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VESTIGIOS DE UNA LEYENDA

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Los latidos agitados acompañaban su caminar con los pies sumergidos en el mar, absorto con la mirada perdida en el vacío. El gorro y los lentes tapaban aquellas noches de desvelo. Difuso se veía el horizonte, la neblina matinal cubría gran parte de la vista. Las gaviotas rondaban alborotadas, varios peces en la orilla llamaban su atención. Las olas rompían suaves y dejaban una espesa espuma blanca en la arena. El desvelo acumulado de Ismael hacía que sus ojeras se hicieran prominentes, del mismo modo una expresión de cansancio y agotamiento eran parte de su atuendo. Así se resguardaba en el mar y en el vino, dos aliados y confidentes que sabían como nadie lo que le sucedía. De camino a casa, recordó que tenía una vieja botella de tinto por descorchar, entonces pensó: “Qué mejor momento para abrirla, aunque más no sea para ahogar mis penas”. Rápidamente se dirigió a la buhardilla donde creía haber guardado esa botella. Al abrir la puerta se encontró con un desorden casi caótic...

DÍAS AGOBIANTES

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El contacto con las horas interminables en un sanatorio da para cuestionarse una inmensa lista, que con el vertiginoso correr de los días no somos capaces de advertir. Cuando tomamos contacto con el sufrimiento con esa pequeña línea delgada entre la vida y la muerte, la existencia se solemniza y pretende sacudirnos a ver si todavía nos sorprendemos. Y vaya todo lo que está escondido para dar respuesta a ese sacudón intempestivo que nos da la vida. Un ciclo inagotable de conocimiento y de aprendizaje. Con el correr de los días el agotamiento se unifica con el dolor y difícilmente identifiquemos lo que nos pasa. El cuerpo duele, los ojos pesan y el pecho se transforma en una inmensa placa de hormigón que nos quita el aire. A esto debemos agregar comidas omitidas y un sinfín de cosas que se acumulan en la lista del debe. Sin embargo, en esa lista las prioridades pronto cambia su lugar, llegan a primer lugar los afectos. Esto no quiere decir que las responsabilidades se desvanezc...