sábado, 20 de octubre de 2018

EVOCAR EL ENCUENTRO


Encuentros y desencuentros parte de nuestros días. Sin embargo, se nos olvida evocar el encuentro, es decir despertarlo para que de alguna manera se lleve a cabo. Y si bien un gran número pueden ser casuales, ese trabajo para que se produzcan se va a relacionar íntimamente con el esfuerzo que pongamos en su elaboración.

El viento, la marea, los astros y los avatares del tiempo han de incidir cuando se produce un encuentro, así como ese aire casual y causal que influye para que se manifieste. Pero, está en nosotros trabajar día a día para evocar aquello que de alguna manera queremos que se materialice, es decir que el verbo se haga carne, lo cual implica trabajo, esfuerzo, sacrificio, tesón y mucho esmero. Nada ocurre de la mañana a la noche, todo requiere de un trabajo constante y continuo, que de alguna manera es el que nos permite que los encuentros o sucesos se produzcan.

Sin darnos cuenta vamos moviendo lentamente los hilos de nuestra propia existencia de modo de manejar esa marioneta que día a día ponemos en escena, y que se moviliza según decidimos aflojar o tensar esos hilos. En algunas ocasiones preocupados de cómo manejar esos tensores, olvidamos ser nosotros mismos, poner de manifiesto esa naturalidad que nos caracteriza y distingue.

¿Quién no se ha encontrado con alguien que hacía mucho tiempo no veía, o con alguien que aún no había conocido personalmente, o con una persona que decididamente ha significado un antes y un después en su vida? Seguramente, los encuentros han sido diferentes y diversos para cada uno de nosotros, pero lo cierto es que todos de alguna forma nos han marcado o cincelado, nos han producido una pequeña modificación a partir de la cual hemos cambiado. Día a día, vamos cambiando, pues nada es estático, así es la vida puro devenir y nosotros somos parte de ella.

Al evocar un encuentro, trabajamos para que sea de la mejor manera, para que podamos poner en él lo más luminoso de nosotros o quizás lo más oscuro, porque no debemos olvidar esa dualidad que nos compone y de alguna manera equilibra. Y he aquí uno de los grandes desafíos del diario vivir reconocer nuestras partes oscuras, poco luminosas, asumirlas sin vergüenzas, sin miedos, porque es parte de lo que somos.

Cuando evocamos llamamos, para que se nos abran las puertas, buscamos para encontrar, y de alguna manera también pedimos para que algo suceda. Es simple, el que pide, recibe; y el que busca, encuentra; y al que llama a la puerta, se le abre. Si bien este concepto proviene de un antiguo pasaje de la Biblia sigue vigente hoy y está relacionado con esa voluntad y energía en la que nos comprometemos en nuestro accionar y vivir.

Al evocar el encuentro ponemos nuestro ser más profundo en marcha para que todo de se desarrolle luego de haber navegado por ese interior profundo tantas veces olvidado, asimismo después de haber trabajado laboriosamente para que de alguna manera se produjera, quizás lejos de la forma que esperábamos, pero cerca de ser el justo y necesario para este aquí y ahora.

Andrea Calvete