sábado, 27 de abril de 2019

LA PRIMERA VEZ

Si hiciéramos una encuesta sobre “la primera vez”, en la mayoría de los casos un nerviosismo extraño y una ansiedad casi desmedida serían dos de los protagonistas de esta odisea, en la que la ilusión vuela puesta al servicio de dejarse fluir por ese inmenso desafío que está por delante en el comienzo de algo. Si bien los comienzos no son nada fáciles, también tienen la fuerza del empuje y el entusiasmo por delante.

Las expectativas parecían desbordar aquellos lienzos blancos temblorosos, cargados de tensión pero a su vez de un júbilo desbordante. Era la primera vez que tomaban contacto con los pinceles y los óleos, un mundo que pretendía abrirse pero que permanecía ante sus ojos como un inmenso desafío. El aroma a todo recién comprado, nuevo, inmaculado, estaba a la espera de ser descubierto con las ansias intactas, y con la esperanza fresca y abrumadora de ese primer paso.

Debo asegurar que para mí las cosas no eran muy distintas, les aventajaba en llevarme bien con los colores, texturas e imágenes. Los pinceles y las espátulas ya eran compañeros de viaje, y la madera y lienzos un simple vehículo al servicio de la expresión. Sin embargo, nos unía esa primera vez que hace palpitar fuerte al corazón y te interpela con ese sinfín de preguntas casi imposible de abordar. Allí estaba frente a ese grupo que esperaba que compartiera con ellos todo lo que había aprendido a lo largo de los años de contacto con la pintura, pero más allá de mis nervios al observar sus pupilas cargadas de gratitud y emoción me aflojé y dispuse a comenzar.

Recuerdo que lo primero que hice fue observar los rostros de cada participante, presté atención a cómo colocaban sus elementos de trabajo sobre aquella mesa larga de caballetes, y como se disponían con un entusiasmo casi infantil a comenzar. Sin preconceptos, ni malicia, sin vicios propios del camino, estaban allí sentados a la espera de aprender, como si la magia pudiera tocar sus manos para despertarlas. Por favor que no se me mal interprete, digo infantil con admiración y total respeto, porque los niños son grandes maestros que deberíamos llevar a lo largo de la vida en el corazón.

Así comenzó la clase, nadie se animaba abrir los óleos, estaban inmaculados al igual que los pinceles. Me acerqué, uno por uno y les indiqué como abrir aquellos pomos de ilusión y de esperanza que esperaban ansiosos tomar contacto con el lienzo y los pinceles. ¡Ah los pinceles!, al principio parecían disponerse enfilados en la mesa como enemigos, con sus cerdas nuevas y relucientes se paraban desafiantes e insolentes, así eran tomados con la timidez propia del que comienza y con algo de temor y respeto. Los colores por su parte brillaban relucientes, pero se les dejaba poco margen para entremezclarse, parecía que el contacto con otros colores les estuviera vedado, en realidad pasarían tan sólo una media hora en la cual descubrirían la magia de sus mezclas.

Cuando los colores comenzaron esparcirse y combinarse, se empezó a sentir un ambiente festivo, los lienzos se llenaron de vida, cada cual a su ritmo, con sus tiempos e improntas, en cada uno fue quedando plasmado la personalidad y deseos que había en aquellos pintoras que se iniciaban en un camino que no tendría marcha atrás. Un viaje de ida, de allí en más aprendieron a amar los colores, las texturas, volaron con creatividad e ilusión para dejarse ser, para disfrutar de aquel día de encuentro y a su vez lograr plasmar en esos lienzos lo que nunca jamás habían creído que serían capaz.

Algo que pareció un obstáculo, pronto fue perdiendo peso en este desafío, varios integrantes del taller decían : “yo no sé dibujar, no tendría que estar acá”, ante la inquietud les contesté que no era un impedimento, ni un obstáculo no saber dibujar, podían aprender, aunque lo más importante era expresarse y perderle el miedo al lienzo, a los colores y a los pinceles, cuando se los perdieran comenzarían a quererlos y adoptarlos como parte de su oxígeno de vida, allí ya no quedaría lugar para ningún tipo de cuestionamiento más que desafiarse día a día y continuar aprendiendo.

Esta primera vez fue también una experiencia única y maravillosa que nos permitió aprender los unos de los otros. Alcanzó conocernos para entender qué pretendía cada uno de aquel encuentro, comenzamos a admirarnos y respetarnos en un espacio en el que conocimiento fluyó y se esparció en forma horizontal, todos aprendimos de todos, nos enriquecimos y vimos que los colores, las imágenes, las texturas y los aromas de la creatividad y la imaginación se habían unido para que nos conociéramos y camináramos juntos al menos en un tramo del trayecto, el que recuerdo con profundo cariño y agradecimiento.

Si hiciéramos una encuesta sobre “la primera vez”, en la mayoría de los casos un nerviosismo extraño y una ansiedad casi desmedida serían dos de los protagonistas de esta odisea, en la que la ilusión vuela puesta al servicio de dejarse fluir por ese inmenso desafío que está por delante en el comienzo de algo. Si bien los comienzos no son nada fáciles, también tienen la fuerza del empuje y el entusiasmo por delante, y el valor de ser momentos trascendentales que nos acompañarán de por vida.

Andrea Calvete