domingo, 8 de julio de 2018

ENTRE SOBRESALTOS Y ESPERAS

Entre sobresaltos y esperas, se pierde la calma. Sin embargo, intentamos que no se escape de nuestras manos con mucho esfuerzo, pero un viento helado se la lleva y un fuego intenso se apodera cuando ella se marcha.

Si bien, todos buscamos de alguna manera su presencia, tenemos asumido que las turbulencias son parte necesaria para llevarse todo lo que se ha acumulado innecesario en el camino. La calma sobreviene lenta, cuando las aguas se van tranquilizando y los sedimentos se asientan en el fondo. El hecho de que se asienten conlleva a dejar en reposo lo que aún no tiene una solución, o al menos está en tela de discusión.

Mientras el silencio habla, la quietud camina descalza sin prisa. Comienzan así un diálogo que trascenderá planos e ideas en busca de desaprender lo aprendido, de desapegarse de lo que ata y lastima, para dejar surgir lo inesperado.

Dejarse sorprender es un hábito que algunas veces solemos olvidar, mientras la rutina nos asfixia y oxida con sus prácticas automáticas y eficientes. La sorpresa puede asomarse en lo más simple o cotidiano, en el silencio más profundo y preciso, donde podemos aquietar la mente.

Saborear los gustos aún no alcanzados, descubrir nuevos colores y tonalidades, apreciar aromas distintos, acariciar nuevas texturas, es parte de descubrir lo que hasta ahora no habíamos sido capaces de disfrutar, es como si nos zambulléramos en un océano de posibilidades dispuestos a bucear en calma.

En este diálogo armonioso quizás nos fusionemos en un amanecer o en una noche llena de estrellas, o tal vez nos envanezcamos en una risa o en un suspiro, trascendiendo así ese universo tangible e imaginable de modo de elevarnos como espíritus libres en el espiral de nuestra existencia.

El dejar asentar en nuestro interior lo que nos sucede tiene que ver con ese proceso de crecimiento personal, de descubrimiento, de navegar por esas profundidades que algunas veces parecen inalcanzables y poco llevaderas. Sin embargo, son parte de nuestra verdadera esencia por momentos tan lejana y distante.

Esos sedimentos que se asientan están conformados por pequeños cristales de colores que reflejan lo más bello y también lo más feo que habita en nosotros, lo más perfecto y lo más defectuoso, así como los cristales opacos y agónicos que parecen perderse en esa bruma que se funde en el horizonte.

Estar en calma es lograr alinearse con uno mismo, es alcanzar al menos unos instantes ese momento de plenitud en el que puede detenerse el tiempo, en el que el espacio logra trascender, para flotar extasiados por algo que quizás sea muy diferente para cada uno de nosotros.

Una imagen representativa de la trascendencia de la calma es la flor de loto o rosa del Nilo que suele crecer entre el lodo, entre las impurezas, para flotar y ver la luz desarrollándose con perfección y gracia, también suele representar la pureza del cuerpo y el alma. Su belleza transmite paz y una energía muy especial, sobretodo en días donde se pierde con facilidad la calma.

Posiblemente, ningún mar en calma hizo a un experto marinero, por eso después de mucho navegar sería un gran desafío poder crecer entre las aguas embarradas como lo hace la flor de loto y mostrar nuestra mejor sonrisa desde el corazón, convencidos que hemos trascendido un peldaño en la escalera de nuestro crecimiento personal, porque "un hombre en calma es como un árbol que da sombra. Las personas que necesitan refugio se acercan a él".

Andrea Calvete