NO SE PUEDE MATAR A UNA IDEA
Llega julio húmedo y frío, con su pilot y sus botas puestas. Camina decido mientras su barba grisácea se pierde entre la bruma del atardecer. Así, las ideas buscan iluminarse para no perecer en el melancólico ronquido invernal, al tiempo que se congregan alrededor de un chocolate caliente que las haga sentir con vida. Reunidas en torno a la estufa de leña, las ideas se pierden con la mirada absorta en el fuego, con ese chispear vivo y cautivante, parecen fugarse a una dimensión en el que el invierno no puede entrar. La más débil, cansada de no iluminarse, comienza un relato que deja a todas cautivas: -Hace muchos años atrás cuando yo era muy joven, un señor llegó con su metralleta e intentó bajarme en el primer tiro. Recuerdo que lo miré aterrada y pensé: "en cuanto el metal me atraviese desapareceré". Sin embargo, para mi sorpresa lo esquivé con tanta facilidad, que quedé atónita. Así los balazos se fueron sucediendo y yo me fui...