MIENTRAS
Quizá la espera no sea un vacío, sino un territorio. Un
lugar donde el tiempo deja de ser enemigo y se vuelve materia, materia para
pensar, para mirar de nuevo, para escuchar lo que normalmente queda oculto bajo
el estruendo de la inmediatez.
Mientras. Esa palabra pequeña que casi nunca celebramos. La
tratamos como un simple puente entre lo que fue y lo que vendrá, pero tal vez
sea, en realidad, el espacio más fértil que tenemos. Porque mientras esperamos,
algo en nosotros se mueve. Se acomodan las ideas, se desordenan las certezas,
se agrietan las viejas formas de mirar.
Habitar el mientras es convivir con la pausa sin sentir que
hemos perdido la partida. Es aceptar que no todo depende de nuestra
intervención inmediata, que hay procesos que necesitan silencio, que hay
respuestas que sólo aparecen cuando dejamos de perseguirlas.
Mientras, también, el mundo atraviesa su propia tensión.
Vivimos un tiempo en que el otro parece volverse prescindible, un tiempo donde
la velocidad reemplaza a la escucha, donde la opinión llega antes que la
comprensión y donde la empatía muchas veces se queda sin horario. A ratos nos
visita el nihilismo, ese susurro que dice que nada importa demasiado.
Pero quizá el mientras sea también el antídoto. Porque en la
pausa reaparece la posibilidad de mirar al otro como alguien que también está
esperando algo: esperando ser escuchado, esperando ser comprendido, esperando
que alguien, simplemente, no pase de largo.
Mientras. Mientras no puedo resolverlo todo, mientras no
participo en todas las decisiones del mundo, mientras no tengo respuestas
definitivas, puedo al menos hacer algo con este tiempo: reinventarme un poco,
pensar distinto, mover mi lugar en el mapa invisible de lo humano.
Quizá el mientras sea el momento en que las transformaciones
empiezan sin hacer ruido. No en el instante de la proclamación, ni en el
estruendo de las grandes promesas, sino en ese espacio silencioso donde alguien
decide mirar de otra forma.
Tal vez vivir conscientemente el mientras sea resistir a la
desesperación, a la indiferencia, a la idea de que nada puede cambiar. Y aunque
mientras parezca poco, la mayoría de las veces todo empieza ahí.
