miércoles, 20 de febrero de 2019

DOS FAROS EN LA RUTA

Como narradores de historias, de relatos, de anécdotas somos un manantial a través del que fluyen hiladas nuestras esperanzas, nuestros sueños y también esas frustraciones que de alguna manera toman forma en esas letras contundentes que se levantan como pilares, en el sostén de nuestra persona. Este relato, colorea a un personaje que contagia su encanto y comparte lo que tiene con amor y alegría.
Credit: William Warby- Unplush

Amanecía y el sol apenas se desperezaba, el primer trinar de algún pájaro madrugador anunciaba el alba que llegaba llena de energía a recibir a ese día que desbordaba entusiasta. Así Nelson con apenas cinco años subido a un banquito de madera encendía el primus para calentar el agua para que su madre al levantarse ya tuviera el mate pronto. Estaba oscuro todavía, eran las cinco de la mañana, pero les esperaba una larga jornada. Carmen ya había armado todo en la mesada de la cocina para disponerse a planchar cinco canastos de ropa que tenían que entregar en el correr del día. Mientras planchaba cuidadosamente cada prenda, Nelsito como ella le decía, le cebaba mate.

Carmen había venido a Uruguay desde España buscando un horizonte junto con su marido José, allí tenían que picar la piedra de la cantera para poder hacer las carreteras que hoy forman parte de esa hermosa Galicia. Un trabajo muy duro para una mujer que medía apenas un metro cuarenta, sin embargo nunca se le escuchó una queja, siempre trabajó duro y parejo con amor y alegría dejando cada día lo mejor. Poco a poco sus hijos fueron mamando ese espíritu de esfuerzo y compromiso, de constancia y esmero. Pero Nelson era especial, sus ojos claros y centelleantes podían ver el futuro, y la esencia misma de la vida, tenía ese don de ver mucho más allá de lo visible. Quizás era un don innato, pero creo que los genes de su madre eran parte de esa maravilloso ser que con una sonrisa franca y sincera se brindaba a quien le pasaba por delante.

Hay gente que tiene esa particularidad, que sin quererlo, sin esforzarse cae bien a todos, compra el corazón de la mayoría, porque no esperan nada de los demás y dan genuinamente todo lo que tienen porque la vida para ellos es una fiesta, a la que nos invitan a participar, y entonces vemos que realmente lo es, pero algunas veces estamos ciegos, tapados de cosas y no vemos la maravilla que nos circunda.

Con el correr de los años, Nelson se hizo un muchacho, se esforzó estudió, trabajó, se esmeró por superarse por ser un hombre de bien. Su madre con el cabello blanco lo miraba con ternura, tenían una relación muy especial, producto de esa complicidad que ellos habían generado desde siempre. Carmen con más de setenta años decidió aprender a leer y a escribir, y lo logró, ambos eran persistentes y tenaces, luchadores incansables, contagiosos ejemplos de perseverancia y energía.

Nelsito un hombre que formó su familia con esfuerzo y sacrificio, pero para él su mujer y sus hijos eran una luz, eran ese amanecer que llenaba la vida de alegría y de entusiasmo. Sus ojos se cerraron muy jóvenes pero siguieron centelleando coloreando la vida de su familia y todos los que tuvieron la fortuna de conocerlo, como dos faros en la ruta.


Andrea Calvete