lunes, 1 de abril de 2019

UN MINUTO

Un minuto de paz es mucho para el que no la consigue y un aliciente para quien la desea. Algunas veces luchamos contra nuestros miedos, dudas, ausencias, desencuentros, fracasos, con todo lo que cae ante nuestros hombros y de alguna manera nos mantiene inquietos, en alerta, ausentes y perdidos en una nebulosa difícil de definir.

¿Por qué será que por las noches todo se ve más oscuro, por qué los deseos se aceleran, las búsquedas se inquietan y las ideas se alocan para tocar una respuesta? Posiblemente, cuando todo se aquieta nuestras ideas se revolucionan, mientras nuestro cerebro agotado de pensar quiere descansar, nuestra mente lucha desesperadamente por lo que le preocupa.

Las horas de desvelo no suelen ser buenas consejeras, la puerta de salida parece alejarse con astucia, mientras nuestros párpados pretenden cerrarse, pero nuestro yo interior lucha por ser escuchado, o atendido.

El insomnio es uno de los problemas más frecuentes que sufren los seres humanos hoy en día, por diversas causas: angustia, exceso de trabajo, falta de actividad física, consumo de sustancias adictivas, depresión y estrés, entre un sinfín de causas.

Durante las horas que no podemos conciliar el sueño, el tiempo se hace interminable, los colores cambian las tonalidades, las sombras se hacen más grandes y los miedos se engrandecen como gigantes que quieren invadirnos.

¿Pero quién no ha sufrido noches de insomnio?... quizás haya algún afortunado que no. Sin embargo, quien las ha padecido sabe que los minutos toman otra dimensión, que las palabras suenan diferente, y que los recuerdos se vuelven confusos al igual que los pensamientos.

El insomnio se para frente a los temores, las dudas, lo que queda por hacer, lo que no se hizo, frente a los destellos de los astros que iluminan el cielo y encienden nuestras preguntas.

Así vivimos, dormimos mal, corremos de un lugar al otro, intentando resolver problemas, pero nada de esto es excusa suficiente o necesaria para no encontrar ese minuto en el que podamos bajar las revoluciones, y encontrar sosiego y armonía.

Por momentos, surgen los miedos a olvidar los rostros, los momentos vividos, las caricias, las risas de esos seres que han partido y que son parte de ese ser que somos, y la nostalgia se cuela por las rendijas. Aunque en el fondo sabemos que más allá de la distancia y el tiempo hay un cielo que nos une con esa persona que ha partido.

Un minuto de paz es mucho y a su vez tan poco, es todo y a su vez es nada. Sin embargo, es parte de esa sumatoria importante a la hora de encaminarnos hacia ese estar mejor, o al menos más tranquilos.

Sin embargo la “dimensión real” del tiempo depende de cada uno de nosotros, de esa cabida inteligible que le demos, de esa posibilidad de ser, quizás rescatando momentos vividos del pasado trayéndolos a este presente efímero y trasladándolos a ese futuro inmediato casi impalpable.

Un minuto puede ser muy largo o muy corto dependiendo de lo que se espere, de lo que se diga, pero es parte de ese tiempo al que debemos cuidar y aprovechar para que su sumatoria sea en definitiva parte de lo que deseamos y anhelamos vivir.

“El tiempo es muy lento para los que esperan, muy rápido para los que temen, muy largo para los que sufren, muy corto para los que gozan; pero para quienes aman, el tiempo es eternidad”.

Andrea Calvete