domingo, 19 de mayo de 2019

VIVIENDO Y APRENDIENDO


Aquí y allá, nos tropezamos día a día con acontecimientos inesperados, con certezas que parecen deshojarse en una y mil capas, con historias simples y complejas, en donde cada instante de vida nos conduce a aprender algo nuevo.

Desde luego cada vez que nos alejamos de nuestro país y tomamos contacto con otras costumbres, culturas, descubrimos los colores en los que cada nación refleja su propia idiosincrasia. Algo que llama la atención en diferentes países de América Latina es el regateo, esa costumbre para nosotros poco frecuente de pelear por un precio, hasta llegar al valor de venta. El regateo es parte de un ritual que tiene lugar cuando dos personas comienzan a negociar por un producto o servicio, así con paciencia luego de varios tira y afloje, se llega al precio final. Aunque a nosotros nos resulta difícil de entender,así son las reglas de juego en otras partes del mundo.

Sin embargo, el tema del regateo es parte del negocio mismo de la vida, en el que establecemos normas, precios, algunas veces no netamente monetarios, sino afectivos, en el que damos lo que somos y a cambio recibimos lo que de alguna forma vamos sembrando. Pero, aquí se puede generar un conflicto porque no siempre lo que damos se corresponde con lo recibido, aquí la ecuación no es proporcional, lo importante es no poner demasiadas expectativas.

Las expectativas son parte de esa chispa de esperanza con la que se enciende cada día, pero no siempre están a la altura de lo que sucederá, por distintos motivos suelen desmoronarse y evanecerse como por arte de magia. Son variables de nuestra naturaleza cognitiva que vienen de la mano de la anticipación y también del análisis. Pueden encarnarse en la medida que creemos y apostamos a ellas. Están vinculadas a las predicciones y previsiones, cuanto mayores son las certezas mayor será la posibilidad que se cumplan las expectativas. En este contexto jugará un rol preponderante en su concreción si son positivas o negativas.

Las expectativas las ponemos donde realmente las hay, y también donde no tienen cabida, pero está en nosotros no apagar la ilusión. Entonces despertamos entusiasmos equivocados, pretendemos lo que no es posible, para luego lentamente aterrizar en la pista de la desilusión o decepción.

Evidentemente, el error de esperar algo y que no suceda, es parte del diario vivir, es lo que se puede esperar en ese margen de posibilidad en el que nos paramos día a día.

¿Pero qué sucede cuando esperamos algo que tiene escasas o nulas posibilidades? Cuando nos paramos frente expectativas casi inalcanzables es preciso ser conscientes de este lugar en el que nos posicionamos, de modo que si la caída es inminente por lo menos nos agarre preparados para amortiguarla.

Pero, existen personas que a pesar de caer siguen porfiando en que esas expectativas se cumplan, aún cuando ya saben que no hay posibilidades, es como quien se aferra a ese dulce recuerdo que no volverá. Quizás esta actitud sea parte de esa negación que hacemos al enfrentar ciertas frustraciones. Sin embargo, negarlas nos lleva por mal camino, porque canalizamos nuestra energía en algo que tenemos que decir borrón y cuenta nueva.

Aunque, a veces ese porfiar e insistir, tiene que ver con el ego, con el amor propio de decir :“yo puedo, lo voy a lograr”, perdiendo de vista que somos seres factibles de errores, y también de posibilidades que quedan truncas por diferentes motivos, y es necesario aceptarlas.

Aceptar no significa resignarse, tirarse en una cama a dormir, sino tener claro que esa expectativa no ha sido posible, entonces le ponemos punto final, y damos vuelta la página. Para sí ponernos a trabajar y a perseguir otras expectativas que sí pueden tener posibilidades en nuestro camino, o al menos nos alegran la vida.

Las expectativas suelen ser luces en nuestros días, destellos de esperanzas, de claridad, de energía vital, como parte de ese motor que nos ayuda a seguir. El hecho de que no tengan demasiadas posibilidades no es malo, lo importante es ser conscientes de ello para no incurrir en falsas expectativas y quedarnos agarrados a una posibilidad que no tiene demasiado sentido. Las ponemos en todo lo que hacemos, en nuestro trabajo, en nuestras amistades, en nuestras relaciones de parejas, en nuestros proyectos, así como en cada pensamiento que se cuela cuando nos tomamos una pausa.

¿Se puede tener expectativas sin esperar que algo suceda? La primera contestación que surge a esta pregunta es que no, porque evidentemente siempre se espera algo. Sin embargo, bajaríamos el nivel de ansiedad y tensión, si tuviéramos el deseo vivo intacto sin teñirlo de esperas, sino de ilusión y entusiasmo, de luz y energía, dejando de lado la espera, porque quien espera desespera dice un viejo proverbio.

En la medida que pasan los años uno cada vez espera menos de los demás, y se conforma directamente con lo que le dan, lo disfruta lo paladea, lo siente con profundidad, porque sabe que las cosas deben surgir sin que se pidan, si que se exijan, sino porque realmente se siente la necesidad de que eso suceda.

Aquí y allá, nos tropezamos día a día con acontecimientos inesperados, con certezas que parecen deshojarse en una y mil capas, con historias simples y complejas, en donde cada instante de vida nos conduce a aprender algo nuevo.

Andrea Calvete