sábado, 23 de marzo de 2019

BESOS

Los besos se pronuncian por sí solos, se expresan libres sin más antesala que su concreción, real o soñada, anhelada u olvidada, allí están en permanente confluencia perfumando las palabras y revistiendo nuestra esencia.

Hay besos que se dan con la memoria, y quedan plasmados con cada recuerdo que habita en esa estantería prodigiosa en la que vagamente se recuerdan aderezados por los condimentos que solemos agregar cada vez que los revivimos.

Hay besos dan con la mirada, quizás estos sean uno de los más difíciles de manejar ya que la mirada nos desafía permanentemente y no nos obedece, por lo tanto este tipo de besos son revolucionarios llevan la bandera de la libertad sobre sus labios.

Hay besos eternos y sinceros, que se guardan en al resguardo porque nos acompañan siempre que necesitamos ese aliento imprescindible cuando las puertas se nos cierran y las lágrimas corren en silencio.

Hay besos enigmáticos cargados de aire misterioso que dejan un sabor que es casi imposible de descifrar, porque esconden ese aire cargado de preguntas que no son posible de contestar.

Hay besos que marcan un adiós, donde una despedida se clave dolorosa, donde la distancia es un enorme muro que separa y asfixia. Un fin, un desencuentro o quizás un comienzo nuevo.

Hay besos que se llevan en el alma, que se clavan con delicado esmero y nos acompañan en largos recorridos y perfuman nuestros días aún cuando los nubarrones negros se aproximan.

Hay besos prohibidos, que saben a tentación, a ese paraíso inalcanzable en el que quedan abiertas las puertas para dar rienda suelta a todos los sentidos, sin cuestionamientos ni explicaciones porque aquí no tienen cabida. Con aire verdadero se pasean por los jardines.

Hay besos silenciosos, a la espera de ser dados sin más pretensión que ser perpetrados con la más absoluta sinceridad, en donde las palabras son carentes de contenido, y los movimientos quedan a merced de ese espacio en el que solo el magnetismo y encanto tienen cabida.

Hay besos que queman y que hieren, que hechizan con su encanto inexplicable y con sabor dulce y amargo ambivalente, vierten su embrujo lento.

Hay besos que se dan con la memoria, que surgen en el alba de los sueños, y nos besan en la frente en las noches largas de desvelo.

Hay besos problemáticos y ausentes, que deslizan en un mundo paralelo, no les importa comprometerse con problemas y no saben de causas o sentidos, existen a pesar de los pesares, y no te dejan satisfecho.

Hay besos osados,  tiernos, desenfadados,  lentos,  cobardes,  expertos,  inventados o ingenuos. Besos que no saben de prejuicios, y besos que se escapan como niños. Besos al fin, en los que se pronuncian sentimientos, en los que palpitan traiciones y deseos, en los que se esconde un universo de palabras no dichas, de sentimientos indescriptibles, de sueños, de mareas a la luz de la luna, de playas extensas, y de infinitos universos.

Los besos que se han dado, esos que fueron y que aún habitan en nuestro yo más interno, los que no se han dado y están latentes a la espera de ser en ese instante en el que parece detenerse el tiempo y el espacio, en el que la gravedad no tiene peso.

Los besos son parte de nuestros días, de nuestra historia, de nuestros años recorridos, y todos de alguna manera han marcado lo que somos y fuimos, y serán parte de lo que seremos, en ellos habitan nuestros sentimientos, nuestros deseos y anhelos, nuestros misterios más hondos, así los besos saben de nosotros y nos conocen mejor que nadie.

Andrea Calvete