VESTIGIOS DE UNA LEYENDA
Los latidos agitados acompañaban su caminar con los pies sumergidos en el mar, absorto con la mirada perdida en el vacío. El gorro y los lentes tapaban aquellas noches de desvelo. Difuso se veía el horizonte, la neblina matinal cubría gran parte de la vista. Las gaviotas rondaban alborotadas, varios peces en la orilla llamaban su atención. Las olas rompían suaves y dejaban una espesa espuma blanca en la arena. El desvelo acumulado de Ismael hacía que sus ojeras se hicieran prominentes, del mismo modo una expresión de cansancio y agotamiento eran parte de su atuendo. Así se resguardaba en el mar y en el vino, dos aliados y confidentes que sabían como nadie lo que le sucedía. De camino a casa, recordó que tenía una vieja botella de tinto por descorchar, entonces pensó: “Qué mejor momento para abrirla, aunque más no sea para ahogar mis penas”. Rápidamente se dirigió a la buhardilla donde creía haber guardado esa botella. Al abrir la puerta se encontró con un desorden casi caótic...