jueves, 27 de diciembre de 2018

EL 2018 SE DESPIDE Y SE VA

Hace pocos días una señora indignada ha tocado a su puerta y le ha recriminado que ha sido un año terrible, que ha perdido el trabajo, que ha enfermado, que no ha tenido tregua. El año 2018 la ha escuchado atento y preocupado le ha contestado: “¡Cuánto lo siento!, mi intención no ha sido hacerte sufrir, creo que de todo esto debes fortalecerte y no debilitarte, si mal no recuerdo has pasado por años peores y los has superado, eres una mujer resilente nadie va a poder contigo y menos yo, un año que te he te ha puesto piedras en el camino. Si no me falla la memoria has tenido años de dicha en tu vida trata de volver a ellos para recobrar la energía que hoy te hace falta y sigue el camino lo mejor está por venir”. La mujer con los ojos llenos de lágrimas lo abrazó y lo besó, le dio las gracias y lo dejó marchar sin rencor en su corazón.

Cuenta el 2018 que ha sido invitado a nacimientos, recibimientos, festejos de todo tipo: cumpleaños, parejas que se forman, amigos que se encuentran. Pero también ha transitado por momentos difíciles, partidas de seres queridos, rupturas de parejas y familias, perdidas de trabajo, enfermedades, guerras, desastres geográficos y tantas dolencias. No todo ha sido color de rosa, porque como la vida misma el año ha tenido que caminar por baldosas blancas y negras, y desde los grises ha logrado luego llegar a encontrar la armonía necesaria para continuar.

Se despide y se va, con la intención más allá de los posibles balances de que lo dejemos ir en paz, sin resentimientos, sin represiones, o lágrimas que ahoguen el pecho. La mejor forma de despedirlo quizás sea vestirnos de gratitud porque seguramente a pesar de las cosas malas que nos hayan pasado pasaron muchas buenas, que quizás el dolor o el sufrimiento hoy no nos esté dejando ver.

Andrea Calvete

viernes, 21 de diciembre de 2018

SOLSTICIO DE VERANO II

La noche más corta se aproxima, el sol llega a su máximo apogeo. Es tiempo de renacimiento, de fulgor y alegría, de cosecha,  todo reverdece y crece, del mismo modo la esperanza se asoma con cada rayo que llega a nosotros.

Stonehenge, es la construcción megalítica más fascinante de la historia, ubicada a cien kilómetros al oeste de Londres, en la llanura de Salisbury, orientada de forma que en el solsticio  un rayo de luz logra colarse entre dos monolitos e ilumina con una "espiga de luz" una piedra ubicada a 15 metros de distancia. Con sus colosales rocas, cuyos pesos varían de dos a más de cuarenta toneladas, su construcción se remonta a la noche de los tiempos, a civilizaciones que no dejaron a su paso escritos que nos permitieran conocer con seguridad su origen. Hoy se reúnen aquí miles de personas a observar ese momento mágico, que también se vive en todo el Planeta, dependiendo el hemisferio viviremos el solsticio de verano o invierno.

Con su energía y luz el sol nos alumbra e ilumina, aquí en la latitud sur, donde el verano llega y se aproximan tiempos de cambios, de renovar los ánimos y las energías, de abrir las ventanas, perdonar, olvidar, para poder avanzar y crecer.

El aire lleva colgado jazmines y damas de la noche, una tibia humedad tiende de sus cabellos mientras los aromas se enciendan a la luz de las velas.  La brisa con olor a mar todo lo inunda, sin embargo algunas decepciones se asoman a la ventana, algunos miedos miran de reojo, mientras los obstáculos se paran para hacernos frente, y con ellos el más grande e imponente que podemos encontrar de vez en cuando,  nosotros mismos.

Las luces y las sombras son parte de nuestra existencia, pero hoy el sol llega para iluminar más que nunca, para que cuando miremos al cielo nuestros deseos más profundos lleguen a su destino, y nuestro camino se ilumine cargado de fe y esperanza.

Brillemos a través de la sonrisa, del abrazo, del cariño sincero y de la mano que se ofrece fraterna para solidarizarse y acompañarnos en el camino. El sol está en su esplendor, aprovechemos entonces de su cercanía para inundarnos de lo mejor que hay en nosotros.

Andrea Calvete

martes, 18 de diciembre de 2018

ALGUNA GENTE SIENTE LA LLUVIA, OTRA SÓLO SE MOJA

Sentir la lluvia, es abrir nuestros poros a las emociones, a las posibilidades, a los aromas de la vida, a la sonrisa blancas de las nubes, y la espuma luminosa de los días.

La lluvia cae y riega con sus gotas de diferentes maneras, para algunos es una bendición y para otros un día lleno de obstáculos. Sin embargo, al igual que la vida no pide permiso ni razones para dejarse deslizar, para fluir de diferentes maneras y tocar distintas superficies, de modo que cada cual la sienta a su modo.

Algunos se inundan de energía y vigor cuando los alcanza, intentan dejar atrás los obstáculos y nacen de ese contacto renovados con el entusiasmo a flor de piel. No es fácil renacer cuando se ha caído, o tocado fondo, o simplemente el desencanto ha entrado en la vereda de los días. Por eso, se hace casi imposible penetrar en alguien cuyos poros están tan cerrados. Sin embargo, logra renacer quien está dispuesto a seguir adelante a pesar de todo, porque entiende que más allá de lo sucedido hay muchos motivos que lo alientan y lo incentivan. Es así que las gotas comienzan a pasar a través de la piel, y lentamente ésta se abre como los pétalos de una flor.

Pero también están aquellos para quienes un día de lluvia significa un problema, porque el tránsito se enlentece, porque no pueden hacer la reunión afuera, o porque la ropa quedó colgada en la terraza, o simplemente porque no tenían ganas de que lloviera. En sintonía con este lineamiento, están los que de todo hacen un pequeño y gran problema, a todo le encuentran un cuestionamiento, y luego de un rato de hablar con ellos pareciera que ya no quedaran puertas de salidas, uno se siento como atrapado en un recinto. Es así que la lluvia no podrá avivar una cosecha que ya está agónica, del mismo modo cuando la negatividad es el estado que aflora en el día a día, será casi imposible revertirlo si no hay una pequeña postura de cambio.

El dejarse sorprender e ilusionar es parte de estar vivos, abiertos a la vida, al cambio al devenir, mientras que si nos cerramos a las oportunidades, a los cambios, a no dejar que el agua nos bañe, seduzca y acaricie, posiblemente nuestros días se tiñan de amargura, de ese sabor agrio con que se enarbola el desánimo, el pesimismo, la negatividad y la misma sequía.

Quien toma una actitud de sobreponerse a lo que le pasa, permitiendo que el buen humor, la calma y el positivismo lo acompañe, es porque ha decido dejar pasar a la esperanza, a ese halo de bienestar, de sentir que es posible un cambio, una salida. No es sentarse a soñar, a delirar sino dar margen a las posibilidades de salir de lo que nos disgusta, incomoda o molesta.

Cuando damos cabida a la esperanza, alejamos al desaliento, al pesimismo, a la dolorosa tristeza, para dar paso a la perseverancia, virtud que nos permitirá llevar a cabo todo lo que anhelamos o deseamos poner en práctica. De este modo, liberaremos todas las fuerzas que poseemos en pro de hacer lo que creemos justo y necesario.

Sin embargo, para dar paso a la esperanza, quien parece llegar y cargar rápidamente en forma casi mágica nuestros días, debemos permitir el pasaje de la armonía, una palabra tan buscada y anhelada por el hombre, pero que sin embargo es bastante difícil de alcanzar. La dificultad radica en esa búsqueda personal tan importante y necesaria, a la que tantas veces el hombre se niega, por correr tras fines materiales que en definitiva no son la verdadera solución a sus problemas.

Aunque es difícil en este mundo cargado y plagado de posibilidades materiales, no confundir esa búsqueda, el espectro de alternativas es cada vez mayor y tentadora, entonces el caer en esos lugares de búsqueda equivocados para satisfacer ese yo interno es pan de todos los días, por eso es muy importante vislumbrar ¿qué es lo que verdaderamente buscamos?

En ese anhelo cargado de esperanza, muchas veces lo que deseamos no es algo individual, sino que forma parte del colectivo humano, entonces es cuando nos hermanamos con otros semejantes en esa búsqueda por concretar una acción a favor de la Humanidad, que por momentos parece hallarse desnuda, desolada, olvidada o peor, bombardeada por el propio hombre.

La esperanza algunas veces se desdibuja y palidece. Existen situaciones que nos sobrepasan, nos dejan sin aliento, sin respuestas, casi sin aire. Es entonces, cuando precisamos que ella haga su aparición, con su mano tibia, con su mirada cálida, de modo de avizorar una salida, un camino, lo hay, sólo que algunas veces es muy arduo encontrarlo. Entonces pedimos o invocamos una señal que nos guíe, y tarde o temprano aparece.

Señales surgen a diario, aunque insertos en nuestros problemas la visión se dificulta, y es bien cierto el dicho que dice que “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. Por tal motivo, es importante estar dispuestos a buscar, a encontrar y aceptar lo que nos sucede , de modo de sentir la lluvia.

Dejar que el rocío humedezca nuestra piel, que la lluvia hidrate nuestra vida, que le de esa frescura a los minutos, sólo es viable cuando uno está dispuesto a dejar pasar a los sentidos, a la creatividad, a las posibilidades y también a la utopía, todos ensamblados bajo los influjos de vitalidad porque nuestro corazón late y vibra.

Sentir la lluvia, es abrir nuestros poros a las emociones, a las posibilidades, a los aromas de la vida, a la sonrisa blancas de las nubes, y la espuma luminosa de los días. Es de alguna manera dejarse seducir por la vida cada instante, para que de cada encuentro saquemos nuestro mejor tiempo y espacio a pesar de lo difícil del día. Está en nosotros sentir la lluvia o simplemente mojarnos.

Andrea Calvete

sábado, 8 de diciembre de 2018

CRÓNICA DE UN DICIEMBRE QUE SE VA

Los últimos días del año parecen encontrarse en el medio de una batahola, el tránsito a prisa y agresivo se desliza por la cuidad, la impaciencia habita las veredas en medio de largas colas porque un paro sorpresivo del servicio de combustible ha dejado las calles congestionadas, a esto se le suman los desvíos y los pozos señalizados por arreglos. Transitar por Montevideo se pone complicado y hace que los minutos y la paciencia tengan que triplicarse.

Se acerca fin de año, las fiestas, y aparecen los pendientes con su luz roja, los compromisos saltan de la galera, y las frustraciones sonríen para provocar su último impacto. El clima confabula inestable con días fríos para esta época del año, con madrugadas y noches con temperaturas muy bajas, parecería que la primavera no quiere irse y el verano próximo se rehúsa a llegar. Estos cambios tienen a mucha gente enferma.

Es lógico también que llegan estas épocas y quien tiene un negocio quiere hacerse un pesito, pero son millones lo que recaudan los grandes centros comerciales que se ven atestados ante la baja del IVA o el famoso “Black Friday”. Es entendible, nadie quiere pagar más si tiene la oportunidad de llevar lo mismo casi a un veinte por ciento menos, y en algunos casos con mayor descuento. Aunque, si bien son muy interesantes estas propuestas conllevan aglomeramientos, estrés y mucha gente corriendo desesperada por que la atiendan y por conseguir un lugar, empleados agotados por extensas jornadas de trabajo que, si bien se les puede pagar doble, no llega a compensar el esfuerzo y amansadora que tienen que pasar.

Así va transcurriendo diciembre perfumado por los jazmines que han florecido a todo marcha desde fines de noviembre, deslumbrado por los canteros desbordantes de flores, y las lavandas que intentan dentro de tanta locura bajar los decibeles con su aroma y color sedante. Pero el pobre diciembre poco puede hacer sí no desaceleramos la marcha, si no nos tomamos un respiro, si no hacemos una parada para inspirar profundo e intentar sonreír a pesar de que el año quizás no termine como esperábamos.

Sí, las expectativas juegan un rol importante en todo esto: ¿Cuánto esperamos, cuánto anhelamos, cuánta ilusión pusimos, pero qué fue lo que realmente pudimos lograr? Es así que se paran las expectativas frente a los logros y se produce ese primer cortocircuito al intentar tomar cierta perspectiva.

Porque es un momento de cierre de ciclo, de culminación de actividades, e inevitablemente los balances llegan para asomarse vestidos con su característico traje contable para pasar página y revertir resultados, y la mayoría de nosotros quisiéramos por momentos escapar de sus números y seguir de largo como si fuera otra etapa más del año. Pero en el fondo sabemos que no es así y que debemos asumir que otro año más ha transcurrido.

Atrincherados con bayonetas los olvidos aparecen como ráfagas, y presionan con insistencia para que “no dejemos para mañana lo que pudimos hacer hoy”, pero en realidad es lo que pudimos hacer ayer y no fue posible, entonces nos falta el aire, se acaban los minutos, y el tiempo parece acelerar el paso en este diciembre que se va.

Quizás si revirtiéramos la forma de encarar lo poco que resta del año lo terminaríamos más productivamente. Podríamos empezar por focalizarnos en las cosas buenas que nos han sucedido, las personas nuevas que hemos conocido, los gestos amables que nos han sucedido, o esa caricia o ese abrazo inesperado que hemos recibido. Es un buen momento para instalar la gratitud en nuestro corazón e intentar sonreír al año que termina para recibir al que se aproxima con la mejor actitud.

Andrea Calvete


viernes, 7 de diciembre de 2018

VOLVER A PASAR POR EL CORAZÓN

Pasar por el tamiz de nuestro corazón significa recordar, de manera de teñir esos recuerdos con los colores de los sentimientos, con la luz de los latidos, con la intensidad de los sonidos, con los aromas de las emociones, y las texturas de las pasiones, de allí que no sean tan fiables y puedan vestirse a tu antojo y “piacere”.

La palabra "recordar" viene del latín "recordari ", formado de re (de nuevo) y cordis (corazón). Recordar significa mucho más que tener a alguien presente en la memoria, está íntimamente relacionado con "volver a pasar por el corazón", es decir con permitirse la satisfacción de revivir lo experimentado pero desde una dimensión diferente, quizás teñida por condimentos y sensaciones que no nos habíamos animado a descubrir.

Los recuerdos se deslizan a través de un barquito de papel con letras con olor a humedad y algo borrosas hasta que navegan en la dirección que se proponen. Algunos surgen alocados, otros tímidamente, pero se ven en la medida que les damos paso, los dejamos ser, les permitimos manifestarse en forma auténtica, sin prescripciones o limitaciones que los opriman.

Quien viaja a través de sus recuerdos, logra también revivir lo sucedido, traer al presente un trocito de su pasado, y materializarlo en este aquí y ahora, para entonces conducirse por lo que vendrá con entusiasmo y alegría, con una perspectiva de lo que ha sido y también con una mirada trasparente y serena hacia el hoy y el mañana. Porque dar la espalda al pasado es negar lo que hemos vivido, lo que hemos experimentado de alguna manera.

Algunos recuerdos de pronto aparecen como destellos, y nos trasladan a otras épocas, a lugares que parecen haber quedado perdidos en el tiempo, a esas personas que aún laten en nuestro corazón, a espacios que permanecen nítidos y tangibles a través de nuestros sentidos.

Los recuerdos se diferencian de las frases porque no tienen punto final y es así que surgen tenues o insignificantes, poco nítidos, y se desdibujan entre explicaciones y motivos, y su fiabilidad por momentos puede llegar a cuestionarse frente al temblor que los agita.

La bruma envuelve a los recuerdos, bañados de la humedad de la mañana, del hastío de los días grises, del calor sofocante de las horas de encierro, de los momentos amargos o de las noches de desvelos. Así disfrazados con ropas prestadas caminan en busca de mirarse al espejo más próximo. Parados en una inmensa sala repleta de espejos sus imágenes se distorsionan, y se pierden abrumados por la infinidad de opciones.

Recordar implica traer al presente sabores, aromas , imágenes, contextos , texturas, tiempos que parecen haber quedado oxidados, en una suerte de rescatarlos como mejor podamos, posiblemente obviando contenidos y aderezando otros. Allí nos paramos la mayoría de las veces que rompemos una relación luego de pasado el tiempo, intentamos revivir situaciones que lejos están de ser revividas porque nuestros recuerdos son poco fiables, y luego de repetirse varias veces como mejor se les ocurren los validamos como si fueran absolutamente ciertos.

Andrea Calvete

sábado, 1 de diciembre de 2018

LIMITLESS

El ramillete de posibilidades que nos ofrece cada día nos hace difícil enfrentar nuestros límites, algunas veces olvidados, otras ignorados, pero a la larga o a la corta hacerles caso omiso nos trae aparejado ciertas consecuencias. Así sin darnos cuenta vivimos sin límites o lo que se conoce también como limitless.

Si bien vivir bordeando los límites, suele ser atractivo para muchas personas, es un arma de doble filo, pues con facilidad podemos trastabillar y caer hacia el lado que no pretendíamos o esperábamos. Pero como todo en la vida, poner límites en nuestro diario vivir es cuestión de ejercitarnos, y para ello es muy importante haber adquirido esos hábitos desde pequeños. Seguramente a quienes no les han puesto límites desde pequeños, ya siendo adultos le resulte una tarea mucho más costosa.
De regreso a las consecuencias que traen aparejadas nuestras acciones, es importante hacernos responsables por nuestras decisiones y actos, que algunas veces son desacertados por no haber puesto los límites correspondientes, es decir por traspasar esas barreras que sabíamos que nos traerían aparejadas duras consecuencias.

¿Por qué trasgredimos los límites o no los respetamos?

Trasgredir es una sensación placentera que linda con lo prohibido, con lo que no está permitido, y eso en cierta medida es tentador, provocador, da la sensación de sentirse con una cierta chispa de vitalidad y energía, el problema es que esa chispa pronto pasa a transformarse en un tremendo incendio, algunas veces devastador.

Por otra parte, podemos controlar los límites que estemos dispuestos a no quebrantar, pero qué hay de aquellos que se quebrantan a nuestro alrededor y a su vez juegan en nosotros ese efecto de búmeran, es decir nos arrastran junto con ellos. Porque no todo depende absolutamente de nosotros, si bien nuestras decisiones se disparan en forma individual algunas veces son producto de ciertas circunstancias en las cuales no nos gustaría estar involucrados.

Pero de regreso, a las situaciones en las que sí hemos decido involucrarnos, algunas de ellas nos sorprenden sin que las pensemos demasiado o analicemos, y es así que traspasamos esos límites que son esenciales para no equivocarnos o errar el rumbo. Evidentemente, las pasiones humanas tienen muchísimo que ver con este quiebre de límites, en donde muchas veces los sentimientos se anteponen a la razón.

Si bien en la matemática las ecuaciones cierran en forma perfecta, en la vida basta un pequeño error para que la ecuación se desbarajuste y se produzca un caos. Cuando entramos en esos caos existenciales, al mirar para atrás ya vemos tan lejano el punto de partida de la primera equivocación que quisiéramos poner un detonador para olvidar todo lo sucedido. Sin embargo, siempre se está a tiempo de poner límites, de cambiar el rumbo o destino.

Vivir sin límites tiene correlación directa de vivir al límite. La vorágine del diario vivir nos lleva a andar a las corridas, a cumplir con mil y un desafíos, a tener todo pronto para ayer y cargarnos de más obligaciones, sin ni siquiera detenernos unos instantes a ver si realmente estamos satisfechos con lo que nos sucede aquí y ahora. Vivimos rehenes del tiempo, de la tecnología y también del consumo.

Ser rehén nos deja atados de alguna manera de pies y de manos, o al menos maniatados en cierta medida. Es como si un pequeño chaleco de fuerza nos impidiera movernos con absoluta comodidad. Algunas veces, logramos escapar de estos frenos que nos detienen el paso, y es entonces que respiramos profundo y nos oxigenamos.

Limitados en nuestros tiempos, en nuestras tareas y compromisos emprendemos los días, aún aquellos que están menos ocupados se ven igualmente limitados por las pautas que impone la sociedad actual, que nos induce a ser seguidores de sus propuestas para no quedarnos afuera del entorno y la realidad que nos circunda. Porque de alguna manera, todos queremos seguir subidos al mundo, por más que por momentos decimos como Mafalda: “Paren el mundo que me quiero bajar” Y no nos bajamos, porque no queremos quedar excluidos o al margen de lo que sucede, pero no por falta de ganas.

Ese estar al borde del precipicio tiene que ver también con saber decir sí y no a tiempo, cosa que se torna bastante complicada, cuando no tenemos ni muy claro el camino por donde nos conducimos, del mismo modo las alternativas se vuelven complejas y confusas.

Vivir al límite, sin poder ser verdaderos dueños de nuestras decisiones y de nuestro futuro, por momentos nos lleva a sentirnos frustrados, contrariados y de muy mal humor, lo que repercute en forma inmediata con quienes nos rodean y en definitiva con nosotros mismos.

Es maravilloso vivir al límite cuando se despierta la creatividad y la fantasía, es decir la posibilidad de soñar y de no bajar los brazos, pero no todos ante una realidad que presiona y ajusta cuentas en forma continua pueden reaccionar positivamente, o con una actitud resiliente.

Todos los seres humanos somos diferentes, reaccionamos de acuerdo a nuestra forma de ser, así como también según la etapa o circunstancias de la vida que nos toque enfrentar. La resiliencia es la capacidad de afrontar la adversidad saliendo fortalecidos, de modo de poder seguir el camino. Se ha comprobado científicamente que los resilientes tienen mayor equilibrio emocional frente a las situaciones de estrés y soportan mejor la presión.

Al límite, estresados por alcanzar lo que algunas veces es casi una utopía continuamos, a la espera de que esa brecha se acorte de alguna manera. Sin embargo, hay brechas que se agrandan cada vez más, mientras las expectativas se agrietan envejecidas casi entumecidas ante la falta de perspectiva.

No siempre es una decisión premeditada vivir al límite, es algo que gradualmente sin darnos cuenta vamos incorporando a nuestros días, hasta que nuestro organismo dice basta y entonces enferma. Quizás ante este aviso paremos y podamos dar el verdadero significado a nuestro tiempo y a nuestros días, porque la vida es lo que nos pasa mientras hacemos otros planes para ella.

Andrea Calvete

SURFEANDO POR LA MENTE

“Hay muchas cosas asombrosas en el mundo, pero nada más asombroso que el hombre”, manifiesta el poeta griego Antígona. A pesar de los miles de años de existencia el hombre sigue despertando curiosidad, asombro, horas de estudio y reflexión. A simple vista parece no haber nada nuevo bajo el sol, porque en diferentes épocas y contextos las motivaciones o disparadores a la hora de reaccionar el ser humano no han sido muy diferentes. "Sex & Drugs & Rock & Roll"  el lema del movimiento hippie de los años 60, de alguna manera no ha quedado tan lejos, y se ha instaurado en nuestros días en las diferentes manifestaciones culturales.

Las sustancias químicas han motivado a los seres humanos desde la noche de los tiempos, así como el sexo ha sido parte esencial en la vida de los hombres, del mismo modo la música lo ha trasladado por diferentes ámbitos, para así despertar cada una de sus emociones, porque todas y cada una de ellas componen los sentimientos que los habitan. Ojo que no estoy haciendo una apología a este lema, simplemente reflexiono acerca de una realidad humana que algunas veces queremos negar o desconocer, y tiene que ver cómo respondemos ante ciertos estímulos para crear y trascender la gris rutina, la forma de despertarlos esto otro tema en el que no me detendré ahora.

Hoy por hoy para que una película, serie o libro sea exitosa debe condimentarse de sexo, droga, suspenso, misterio, morbo, sangre, porque son parte lo que se consume y se vende, pero el fondo responde a la esencia del ser humano.

¿Por qué es importante que una obra cultural despierte cada uno de nuestros rincones? Porque como seres imperfectos tenemos nuestro lado oscuro y nuestro lado claro, nuestras zonas medias, y todas de alguna manera al verse representadas cuando consumimos cultura despiertan en nosotros ese sensación de identificarnos en algún punto del trayecto. Cuando nos sentimos identificados con lo que estamos consumiendo se produce una simbiosis casi mágica en la que nos fusionamos con lo que consumimos, nos compenetramos y experimentamos que somos parte de esa obra que estamos leyendo, o visualizando. De alguna forma, se produce una cierta complicidad entre el autor y el público, que sólo se percibe en ese momento en el que el lector o espectador siente esa identificación, o protagonismo.

Si bien detrás de cada campaña publicitaria o de marketing hay creativos que estudian ¿cómo vender o llegar a determinado sector?, lo que quisiera rescatar es que lo que vende o llega es realmente porque en definitiva las personas es lo que queremos consumir, tiene un porqué una explicación, pero más allá de ella lo importante es conocernos, y comprender que a pesar de lo que nos quieran hacer consumir, tenemos libre albedrío y podemos elegir o decir no cuando algo nos desagrada o no es lo que pretendemos o estamos buscando consumir. Desde, luego que para decir no, primero debemos informarnos, conocer, y tener verdaderas herramientas críticas como para decidir qué deseamos consumir o qué no.

Sexo drogas y rock and roll, no tienen porque significar literalmente lo que implican estas tres palabras, pueden ser distensión, placer, creatividad, a través de lo que cada uno de nosotros lo haga sentir mejor con su día a día, sin necesariamente tener que caer en excesos. Quizás pueda tener que ver con poder surfear en nuestra mente, en poder hallar sensaciones nuevas, colores sorprendentes, aromas distintos, sonidos placenteros, texturas desconocidas y no bajo el efecto de ningún alucinógeno, simplemente dejándonos ser sin restricciones, a través de nuestras posibilidades.

Probablemente, no a todos nos motiven las mismas cosas, pero evidentemente, lo que suele ser impactante, removedor o llama la atención nos motiva por disgusto, o por gusto a disparar ciertas ideas.

Parafraseando a Antígona “hay muchas cosas asombrosas en el mundo, pero nada más asombroso que el hombre”, que seguirá despertando en cada uno de nosotros preguntas, incertidumbres, tras las que continuaremos surfeando en nuestra mente para poder conocer algo más de este mundo, en el que cada persona es parte de un universo intangible e infinito de posibilidades.

Andrea Calvete

jueves, 29 de noviembre de 2018

VESTIDA DE TRISTEZA

Con el frío gris de la mañana se cubre los hombros, peina su mirada y perfuma su sonrisa. No hay un lugar en el cuerpo que no le duela, respira opresión, le falta el aire. Su mirada apática y descreída camina sin rumbo ni sentido. Vestida de tristeza rumbea sus días.

Pálida, apagada parece desvanecerse entre los diferentes tonos de grises que componen el cielo. Así se para el día frente a un mar que sopla fuertemente, y a nubes encapotadas que la enciman. 

Con su ánimo de pocos amigos, enfrenta la jornada que la invita a quedarse adentro a calor de una estufa de leña, o un rico chocolate que caliente la tristeza que la acompaña.

“¿Vale la pena engalanarse con esta energía”?, se pregunta, mientras de sus ojos se escapan lágrimas amargas que se disimulan en el resfrío que se ha instalado en su cuerpo. Sin embargo, por más que intente contestarse, no lo consigue.

Vestida de tristeza carga un aura oscuro, un trinar agónico y los ojos de la desesperanza la envuelven con su manto coartador de posibilidades. Aunque en el fondo sabe que pierde más de lo que gana al vestirse de tristeza, no logra ponerse ninguna prenda que de una luz a su día, o un rayo de energía.

Sumergida en su baúl de los desengaños transita por las calles de sus días, ha dejado abierta la tapa y están todos allí sentados haciéndole compañía. El más cruel y punzante le dice: “Si no nos cierras con candado, seguiremos a tu lado, e intentaremos destruirte lenta y gradualmente, hasta que te conviertas en cenizas”. Ella con los ojos hinchados de llorar lo mira atónita, y con las pocas fuerzas que le quedan cierra la tapa del baúl y le pasa llave. De inmediato, su rostro se ilumina, y un pequeño brillo resurge en sus apagadas pupilas.

Un atisbo de sol, parece resplandecer en la lejanía, se cuela discreto como para alentar los ánimos del día, y dejar su sello de energía vital y armonía.

Andrea Calvete

miércoles, 28 de noviembre de 2018

VOY A ESPERAR A QUE ME LLAME

Ajenas a todo quienes las rodeaban dos mujeres conversaban muy amenas, yo no alcanzaba a escuchar exactamente lo que decían, pero una frase quedó en mis oídos: “Voy a esperar que me llame, hasta que no me conteste no voy a dar señales de vida”

Desde, luego no sabía a qué se referían, pero me pregunté: ¿Por qué tantas veces esperamos a que nos contesten, den señales de vida? Luego de unos minutos de pensarlo, me di cuenta que la gran mayoría de las veces esperamos respuestas, desde lo que pensamos y sentimos, olvidando que los demás no piensan o sienten como nosotros. No es fácil ponernos en el lugar del otro, y mucho menos pensar con la cabeza del otro. Por otra parte, hay días que casi no nos entendemos nosotros mismos, cómo pretender comprender lo que piensa otra persona.

Desde luego, que en ese esperar a que nos llamen, den una respuesta, hay mucho de orgullo, de no querer bajar la cabeza, de no ser los primeros en dar un paso que denote debilidad o vulnerabilidad, o simplemente problemas de autoestima. Lamentablemente, la gran mayoría de las veces actuamos en función del qué dirán, qué pensarán, qué cuestionarán, cuando en realidad poco debería eso importar. En realidad cuando sentimos, pensamos y actuamos de acuerdo a nuestras convicciones poco importa lo que se diga sobre nuestro proceder.

De regreso, a la autoestima cuando es adecuada nos permite enfrentar la vida con optimismo, en sano equilibrio emocional, de modo que será posible utilizar todas las herramientas que disponemos para abrirnos paso en la vida. En sí, lo primero que implica es respeto por nosotros mismos, por lo que somos. Si partimos de esta base ya tenemos gran parte del camino allanado.

Asimismo, deberemos tener confianza en lo que somos, aunque muchas personas suelen decir “la tengo, pero en la vida las cosas no me salen como pretendo” y viceversa. Lo que ocurre, es que son cosas distintas, los logros obtenidos y la confianza, no precisamente van de la mano, pues mucha veces aspiramos metas inalcanzables, o tomamos caminos inadecuados, o por el contrario llegamos a esos destinos pero no confiamos en nuestra persona o no estamos satisfechos en cómo somos.

Generalmente, la autoestima se conforma en los primeros años de la niñez, entonces en ella influirán el hogar, la escuela y la familia. Mas cuando ella ha sido perjudicada por situaciones tales como la violencia de algún tipo, la misma puede aparecer muy por debajo del nivel normal.

En casos en los que no nos es posible enfrentar lo que nos toca pues no contamos con las herramientas suficientes, es importante consultar un especialista, que nos permitirá superar esas inseguridades o al menos nos presentará opciones para encontrar una salida.

La vida en sí, diariamente agrede este rico patrimonio, y con el transcurso de los años no sólo se debilita el físico sino también la mente, que son asaltados por el cansancio, el estrés, los problemas del diario vivir, y la gran agresividad vigente en este siglo XXI que con gran facilidad hace aflorar nuestro enojo en un abrir y cerrar de ojos.

Asimismo, cabe señalar que la autoestima puede verse saboteada por nuestro inconsciente, que nos permite aflorar el miedo emocional, y nos lleva a disminuir los niveles de autoestima.

Mas en el camino de la vida, la sociedad nos enseña a “etiquetar” lo que está bien y lo que no, algunas veces prescindiendo de los verdaderos valores humanos, simplemente movidos por la necesidad de alcanzar metas que van en contra del propio individuo, de su autoestima, pues se persiguen metas inalcanzables, que están más allá de nuestras posibilidades. Se nos vende un mundo perfecto, donde no hay lugar para los defectos ni las equivocaciones, donde las situaciones nos cierran en forma automática. Y es así que los medios de comunicación nos inculcan familias ideales, personas perfectas, donde no hay lugar para todos, sino para aquellos que tienen una imagen “ideal”, también establecida por patrones que no tienen ni pie ni cabeza.

Y es así que nos enfrentamos a una sociedad, que muchas veces contribuye a bajar nuestra autoestima sin que nos demos cuenta, sin que seamos capaces de comprender que el hecho de no poseer ese imagen que marcan a fuego en nuestro inconsciente no es relevante, pero a la larga influirá para que cuando nos miremos al espejo o analicemos cómo somos, estemos desconformes, pues no nos ajustamos al prototipo que venden los medios.

Por estos motivos, es necesario hacer una pausa y cuestionarnos ¿dónde se encuentra nuestra autoestima? Pues de ella dependerá el equilibrio físico y mental necesario en nuestro organismo para vivir en paz con nosotros mismos. La autoconfianza y la valía nos permiten a los individuos sentirnos útiles con nosotros mismos y con los demás.

Y la confianza en uno mismo, también se proyecta a través de la autorrealización. Las personas con autoestima positiva ven su sistema inmunológico fuerte, pues esta confianza en sí mismo genera resistencia en su organismo. Sin embargo, cuando la autoestima es baja, nuestra capacidad de enfrentar las adversidades de la vida disminuyen, y nuestras defensas también.

Es importante tener en cuenta que no se trata de ir mirando por encima a los demás sino a nuestra misma altura, sino ya no hablamos de una correcta autoestima.

Como arquitectos de nuestra propia vida, somos lo que pensamos. De este modo, si estamos convencidos que no somos capaces de realizar determinadas tareas, posiblemente nunca lo seamos. Debe existir una relación armónica entre lo que pensamos, deseamos y hacemos. Quizás esta sea la clave para que una persona se encuentre satisfecha consigo misma.

Y de regreso con la pregunta que ocasionó esta vivencia ¿por qué esperar a que nos contesten o den señales de vida?, por múltiples motivos podemos esperar una respuesta, pero no escudados en no mostrar lo que pensamos, sentimos o creemos, no por debilidad o no tener una correcta autoestima. Esperemos una respuesta por respeto, por consideración o por darle el tiempo a la persona que nos otorgará la respuesta.

Andrea Calvete

jueves, 22 de noviembre de 2018

REPIQUETEAN LAS CAMPANAS

El aire de la mañana frío y celeste se moviliza, mientras las campanas de la Catedral suenan para anunciar el paso de los minutos que transcurren a su ritmo.

Lentamente, se levantan las persianas, los negocios abren sus puertas y los transeúntes comienzan a dirigirse rumbo a sus trabajos, todo se encausa lenta y cotidianamente, no para mí que no estoy en mi ámbito todo por descubrir, por conocer, por mirar con esos ojos que todo lo quieren saber, y que buscan más allá de las posibles explicaciones. Siglos de historia se esconden detrás de cada edificación.

El sol se esmera por salir y se apoya en la ventana de la guardilla que da frente a mi ventana, encandila mi mirada, me invita a soñar, a mirar esa ciudad que me toma de la mano como huésped.

En el diario vivir, nuestra cotidianidad nos lleva a dejar de ver todo lo sorprendente que hay a nuestro alcance, nos acostumbramos a ver edificios históricos, fachadas maravillosas o escenarios totalmente naturales como parte de lo que nos rodea, porque nos zambullimos en esa jornada que nos espera en la que las horas del día parecen no alcanzarnos. Así salimos corriendo para llegar al trabajo, al supermercado, a ese compromiso que tiene una hora infalible, y en ese vertiginoso caminar olvidamos disfrutar de lo que vamos percibiendo, anestesiando lentamente los sentidos.

La anestesia del diario vivir, se da producto de la automatización, del acostumbrarnos a ver lo sublime que nos rodea, a su vez los problemas que nos circundan nos envuelven en una cáscara dura que actúa como si fuera una cámara de aislación, de esta forma nos vamos alejando de “esas pequeñas cosas” como diría Serrat pero maravillosas que están allí pero no las vemos

Repiquetean las campanas, todo se engrana su ritmo, me dispongo a caminar y a descubrir cada rincón, cada lugar que me seduce con su encanto y su apariencia. Lo nuevo siempre llama la atención ante nuestra mirada, que cuando está distendida y despreocupada se agudiza y entonces es posible percibir mejor lo que nos rodea.

Camino feliz, pero me indigno al ver gente tirada en las calles durmiendo, y no importa lo suntuosa o añeja que pueda ser la cuidad o el vértigo de sus transeúntes, indignamente se los ve allí tirados, algunos incorporados ya al día pero en condiciones que lejos están con lo que tiene que ver con llevar una vida digna. Me pregunto: ¿Por qué tanta gente por el mundo duerme en las calles, vive en las calles, por qué han llegado a vivir así, qué les pasó, tuvieron alguna vez un hogar?, un nudo muy fuerte anuda mi garganta.

Repiquetean las campanas las conversaciones de los transeúntes es un murmullo que envuelve las calles, se los oye hablar en diferentes idiomas, distentendidos, otros no tanto, caminan y colman las calles de un espíritu festivo. Es que la vida misma es una fiesta que nos invita cada día a descubrirla, a admirarla, a soñarla, sólo que algunas veces no nos unimos a esta celebración ya que decidimos dejar que los minutos se estanquen en nuestros problemas y preocupaciones.

Sin embargo, estas campanas nos invitan a dejarnos llevar por sus sonidos, a buscar respuestas con cada repiquetear. Es así que cuando cercanas las oímos podemos apreciar ese sonido mágico y envolvente, para entonces dejarnos llevar a ese lugar en el que el viento, el sonido y los aromas se unen para elevarnos hacia donde estemos dispuestos a llegar.

Repiquetean las campanas, suena una voz que nos llama a ese nuevo día que nos espera, que nos abre los brazos dispuesto a recibirnos de la mejor manera, estará en nosotros atrevernos a vivirlo, a dejarnos sorprender por el horizonte de oportunidades y encontrarlas.

Andrea Calvete

domingo, 11 de noviembre de 2018

LA CABEZA DONDE LOS PIES PIENSAN

Poner las ideas en su debido lugar no es tarea fácil, sobre todo si las queremos hacer tomar contacto con la práctica, es decir donde se desarrolla la vida, en el lugar donde luchan las esperanzas, sufren las desilusiones, se alegran los triunfos y se desplazan los sueños.

La teoría sin práctica pierde razón de ser, sentido, es como sembrar para luego no ser cosechado. El mundo de las ideas suele volar a las tierras de la utopía, también a la de los intereses alejados de la realidad imperante o de las verdaderas necesidades.

Donde se dejan las huellas, donde se pisa es el preciso lugar en el que hay que poner el foco, porque es el aquí y ahora que nos toca vivir, con nuestras circunstancias propias de nuestros días, de esa realidad que por momentos nos disgusta, nos amarga, nos preocupa porque sentimos que se nos escapa de las manos y poco podemos hacer para cambiarla. Quizás el primer paso para no alejarnos de esa realidad, sea pensar con la cabeza donde piensan los pies.

Para pensar con los pies sobre la tierra, el sentido autocrítico es fundamental, no sirve ponernos de jueces de los demás, si no nos ponemos a analizar nuestras fallas y defectos. Admitir errores, también es estar abiertos a las críticas.

Donde los pies pisan es donde transcurren las situaciones del diario vivir, donde vemos los problemas que se dan a nivel social, de alguna manera es tomar protagonismo en esa película que algunas veces miramos de afuera, criticamos, analizamos pero no nos remangamos para ponernos a trabajar como actores. Encontrar defectos, fallas es bastante común, lo complicado es hallar soluciones efectivas a los problemas, o al menos luces que permitan continuar avanzando.

Algunas veces las suelas de los zapatos se encuentran mal trechas, desgastadas, casi agujeradas con pocas ganas de seguir, otras casi sin uso resbalosas y escurridizas, sin embargo, más allá del uso que puedan tener son los que nos hacen tomar contacto con esa realidad que nos mantiene en pie. Por su puesto, que quien vive en una burbuja aislado protegido para no contaminarse de problemas, poco contacto tome con lo que piensan los pies. Para tomar contacto, entonces es preciso salir de esas burbujas de aislamiento, que lo único que hacen es agudizar más el individualismo y competitividad imperantes de este siglo XXI

Pero no todos los pies piensan iguales, por suerte, en la diversidad surge la riqueza, la pluralidad, el intercambio tan preciso y necesario para podernos relacionar y entender entre las personas. Detenernos a escucharnos, algo que parece estar en desuso. Les habrá pasado más de una vez que antes de terminar una frase alguien les habla por arriba y termina contestando algo que no tiene nada que ver con lo que estábamos diciendo, en esos momentos a uno le invade una gran decepción y se da cuenta que poco importaba lo que estábamos diciendo. Sin embargo, no sé si tiene relación con que poco importa más bien creo que hay una necesidad imperante de ser escuchado, de ser atendido producto de esta inmediatez reinante y avasalladora.

Poner las ideas en su debido lugar no es tarea fácil, pero tampoco es una tarea utópica, es poner la teoría en práctica, es hacer carne el verbo, es simplemente poner pienso y voluntad, esmero y compromiso, tiempo y energía en pro de tomar contacto con esa realidad que nos circunda y a la que muchas veces por distintos motivos damos la espalda, quizás cansados, abatidos, o simplemente anestesiados, pero es momento de despertarnos y no desatenderla.

Andrea Calvete

“NO ES RICO QUIEN TIENE MUCHO, SINO QUIEN DA MUCHO”

Quien recibe en un acto casi reflejo da, es como un mecanismo mágico que se produce sin pensar, una iniciativa que surge desde la gratitud y el agradecimiento. Dar trae consigo la sensación de sentirte útil y productivo.

Cuando damos se enciende en nosotros un motor en el que la energía se multiplica, y de la misma manera comienza a crearse un engranaje a partir del cual lo que va vuelve, en un efecto casi de búmeran.

Asimismo, dar está intrínsecamente relacionado con la solidaridad, a través de la cual podemos tender puentes, acortar distancias, vencer obstáculos, ubicados en un plano de igualdad que nos permite sentirnos cómodos a quienes estamos en cualquiera de sus extremos, que poco a poco se irán conectando, construyendo los eslabones de una gran cadena, por medio de la cual podrá fluir lo mejor de cada uno de nosotros, y esa energía circulará libremente.

La solidaridad social y política son las bases de la democracia. Por eso nunca más acertadas las palabras de Mahatma Gandhi quien sostiene que “las personas que no están dispuestas a pequeñas reformas, no estarán nunca en las filas de los hombres que apuestan a cambios trascendentales”, porque desde el pequeño aporte o cambio se logran los grandes, en la existencia del compromiso hacia los demás.

Creo que todas las personas valemos, servimos, más allá de dónde provengamos, de lo que seamos, simplemente por el hecho de ser semejantes, y de formar parte de este inmenso Universo, por eso es fundamental, mirar a quien tenemos adelante para dar tender una mano pero en un acto horizontal, en el que se sienta ese apretón cálido y frontal. Cuando nos podemos ubicar en un mismo plano, el diálogo fluye, las distancias desaparecen, las brechas se acortan, y comprendemos que es el propio hombre que ha creado, con su forma de vivir y actuar, esas diferencias que en definitiva son las bases de la discriminación en cualquier orden de la vida.

Ubicarnos en un mismo plano, tiene que ver con ponernos en el lugar del otro, en establecer correctas relaciones de alteridad. Por ejemplo un jefe en un trabajo tiene una función específica para el que ha sido contratado, pero el trabajo se hará más grato y sencillo, si cuando va a pedir una tarea a quienes están a su servicio, se sienta con ellos, entiende los motivos por los que no pueden cumplir con el trabajo, los escucha, ¡qué palabra!, para un mundo casi carente de oídos y los comprende. Entonces posiblemente el trabajo fluya de la mejor forma, ya que habrá entendimiento, y en cierta forma un gesto de solidaridad hacia quienes trabajan a su lado. De esta manera, se impartirá el respeto y la comunión entre las distintas personas que integran un ámbito laboral determinado. Y en el día a día sucede algo similar, si no escuchamos, si no tratamos de ponernos en el lugar de quien tenemos al lado, no surgirá nunca el diálogo, y entonces no habrá ayuda, compromiso o intercambio posible.

Dar y recibir, son parte de lo que somos. Y por más que es muy placentero recibir de quienes nos rodean su afecto, su amistad, su cariño… su ayuda, no es posible sentirse feliz plenamente sin dar. Porque dar es algo maravilloso, pero siempre en esa cadena inexorable en que das y recibís en un acto de amor y de solidaridad que son inherentes a todo ser humano, tan sólo que algunas veces cortamos la cadena por egoísmo, por falta de tiempo… por mil y una causa, que en el fondo forman parte de justificaciones, paradójicamente sin relevancia, ni justificación, más que excusarnos con nosotros mismos por haber fallado. Desde luego, que seguiremos equivocándonos, pero daremos el primer paso si lo reconocemos y aceptamos, con el afán de aportar nuestro pequeño y a su vez gran grano de arena, en pro de comprometernos con quienes nos rodean a través de una mirada solidaria y fraterna.

Nuestra condición humana nos lleva nos lleva a buscar en los demás, a esperar a que nos den, y así también cuando damos esperamos algo a cambio, pero aquí el hecho de dar parece convertirse en un trueque de vida, que no necesariamente siempre fluye por la mejor vía. En algunas ocasiones, damos y la cadena se corta pues existen agujeros negros, o por decirlo de otra forma personas que en determinadas ocasiones cortan ese fluir de dar y recibir en forma natural.

Así como recibimos, tenemos el privilegio, la dicha de dar. Cuando damos desde la autenticidad, desde el compromiso, desde lo más genuino que existe en nuestro ser, entonces surge una sensación de plenitud, y no esperamos nada a cambio. Parafraseando a Erich Fromm: “No es rico quien tiene mucho, sino quien da mucho”

Andrea Calvete

sábado, 10 de noviembre de 2018

LA RELIGIÓN DE CONSUMO

El fetiche de la mercancía data desde tres mil años atrás, no deja de ser cierto que no hay nada nuevo bajo el sol. Sin embargo, las distintas marcas de alguna manera transforman el mundo, mientras nosotros como compradores consumimos lo que es moda, y lo que se instala de última generación para acompasar el tiempo que nos toca vivir, olvidando o postergando lo que realmente podría ser parte esencial en nuestras vidas.

¿A qué me refiero con parte esencial en nuestras vidas? Corremos detrás de los mejores celulares, computadoras, electrodomésticos… para mejorar nuestra calidad de vida, nuestro confort, ¿a qué precio?, de pronto trabajando más horas, descuidando nuestros afectos, nuestras relaciones personales.

Por otra parte, el hecho de estar tantas horas hiperconectados nos desconecta de estar con nosotros mismos, con lo que realmente nos sucede, así como con los seres queridos que tenemos alrededor. Pero supongamos que no descuidamos nuestras relaciones personales, igualmente una vez que obtenemos esos objetos vemos en realidad que la sensación de entusiasmo dura unos días, luego desparece tras la búsqueda de nuevos objetos, es como el cuento de nunca acabar siempre estamos corriendo detrás de más y más, olvidando que la vida se nos escapa de las manos, el momento de vivirla es hoy.

Sin darnos cuenta, estos productos estas marcas intentan “dar sentido a nuestros días” y pronto el enunciado de Descartes se convierte en “consumo luego existo”. Es descabellado pero de alguna forma caemos en esta vorágine sin ser demasiado conscientes.

La religión del consumo no es altruista, no promueve la solidaridad, por el contrario estimula la competitividad, hace de la vida una posesión y no un don. Del mismo modo, la globalización ha reducido al mundo a un gran mercado, donde todo se transforma pronto en mercancía, tanto ideas, proyectos relaciones personales, y así el valor de cambio de los productos adquiere más importancia que el valor de uso. De esta forma la marca convierte un objeto en fetiche a tal punto de que otorga a quien lo usa un valor superior al que tiene por su naturaleza humana.

Lamentablemente, de la religión de consumo no se escapa nadie, es una fuente inevitable que “alivia angustias, garantiza prosperidad y alegría” Lo entrecomillo porque realmente en el diario vivir vemos que si bien es una fuente prácticamente imposible de esquivar no tiene efectos tan maravillosos, por algo los consultorios médicos están llenos de personas estresadas, que no pueden dormir, con mil dolencias producto de una vida carente de sentido, o al menos de gente que se siente desdichada.

Todo esto nos lleva a exista un fuerte predominio del tener sobre el ser, ya que es una de las principales actitudes inherentes al consumismo que nos lleva a querer satisfacer todas nuestras necesidades y aún peor a generarnos nuevas e inagotables posibilidades. Así surgen importantes preguntas: ¿Tengo conocimiento o conozco?, ¿tengo fe o soy en el camino de la fe?, ¿tengo amor o estoy en el amor?... ¿Cuál es la diferencia entre tener y ser?

Cuando nos cuestionamos si tenemos conocimientos o conocemos, al adquirirlos tomamos y conservamos información, mientras que conocer implica sumergirnos en un pensamiento productivo, crítico que nos permite acercarnos a la verdad, para ser más libres a la hora de decidir ¿cómo vivir?, para no dejarnos engañar por falsas promesas o información que lejos de nutrirnos nos confunde y nos conduce por un rumbo equivocado.

Algunas veces nos apegamos a las relaciones, a los trabajos, a los hogares, a las pertenencias materiales… y perdemos de vista que somos un diminuto punto en el Universo. De pronto, sentimos que estamos desperdiciando el camino, las oportunidades, y que el exceso de equipaje se cobra ya en cualquier aeropuerto del mundo ¿Pero, por qué?

Sencillamente, los recursos naturales son finitos y escasean, cada vez somos más personas en el planeta, donde unas pocas viven en la opulencia mientras otros millones mueren de hambre y miseria. Probablemente cada vez que demos vuelta la cara al problema existente hagamos que la subsistencia del Planeta sea menos probable y efectiva.

Quizás al exceso de equipaje, sea necesario agregar las mochilas emocionales que nos acompañaron a lo largo de la vida, y desechar todo lo que realmente no nos haga falta. Caminar livianos de equipaje hace el recorrido más libre y fructífero. Posiblemente deberíamos hacer como Sócrates que recorría las calles de Atenas mirando lo que había en las tiendas, y cuando un vendedor se acercaba a preguntarle qué quería el filósofo respondía: “Nada, solamente miro las muchas cosas que no necesito para ser feliz”.

Andrea Calvete

lunes, 5 de noviembre de 2018

EL BRILLO DE LAS ALIANZAS

Las alianzas de cualquier tipo tienen un alto valor simbólico, pero el espíritu que las distingue es el del compromiso, el de unirse bajo una misma causa para ponerla en práctica abocados en esa unión por lograr los mejores frutos.

Alianza es un término que procede del verbo aliar y que, por lo tanto, hace mención a la acción que llevan a cabo dos o más personas, organizaciones o naciones al firmar un pacto, un acuerdo o una convención, según el caso.

Las hay de oro, de plata, platino, de cristal… del material que te quieras imaginar, pero creo que las más importantes son las que trascienden el papel, la tinta o los metales, esas que se cumplen porque están en el corazón y nacen desde lo genuino y auténtico sin necesidad de un símbolo que las recuerde o haga presentes. Y no estoy con esto desacreditando los símbolos que son muy importantes, sólo que me parece que lo que se hace intangible, invisible y sólo se percibe a través del palpitar se hace más intenso o profundo.

Es así que diariamente, se establecen alianzas políticas, laborales, estatales, gubernamentales, de todo tipo. Sin embargo, algunas veces estas alianzas se rompen, fallan y entonces comienza un gran desencanto ante la ruptura. Las razones porque se rompen pueden ser múltiples, cambio de intereses, de rumbo, o simplemente darnos cuenta que ese compromiso ya no tiene el mismo peso en nuestras vidas.

Si bien, somos coherentes con nuestras ideas y valores y tienen una correlación con estas alianzas con las que convivimos día a día, sucede que algunas veces decidimos hacer un giro en nuestro camino, renovar el aire, tomar nuevos rumbos, desandar lo andado. Aunque romper una alianza por momentos nos hace sentir que traicionamos un pacto un acuerdo, sin embargo si nos disponemos a hablar de frente con quien hemos establecido esa alianza y argumentamos el por qué de nuestro cambio de rumbo creo que la traición no tiene cabida. Traicionar sería faltar a nuestra palabra, pero en este caso ponemos fin a esa palabra por diferentes motivos que deberemos explicar a la otra parte concerniente en la alianza.

¿Por qué cambiamos en lo que pensamos, sentimos o decimos? Por múltiples motivos, por situaciones que nos suceden y de alguna manera nos llevan a cambiar el rumbo, porque nos cansamos de aguantar ciertas cosas, porque el termostato se hace más sensible en la medida que pasan los años, porque tomamos perspectiva y ya no vemos de igual manera los acontecimientos, porque deseamos invertir nuestro tiempo y espacio de otra forma… y las contestaciones van a variar según nuestro estado anímico, emocional, y la etapa de la vida que estemos transitando.

Sin embargo, no es de asombrarse cambiar, porque la vida en sí es puro devenir, cambio continuo y constante. Del mismo modo, las personas si bien intentamos ser fieles a lo pensamos, decimos y hacemos, en algún momento en nuestras vidas este tríptico hace cortocircuito, y allí comienzan algunos problemas, sobre todo por parte de quienes nos observan que pretenden que seamos un ejemplo intachable, olvidando que ellos también son seres humanos factibles de errores. Lo importante a la hora de cambiar es que el pensar, hacer y decir continúen teniendo armonía y correlación.

Esta correlación entre lo que digo, hago y pienso es una de las más difíciles de sostener en la vida. Puedo pensar maravillosamente y también decir en forma ejemplar, el problema se suscita a la hora de llevar a la práctica de hacer verbo lo que pienso. El poner en práctica lo que pienso y digo es una tarea que requiere tener mucha conducta, ética y moral, solidez y también madurez. Sin embargo, a pesar de que no siempre este tríptico funciona a las mil maravillas es una de las tareas que nos preocupan y ocupan a las personas día a día.

De regreso con las alianzas, algunas veces sin darnos cuentas nos aliamos con nuestro peor enemigo, y no nos damos cuenta hasta que la oveja se saca su disfraz y nos muestra sus dientes de lobo, y allí nos paramos frente a una gran sorpresa y a su vez decepción. Otras veces, estas alianzas no funcionan no porque haya mala fe, sino porque sencillamente no eran las justas y perfectas para el momento que estábamos transitando.

Sin embargo, más allá de las alianzas fallidas, no faltarán alianzas en nuestro camino que permitan dar brillo y luz en nuestra senda, que se colmen de compromiso y entrega, de buena fe y trabajo en pro de solidificar un proyecto con fe y esperanza, con el entusiasmo vivo y el brillo de la mirada intacto.

Andrea Calvete

sábado, 3 de noviembre de 2018

A MEDIA MÁQUINA

Al comenzar el día se prenden los motores, se calienta y se pone en funcionamiento la máquina, pero el cuerpo algunos días pesa toneladas y no quiere arrancar. ¿Por qué le cuesta tanto arrancar?, ¿Acaso el paso de los años pesa?, ¿los problemas o preocupaciones se cuelgan?, ¿o no hemos calentado lo suficiente? Interrogantes válidas a la hora de dar comienzo a una jornada.

¡Cuántos días quisiéramos vivir en sintonía con lo que nos circunda!, pero el engranaje se vuelve torpe y parece desfasarse de lo que ocurre a nuestro alrededor, y es como si camináramos a destiempo.

¿Por qué algunos días no podemos acompañar a la realidad que nos rodea? Porque nos levantamos con un mal día, porque nos duele mucho la cabeza, porque no dejamos de pensar en ese problema que no podemos solucionar, o porque sabemos que nos espera una semana en la que quizás no podamos cumplir ni con la mitad de lo que tenemos pensado… mil y una razones pueden contestar esta pregunta que se para al comienzo de ese día en el que vamos a media máquina. 

Aunque, si arrancamos con pocas ganas o de mal humor, a mal puerto vamos por agua, allí difícilmente salgan bien las cosas, me animaría a decir que una cadena ininterrumpida de dificultades se nos avecina. 

También es cierto que el tiempo incide en nuestro estado anímico, los días de mucha humedad, tormentosos, o el que el viento proviene del norte, o los días muy grises y oscuros, las situaciones se tornan complejas, y no son cábalas es que nuestro cuerpo requiere sentirse confortable para poder enfrentar decorosamente el día.

Nuestras emociones son las grandes responsables de lo que luego pasa en nuestro cuerpo, la ciencia ha probado que ellas repercuten en el funcionamiento de nuestro organismo, el que termina somatizando todo eso que nos disgusta o preocupa.

A todo esto debemos sumar la postura en la que trabajamos lo que nos trae aparejado dolores de cabeza o de espalda. Generalmente hacemos un uso excesivo de la computadora en mala posición, a eso debemos agregar contracturas por mal dormir, o poco dormir.

Y justamente, cuando dormimos mal, al otro día nuestro cuerpo se siente agotado sin energías para empezar, por eso es aconsejable antes de acostarse, no utilizar computadoras, celulares, realizar sí actividades que nos distiendan

Pero, retomando el comienzo del día para entrar a funcionar correctamente, lo primero es tomar un buen desayuno, el tema del baño es otra posibilidad, aunque algunas personas suelen tomarlo antes de acostarse para descansar mejor. El desayuno, aunque no lo creamos es la principal comida y a la que muchas veces le damos poca importancia producto de nuestra cultura y costumbres.

Supongamos que ya hemos desayunado correctamente, pero igual continuamos con el motor a media marcha, nos pesan las ganas, y nos da mucha pereza arrancar, la almohada se nos ha quedado pegada en la cara conjuntamente con un sinfín de problemas que tenemos que resolver en el día.

Aquí, una pequeña y profunda inspiración puede ser una gran ayuda para relajarnos, acompañados de alguna música tranquila que nos permita poner en marcha esta máquina que no quiere arrancar, que parece que se ha quedado sin batería, por eso es importante llamar al auxilio, cada cual sabrá ¿cuál es el más apropiado?

Algunas veces, ese auxilio llega del lugar menos esperado, es esa palabra que viene de una persona querida, que dice las palabras justas y perfectas, en el momento indicado, y allí hacemos el click y nos cambia el día, el motor comienza a calentar despacito, y todo parece encaminarse.

Otras veces, la lectura de un artículo o un libro suele ser ese cable a tierra que nos permite retomar la marcha. También hay quienes una caminata es un primordial para oxigenarse y sentirse con las pilas cargadas… posibilidades no faltan, sólo es cuestión de encontrar aquella que nos permita salir de ese estancamiento y dar marcha a ese día que nos queda por delante.

Y les habrá pasado infinidad de veces, que al terminar el día decimos : “¡qué día interminable!”, y gran parte del problema pasa por no haber arrancado bien el día y en lugar de tomar las medidas del caso, continuamos a media máquina deseando que finalice esa jornada a la que solemos definir como “horrorosa”

Pero, cada día que desperdiciamos a media máquina son horas que le restamos a la vida, de disfrutarla, de vivirla plenamente, descubriendo sus cosas buenas, sin permitir que las cosas malas nos opaquen el día.

Desde luego, que hay momentos duros en los que por problemas de salud, familiares, laborales, caemos en grandes pozos, pero lo peor que podemos hacer es dejar ese motor a media marcha, por el contrario es cuando más necesitamos de nuestra vitalidad para enfrentar con entereza y valentía lo que nos ocurre.

Hay un viejo dicho que dice: “siempre que llovió paró”, y es cierto, los refranes son recogidos del saber popular, por eso es necesario tenerlos en cuenta en esos momentos que parece que el agua nos llega al cuello.

También debemos ser cuidadosos con el uso de nuestras palabras, que se van convirtiendo en pequeños decretos que quedan registrados en nuestro cerebro, y cuando le damos el mandato ya el pobre se ha convencido de que no puede con un montón de situaciones, que con nuestro sólo decir ha alcanzado para ponerlas en acción.

Ese cansancio, que puede venir por múltiples factores es el causante de ese no poder arrancar el día, pero en esa lista que es bastante extensa solemos agregar decretos e imposiciones negativas que lo único que hacen es quitarnos la poca energía vital que nos queda.

Para cargarnos de energía es importante leer, escuchar música, hacer ejercicio, motivar los sentidos de todas las formas posibles, porque estamos vivos, porque el día pasa volando al igual que la vida. Por lo tanto, no hay tiempo que perder, es necesario acompasar el vertiginoso correr de los minutos y no quedarnos detenidos en el pasado, porque no es allí el mejor lugar para resolver nada.


Motor a media marcha- Acróstico

Motores que arrancan

O semi dormidos

Todo pasa lento

O inadvertido

Ritmos que comienzan

A tomar caminos

Mientras los sentidos

Esperan el ritmo

De quien los maneja

Inquietos, tranquilos

Ambiguos sentidos

Mandan desde arriba

A tiempo que esperan

Ruidos de latidos

Completos y plenos

Himnos y sonidos

A tiempo que arrancan.

Andrea Calvete


YA NO ME ACUERDO

Ya no me acuerdo por qué dejamos de vernos, tomamos distancia o dijimos adiós. Pero, lo cierto es que pusimos punto final a esos encuentros. Ahora nos separa un océano, un cielo, una inmensidad que se acrecienta con el tiempo. ¿Existe punto final en los recuerdos?

Quizás los porqué ahora resulten tenues o insignificantes, o simplemente pierdan nitidez. Hoy se desdibujen las explicaciones, los motivos y surgen los recuerdos, que de alguna manera no son del todo fiables, pero están allí borrosos y temerosos de salir a la luz.

La bruma envuelve a los recuerdos, bañados de la humedad de la mañana, del hastío de los días grises, del calor sofocante de las horas de encierro, de los momentos amargos o de las noches de desvelos. Así disfrazados con ropas prestadas caminan en busca de mirarse al espejo más próximo. Parados en una inmensa sala repleta de espejos sus imágenes se distorsionan, y se pierden abrumados por la infinidad de opciones.

Ya no me acuerdo, de qué reíamos, o por qué las horas se detenían en el tiempo, pero si hago foco veo tu mirada callada en un espejo, tu sonrisa sincera y tu estar placentero. Así pasaban los minutos eternos, llenos de magia y de misterio, en donde las explicaciones no tenían cabida. Los sentimientos tienen ese don maravilloso de expresarse sin pedir permiso, ni autorización, de manifestarse libremente en el momento justo y perfecto.

Recordar implica traer al presente sabores, aromas , imágenes, contextos , texturas, tiempos que parecen haber quedado oxidados, en una suerte de rescatarlos como mejor podamos, posiblemente obviando contenidos y aderezando otros. Allí nos paramos la mayoría de las veces que rompemos una relación luego de pasado el tiempo, intentamos revivir situaciones que lejos están de ser revividas porque nuestros recuerdos son poco fiables, y luego de repetirse varias veces como mejor se les ocurren los validamos como si fueran absolutamente ciertos.

Buscar los porqués ayuda en el fondo a encontrar respuestas a los motivos por los que algo no pudo ser, se frustró, o finalizó. Pero, ¿de qué sirven los motivos, cuando ya no hay marcha atrás, cuando no es posible revertir la situación? Quizás, como una forma de sentirnos mejor con nosotros mismos, con esos deseos que de alguna forma se vieron cortadas sus alas.

Seguramente, todos recordemos más de lo que nos animamos a contar o a expresar, y esté relacionado con lo que nos negamos a dejar salir a flote porque aceptar un fracaso o una relación que no pudo ser sea algo que nos duele y marca. El hecho de vencer la frustración tiene mucho que ver con estos recuerdos que se disfrazan detrás de lo que “no recordamos” o sí recordamos pero a piacere nuestro.

Ya no me acuerdo si tus ojos eran marrones o negros, pero con gran esfuerzo veo tu mirada cerrando ese capítulo que ya no tenía razón por la cual continuar, era necesario poner un punto final. Pasado el tiempo, comprendo que los puntos son para la gramática, en la vida la puntuación juega excepciones de acuerdo a lo que nuestra mente sea capaz de fabricar en ese mundo plagado de recuerdos.

Así vivimos, plagados de recuerdos que aparecen como flashes por momentos inconexos, confusos, difusos, en otros claros y nítidos, pero están allí, aunque ya no me acuerdo por qué dejamos de vernos.
Andrea Calvete

viernes, 2 de noviembre de 2018

UN MUNDO REPLETO DE PLACERES PERO LEJOS DE LA ALEGRÍA

Un mal de estos tiempos es que solemos habitar en un mundo repleto de placeres pero lejos de la alegría. ¿Se pusieron a pensar por qué nos alejamos frecuentemente de la alegría, por qué tomamos distancia como si fuera nuestro peor enemigo?

Sinceramente creo que al incurrir en esta situación no lo hacemos en forma premeditada, simplemente nos proponemos alcanzar o cumplir un montón de metas, pero perdiendo de vista algo fundamental y es transitar con alegría. Esto ocurre, porque ocupados y preocupados por tantas cosas, borramos la risa de nuestro rostro, de nuestros pensamientos, fruncimos el ceño y continuamos apurados por cumplir con ese fin que nos hemos propuesto sin dejar que la alegría nos acompañe.

Caminar en un mundo de placeres sin alegría puede dejar un sabor de insatisfacción, ya que al alcanzar la meta deseada sobreviene un dejo de tristeza o de vacío. Sin embargo, cuando el placer se encamina conjuntamente con la alegría entonces el resultado puede ser totalmente diferente.

El placer tiene como objetivo satisfacer un deseo que no necesariamente requiere una actividad, por ejemplo el placer del éxito social, de ganar un mejor sueldo, de conquistar un destino o el mero placer sexual… y podría continuar. Generalmente cuando los seres humanos conquistamos una meta nos encontramos satisfechos por haber alcanzado una cumbre, pero luego de haber logrado ese destino, la satisfacción comienza paulatinamente a desaparecer, y se produce una cierta tristeza pues allí finaliza ese camino emprendido.

Sin embargo, cuando buscamos satisfacer un deseo y para ello ponemos en juego nuestras energías en donde apostamos a un crecimiento personal, entonces si bien alcanzamos una cumbre, pero no se produce insatisfacción porque continuamos encaminados hacia la meta, y el motivo por el que seguimos enérgicos y vitales es porque nos movemos con alegría. La alegría no es sólo el éxtasis momentáneo, sino el resplandor que de alguna manera acompaña al ser

Según el diccionario de la Real Academia, la alegría es “un sentimiento de placer producido normalmente por un suceso favorable que suele manifestarse con un buen estado de ánimo, la satisfacción y la tendencia a la risa o la sonrisa” Es tal cual, cuando la alegría se instala permanece en nosotros un sentimiento de satisfacción, de plenitud, en el que poco lugar queda para los enojos, o los malos momentos. Esto no significa, que no nos tropecemos con inconvenientes o problemas, sin embargo quien logre comulgar con la alegría día a día posiblemente resuelva mejor todas las dificultades.

Por lo tanto, la alegría tiene que ver con una actitud de vida, con el entusiasmo que ponemos en cada acto de nuestra vida, con las ganas con que emprendemos cada cosa que hacemos. Tener entusiasmo significa tener un dios adentro, esa chispa divina que nos ilumina.Y para ello es muy importantes ser conscientes del aquí y ahora, de ese tiempo que se escurre rápidamente de nuestras manos.

Cuando caminamos con alegría, se dibuja un horizonte posible, un brillo en nuestra mirada, una razón por la que continuar, un motivo para cambiar, la ilusión a flor de piel, y la emoción encendida como una luz que nos guía. Sin embargo, es cuestión de proponernos incorporar esta actitud de vida, en la que el sí puedo está presente, en que me levanto aunque me caiga mil y una vez, porque siempre hay un motivo aunque no lo veamos para incorporarnos y continuar.

Khalil Gibran expresa que “nuestra alegría es nuestra tristeza sin máscara”, porque ponerle buen rostro a la vida, actitud y aptitud, no significa que la tristeza o los problemas no nos hagan compañía, son parte de la dualidad de vida y están presentes, pero de alguna forma quien logra cincelar la alegría en su rostro aún cuando el corazón se le desgarra, es porque ha logrado incorporar fortaleza en sus días.

Algunas veces insertos en los problemas los vemos mucho más graves de lo que son, como un callejón sin salida. Sin embargo, si tomamos distancia, si logramos abrirnos a un destello de alegría posiblemente el panorama ya no sea tan incierto o desalentador. Seguramente, alcancemos el amanecer transitando la noche, porque los ciclos de la vida se cumplen también en nosotros.

El hecho de brillar, es una tarea exclusivamente individual en la que tenemos el libre albedrío. Y está en cada uno permitir que una sonrisa se esboce a diario, acompañada de una mirada cálida, simpática y amable.

Y les pregunto, ¿de qué nos sirve andar peleados con la vida, con las situaciones, con la gente? Ya sé, me dirán que existen días en que todo parece conspirar en nuestra contra, pero todo pasa: lo bueno y lo malo. Por lo tanto, es importante no dejar escapar los buenos momentos, debemos atesorarlos en nuestro corazón para que nos llenen de energía día a día.

La alegría se contagia, se esparce con facilidad a quienes nos rodean, y es así que las buenas vibraciones generan nuevas sintonías positivas que se propagan rápidamente y llenan de buena energía a todo el que alcanza. Es patrimonio de todos y cada uno de nosotros, sólo es cuestión de darle cabida.

Andrea Calvete




sábado, 27 de octubre de 2018

CREAR ES TRASCENDER EL TIEMPO

El pintor con sus colores, telas y pinceles logra trascender el tiempo, al igual que escultor con su piedra y cincel, o el escritor con su pluma, o el filósofo con sus ideas, llegan todos a desdibujar las líneas del tiempo, para trascenderlas en su acto creador.

Cada actividad creadora nos lleva a desobedecer la tiranía del tiempo, con sus horarios y proposiciones, con sus días y noches, con el presente separado del pasado y del futuro. De alguna manera, nos permite descontracturar las horas y flexibilizar las precisiones a rajatabla.

Cada acto creador conlleva a buscar en lo más profundo de nosotros mismos, a descubrir algo nuevo y diferente que se manifestará a través de una forma que hasta el momento no había tenido cabida. Es como si la luz en un momento entrara a hacernos compañía para iluminar ese ser creativo adormecido pero expectante. Del mismo modo, la experiencia de amar, de gozar o de captar la verdad trasciende el tiempo al lograr esa sensación de intemporalidad sólo experimentada cuando nos abrimos a un acto en el que ponemos a volar la imaginación, los sentidos, la creatividad y lo mejor de nosotros mismos para lograr enfrentarnos a este acto con verdadera alegría.

Si bien podríamos confundir el gozo, placer, con la alegría, no son lo mismo. Podemos gozar sin alegría. La alegría no es sólo el éxtasis momentáneo, sino el resplandor que de alguna manera acompaña al ser. Generalmente, el acto creativo permite al ser resplandecer a través de su obra, de su creación, vibrar en una sintonía distinta y diferente, difícil de describir o manifestar. Esto explica de alguna manera cómo es posible trascender el tiempo y el espacio mediante el proceso creativo.

Que se encienda esa chispa divina en cada uno de nosotros parece casi una utopía, sin embargo es posible si nos abrimos a nuestros sentidos, a ese ser profundo que nos habita y nos habla día a día, pero que tantas veces no escuchamos o admitimos.

En la actualidad la tecnología si bien es nuestro gran aliado concomitantemente se ha convertido en un severo gobernante, que nos marca los tiempos y espacios vitales, en lo que queda muy poco lugar para nosotros mismos, para esa búsqueda personal y afectiva.

Que quede poco lugar para la búsqueda personal, no significa que no siga siendo un momento importante en nuestras vidas. Por lo tanto, encontrar un espacio en el que nuestro ser exprese y canalizar sus manifestaciones más profunda será instancias muy valoradas y apreciadas. Dentro de estas instancias el proceso creativo es una herramienta fundamental, en la que cada uno de nosotros podemos trascender el tiempo y hacer de él un lugar que cada uno sienta que todo fluye en armonía, sin prisa y en plenitud.

Andrea Calvete

PELDAÑO A PELDAÑO

Cuando decidimos subir una escalera, para no perder el equilibrio y el sentido, es preciso mirar peldaño a peldaño, y así mantener el rumbo.

Enfocarnos en cada peldaño es pararnos en el aquí y ahora, en ese presente tan endeble y escurridizo, tan efímero e imposible por momentos de alcanzar. Sin embargo, aunque pueda resultar una ardua tarea detenernos en lo que nos ocupa aquí y ahora, es parte esencial para poder mirar hacia el pasado o futuro con la debida perspectiva.

Peldaño a peldaño, vamos subiendo uno nuevo tramo del camino. Del mismo modo, gradualmente cada gramo de trabajo se va incorporando a nuestra labor diaria en una suerte de construcción lenta pero segura, en la que van tomando forma el templo de nuestros días.

Es así, que no siempre esa construcción se hace de la mejor manera, algunas veces erramos al cálculo, equivocamos el camino, o simplemente perdemos el rumbo. ¿Por qué perdemos el rumbo?... Mil un motivo, personal, individual, pero muchas veces por ubicar nuestra mirada en los próximos peldaños, corriendo detrás de ese futuro que nos preocupa y del que no tenemos demasiadas certezas. Querer tener certezas, es algo que nos invade en forma permanente, quisiéramos poder responder tantas dudas, tantas incertidumbres, pero en la medida que subimos la escalera, comprendemos que es imprescindible respirar hondo y dejar que todo fluya de la mejor manera, porque por más que hagamos no todo puede estar bajo control, por el contrario muy poco va a ser lo que podamos realmente llevar a cabo sin tener que adaptarlo o ajustarlo al devenir.

Pero, si se trata de cintura, literalmente en la medida que pasan los años la perdemos. Sin embargo, referido a lo que la vida nos pone por delante, la cintura se mueve cada vez con mayor facilidad, producto de la experiencia y de los años vividos. Entonces, ya no le damos importancia a situaciones intrascendentes, o nos preocupamos por tonterías, y lo que antes era un problema ahora es un pequeño matiz por resolver.

También el hecho de no mirar el peldaño que estamos escalando está estrechamente vinculado con perder la calma, por ansiedad, por impaciencia, o por desesperación.

¿Quién no ha perdido la calma alguna vez? Seguramente muchísimas veces ha quedado lejos de nosotros, nos ha abandonado y ocasionado grandes problemas. Porque quien habla cuando está fuera de sí , no dice ni hace lo que debería, se deja conducir por su enojo o alteración. Sin embargo, lentamente trascendemos etapas y nos superamos en busca de mejorar.

¿Por qué perdemos la calma?¿Acaso el termostato salta fácil por el calor?, ¿O simplemente el poco aguante se ha puesto a jugarnos una mala pasada?... preguntas que solemos hacernos cuando decididamente nos desconocemos al dar algunas respuestas.

Seguramente, “hoy no tengo un buen día”, sea una de las respuestas más frecuentes a esta simple y repetida pregunta. Aunque me arriesgaría a decir que la respuesta está relacionada íntimamente con un yo personal que sólo cada uno de nosotros conoce, o al menos intenta descubrir día a día.

La calma se pierde gradualmente, el problema es cuando nos damos cuenta que la hemos perdido del todo, quizás ya sea tarde porque dijimos lo que no teníamos que decir o hicimos lo que no debíamos hacer. Uno de los principales síntomas cuando perdemos la calma es que nuestro cuerpo comienza a tensarse, el corazón puede latir más acelerado, y también puede elevarse nuestra temperatura corporal. Ante estos indicios es importante hacer una inspiración profunda para bajar los niveles de tensión.

Creo que a nadie le gusta sentirse tensionado, con dolor de cabeza o de espalda, sin embargo luego de varias situaciones en las que no logramos mantener el equilibrio, nuestro organismo comienza a cobrar factura. Del mismo, al no estar de muy buen humor comenzamos a discutir con quienes nos rodean por las cosas más insignificantes.

Quizás la calma se pierda por múltiples motivos, pero está en cada uno ver la forma de no desestabilizarnos a la mínima de cambio. Al respecto, tomarse los problemas con humor suele ser de gran ayuda, reírnos de ellos nos alivia, porque liberamos endorfinas y le quitamos importancia a la situación, y vemos que lo que nos ocurre no es tan grave como pensábamos.

La flor de loto o rosa del Nilo suele crecer entre el lodo, entre las impurezas, para flotar y ver la luz desarrollándose con perfección y gracia, también suele representar la pureza del cuerpo y el alma. Su belleza transmite paz y una energía muy especial, sobretodo en días donde se pierde con facilidad la calma.

Posiblemente, ningún mar en calma hizo a un experto marinero, por eso después de mucho navegar deberíamos poder crecer entre las aguas embarradas como lo hace la flor de loto y mostrar nuestra mejor sonrisa desde el corazón, convencidos que hemos trascendido un peldaño en la escalera de nuestro crecimiento personal.

Andrea Calvete

lunes, 22 de octubre de 2018

CUESTIÓN DE TILDES Y ACENTOS


Cada día ponemos el acento en lo que nos parece más conveniente, en eso que nos preocupa y ocupa de forma llamativa. Sin embargo, no siempre acertamos a la hora de tildar correctamente. ¿Por qué erramos al tildar? Posiblemente, porque pongamos mal las expectativas, o nos enfoquemos en problemas que realmente no merecen ni nuestro tiempo ni energía. 

Lo cierto es que al prestar atención o hacer foco en determinados aspectos que realmente no son relevantes perdemos ese bien que se escurre cada día rápido de nuestras manos que se llama tiempo, y por otra parte se esfuma esa energía tan difícil de alcanzar en ese sinfín de cosas que llevamos a cabo. Por eso, es imperiosos distinguir entre lo que realmente es importante y lo que no.

Quizás si nos ponemos a mirar el camino recorrido, hayamos cambiado la forma de tildar, y hoy por hoy le demos importancia a situaciones que años atrás para nosotros no tenían relevancia. Es que con el transcurso del tiempo vamos priorizando cosas.

Sin embargo, al preguntarnos si tildamos bien o mal nuestro enfoque de vida, nos asalten dudas, cuestionamientos… pero después de unos minutos podremos ver sobre el papel esos puntos en los que necesitamos detenernos para valorarlos y acentuarlos de la debida manera.

Tantas veces discutimos innecesariamente, nos enojamos, nos enroscamos en problemas que no son nuestros, en situaciones que no merecen la pena, para después quedar sumamente desestabilizados y con una energía pésima. ¿A cambio de qué, para qué, acaso logramos mejorar algo, solucionar algo?

Al tildar nuestro enfoque en algo, seguramente debemos analizar si lo podemos resolver, si nos compete, si es de nuestro interés, y si es importante prestar atención, en definitiva preguntarnos: ¿por qué, para qué, con qué fin?, para entonces poder analizar si merece la pena embarcarnos en dar prioridad a esta situación en nuestro día.

Asimismo, nuestro tiempo es uno de los bienes más preciados en estos días. Los seres humanos vivimos corriendo, estresados, intentando estirar los minutos como un elástico, pero por más que lo hacemos, el día tiene 24 horas. Este es el gran dilema de nuestros días que trae aparejado estrés, dolencias físicas y psíquicas que repercuten en el rendimiento y en el estado anímico. Por lo tanto, es necesario comprender que el tiempo es finito, y también que nuestro organismo tiene un límite. Este es el primer paso para tomar conciencia de que debemos administrar nuestro tiempo, la forma de hacerlo es priorizar nuestros fines o metas.

Por lo tanto, poner los tildes correctamente tiene correlación directa con aprovechar este tiempo finito y escaso, y a su vez con identificar prioridades, distinguir qué cosas nos urgen, y cuáles ocupan un “tiempo muerto”, en el que realmente desperdiciamos los preciados minutos del día.

En esta tarea de concientización de nuestro tiempo, es importante delegar tareas a personas que sean de nuestra confianza. Aunque, este punto es algo difícil de asimilar, pues nos sentimos indispensables, pero esto no es así.

Por otra parte, es imprescindible incluir en este tiempo escaso, un lugar para nuestros amigos, familiares y seres queridos, pues el cultivar las relaciones personales son los mejores minutos utilizados en nuestras vidas. Momentos que nos colman de energía, alegría y ánimo para enfrentar lo que nos depara el destino.

Aunque administrarlo suele ser un gran desafío, es un requerimiento que debemos asumir para vivir en armonía con la vida moderna, en la que el reloj ha acelerado sin piedad y en la que vivimos sin tiempo.

Y cabe recordar cómo definió Shakespeare al tiempo, porque esa definición continúa vigente, “el tiempo es muy lento para los que esperan... muy rápido para los que tienen miedo... muy largo para los que se lamentan... muy corto para los que festejan. Pero... para los que aman... el tiempo es eternidad”.

La temporalidad de las vivencias tendrá que ver con las huellas o con los pequeños cambios que ellas han marcado en nosotros, cincelando nuestro camino, con ese nivel de trascendencia que hemos alcanzando en la medida que incorporamos nuevas herramientas, y trascendemos planos y vamos elevamos nuestro nivel de consciencia. Por lo tanto, tildar correctamente hará que nuestro tiempo y energía sean aprovechados de la mejor manera.

Andrea Calvete