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DE LA MANO DE LO PROHIBIDO

Las prohibiciones si bien tienen un porqué, suelen cargarse de un aire tedioso, incisivo. Se plantan soberanas con aire inquisidor lo que nos lleva a desafiarlas, a cuestionarlas, salvo que estemos absolutamente convencidos de que son necesarias.

Cuando uno está convencido de algo no lo hace porque se lo prohíban sino desde la convicción de que es la mejor opción a seguir.

Para quienes fuimos educados en dictadura, criados en ella, o quienes la padecieron tras las rejas o en el exilio, no nos resulta fácil asimilar la palabra prohibido, pues todo estaba vetado, no se podía leer, escuchar música, pensar, razonar o cuestionar, parecíamos autómatas destinados a caminar en fila, por eso esa palabra nos ha marcado a muchos uruguayos y nos suena muy mal.

Asimismo, no es productiva, pues el prohibir muchas veces conlleva a un modo de rebeldía a no seguir lo establecido e ir contra la corriente. Ese prohibido nos deja maniatados, por eso los invito a cambiar de mentalidad, o al menos intentarlo.

Prohibir algo muchas veces trae aparejado el deseo, porque el ser humano tiene ese don natural que le atrae lo prohibido, lo difícil, lo costoso, y así cuanto más inaccesible es algo, más se lo valora, y se lo persigue. He aquí uno de los mayores atractivos de las relaciones prohibidas, tienen ese sabor del desafío, del peligro, de ese límite que no se debe trasgredir.

Hay personas que son sumamente trasgresoras en forma innata, porque les gusta conducirse por los senderos en el que el desafío permanente las incentiva y motiva a seguir adelante, así que con ellas lo prohibido no es muy aconsejable.

Pensemos cuando fuimos adolescentes, bastaba que nos prohibieran algo para querer hacerlo, porque no alcanza con prohibir, es necesario lograr empatizar desde la comprensión, desde los motivos por los que es importante no realizar determinadas acciones. Por supuesto, que para vivir en sociedad hay ciertas normas que no están en discusión, son la base de la convivencia.

Si partimos del término libertad, ya en su misma concepción nos aproximamos a una prohibición pues ésta termina donde comienza la libertad de un semejante.

Sin embargo, prohibir la mayoría de las veces encierra una dimensión coercitiva más que un aspecto liberador, ya que en sí conlleva connotaciones negativas como: sancionar, reprimir, aplicar, imponer, limitar, restringir, circunscribir, impedir, excluir, privar e inhibir.

Pero es entendible, que para establecer límites morales y legales se acuda a las prohibiciones, aunque sería más sencillo apelar al entendimiento, al uso de la razón, al raciocinio, al sentido común, al respeto hacia nuestros semejantes y hacia nosotros mismos.

¿Por qué atrae lo prohibido?

Prohibir implica vedar, establecer un impedimento a determinada acción. Por lo general, la reflexión frente a lo prohibido no es demasiado fructífera, pasa por ser aceptada, o por el contrario a ser resistida.

Y la atracción se despierta por enfrentar el desafío a lo prohibido, por rebasar los límites dado que se coarta en cierta forma la voluntad.

Por otra parte, lo prohibido es frustrante en lo referido a la restricción propiamente dicha. Constituye un contra-deseo, un obstáculo que se opone bloquea los impulsos, cierta limitación de la libertad personal.

Asimismo, las prohibiciones conllevan preguntas como: ¿ Cuáles son los motivos que llevan a prohibir? ¿Con qué autoridad? ¿Qué relación existe entre el contenido de la prohibición y la naturaleza de los deseos humanos?

Los efectos de la prohibición varían de una persona a otra, así como también los fundamentos y qué autoridad tenga quien la dictó.

Es conveniente que la persona o institución que efectúa una prohibición satisfaga mínimas condiciones. Esto facilita el encuentro entre la ley y la conciencia y la predispone a un juicio mucho más recto y riguroso, libre de prejuicios. Esa persona o institución deberá tener autoridad moral y establecer buenos fundamentos.

Y como lo prohibido no es recibido de la mejor manera, los invito a cambiar de mentalidad, o al menos intentarlo.

Les propongo:

Dejar de lado el qué dirán, los horarios a raja tabla, los no rotundos, los no puedo, los no tengo tiempo, las dietas estrictas y abrirse a un quizás o un tal vez.

Respirar hondo y tomarse unos minutos para relajarse, escuchar música, leer un buen libro, dialogar con la familia y los amigos.

Caminar descalzos y sentir el pasto, la arena, la lluvia, el rocío, sensaciones agradables para nuestros sentidos que nos conectan con la naturaleza.

Intentar descontracturar nuestra espalda anuda y dolorida, dando paso a la relajación.

Dejar de lado, las caras agrias, los malos humores, las palabras agresivas, que sólo redundan en nuestro perjuicio.

Reír con intensidad y ganas, pues la vida se hace más llevadera, el sentido del humor es un ingrediente que le da sabor y luz a los días.

Si es posible, hacer una pausa, apagar todos los aparatos y escuchar el sonido de la naturaleza, el trinar de los pájaros, el ruido del mar, el sonido de la lluvia, y aspirar los aromas que llegan de la naturaleza.

Aplacar nuestra lengua, dispuesta a criticar en forma rápida y con tono inquisidor, y a pararnos delante de un espejo y mirarnos un rato antes de emitir alguna opinión, pues es muy fácil hablar y juzgar a los demás, si olvidamos primero juzgarnos a nosotros mismos.

Sentarnos con nuestros seres queridos a dialogar, a mirarnos cara a cara, a escucharnos unos minutos, pues muchas veces contestamos sin ni siquiera estar atentos, y cuando nos dicen: “Te acordás que te dije tal cosa”, al oír estas palabras tomamos conciencia de que no escuchamos. Precisamos de esos minutos para establecer ese diálogo fundamental para que las relaciones familiares no se rompan.

No amargarnos por pequeñeces que tienen solución, y que en última instancia nos acortan el día.

Dejar de lado todo aquello que nos dañe o perjudique, sean personas o cosas, pues si nos causan daño no nos sirven, más que para nuestra propia destrucción.

Disfrutar de todo lo que nos haga sentir bien, pues de esos pequeños pero grandes momentos se compone la felicidad, sin olvidar que no existen vidas perfectas o situaciones idílicas, todos tenemos nuestros problemas.

Divertirnos al máximo, el tiempo es un bien escaso, y la vida pasa volando.

Desprendernos del sobrepeso de equipaje, cuanto más cargamos más difícil se hará el camino.

Sacar del vocabulario la palabra prohibido, pues los seres humanos somos capaces de decidir y discernir que hacer o no más allá de toda prohibición. Es un problema de criterio personal lo hago o dejo de hacer, por elección propia y consciente.

Finalmente, para ser capaces de decidir con criterio, previamente es importante educar. La educación es la base de la dignidad y la libertad humana, es la herramienta fundamental para traspasar todas las barreras, conforme a los valores y principios adquiridos, ellos nos permitirán tomar conciencia de que hacer o no, sin temor a penalizaciones o prohibiciones, sino por decisión propia, por criterio, por hacer lo que debemos, por sentido común.

Andrea Calvete

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