INSOMNIO
Las horas transcurren, el calor se entremezcla, el apacible murmullo del día se esfuma entre los colores del atardecer. Así ha pasado la jornada, como en un letargo que agobia entre sus grises cargados de iones. Pesa en el aire una humedad pegajosa que no se aparta. Se acerca el fin del día, para dar paso a la noche, a bajar las luces para entrar más en ese interior que se aproxima al apoyar la cabeza en la almohada, sin pedir permiso, sin decir quiero hablarte. Allí se para insolente e insistente y no te deja dormir, o al menos lo intenta. Pretende cuestionarte qué has hecho en estos días, con qué sentido dijiste tal o cual cosa, o por qué no hablaste cuando tenías que hablar. Entonces hacemos todo lo posible para que desaparezca y así conciliar el sueño. Las horas de desvelo no suelen ser buenas consejeras, la puerta de salida parece alejarse con astucia, mientras nuestros párpados pretenden cerrarse, pero nuestro yo interior lucha por ser escuchado, o atendido. ¿Pero, por ...