sábado, 30 de marzo de 2019

ETERNO ENTUSIASTA

El entusiasmo se contagia, se palpita, se desliza suavemente en la medida que lo dejamos emerger y ser, que le permitimos expresarse y brillar. Quizás su permanencia dependa en gran parte de un esfuerzo personal y constante.

No perder el entusiasmo es uno de los desafíos más importantes que se nos presenta cuando nos disponemos hacer cualquier cosa en la vida. Sin embargo, cada cual a su ritmo logra descubrir esa llama que lo hace vibrar y palpitar de modo de ser un eterno entusiasta.

Uno de los condimentos básicos para el entusiasmo es mantenernos enamorado de lo que nos proponemos, porque cuando uno hace algo con pasión, con encanto, se mantiene enfocado, enérgico, dispuesto a traspasar barreras, a resolver obstáculos y a continuar sea como sea.

De esta forma, no queda lugar para bajar los brazos, para los no puedo, para las dudas que paralizan, o para los epítetos que desaniman, por el contrario surge un dulce especial y casi afrodisíaco como es la creatividad. Cuando la creatividad se hace presente, quedan atrás las dolencias, las preocupaciones, parece detenerse el reloj en busca de esa idea, palabra, color o nota que dan ese toque mágico a lo que estamos haciendo.

Pero si bien la creatividad es un gran aliado para el entusiasmo, la paciencia es uno de los pilares más importantes a la hora de que permanezca constante y duradero. El diario vivir generalmente nos lleva a impacientarnos, a perder esa capacidad de espera, de constancia, de esfuerzo, de especial esmero, para que paso a paso, escalón por escalón, podamos avanzar en el espiral de la existencia por momentos tan intricada y laberíntica.

Dice un viejo proverbio que “la paciencia en un momento de enojo evitará cien días de dolor”, porque si callamos cuando hierve nuestra sangre, si escuchamos cuando estallan nuestros oídos, si respiramos cuando parece que el aire no llega a nuestros pulmones, entonces hemos logrado hacer pasar a la paciencia, para que tome asiento a nuestro lado y nos acompañe antes de cometer un acto que pagaremos con creces.

Asimismo, la ansiedad en la que vivimos atrapados, producto del consumismo atroz que nos acecha, conlleva a que seamos personas impacientes, insatisfechas, inseguras, y de este modo a mal puerto vamos por agua. En un ambiente hostil, donde no hay lugar para la calma, el relax, la reflexión, tampoco habrá lugar para la tolerancia, y mucho menos para iluminar los días con entusiasmo.

Pero cabe recordar que  “la paciencia es un árbol de raíz amarga pero de frutos muy dulces”, y esa raíz es amarga porque hay que saber escuchar, observar, callar, comprender, hasta poder ponernos en el lugar del otro, de ese modo surgirán los frutos dulces, la recompensa, y tendrá lugar la tolerancia.

Si nos remontamos al origen de la palabra entusiasmo según los griegos es alguien que quien lleva un dios adentro. Para que el entusiasmo se mantenga resplandeciente, hay que elegir la madera adecuada que permita mantener la llama viva, de allí que todo lo que se haga con amor nos permitirá trascender cualquier límite o frontera, para así poder ser un eterno entusiasta dispuestos a sorprendernos y descubrir lo mejor de cada día.



Andrea Calvete