¿dónde esta la llave que nos conduce a la fiesta?

La fiesta se abre ante las pupilas de la gratitud, ante los poros del disfrute de la naturaleza, y los corazones que vibran en una sintonía armónica, donde los pétalos del amor perfuman su mística existencia.

Los obstáculos hacen que la popularidad de esta llave al alcance de todos pronto se desvanezca, y entonces sintamos que se nos escapa de los dedos y vuela como el viento.

Los vicios oscuros nos alejan de esta llave porque ocupados en ellos las manos aceitadas por la ambición, el orgullo y la codicia, hacen que pronto se deslice y caiga por el alcantarillado del olvido. Y así olvidamos lo más importante: ¿El sentido de nuestra propia existencia?

Los días se escapan rápidamente, el tiempo se acorta, y más próximos a la partida nos embriagamos de más obligaciones y tareas innecesarias y superfluas, de personas que llenan nuestras horas vacías y nuestras copas sedientas de algo que aún no hemos encontrado.

Un viejo y antiguo sabio dijo que había una fórmula mágica para que esta llave no se perdiera, hace siglos que la humanidad la busca, pero son pocos los que logran mantenerla en sus manos.

Susurran muy bajito los que han logrado abrirse a la fiesta que es un banquete único, en donde los colores rojos y naranjas del amanecer son perfectos, los atardeceres mágicos llenos de aromas indescriptibles y las noches de luna llena un espectáculo fascinante donde las estrellas dejan saborear los gustos más exquisitos del universo. La humedad realza los perfumes silvestres que caminan entre las flores llenas de néctar. La música de las olas es un remanso para los sentidos, mientras las hojas de los árboles se acarician en un murmullo casi perfecto, y los pájaros trinan llenos de vida como un suave violín que imprime notas afinadas a la belleza del cuadro.

El corazón se abre al vibrar de una sonrisa, de un abrazo cálido o de un beso sincero, de esa caricia que lo hace cabalgar hacia otro mundo lejano, en dónde el éxtasis se toca con el horizonte. Hace el amor la utopía con el arcoíris que se dibuja en el cielo cuando el sol aparece luego de la lluvia.

Todos quieren entrar a la fiesta, sin embargo, no saben que hay que estar dispuesto a dejar tantas cosas superfluas atrás, para abrirse sin miedo a los pequeños y grandes detalles de nuestra permanencia.

La fiesta ha comenzado y estamos invitados, la llave al alcance de todos, aunque sólo unos pocos lograrán entrar y ponerse cómodos en este recinto misterioso llamado vida.

Andrea Calvete

miércoles, 15 de julio de 2020

MENOS ES MÁS

La decisión frente a la imposición es algo que no tiene precio. Decidir hacer reposo, cuidarse, distanciarse, involucrarse, finalizar o empezar algo es fundamental. Sin embargo, cuando se nos impone algo en forma coercitiva pocas ganas nos queda de llevarlo a cabo, y comenzamos a sentir que perdemos el timón de nuestro barco.

Nunca acepté la coerción, quizás porque me crié en tiempos de dictadura, o porque he aprendido que las alas de la libertad no se cuartan así no más, porque el pensamiento no tiene jaulas que lo puedan maniatar, o porque la imaginación y la creatividad se alimentan de lo más genuino que habita en nosotros.

Sin embargo, por mil y una razones a lo largo de la vida vamos cediendo, callamos, cumplimos, aceptamos… pero el fondo muy hondo sabemos que estamos traicionando a nuestro yo más profundo. Ni que hablar que cuando nos paramos frente a situaciones en las que nos queda otro remedio que aceptar, seguimos respiramos hondo e intentamos cargarnos de toda la mejor energía para dar un nuevo paso adelante.

Día tras día corremos en esa búsqueda por sentirnos libres, un sentimiento que podría tener significados diferentes para cada uno de nosotros. Sin embargo, el hecho de buscar esa libertad nos une a todos bajo el mismo cielo, lo que podría ser el punto de partida y de unión en este camino.

Ser libres está correlacionado con hacer lo que queramos, lo que sintamos que nos satisface y suma a nuestros días. Pero, no siempre es posible hacer lo que queremos, la mayoría de las veces debemos conformarnos con hacer lo que podemos, y aquí se genera un gran conflicto entre lo que desearíamos y realmente hacemos.

Ser libres tiene correlación directa con pararnos decididos frente a la palabra libertad, la que apenas se mantiene en pie, porque para sostenerla es importante ser tolerantes y respetuosos con nuestros semejantes, lo que trae a su vez aparejado la aceptación.

La aceptación también tiene que ver con saber conformarnos con eso que podemos hacer, pero no desde la resignación, sino con alegría y entusiasmo de poder continuar tras las metas que nos propongamos.

Y comenzamos a comprender que menos es más, porque cada vez vemos menos, escuchamos menos, tenemos menos tiempo y paciencia, y estamos más cansados, más frustrados, más abiertos a las posibilidades, y en definitiva sentimos que cuanto menos peso tengamos encima más son las posibilidades.

Nos quedan tantas cosas por hacer, desafíos por probar, libros por leer, obras por descubrir, gente por conocer… y el tiempo se acorta, por lo tanto, cuanto menos sean nuestras expectativas, mayor será el número de posibilidades y menor el sentimiento de fracaso, porque logramos trascender ciertos planos en los que ya no vale la pena habitar, y esto tiene mucho que ver con el desapego.

Cuando el desapego nos roza la piel comprendemos que sobra tanto en nuestro diario vivir, porque ya no suma o agrega nada valioso a nuestros días. Entonces surge esa valoración diferente, en la que se abren un universo de posibilidades y perspectivas.

La decisión frente a la imposición es algo que no tiene precio. Cuando decidimos ponemos todos los sentidos a trabajar en un propósito, con ilusión y alegría, con trabajo y esfuerzo, con las alas de la libertad soplando a nuestro favor. Ya sé me dirán que cada vez es menos lo que podemos hacer: porque el dinero, la salud, el país, la economía, el trabajo, el mundo, la pandemia…no lo permiten. Sin embargo, atreverse a saborear que menos es más es todo un gran desafío que nos queda por delante. 

Andrea Calvete

 


lunes, 13 de julio de 2020

SEGUNDA OPORTUNIDAD

Una segunda oportunidad es una posibilidad que nos abre sus puertas confiada en que estamos dispuestos a disfrutarla y aprovecharla al máximo. Surge cuando hemos aprendido a interpretar al silencio en lugar de pedir respuestas

Dícese con resquemor que los partes dos generalmente no son buenos. A este estigma se les agrega la desconfianza de las miradas que cuchichean, mientras un murmullo desalentador quiere tomar dominio de la escena. Sin embargo, quien está convencido de que vale la pena arriesgarse y darse esta segunda oportunidad, poco le importa lo que dirán, se dispone a continuar contra cielo y marea.

En materia literaria o cinematográfica las segundas partes generalmente no han sido muy aclamadas, porque no rara vez llegan a competir con el éxito de la primera. Y he aquí otro elemento que se introduce en estas segundas partes la comparación, por momentos tan buena y por otros detestable. ¿Por qué vivir comparando, no sería más productivo evaluar sin preconceptos ni parámetros preestablecidos? A esta suerte de castigo se ven expuestas estas segundas oportunidades en la vida, salvo que supere con creces a la primera.

Es muy cierto que hay trenes que no hay que dejarlos pasar, pero también existen muchas estaciones en las que es preciso bajar. He aquí tomar la decisión correcta.

Una segunda oportunidad no surge de un pozo seco, sino del que aún queda agua.

Para que una segunda oportunidad tenga futuro, debe pararse consistente, segura, con la dignidad como bandera, porque la dignidad no admite migajas. Con el convencimiento de que trabajaremos en ella, nos esforzaremos y lucharemos con todas nuestras fuerzas para sacar lo mejor de esta instancia.

Una segunda oportunidad es abrir las puertas que conducen a un destino, a un puerto prometedor, en donde los posibles se dibujan enérgicos, los aromas saben esperanzadores, y los cielos desbordan de anhelos.

¿Quién no se ha reencontrado con alguien alguna vez? El hecho de reencontrarse no implica reestablecer la relación o el vínculo, para que ello suceda debe haber un deseo y una posibilidad latente, es decir materia prima.

Las segundas oportunidades huelen a azar, se perfuman con esmero, tienen la suavidad del terciopelo, el sabor de lo nuevo, el color de la aventura y la frescura de la primavera. Aunque la mayoría de las veces suelen ser fortuitas, luego de pasado el tiempo vemos que nada es tan casual y que en el fondo todo tiene un porqué, aunque a simple vista no alcancemos a comprenderlo.

Es improbable que se produzca una segunda oportunidad entre dos personas que han traspasado los umbrales en los que no hay marcha atrás, dicen que “no se puede borrar con el codo lo que se escribe con la mano” Aunque, los recuerdos suelen ser desmemoriados se dejan guiar por los sentimientos y deseos, y nos alejan de la inteligencia y la razón.

Las segundas oportunidades tienen esa suerte de decir me doy la chance de empezar de nuevo, de no volver a cometer los mismos errores, de madurar, de cuidar lo que digo, de respetar al que escucho, de meditar cuando callo. Porque de alguna manera estas segundas oportunidades me ayudan a crecer, a mejorar, a superarme y sobre todo a ser paciente. La paciencia es una virtud que por infinidad de motivos vamos perdiendo, pero es tan necesaria e importante como el oxígeno que respiramos día a día.

Cuando nos disponemos a sacar los no impenetrables del camino, nos disponemos a: ser, amar, existir, disfrutar, a descubrir lo que hasta ahora nos habíamos negado su existencia.

Una segunda oportunidad es una posibilidad que nos abre sus puertas confiada en que estamos dispuestos a disfrutarla y aprovecharla al máximo. Surge cuando hemos aprendido a interpretar al silencio en lugar de pedir respuestas.

Andrea Calvete

 


sábado, 11 de julio de 2020

PELOTA DE TRAPO

Un día cansado de su gastada pelota de trapo, Juan decidió recolectar todos los diarios de sus vecinos para así venderlos y comprar una verdadera pelota de fútbol. Lleno de energía y dinamismo se pasó todo el fin de semana resuelto a conseguir esos fondos. El lunes a primera hora iría a la tienda en busca de su tan ansiado objeto.

El fútbol siempre tuvo sus adeptos, cobijó en torno al juego a todos los niños sin excepción, les dio ilusión y alegría, ese rato de compartir entre amigos un juego como premio del día.

La pelota de trapo se caracterizó por ciertas bondades que los balones profesionales no han tenido. Ha sabido mirar a los ojos a sus jugadores, leer sus pensamientos, y se ha amoldado a su patada para girar y rodar sobre piedras y escombros, ha girado por el barro y por la alegría y tristeza del corazón de cada niño que ha jugado con ella en una esquina.

Eran tiempos de baldíos en los que generalmente los jóvenes del barrio armaban una canchita de fútbol, con un par de piedras se delimitaban los arcos, o unos simples palos clavados como estacas y una pelota de trapo la protagonista encendía el corazón del grupo. También jugaban en las calles, generalmente los fines de semana que eran menos transitadas.

La pelota de trapo era hecha de medias, papel y trapos, pero también las había más sofisticadas en las que entraba una mano maternal que cocía como si fuera un balón profesional. Estas pelotas fueron testigos de siestas, de tardes de lluvias, de canchas embarradas, de días de sol y de lloviznas, de gritos y empujones, de goles y abrazos de alegría. De vecinos enojados porque la siesta era una hora sagrada. Sin embargo, ante todo fueron parte de la niñez de nuestros padres y abuelos.

La pelota de Juan estaba hecha de retazos de colores, de recortes de telas que su madre guardaba en un inmenso cesto de mimbre. Rellena de medias viejas y telas perfectamente comprimidas, tenía la consistencia justa para aquellos picaditos en el barrio. Sentado en un pequeño banco de madera Juan comenzó a seleccionar los trozos de telas más coloridos, algunas lisas otras estampadas, se fusionaron llenas de entusiasmo y alegría.

Si la pelota hablara, nos enteraríamos de tantos sueños, de tantos anhelos y secretos de chiquilines llenos de ilusión y esperanzas. Juan el propietario de esta pelota de trapo en cuestión la llevaba a su cada vez que finalizaba el picadito. En el piletón donde su mamá lavaba ropa para afuera la ponía en remojo con jabón, para luego enjuagarla y tenderla al sol para el próximo encuentro. Su mamá lo miraba desde la pequeña ventana de la cocina y pensaba: “¡Cuánto esmero pone en esta pequeña pelota colorida, cómo la cuida, pensar que en el próximo partido quedará nuevamente llena de barro!”

Juan era un niño muy especial, agradecido, cuidadoso, y sobre todo muy solidario. Bueno los genes de su madre estaban en él, una mujer llena de bondad, de manos laboriosas y de un corazón noble como pocos.

A pleno rayo de sol la pelota se comenzó a secar, el viento primaveral dejó correr una charla amena, al principio muy distendida, pero en la medida que fueron pasando las horas quedó Juan como tema principal de conversación. La pelota estaba orgullosa de él: “Nunca vi un niño tan agradecido, otros dicen que una pelota de trapo se usa y se tira, pero el valora el sacrificio con que la coció su madre, el cariño que yo le pongo cuando él me lanza, la alegría con la que me muevo cuando mete un gol” …

-No sigas -interrumpió el viento- Juan es un ser excepcional no sólo contigo sino con sus amigos, padres y vecinos. La vida lo premiará porque no importa lo que decida ser, él está convencido que ha venido a esta tierra para amar y ser feliz, por eso disfruta de lo que otros no son capaces ni de percibir.

-Es verdad, creo que le imprime magia a cada uno de sus días, lo siento en cada toque que da cuando juega, el patea con suavidad direcciona el tiro como si estuviera en el movimiento efectuando una obra maestra que quedará plasmada en el espacio y el tiempo- dijo la pelota con admiración.

El sol estaba empezando a bajar, María comenzó a sacar la ropa de la cuerda, cuando llegó a la pelota vio que estaba un poco descocida, entonces la zurció con todo amor y quedó como nueva pronta para Juan y sus amigos la utilizaran en su próximo picadito.

Cansado de su gastada pelota de trapo, Juan decidió recolectar todos los diarios de sus vecinos para así venderlos y comprar una verdadera pelota de fútbol. Lleno de energía y dinamismo se pasó todo el fin de semana resuelto a conseguir esos fondos. Con todos los periódicos apilados les pasó un hilo para no perder ninguno y se dirigió al puesto de don Mario. Al mirar su vieja pelota trapo recién lavada y cocida  no pudo deshacerse de ella, fue entonces que decidió con lo recaudado comprar dos entradas para la matiné del fin de semana.

Andrea Calvete

sábado, 4 de julio de 2020

EL ÚLTIMO BESO


El boceto estaba perfectamente armado, pronto para comenzar a sentir las primeras pinceladas. Miró la mano de su artista, pero no atinó a imaginarse los colores, lo único que percibió fue una parsimonia inusual. El gris húmedo de aquel día frío no dejaba mucha esperanza colorida.

Tomó su paleta y la llenó de colores, todos aparecieron sin excepción. Los que no veían a simple vista fueron producto de esa mezcla cuidadosamente apasionada en la que un universo cromático surgió como por arte de magia.

El lienzo se fue poblando de las más diversas pinceladas, adquirió texturas, trazos, perfumes, sonidos ardientes, para dar nacimiento a una hermosa danza. Era un cuadro abstracto, pero se perfilaba la imagen de una pareja fusionada por el baile. Sus cuerpos se fundieron en cada movimiento, se fueron esfumando con cada pincelada en un encuentro etéreo y a su vez intenso.

Día a día su delantal testigo de infinitos colores y pinceladas, lo acompañaba como parte de ese ritual en el que aprontaba la escena para dar comienzo a su obra. Tenía todo perfectamente preparado, colores, pinceles, espátulas, tachos y tachitos, rollo de papel, trapos, y su termo y mate fieles compañeros de horas silenciosas en las que sucedía todo y nada.

Golondrinas sonaba en la voz aterciopelada de Malena Muyala, el tango recordaba aquel vuelo de verano, inolvidable y fugaz. Sin embargo, eterno repiqueteaba melancólico en su palpitar aún enamorado.

La luz se colaba a través de suaves rayos inclinados, dorados que imprimían magia a la escena. El boceto se preguntaba: “¿Está todo en la cabeza del artista, es tan vívido que parece más estar en su corazón”? Desde luego que el pintor nunca alcanzó a escuchar sus palabras, sin embargo, sintió una vibración especial en su mano derecha mientras espatulaba su último trazo.

Un nudo en la garganta se apoderó de él, una sensación de opresión se imprimió en su pecho, mientras su mano trabajó cuidadosamente esa escena final en la que quedó plasmado el último beso.

Andrea Calvete

domingo, 28 de junio de 2020

EL AÑO QUE SE BORRÓ DEL ALMANAQUE

Tuve un sueño: el 2020 era borrado de un plumazo del almanaque, en su lugar había quedado un casillero en blanco.

Al llegar la medianoche brindaron, alzaron sus copas y las chocaron con un ¡salud! enérgico. Y así arrancó el año, jamás se les pasó por la cabeza lo que se avecinaba. El cielo de aquella noche fue testigo de ilusiones, de deseos y esperanzas que vibraron en cada corazón expectante.

El verano transcurrió entre noticias que llegaban de lejos generando alarma por un nuevo virus, Covid-19, que a partir de marzo tendría en jaque a la humanidad entera.

El 2020 ha sido un año complicado, diferente, ha llegado para sacudirnos. Convengamos que hay formas y formas de comunicarse, pero él ha decido no andar con buenos modales, si nos gusta bien y sino también. Como se suele decir “es lo que hay”.

¿Qué pasa cuando lo que hay no nos convence, no nos agrada, no nos entusiasma?, ¿qué sucede con los corazones rotos, con la ilusión partida, con la sonrisa borrada, con el dolor que resquebraja el alma? Ya sé, me dirán: “es la realidad que nos toca vivir”. Les pregunto: ¿No podemos hacer nada para cambiarla? Desde luego, todos y cada uno de nosotros hacemos lo que está a nuestro alcance para salir adelante, ¿pero está resultando suficiente?

Tuve un sueño: el 2020 era borrado de un plumazo del almanaque, en su lugar había quedado un casillero en blanco. El 2021 comenzó con toda la energía y el vigor. Todas las preguntas se fueron contestando y volvimos a encaminar nuestras vidas. De ese 2020 sólo quedó una sensación hasta ahora imposible de describir.

Andrea Calvete

lunes, 22 de junio de 2020

DESTINO DE MIRADAS


Con frecuencia solemos perder pertenencias, buscamos en los lugares más insólitos, pero no aparecen. De este modo llegué hasta un cajón que hacía mucho tiempo no abría, en los que sus lentes me dejaron casi paralizada. Lo primero que atiné fue a ponérmelos, desde luego no veía nada, pero fue una forma de tomar contacto con ella.

Es fácil viajar en el tiempo, sólo es cuestión de dejarse llevar por los sentimientos. Allí estaba frente a sus pequeños ojos marrones vivarachos pero miopes, centelleaban detrás de sus gafas. Su miopía abundante hacía que los cristales le achicarán más los ojos. Descubrió que era miope recién a los diecinueve años, no eran tiempos en los que se iba en forma habitual al médico para hacerse chequeos. Contaba mi madre: “cuando íbamos al dentista era para que te sacara la muela, nada de tratamientos, se extirpaba el mal de raíz” Así funcionaban las cosas por 1935 fecha en que la recibía el mundo. Por lo tanto, su mirada fue para nosotros a través del cristal, escasas veces la veíamos sin lentes, cuando tomaba sol un ratito, o se esparcía crema en el rostro.

¡Qué increíble como al buscar algo perdido uno se encuentra con tantos recuerdos! Son momentos en los que los aromas a tostadas de las mañanas junto a los leños crujientes se entremezclan, mientras el sol entra por aquella enorme ventana del comedor diario. El murmullo alegre y dinámico invade la casa.

A través de estos lentes que le acompañaron a lo largo de su vida, pudo encontrarse con una mirada que pronto se convertiría en parte fundamental de su existencia. Como era habitual mes a mes iba a cobrar la pensión de su abuela a la Caja de Jubilaciones. Nada de cajeros automáticos, largas colas hasta poder cobrar en mano unos pesitos que no eran muchos, pero se lo debía a Antonia, abuela materna, que la había criado, y a partir de la pérdida de su madre muy joven, esa mano protectora tan sabia y carismática la acompañaría durante largos años.

Sus miradas se cruzaban mes a mes, él con sus ojos verdes transparentes la deslumbró desde el primer día, ella con su brillo magnético lo atrapó sin más explicaciones. Sin embargo, ella intentó no responder las primeras veces, pero en la medida que fue pasando el tiempo las miradas no sólo se encontraron, sino que intercambiaron chispas y sonrisas.

Pasó el tiempo, hasta que un día Nelson se acercó a Nora y la invitó a salir sin más vueltas. Eran dos personas adultas sin compromisos pero que sabían bien lo que querían. Así comenzó un idilio que duró veintidós años, porque la vida decidió llevárselo muy joven con 51.

Las historias de nuestros padres están allí como parte de lo que somos, sin darnos cuenta de vez en cuando la vida nos lleva hasta ellos sin pedirnos permiso.

Y como una cosa lleva a la otra, no puedo olvidar sus gafas negras de carey, en el caso de mi padre las usaba para realizar su trabajo, hoy me doy cuenta de que es lo que se conoce como presbicia. Veo su hermosa letra grande y levemente inclinada a la derecha, llena de personalidad, alegría de vivir y una gran generosidad. Dicen los que saben que la letra es un reflejo del alma, del estado anímico y de la personalidad, en el caso de él creo que así era. La letra de mi madre pequeña y también inclinada reflejaba su calidez, inteligencia y encanto.

Detrás de aquellos ojos hubo dos seres que se amaron con todo su ser, excepcionales, que se brindaron con generosidad y compromiso, con alegría y esperanza. Dos miradas destinadas a encontrarse, a vibrar en sintonía. Hoy continúan juntas tomadas de la mano en un tiempo y espacio sideral. Al mirar el cielo cuando una estrella fugaz pasa, un silencio ilumina la tierra y perfuma el alma de los que se besan a la luz de su bella historia de amor.

Andrea Calvete

 

 

 

 


jueves, 18 de junio de 2020

LLUEVE

La lluvia como un manso manantial bendice con su riego sagrado. El cielo oscurecido se confunde con una noche en que las preguntas se agigantan. El agua en su goce aviva los colores, los vuelve tornasolados, mientras los perfumes se intensifican. Se suavizan las texturas con su fluir constante. La naturaleza sabe a hierba que reverdece agradecida. Ante la magnificencia del espectáculo quedan absortos mis sentidos.

Fluye el agua, cae como un telón que se abre lentamente. Se instalan los recuerdos al sur de mi corazón, lejanos, olvidados. Me parece estar viendo una película, pero allí estoy envuelta por la lluvia que oficia de confesora y amiga.

Llueve indulgente, flotan en el manantial del éxtasis los suspiros que habían quedado atrapados por ese punto final cortante. Sin embargo, también se respiran las carcajadas, los tibios abrazos que acarician el alma.

La humedad fría de esta mañana lluviosa se filtra por las hendiduras de la melancolía. Sonoros y huecos los relámpagos anidan en las añoranzas. Llueve por dentro y llueve por fuera, no queda un lugar seco, llora y desahoga sus penas, soy también su confidente. Ahogada me dice: “No puedo cumplir con mis promesas”. Me callo, no le digo nada, porque es un mal habitual al que ya nos hemos acostumbrado.

Desahogarse ha sido bueno para ambas, como dos amigas compasivas nos hemos escuchado mutuamente. Ha dejado de llover, el pasado se aleja, el futuro se aproxima, y el hoy pretende suavizar sus poros erizados por el frío, mientras un rayo se perfila como un leño que se enciende.

Andrea Calvete

sábado, 13 de junio de 2020

CONFUSIÓN

Dio por seguro lo que pensaba, lo instaló en esta estantería en la que se guardan los trofeos. Sin embargo, sus emociones habían dado por validado algo que provenía de minuciosas conjeturas.

Así funciona la confusión que es creada por los más profundos deseos y anhelos, en una suerte de edulcorante para suavizar lo que se siente en favor de lo que se desea.

La confusión se cobija en los ojos obnubilados llenos de estupor. Tiene la habilidad de meterse entre recovecos para instalarse en esos lugares donde es difícil notar su presencia.

Desde aquella estantería en la principal sala de la casa, la confusión sintió el calor de una discusión encendida en la que los reclamos se pusieron sobre la mesa. Nadie se escuchaba, las voces se elevaban unas sobre las otras, ambos querían tener la razón sin mediar el diálogo y el entendimiento.

Con su habilidad innata trepa por el árbol del desconcierto y los enredos. Goza de cada conquista, y con tono intrigante disfruta de señalar con el dedo a posibles culpables, mientras se lava las manos como Poncio Pilatos. Aunque con cara de confundida parece una niña despistada que se equivocó de habitación.

La conversación recorrió el pasado hurgó en los rincones olvidados, removió cimientos, llegó al presente donde parecía no tener asidero, mientras el futuro se evanecía con epítetos fuertes, estaban a punto de pasar esa línea en la que no hay marcha atrás. El llanto de Joaquín los hizo callar, con su chupete entre los labios y las lágrimas llenas de súplicas los miró a ambos. Un silencio plagado de respuestas habitó en el aire.

Al mirar a la estantería de los trofeos, no quedaba vestigio de ella, una inmensa paz se instaló en el hogar. El desayuno estaba servido para ser disfrutado en familia y dejar atrás aquella confusión que les había hecho tanto daño.

Andrea Calvete