lunes, 30 de julio de 2018

CUANDO EL TRABAJO SE HACE INVISIBLE

Día a día miles de personas se esfuerzan tras conseguir su labor, por hacer su trabajo con autenticidad y esmero, con la camiseta puesta y el compromiso en la frente. Sin embargo su propósito pasa desapercibido.

Cuando esto sucede, es porque de alguna manera esa tarea se hace invisible porque todo sale a la perfección, por lo que su esfuerzo parece en vano. Pero no lo es, porque gracias a ellos todo funciona y rueda a las mil maravillas.

También se hacen invisibles los trabajos de quienes no pueden vivir de lo que aman, de lo que es su pasión, porque no es posible hacer de ellos su sustento de vida.

Hay tantas personas que parecen invisibles ante nuestros ojos, pero se pusieron a pensar ¿por qué sucede esto? En realidad, como son efectivos hacen que todo se encamine en forma espontanea y natural, por lo que pasan casi desapercibidos. Sin embargo, sin ellos el engranaje no funcionaría, las agujas del reloj se detendrían.

Es importante, detenernos a reconocer a cada una de esas personas que desde sus lugares se esfuerzan para que todo funcione y salga de la mejor manera, porque sus manos son las que posibilitan que todo funcione, con sus rostros llenos de energía hacen todo lo que está a su alcance y más, para que un país se mueva y que el mundo no se paralice.

En tal sentido, referido al trabajo invisible podría dedicar el programa entero a miles de profesiones y tareas, pero hoy me voy a dedicar a los compañeros operadores, que son los que hacen posible que un programa como este salga al aire. Sin ellos las radios no funcionarían.

Están allí en la cabina, pero su trabajo no es sencillo, son personas multifacéticas: atienden el teléfono, resuelven temas administrativos, ponen temas musicales, están atentos a que el sonido sea perfecto, a cubrirnos cuando hay un problema o error, son locutores, y también muchas veces conductores de programas… y muchísimo más.

Aunque la audiencia probablemente no tenga conciencia de esta labor porque, como señalaba al principio, su trabajo se torna invisible, hoy quisiera que se viera, que se aplaudiera, y se valorara, porque sin ellos nosotros desde aquí no podemos hacer nada.

Por otra parte, en ese trabajo invisible está la buena disposición y la buena cara por solucionar cualquier problema, desperfecto o contratiempo, y no importa si durmieron, descansaron o comieron, siempre vienen con lo mejor de sí, y eso es realmente muy valioso y digno de destacar y valorar.

Valorar es parte de respetar el trabajo de nuestros compañeros, porque es desde allí que se logra un resultado mancomunado, donde fluye una excelente energía en pro de lo que hacemos. Y también vamos generando vínculos que van más allá del trabajo, que tienen que ver con la fraternidad, con la amistad y el compañerismo.

Hoy alzo mi voz para resaltar el trabajo de nuestros compañeros operadores que, en sus múltiples tareas, colaboran para que un programa salga al aire, y por eso hoy me pareció importante en esta Vivencia reflexionar con todos ustedes.

Andrea Calvete

domingo, 29 de julio de 2018

EL COLOR DE LA PARTIDA

Notas blancas perladas se entrelazan a través de los rayos que atraviesan la ventana, ha dejado de llover. La luz delicada la sostiene, levemente se eleva perfumada por la humedad de la mañana. Fluyen lágrimas dulces y amargas, para purificar y disminuir el dolor. Tantos momentos, tantos recuerdos… todo se mezcla, una nube envuelve con delicados colores pasteles lo vivido.

La luz sigue fluyendo, él la espera con una mirada trasparente y una sonrisa sincera, la toma de su mano, la abraza y recibe porque hace muchos años que la espera. Se besan y reencuentran.

Las partidas llegan y nos interpelan, nos dejan mudos, perplejos, con un nudo en el pecho, y un profundo dolor que nos aplasta. La muerte se viste de gala y con prepotencia se asoma, y allí la vemos pararse desafiante, despiadada, para llevarse con su hoz a su presa. Luce ropas oscuras y repta artera hasta que logra su cometido, no lo importa tiempos ni motivos, cuando elije a su víctima no hay quien la detenga.

Y así quedamos boca abiertos porque nos lleva a los seres más queridos, a los que necesitamos a nuestro lado, no le importa cuando se dispone a gatillar no hay quien la pare. ¿Por qué siempre nos agarra mal parados, por qué es tan difícil aceptar su arribo, por qué deja ese dolor fuerte en el pecho? Parecería, que gozara con nuestro sufrimiento, como si fuera parte de su perversa diversión.

Pero por más que se empeñe en destrozarnos la vida no lo logra, porque con mucho sacrificio vamos enfrentando nuestros duelos, y lentamente nos sobreponemos, nos aferramos a ese nexo que queda intacto con la persona que nos ha quitado, porque ella no es capaz de borrar los sentimientos puros y verdaderos que dejó el ser que ha partido.

Los duelos los vamos enfrentando como podemos, y algunas veces no caminan de la mano lo que uno quiere con lo que hace. Lleva tiempo lograr equilibrar nuestras emociones, cumplir las diferentes etapas del duelo, cada cual a su modo.

Con el paso del tiempo nos ubicamos en los rincones donde duelen menos las partidas, desde donde los recuerdos llegan a atemperar el sufrimiento, y el corazón palpita en sintonía con ese ser que ha partido pero aún sigue vivo en nosotros.

Sin embargo, alguna lágrima de vez en cuando nos visita, y no porque no hayamos hecho el duelo, sino porque también a través de ellas se fluyen las emociones, los sentimientos más espontáneos y sinceros.

La muerte se puede llevar los cuerpos de quien se le atoje, pero la esencia del ser no es capaz de rozarla, esa querida persona que ha capturado con sus devastadoras garras, flota en el universo y habita en cada poro de nuestra piel, y en el latido que vibra con cada rayo de sol al despertar el día.

Cada uno podrá pintar la partida de su ser querido con los colores que le plazca, con lo que le nazca en el momento. Una paleta infinita de tonalidades integran de este cuadro tan importante de plasmar, de expresar y sentir para poder transitar de la mejor manera esta perdida. 

Andrea Calvete


sábado, 28 de julio de 2018

ME DESPEINA EL DESTIEMPO

El viento agita las hojas de los árboles, mientras un sonido envolvente me embarca en una pregunta frecuente y cotidiana que generalmente me hago cuando algo no sucede como lo esperaba : “¿Por qué llego a destiempo?” Me despeina el destiempo.

Los olvidos, las culpas, los errores, las omisiones, las pocas ganas, los deseos reprimidos, las pasiones encendidas, el cansancio, los miedos… podrían ser parte de la lista que da respuesta a esta pregunta.

Los destiempos huelen a tormenta, a mar embravecido, saben amargos y agrios, se muestran oscuros y opacos, ensordecedores y ásperos, llegan para cuestionar nuestros pasos, nos pisan los talones para que nos demos vuelta y miremos con detenimiento lo andado.

Acompañados con un dolor punzante se instalan en el pecho porque la angustia se aloja rápidamente cuando ellos aparecen, las lágrimas también lubrican su pasaje transitorio y poco trascendente, aunque un pararse con firmeza, decisión y valentía suele ser la forma de alejarlos para encaminarnos hacia el rumbo deseado.

A medida que camino se dibuja surge un tiempo preciso para cada situación, sin embargo, el sabor de lo injusto se presenta cuando da paso el destiempo y lo que se espera no sucede. Es en este preciso instante en que no podemos dar la espalda a lo que nos desborda supera o decepciona, es necesario sacar fuerzas desde lo más profundo para superar lo que no es y pudo ser. Debo admitir que en más de una oportunidad me ha pasado por la cabeza sentirme totalmente identificada Mafalda y repetir con ansias: “Paren el mundo que me quiero bajar” en una suerte de escape, de alejarme a un lugar donde lo que me preocupa y ocupa desaparezca y se desvanezca.

Los destiempos que más me inquietan son aquellas palabras no dichas en el momento adecuado, aunque desde hace muchos años intento ser frontal y hablar cuando es preciso porque he comprobado que el tiempo no se detiene y una palabra puede cambiar directamente el rumbo del camino, aún así siento que pueden ser los más peligrosos. ¿Por qué no decimos lo que tenemos que decir en el justo momento? Las respuestas pueden ser infinitas… pero me arriesgaría a creer que los miedos, las inseguridades, son grandes aliados a la hora de callar. Ante situaciones complejas algunas veces optamos por mantener silencio pues sentimos que hablar sólo podría complicar aún más la situación. Las palabras suelen ser como las balas, una vez que se disparan no tienen marcha atrás.

Así como al descuido, los destiempos se asemejan con las huellas en el mar de Miguel Hernández “al volver la vista atrás” muestran “la senda que nunca se ha de volver a pisar”, pero con la esperanza y anhelo de descubrir ¿por qué hemos cambiado el rumbo, con qué fin, hacia dónde nos dirigimos, es este el camino que deseamos continuar?

Al hablar de destiempos necesariamente debemos recurrir a nuestro reloj biológico que tantas veces no funciona como debiera por múltiples causas, a nuestras emociones más profundas, a nuestros deseos más secretos, a nuestros temores y sombras, es decir a navegar en ese yo profundo a veces olvidado o dejado de lado.

Llegan como el viento a despeinarnos, con su suerte de improvisación, se entrometen en el camino y nos dejan un sabor amargo porque frustran un encuentro que sí esperábamos o ansiábamos. Y no es fácil hacer frente a la frustración, más cuando por diferentes causas ya nos agarra mal parados en el camino.

Los destiempos suelen ser como los días grises de llovizna, nos abordan con su monotonía y nos conducen por la desazón de las horas sin salida, de las pupilas sin brillo y de las miradas quietas al borde del acantilado.

Algunos días sentimos que es tiempo de destiempos, de desencuentros, de desilusiones, de obstáculos, sin embargo, cuanto más claro logremos tener su causa posiblemente aparezcan con menos frecuencia y entonces nos peinarán los encuentros.

Andrea Calvete

domingo, 22 de julio de 2018

LA FORTALEZA DE LA CICATRIZ

Existe una tendencia a creer que las personas más fuertes son menos sensibles, pero paradójicamente es esa sensibilidad la que les ha permitido transitar por los lugares más escabrosos. Del mismo modo, cada cicatriz se ha convertido en una fortaleza y ha solidificado su carácter.

Las cicatrices son parte de nuestra historia, nos cuentan de nosotros mismos, de lo que somos y de lo que fuimos. Marcas, testigos silenciosos, que se hacen perceptibles en el cuerpo o en el alma.

Pero para que algo cicatrice, cure, es necesario asimilarlo, aceptarlo, dejando atrás el rencor y el resentimiento, dos sentimientos que de alguna manera impiden la sanación o la cura. De este modo, las cicatrices cincelan lentamente, tallan, dejan huellas, surcos, espacios recorridos, marcan con su presencia nuestros días, haciendo cada uno diferente y significativo.

Si miramos con atención, recordaremos cada una y el preciso momento en que se originaron. Algunas dejan secuelas más severas que otras, pero todas tienen un sentido, un porqué, quizás sean interrogantes que nos permitan ver que nada es casual.

Las más difíciles de asumir o enfrentar son las que se instalan en el alma, esas generan un dolor profundo, intenso, que socava muy hondo, sin embargo una vez que vivimos nuestros duelos en todas sus etapas, las heridas comienzan a curar.

“Lo esencial es invisible a los ojos. Sólo se ve con el corazón”, esta frase del libro El Principito, es la clave de toda cicatriz, pues sólo a través de nuestro corazón podremos percibir qué es lo que realmente nos marcó.

Generalmente, lo que está a la vista no es lo que dejó la cicatriz, es algo más profundo, no tan sencillo de identificar. Muchas veces requiere la ayuda de un profesional, que nos permita descubrir donde se generó y por qué.

Esta sumatoria de cicatrices forma parte nuestro ser. Aunque parezca algo contradictorio, algunas embellecen nuestra persona, pues nos otorgan sabiduría, conocimiento y experiencia, de este modo, aún de las situaciones más duras habremos de descubrir su valor.

Algunas tardan años en cerrar, otras quedan abiertas y al mínimo movimiento en falso, comienzan a sangrar y a doler. Y es en estos momentos, cuando desearíamos poderlas borrar con un pincel mágico que las hiciera desaparecer al instante.

Son producto de la vida, de no saber distinguir, de decidir de prisa, de no pensar, de atropellarnos y saltar al vacío. Por eso, algunas dejan una sensación de frustración, un sabor amargo. En tal sentido, el tiempo es un gran cirujano plástico, logra aplacarlas, de tal modo que algunas desaparecen casi por completo. Apenas es posible vislumbrarlas con mucho detalle o detenimiento.

Y no sólo el tiempo colabora en la cicatrización, el aceptar lo que nos ha marcado, el poder eliminar sentimientos de culpa, de frustración, de dolor, de resentimiento, para convertirlos en aprendizaje, en conocimiento, en crecimiento personal. De este modo, se convertirán en una marca que nos ha permitido dar un paso más en el camino de la vida.

Aunque como seres humanos algunas veces contradictorios, lo que hacemos para aliviar dolores, sufrimientos, desencantos, parece ir en detrimento de la propia superación del problema, porque tomamos por sendas que realmente nos alejan de ella. En tantas ocasiones obligados por las circunstancias, y otras por nuestros propios conflictos internos.

Y días atrás, una persona amiga hablando de este tema dijo “yo no soy normal”, por eso me han ocurrido tantas cosas. Y les pregunto ¿qué es ser normal?, ¿es que acaso somos todos “normales”? Yo entendí perfectamente que esta persona se sentía diferente a los demás, pero creo que día a día a través de nuestros pequeños actos nos sentimos diferentes, no comprendidos y excluidos de una serie de situaciones, diría algo que a todos en algún momento nos sucede.

Sin embargo, algunas personas se muestran fuertes, impenetrables por nada ni por nadie, parecen sobreponerse a todo como si fueran de hierro. Entonces, me cuestiono: ¿Qué es lo que les pasa, no tienen corazón? Pienso que han quedado anestesiadas, ya nada les inmuta, nada les conmueve, nada les afecta, y me recuerdan a las piedras estáticas y duras, generando resistencia a todo, hasta su propia existencia. Aunque la anestesia es un producto que sirve para aplacar el efecto del dolor, como analgésico y calmante, quien se endurece a tal punto, es porque ya ha sufrido demasiado, y superado, en un acto de puro egoísmo, decide aislarse para seguir el camino de la mejor manera.

Y cada cual sabrá ¿cuál es la mejor manera de superar lo que lo ha dañado, lo que le ha lastimado? Sin embargo, el apartarnos o recluirnos en lugares confortables aislados, no es una solución factible, es una mera forma de seguir transitando. Y según Eladia Blázquez “permanecer y transcurrir no es perdurar, no es existir, ni honrar la vida”.

Creo que ser sensible es una gran virtud, que habla de la capacidad de las personas de sentir, de vibrar, de experimentar el sufrimiento, porque les importan sus semejantes, porque se comprometen con lo que hacen y dicen. En definitiva no han perdido el sentido autocrítico, tan esencial para corregir los errores.

Y algo que es importante recordar, es que al buscar el camino nos equivocamos, nos frustramos, y entonces decidimos inconscientemente auto castigarnos, porque las cosas no salen como desearíamos. Y aunque estas heridas que también pueden cicatrizar, son unas de las más complejas, porque son auto impuestas, en una suerte de castigo.

El castigo es producto de una educación arcaica en la que se nos inculcó que a través de él podemos educar y corregir en pro de mejorar. Estoy totalmente en desacuerdo, las cosas se hablan, se entienden, en el diálogo está la salida, en la búsqueda permanente por progresar, y no en la represión.

Surgen entonces de la mano del castigo, los límites, los que debemos implementar en forma personal cuando realmente tomamos conciencia de que son necesarios y parte de nuestra vida, no cuando son una exigencia o un formulismo.

El crear límites personales, para equivocarnos menos, es una decisión que requiere de un verdadero pensamiento crítico. Estos pueden ser estimulados por quienes nos quieren y rodean, pero en definitiva la decisión de respetarlos y llevarlos adelante, siempre es personal.

Las cicatrices forman parte del aprendizaje de hombres y mujeres, que tuvieron que caer y volver a empezar de cero tantas veces, con las bocas cargadas de amargura y desánimo, pero sin embargo, no se dieron por vencidos.

También reconozco que nos insensibilizamos, tras ver en forma continua atrocidades que no tienen ni pie ni cabeza, maltratos, insultos, injusticias y violencia, que aunque no seamos partícipes en forma directa somos testigos presenciales. Y así vamos perdiendo lentamente sensibilidad, tras dejarnos anestesiar por esa contaminación ambiental y mental que nos circunda y atrapa.

“Sabemos lo que somos, pero aún no sabemos lo que podemos llegar a ser”, así lo expresa Shakespeare, por eso intentemos que esas cicatrices nos fortalezcan en lo que vendrá, tras la búsqueda incansable por ser mejores personas.

Andrea Calvete

sábado, 21 de julio de 2018

FRENTE A UN AUTÉNTICO DESCONOCIDO

Descubrir un auténtico desconocido luego de mucho tiempo de tratarlo suele ser algo frecuente. Es un momento de impacto, de sorpresa del que desearíamos no ser partícipes. ¿Pero se pusieron a pensar por qué nos sucede?

Allí estamos parados frente a una realidad que no nos es ajena, a la que posiblemente dimos la espalada, o vimos solo lo que queríamos ver en esa persona. Es bastante más sencillo de lo que parece, al comienzo cuando vamos conociendo a esa persona sumamos todo lo que desearíamos que tuviera, desconociendo realmente quién es . Por otra parte, para conocerla a fondo ella tiene que estar dispuesta a abrirse y a mostrarse tal cual es.

Sin embargo, por diferentes motivos es placentero moldear a esa persona que vamos conociendo a nuestro antojo, sin detenernos si quiera a mirar con detenimiento cuáles son sus verdaderos atributos y defectos.

Generalmente, cuando una relación vincular comienza intentamos mostrar nuestra mejor faceta, porque a nadie le gusta en primera instancia que salgan los defectos a relucir, de la mismo modo la persona que conocemos nos muestra su mejor cara.

¿Pero dónde surge esa desilusión o desencanto al descubrir a la verdadera persona?

La desilusión surge porque estuvimos con los ojos vendados mirando una realidad a medias, en la que nuestros deseos muy solapados presionan en esta mirada sobre el otro.

¿Pero por qué está latente ese deseo de amoldar al otro a lo que a mí me gustaría?, ¿por qué no lo acepto como es, sin juicios, sin cuestionamientos? Quizás sea parte del sistema cultural en el que vivimos insertos, en el que se nos inculcan determinados parámetros que luego repetimos sin ni siquiera cuestionarnos nada.

Es común decir o pensar te acepto tal cual sos, pero si nos detenemos a pensar suele ser una verdadera falacia, porque en el fondo cuando conocemos a alguien lo vemos del modo que deseamos o nos gustaría que fuera y, con el transcurso del tiempo, esa imagen inicial suele diferir con la que descubrimos.

Al principio las relaciones funcionan de maravillas, todas son virtudes, alabanzas, que al tiempo se desvanecen al enfrentar nuestros deseos con la realidad. Y cuanto más difieren se incrementa el descontento que sentimos con esa persona que estamos conociendo.

¿Por qué no aceptamos a los demás tal cual son? En realidad cabría preguntarnos antes ¿por qué no nos aceptamos a nosotros mismos? Preguntas que se acoplan a una palabra que todos ansiamos o anhelamos: libertad ¿Hasta qué punto somos libres?, ¿por qué nuestros derechos se ven constantemente vulnerados?, ¿es qué acaso no logramos ponernos en el lugar del otro, trascender las relaciones de alteridad?

Generalmente, tendemos a colonizar al otro, en el afán de que se apruebe lo que pensamos, sostenemos o creemos, sin ver que el hombre del hombre necesita, que nos complementamos aún en las disidencias.

Antes de contestar algunas de estas preguntas, lo primordial es analizar ¿por qué no nos aceptamos a nosotros mismos?, ¿por qué realmente conocemos muy poco de nuestro yo interno?, de esa búsqueda personal y esencial, porque tras correr, avanzar, aprender y crecer, olvidamos profundizar en esos lugares desconocidos o poco frecuentados por nosotros mismos. De allí ,que la búsqueda interior está íntimamente relacionada con ese ser espiritual que nos sustenta y del que poco sabemos, porque en él se mezclan emociones, sentimientos, recuerdos, valores que nos dibujan y nos permiten trascender en el tiempo.

Es frecuente que sin darnos cuenta nos encontremos moldeando a las personas que tenemos al lado, a nuestra imagen y semejanza, olvidando que cada persona en un ser único e irrepetible, con sus gustos, deseos, anhelos, virtudes y defectos.

Entonces frente a las preguntas: ¿cómo fuimos educados, cómo vivimos nuestra niñez y adolescencia?, me olvido de todo y me traslado aquellos años que recuerdo con todo cariño, porque siento que aquellas etapas son el puntapié inicial de nuestras vidas, y no puedo más que recordar risas, tardes de sol, días en familia, noches en rueda de amigos cantando muy fuerte al son de una guitarra y alegría.

No creo que las imágenes difieran al recordar la niñez o la infancia, y si las comparo con la de mis hijos que son de otra época, con mayor amplitud de ideas, de tolerancia y aceptación. Sin embargo, veo que en cualquier época se rescatan valores, sentimientos y afectos que nos marcan, algunas veces mejores y otras peores, pero dependiendo también de lo que cada uno transita.

El tiempo no se detiene, alberga todos los sentimientos, estados de ánimo y personas, no sabe de pausas, más bien de prisas. Los hubo mejores, peores, pero este es el nuestro. Por lo tanto, es imprescindible ver ¿dónde estamos parados?, rescatemos lo mejor de cada uno de nosotros, de los más jóvenes, de los mediana edad y de los más grandes, de todos tenemos para aprender y compartir.

Tomar lo mejor de cada uno nos posibilita pararnos con ilusión, con esperanza de cara al futuro, basándonos en lo positivo que nos hace brillar, para dejar atrás lo malo, lo negativo, superando obstáculos, dificultades, codo a codo todos unidos, no enfrentados. El enfrentarse es parte de la vida, del lograr sobrevivir, pero hagámoslo con consciencia, con responsabilidad, en una búsqueda por respetar la libertad de la persona que tengo a mi lado, sin pensar que de este modo es vetada la mía, por el contrario si todos podemos ejercer nuestros derechos la convivencia es más cordial.

Amartya Sen, premio nobel en Economía por sus contribuciones a la investigación en el bienestar económico, hace hincapié en la libertad que deben tener las personas para realizarse, teniendo en cuenta la calidad de vida, nivel de vida, el bienestar y el desarrollo humano. Para él la concepción de equidad es un tema fundamental, y se puede lograr si se pone acento en los medios para alcanzar los fines. Critica fuertemente al enfoque utilitario porque mira resultados, pero no están presentes las libertades.

Una de las claves para que haya tolerancia y libertad entre las personas, es que nos dejemos sorprender por el amor, porque cuando esta palabra entra en nuestras vidas desde sus diferentes acepciones logra transformarnos en mejor personas, con un corazón abierto a sentir y a dar todo lo que sea necesario, sin fronteras, sin límites, salvo las que estemos dispuestos a poner.

Sería maravilloso que te aceptara tal cual sos, y vos a mí, desde esa perspectiva cambiaría muchísimo todo, sería un gran paso para ponerme en tu lugar, en el del vecino, amigo o compañero, sin juzgar o señalar, simplemente aceptando que para que seamos iguales y se respeten nuestros derechos, debemos aceptar a todas las personas más allá de que difieran con lo que pensamos o sentimos. Quizás el primer paso sea aprender a escuchar antes de emitir una palabra y apelar al proverbio árabe que dice: “Si lo que vas a decir no es más bello que el silencio: no lo digas”. 

Andrea Calvete





miércoles, 18 de julio de 2018

APLAUSO MEDALLA Y BESO

¿Cuánto de lo que hacemos lo llevamos a cabo por el simple hecho de estar bien con nosotros mismos? ¿Tantas cosas las realizamos para ser reconocidos, admirados, distinguidos? ¿Para sentirnos aceptados, queridos, mimados…? Y podrían continuar las preguntas, lo cierto es que el reconocimiento y la aprobación de los demás son importantes y tienen peso en nuestras acciones.

Aunque nunca falta quien todo lo que hace con ese único fin, esperando ese reconocimiento que si bien puede ser un aliciente no debería ser el único motor a la hora de incentivarnos. Sin embargo, los aplausos nos llegan desde la época de los griegos y romanos, como signo de aprobación de obras y espectáculos. Actualmente, los psicólogos lo ven como una necesidad de manifestar opinión. También cuando palmeamos a alguien en la espalda tiene que ver de alguna forma con este aplauso, en el que no es posible el contacto directo y entonces surge espontaneamente.

Algunas veces cansados de reproches, malas caras, o reprobaciones, nos apartamos del qué dirán, de lo que piensen los demás, y caminamos haciendo poco caso a quienes nos rodean con una pretensión de huir de ese juicio constante por momentos fastidioso.

Sin embargo, no faltan los que están a la espera del “aplauso, medalla y beso”, de esa gratificación constante y permanente por parte de los demás, que en realidad deja de ser tan efectiva cuando poco conocemos a quien desde el otro lado del monitor nos indican su aprobación. La comunicación virtual se ha convertido en un mundo paralelo donde se desdibujan las realidades rehenes de íconos y emociones configuradas para dar cabida a una comunicación rápida y eficaz, que en el fondo se aleja del verdadero ser que las maneja.

Quizás el más sincero aplauso medalla y beso sea el que provenga de la aceptación de un mismo al mirarse al espejo, de quererse como uno es, para después si ver con sinceridad los elogios o críticas provenientes de las personas que nos rodean. Y convengamos que si uno tiene mil amigos o más en las diferentes Redes Sociales, de todos esos un pequeño puñado llegan a ser amigos de verdad, pero es cuestión de mirar con detenimiento para descubrirlos.

Es natural querer lograr la aprobación de las personas que nos rodean, pues vivimos en sociedad, somos partes de grupos en los cuales establecemos vínculos, y es lógico querer lograr buenas relaciones vinculares. Sin embargo, no podemos permitir que nuestras acciones sean dirigidas únicamente por los demás, pues lo primeros destinatarios somos nosotros mismos.

Andrea Calvete




sábado, 14 de julio de 2018

DISPUESTOS A ABRIR LA PUERTA

Escaparse de la realidad por unos minutos es cosa habitual, lo hacemos de diferentes maneras, a través de un libro, una película, una obra de teatro, de cine, o también mediante una conversación o un simple encuentro. También colaboran en la causa la  escritura, la pintura, la realización de algún deporte o de cualquier tarea creativa en la que podamos disfrutar y sentirnos plenos. En esos instantes paramos nuestras rotativas para dar lugar a otra instancia que nos trasciende, o al menos nos permite salir de ese lugar cotidiano.

La rutina suele ser gris, monótona, sin embargo se puede colorear según la creatividad e imaginación de cada compositor. Quien logra trascenderla de alguna manera, puede vibrar en una sintonía diferente, en la que es posible soñar, viajar, escuchar diferentes sonidos y aromas, descubrir nuevas imágenes y sorprenderse por algo que hasta ahora había pasado desapercibido ante nuestros sentidos.

Aunque hay personas que son muy rutinarias, y nos les gusta apartarse de lo que hacen a raja tabla, para otras el cambiar de aire o perspectiva les oxigena sus días. Sin embargo, más allá de la manera de ser que tengamos, es indudable que hacer algo distinto, nos conduce por el camino de la creatividad y la sorpresa. Los niños son muy abiertos a dejarse sorprender, a experimentar, a reír y a jugar, pero en la medida que crecemos esas posibilidades se van acotando: ¿por qué?

Los porqués podrían ser múltiples, y diferirían según cada persona: Pero me animaría a decir que están relacionados con las decepciones, con los contratiempos, con los desencuentros, con las cicatrices que nos han quedado, y también con las frustraciones, es decir con todo lo que de alguna manera ha sido una piedra en el camino. Sin embargo, un obstáculo no puede ser quien nos detenga el camino o nos haga seguir por aquel que no estemos dispuestos a transitar, si equivocamos el rumbo siempre es posible retomar la senda que deseemos.

Fugarse a una dimensión única y apasionante, no es muy costoso ni sofisticado, algunas veces forma parte de trascender la realidad que asfixia o simplemente cansa porque es pura rutina.

El abstraerse a un espacio, requiere de involucramiento, entrega, creatividad, del convencimiento de querer navegar en las profundidades más intensas y desconocidas, para encontrar eso que no sé ve, tan intangible e infinito que la mente se perturba con el hecho tan sólo de no poder dimensionarlo.

En fuga se paran los deseos, los anhelos más profundos, en los que el tiempo y espacio pierden su identidad, porque es un momento en el que se traspasan minutos, sutilezas, hasta lo más minucioso queda desvanecido con ese goce que proporciona esa dimensión en la que nada duele, todo es dicha y placer.

Una dimensión en la que parecen contenerse los latidos y la respiración, en el que se abandona el cuerpo cansado y el alma dolorida y se los deja volar libremente, sin miedos, sin impedimentos, el viento sopla a favor, la luz brilla intensamente.

Quizás esa dimensión sea única y diferente para cada uno de nosotros, y seguramente la alcancemos de modos muy distintos, pero lo importante es llegar a ella en algún momento de la vida, para entonces abrir esa puerta que nos permita disfrutarla.

Andrea Calvete




¿COMO ACCEDER A LA QUINTA DIMENSIÓN?

Las dimensiones a través de las que nos movemos son parte de nuestra realidad, así como de la búsqueda en la que estamos inmersos cada día.

La primera dimensión tiene que ver con la altura, la segunda con el ancho, la tercera con la profundidad, la cuarta con el tiempo, y la quinta es una dimensión a la que desde hace mucho se intenta llegar a través de diferentes formas y que tiene correlación con trascender a lo más profundo de nuestro ser.

Esta misteriosa y quinta dimensión está íntimamente emparentada con lo que no se ve a simple vista, con lo que no se percibe fácilmente. Quien sea capaz de entrar en ella posiblemente se conecte con otras dimensiones ocultas.

Quizás si nos remontamos a los principios herméticos podríamos desafiar algunas de estas preguntas buceando por el “todo, que es mente”, abiertos nuestros sentidos para llegar al universo a través de nuestro ser más profundo.

Para la física clásica, las dimensiones están relacionadas con la longitud, la extensión, el volumen de los objetos y con el tiempo. Sin embargo, a través de la física cuántica podemos alcanzar otras dimensiones que existen en un plano que no podemos ver con nuestros ojos, nos introduce a lo no observado y también a las dimensiones no alcanzadas, es decir las relativas a nuestra evolución espiritual y nuestros estados de consciencia.

La materia está formada por átomos, y dentro del átomo, las partículas que lo conforman son insignificantes en términos del espacio que ocupan, y los espacios entre ellas son considerados “vacío”. Es decir que los átomos están compuestos de materia en proporciones casi inexistentes, y el resto no ocupado por ella es vacío. Por eso se habla del “valioso o preciado vacío del átomo”, un vacío que sí miramos con atención tiene correlación con nuestra existencia.

Los seres humanos somos parte y estamos inmersos en esa realidad cuántica ya que también estamos formados por átomos con inmensas posibilidades, siendo el pensamiento una realidad que nosotros mismos creamos en el universo, y éste una energía. El universo está formado por millares de energías y todos estamos conectados por ellas.

La quinta dimensión podría estar relacionada también con el término quintaesencia, una palabra compuesta que se deriva del latín quintus y esencia. Los antiguos alquimistas consideraban la existencia de cuatro elementos básicos en el universo: agua, fuego, aire y tierra; y utilizaban este término para referirse a lo que venía después de estos, es decir, un quinto elemento al que también se le denominaba éter o alma.

La quintaesencia es la perfección misma, la piedra filosofal, el elixir de la vida que sólo es posible una vez que se llega a un estado de pureza y se logra la transmutación en oro, que no necesariamente se refiere al metal, pues la quintaesencia reside en todas las cosas que existen en la Tierra.

En el cuento “La rosa de Paracelso” de Borges, el maestro Paracelso le dice a su discípulo que “el camino es la piedra, cada paso que darás es la meta, y no hay meta sino camino”. Esta quintaesencia nos retrotrae a este cuento, a esa búsqueda existencial en ese camino de vida, en el que intentamos acercarnos a la verdad, en el que también aspiramos a alcanzar la perfección.

La Quinta Esencia representa la aspiración, el aliento que mantiene la vida en lo creado. El propio ser se manifiesta por el aliento que da acción a la vida. De modo que el aliento o respiración es el medio que une el espíritu divino al cuerpo material.

Descubrir esa quinta dimensión o Quinta Esencia es un camino individual que, posiblemente, nos lleve hasta el atanor del ser, donde aparece el calor más íntimo, pues todo lo que ocurre en nuestro cuerpo y mente se aloja allí cómodamente, para dar lugar a los aromas de nuestra existencia, que podrán trascender en el tiempo a través de los seres que lograron compartir lo más profundo de que habita en cada uno de nosotros.

Andrea Calvete

domingo, 8 de julio de 2018

ENTRE SOBRESALTOS Y ESPERAS

Entre sobresaltos y esperas, se pierde la calma. Sin embargo, intentamos que no se escape de nuestras manos con mucho esfuerzo, pero un viento helado se la lleva y un fuego intenso se apodera cuando ella se marcha.

Si bien, todos buscamos de alguna manera su presencia, tenemos asumido que las turbulencias son parte necesaria para llevarse todo lo que se ha acumulado innecesario en el camino. La calma sobreviene lenta, cuando las aguas se van tranquilizando y los sedimentos se asientan en el fondo. El hecho de que se asienten conlleva a dejar en reposo lo que aún no tiene una solución, o al menos está en tela de discusión.

Mientras el silencio habla, la quietud camina descalza sin prisa. Comienzan así un diálogo que trascenderá planos e ideas en busca de desaprender lo aprendido, de desapegarse de lo que ata y lastima, para dejar surgir lo inesperado.

Dejarse sorprender es un hábito que algunas veces solemos olvidar, mientras la rutina nos asfixia y oxida con sus prácticas automáticas y eficientes. La sorpresa puede asomarse en lo más simple o cotidiano, en el silencio más profundo y preciso, donde podemos aquietar la mente.

Saborear los gustos aún no alcanzados, descubrir nuevos colores y tonalidades, apreciar aromas distintos, acariciar nuevas texturas, es parte de descubrir lo que hasta ahora no habíamos sido capaces de disfrutar, es como si nos zambulléramos en un océano de posibilidades dispuestos a bucear en calma.

En este diálogo armonioso quizás nos fusionemos en un amanecer o en una noche llena de estrellas, o tal vez nos envanezcamos en una risa o en un suspiro, trascendiendo así ese universo tangible e imaginable de modo de elevarnos como espíritus libres en el espiral de nuestra existencia.

El dejar asentar en nuestro interior lo que nos sucede tiene que ver con ese proceso de crecimiento personal, de descubrimiento, de navegar por esas profundidades que algunas veces parecen inalcanzables y poco llevaderas. Sin embargo, son parte de nuestra verdadera esencia por momentos tan lejana y distante.

Esos sedimentos que se asientan están conformados por pequeños cristales de colores que reflejan lo más bello y también lo más feo que habita en nosotros, lo más perfecto y lo más defectuoso, así como los cristales opacos y agónicos que parecen perderse en esa bruma que se funde en el horizonte.

Estar en calma es lograr alinearse con uno mismo, es alcanzar al menos unos instantes ese momento de plenitud en el que puede detenerse el tiempo, en el que el espacio logra trascender, para flotar extasiados por algo que quizás sea muy diferente para cada uno de nosotros.

Una imagen representativa de la trascendencia de la calma es la flor de loto o rosa del Nilo que suele crecer entre el lodo, entre las impurezas, para flotar y ver la luz desarrollándose con perfección y gracia, también suele representar la pureza del cuerpo y el alma. Su belleza transmite paz y una energía muy especial, sobretodo en días donde se pierde con facilidad la calma.

Posiblemente, ningún mar en calma hizo a un experto marinero, por eso después de mucho navegar sería un gran desafío poder crecer entre las aguas embarradas como lo hace la flor de loto y mostrar nuestra mejor sonrisa desde el corazón, convencidos que hemos trascendido un peldaño en la escalera de nuestro crecimiento personal, porque "un hombre en calma es como un árbol que da sombra. Las personas que necesitan refugio se acercan a él".

Andrea Calvete

sábado, 7 de julio de 2018

DE LA MANO DE LO PROHIBIDO

Las prohibiciones si bien tienen un porqué, suelen cargarse de un aire tedioso, incisivo. Se plantan soberanas con aire inquisidor lo que nos lleva a desafiarlas, a cuestionarlas, salvo que estemos absolutamente convencidos de que son necesarias.

Cuando uno está convencido de algo no lo hace porque se lo prohíban sino desde la convicción de que es la mejor opción a seguir.

Para quienes fuimos educados en dictadura, criados en ella, o quienes la padecieron tras las rejas o en el exilio, no nos resulta fácil asimilar la palabra prohibido, pues todo estaba vetado, no se podía leer, escuchar música, pensar, razonar o cuestionar, parecíamos autómatas destinados a caminar en fila, por eso esa palabra nos ha marcado a muchos uruguayos y nos suena muy mal.

Asimismo, no es productiva, pues el prohibir muchas veces conlleva a un modo de rebeldía a no seguir lo establecido e ir contra la corriente. Ese prohibido nos deja maniatados, por eso los invito a cambiar de mentalidad, o al menos intentarlo.

Prohibir algo muchas veces trae aparejado el deseo, porque el ser humano tiene ese don natural que le atrae lo prohibido, lo difícil, lo costoso, y así cuanto más inaccesible es algo, más se lo valora, y se lo persigue. He aquí uno de los mayores atractivos de las relaciones prohibidas, tienen ese sabor del desafío, del peligro, de ese límite que no se debe trasgredir.

Hay personas que son sumamente trasgresoras en forma innata, porque les gusta conducirse por los senderos en el que el desafío permanente las incentiva y motiva a seguir adelante, así que con ellas lo prohibido no es muy aconsejable.

Pensemos cuando fuimos adolescentes, bastaba que nos prohibieran algo para querer hacerlo, porque no alcanza con prohibir, es necesario lograr empatizar desde la comprensión, desde los motivos por los que es importante no realizar determinadas acciones. Por supuesto, que para vivir en sociedad hay ciertas normas que no están en discusión, son la base de la convivencia.

Si partimos del término libertad, ya en su misma concepción nos aproximamos a una prohibición pues ésta termina donde comienza la libertad de un semejante.

Sin embargo, prohibir la mayoría de las veces encierra una dimensión coercitiva más que un aspecto liberador, ya que en sí conlleva connotaciones negativas como: sancionar, reprimir, aplicar, imponer, limitar, restringir, circunscribir, impedir, excluir, privar e inhibir.

Pero es entendible, que para establecer límites morales y legales se acuda a las prohibiciones, aunque sería más sencillo apelar al entendimiento, al uso de la razón, al raciocinio, al sentido común, al respeto hacia nuestros semejantes y hacia nosotros mismos.

¿Por qué atrae lo prohibido?

Prohibir implica vedar, establecer un impedimento a determinada acción. Por lo general, la reflexión frente a lo prohibido no es demasiado fructífera, pasa por ser aceptada, o por el contrario a ser resistida.

Y la atracción se despierta por enfrentar el desafío a lo prohibido, por rebasar los límites dado que se coarta en cierta forma la voluntad.

Por otra parte, lo prohibido es frustrante en lo referido a la restricción propiamente dicha. Constituye un contra-deseo, un obstáculo que se opone bloquea los impulsos, cierta limitación de la libertad personal.

Asimismo, las prohibiciones conllevan preguntas como: ¿ Cuáles son los motivos que llevan a prohibir? ¿Con qué autoridad? ¿Qué relación existe entre el contenido de la prohibición y la naturaleza de los deseos humanos?

Los efectos de la prohibición varían de una persona a otra, así como también los fundamentos y qué autoridad tenga quien la dictó.

Es conveniente que la persona o institución que efectúa una prohibición satisfaga mínimas condiciones. Esto facilita el encuentro entre la ley y la conciencia y la predispone a un juicio mucho más recto y riguroso, libre de prejuicios. Esa persona o institución deberá tener autoridad moral y establecer buenos fundamentos.

Y como lo prohibido no es recibido de la mejor manera, los invito a cambiar de mentalidad, o al menos intentarlo.

Les propongo:

Dejar de lado el qué dirán, los horarios a raja tabla, los no rotundos, los no puedo, los no tengo tiempo, las dietas estrictas y abrirse a un quizás o un tal vez.

Respirar hondo y tomarse unos minutos para relajarse, escuchar música, leer un buen libro, dialogar con la familia y los amigos.

Caminar descalzos y sentir el pasto, la arena, la lluvia, el rocío, sensaciones agradables para nuestros sentidos que nos conectan con la naturaleza.

Intentar descontracturar nuestra espalda anuda y dolorida, dando paso a la relajación.

Dejar de lado, las caras agrias, los malos humores, las palabras agresivas, que sólo redundan en nuestro perjuicio.

Reír con intensidad y ganas, pues la vida se hace más llevadera, el sentido del humor es un ingrediente que le da sabor y luz a los días.

Si es posible, hacer una pausa, apagar todos los aparatos y escuchar el sonido de la naturaleza, el trinar de los pájaros, el ruido del mar, el sonido de la lluvia, y aspirar los aromas que llegan de la naturaleza.

Aplacar nuestra lengua, dispuesta a criticar en forma rápida y con tono inquisidor, y a pararnos delante de un espejo y mirarnos un rato antes de emitir alguna opinión, pues es muy fácil hablar y juzgar a los demás, si olvidamos primero juzgarnos a nosotros mismos.

Sentarnos con nuestros seres queridos a dialogar, a mirarnos cara a cara, a escucharnos unos minutos, pues muchas veces contestamos sin ni siquiera estar atentos, y cuando nos dicen: “Te acordás que te dije tal cosa”, al oír estas palabras tomamos conciencia de que no escuchamos. Precisamos de esos minutos para establecer ese diálogo fundamental para que las relaciones familiares no se rompan.

No amargarnos por pequeñeces que tienen solución, y que en última instancia nos acortan el día.

Dejar de lado todo aquello que nos dañe o perjudique, sean personas o cosas, pues si nos causan daño no nos sirven, más que para nuestra propia destrucción.

Disfrutar de todo lo que nos haga sentir bien, pues de esos pequeños pero grandes momentos se compone la felicidad, sin olvidar que no existen vidas perfectas o situaciones idílicas, todos tenemos nuestros problemas.

Divertirnos al máximo, el tiempo es un bien escaso, y la vida pasa volando.

Desprendernos del sobrepeso de equipaje, cuanto más cargamos más difícil se hará el camino.

Sacar del vocabulario la palabra prohibido, pues los seres humanos somos capaces de decidir y discernir que hacer o no más allá de toda prohibición. Es un problema de criterio personal lo hago o dejo de hacer, por elección propia y consciente.

Finalmente, para ser capaces de decidir con criterio, previamente es importante educar. La educación es la base de la dignidad y la libertad humana, es la herramienta fundamental para traspasar todas las barreras, conforme a los valores y principios adquiridos, ellos nos permitirán tomar conciencia de que hacer o no, sin temor a penalizaciones o prohibiciones, sino por decisión propia, por criterio, por hacer lo que debemos, por sentido común.

Andrea Calvete

viernes, 6 de julio de 2018

AL LÍMITE

La vorágine del diario vivir nos lleva a andar a las corridas, a cumplir con mil y un desafíos, a tener todo pronto para ayer y cargarnos de más obligaciones, sin ni siquiera detenernos unos instantes a ver si realmente estamos satisfechos con lo que nos sucede aquí y ahora. Vivimos rehenes del tiempo, de la tecnología y también del consumo.

Ser rehén nos deja atados de alguna manera de pies y de manos, o al menos maniatados en cierta medida. Es como si un pequeño chaleco de fuerza nos impidiera movernos con absoluta comodidad. Algunas veces, logramos escapar de estos frenos que nos detienen el paso, y es entonces que respiramos profundo y nos oxigenamos.

Limitados en nuestros tiempos, en nuestras tareas y compromisos emprendemos los días, aún aquellos que están menos ocupados se ven igualmente limitados por las pautas que impone la sociedad actual, que nos induce a ser seguidores de sus propuestas para no quedarnos afuera del entorno y la realidad que nos circunda. Porque de alguna manera, todos queremos seguir subidos al mundo, por más que por momentos decimos como Mafalda: “Paren el mundo que me quiero bajar” Y no nos bajamos, porque no queremos quedar excluidos o al margen de lo que sucede, pero no por falta de ganas.

Ese estar al borde del precipicio tiene que ver también con saber decir sí y no a tiempo, cosa que se torna bastante complicada, cuando no tenemos ni muy claro el camino por donde nos conducimos, del mismo modo las alternativas se vuelven complejas y confusas.

Vivir al límite, sin poder ser verdaderos dueños de nuestras decisiones y de nuestro futuro, por momentos nos lleva a sentirnos frustrados, contrariados y de muy mal humor, lo que repercute en forma inmediata con quienes nos rodean y en definitiva con nosotros mismos.

Es maravilloso vivir al límite cuando se despierta la creatividad y la fantasía, es decir la posibilidad de soñar y de no bajar los brazos, pero no todos ante una realidad que presiona y ajusta cuentas en forma continua pueden reaccionar positivamente, o con una actitud resiliente.

Todos los seres humanos somos diferentes, reaccionamos de acuerdo a nuestra forma de ser, así como también según la etapa o circunstancias de la vida que nos toque enfrentar. La resiliencia es la capacidad de afrontar la adversidad saliendo fortalecidos, de modo de poder seguir el camino. Se ha comprobado científicamente que los resilientes tienen mayor equilibrio emocional frente a las situaciones de estrés y soportan mejor la presión.

Al límite, estresados por alcanzar lo que algunas veces es casi una utopía continuamos, a la espera de que esa brecha se acorte de alguna manera. Sin embargo, hay brechas que se agrandan cada vez más, mientras las expectativas se agrietan envejecidas casi entumecidas ante la falta de perspectiva.

No siempre es una decisión premeditada vivir al límite, es algo que gradualmente sin darnos cuenta vamos incorporando a nuestros días, hasta que nuestro organismo dice basta y entonces enferma. Quizás ante este aviso paremos y podamos dar el verdadero significado a nuestro tiempo y a nuestros días, porque la vida es lo que nos pasa mientras hacemos otros planes para ella.

Andrea Calvete





lunes, 2 de julio de 2018

¿LO BUENO CUESTA CARO?

Dicen que un vaso de felicidad se paga con un barril de tristeza, y no deja de tener sentido, ya que tanto la felicidad como la tristeza no son constantes, sino que se contraponen haciéndose finitos hasta sobreponerse una por encima de la otra.

Un error muy común es creer que todo es para siempre, cuando en realidad tan sólo somos dueños de un pequeño cuerpo que cambia de forma constante y del que poco dominio tenemos. Todo pasa en ese devenir que fluye, mientras que lo que queda forma en nosotros nuestra verdadera esencia.

Pero además, ¿por qué un vaso de tristeza no se puede saciar con uno colmado de felicidad? Todo es muy relativo y depende de la situación o circunstancia que estemos transitando. Sin embargo, se aleja de esa relatividad lo que es bueno, ya que se ve empapado de sacrificio, esfuerzo, trabajo, tesón, compromiso, entrega, es decir, amor. Por lo tanto, tiene un costo elevado que si bien redundará en buenos términos, no se lograrán de la noche a la mañana.

Del mismo modo, cuando vamos a comprar cualquier producto al mercado se rige por esta regla, y por más que queramos ahorrar, terminamos comprobando que lo bueno sale caro. Y tiene un porqué: horas de trabajo, materias primas de buena calidad, lo que a la larga se proyecta en su duración que se hace más prolongada.

Y como vivimos insertos en una sociedad de consumo todo tiene un costo, nada es gratis, todo es a cambio de algo. Si miramos nuestro cuerpo trabaja de la misma forma, todo se da gracias y porque algo sucede que permite que cada parte de nuestro organismo funcione, y cuando una parte del cuerpo empieza a funcionar mal, el organismo enferma.

Sin embargo, en la actualidad todo es descartable, desechable, sustituible, rápidamente perecedero, y de esta forma también se ven contaminadas las relaciones personales, que se rompen con facilidad y suelen ser algunas veces poco duraderas.

Aunque los vínculos pueden ser fortalecidos, si se cultivan lentamente desde el esfuerzo por conocer y dar lo mejor hacia la otra persona. De este modo se hacen más sólidos y contundentes, se construyen así sobre cimientos fuertes que posiblemente no arranque el primer viento que arremeta.

Por otra parte, que algo cueste tiene relación directa con el sabor de la conquista, de desafiarse a uno mismo, de intentarlo bajo viento y marea, de proyectarse más allá de cualquier impedimento. Este aderezo es esencial para mantener una llama viva, el motor encendido y el sí puedo en los labios.

Aunque, hoy por hoy decir que lo bueno cuesta caro es ir contra las reglas de consumo, contra las pautas sociales en las que todo debe ser rápido, sencillo, a bajo costo y sin demasiado esfuerzo, alcanza con presionar un botón para conseguirlo. Sin embargo, vemos un sinfín de personas insatisfechas luego de realizar su “maravillosa adquisición”, porque la esencia de sentirnos bien o plenos es mucho más profunda y está relacionada con esa búsqueda personal, interior que tiene un costo elevado.

El costo de esta búsqueda se encarece porque hay que llenarla de esfuerzo, sacrificio, tiempo, paciencia, trabajo, dedicación y toma de consciencia. Si bien algunas veces sucede que todo se da muy rápido y casi sin esfuerzo, se podría evaluar como un hecho fortuito, o mejor dicho, producto quizás de lo que sin darnos cuenta hemos cosechado con mucho esfuerzo y está dando sus frutos.

No se puede ir contra la naturaleza misma, la semilla se planta, se riega, germina y lentamente va creciendo la planta, lleva tiempo, cuidado y paciencia. Del mismo modo, cuando nuestro accionar se ve empapado por estos conceptos, lentamente vamos viendo los resultados de esa cosecha en la que ponemos lo mejor de nosotros y eso se refleja.

Cuanto más costoso es el entramado que entrelazamos más bonito se aprecia el tejido. Posiblemente, los años son los mejores profesores al mostrarnos que todo lleva su tiempo, su sacrificio y esfuerzo, nada se logra de la noche a la mañana, y menos cuando nuestro plan es hacer algo que nos haga sentir plenos y satisfechos.

Andrea Calvete

domingo, 1 de julio de 2018

NO SE PUEDE MATAR A UNA IDEA


Llega julio húmedo y frío, con su pilot y sus botas puestas. Camina decido mientras su barba grisácea se pierde entre la bruma del atardecer.  Así, las ideas buscan iluminarse para no perecer en el melancólico ronquido invernal, al tiempo que se congregan alrededor de un chocolate caliente que las haga sentir con vida.

Reunidas en torno a la estufa de leña, las ideas se pierden con la mirada absorta en el fuego, con ese chispear vivo y cautivante, parecen fugarse a una dimensión en el que el invierno no puede entrar. 

La más débil, cansada de no iluminarse, comienza un relato que deja a todas cautivas:
    -Hace muchos años atrás cuando yo era muy joven, un señor llegó con su metralleta e intentó bajarme en el primer tiro. Recuerdo que lo miré aterrada y pensé: "en cuanto el metal me atraviese desapareceré". Sin embargo, para mi sorpresa lo esquivé con tanta facilidad, que quedé atónita. Así los balazos se fueron sucediendo y yo me fui moviendo cada vez con mayor destreza. Finalmente, luego de mucho andar, comprendí que al refugiarme en la mente no hay impedimento que me detenga o destruya, porque allí puedo transitar con absoluta libertad- dijo la idea un poco más fortalecida.

Sus acompañantes la miran sorprendidas, no comprenden porque se siente abatida, cansada y deprimida, menos cuando ha dado una explicación tan clara y alentadora. Sin embargo, no se animan a preguntar nada, se limitan a perderse en la danza del fuego hipnotizadas por su magia.

La idea ahogada, ensimismada en su propio problema, en su más profunda angustia, continuá:
   -No me siento bien, creo que he enfermado por prohibir lo que deseo y priorizar lo que no deseo. Sin embargo creo que tengo la curación en mis propias manos: desafiaré a mis prohibiciones, las desobedeceré y daré paso a lo que quiero. Suena sencillo, pero sé que no es fácil pararme frente a lo hago y decir ¡basta, tomaré las riendas de mi camino! Y no estoy solamente yo enferma, me acompañan unos cuantos que viven contrariados en sus propias prohibiciones, rehenes de no saber vivir, de desperdiciar sus minutos-  dice ya más tranquila.

Al momento, la más madura y entrada en años, rompe el silencio, se pone de pie y la abraza.
   -No tengas miedo, has tomado la decisión correcta, no se puede andar por la vida negando lo que nos pasa, esquivando las balas, haciendo equilibrio sobre un hilo. Para poder andar es necesario caerse, equivocarse, lastimarse y tocar fondo. No somos invencibles, a veces nos derrumbamos como cualquiera, enfermamos, pero tenemos la posibilidad de sobreponernos porque para las ideas siempre hay un rincón donde el sol brilla, donde los amaneceres tienen los mejores aromas, colores, sabores, sonidos y texturas para renacer cada día-

Así, todas unidas alrededor del fuego unen sus tazones y brindan, conscientes que ni las balas, ni los malos tratos, ni la represión más atroz han podido nunca matar a una idea.

No se pueden matar las ideas. Etéreas e intangibles vuelan libres sin barreras que las detengan, sin inquisidores que las paren, ni hogueras que las aniquilen, torturas que las extingan, ni represión que les haga frente, porque  por más que nieguen su existencia están y permanecen más allá del alcance de la mano que las quiera hacer desaparecer. Tienen esa suerte de habitar en mundo mágico, donde todo es posible, donde se puede acceder por puertas misteriosas a lugares donde su existencia permanece intacta.

Andrea Calvete