martes, 10 de febrero de 2015

PIEDRAS...

A la orilla del mar reposan, las olas rompen en ellas, golpean su blanca espuma, desgastan y pulen su estructura, para dejar surgir mágicas formas. La sal marina las penetra y el yodo lentamente se cuela para reposar allí tranquilo.

El cielo las contempla, mientras los rayos dejan colar su brillo y energía. Es pura naturaleza, tanta sabiduría en ellas casi imperceptible ante nuestros miopes ojos.
Somos también como esas piedras capaces de dejarnos sorprender por todo lo que nos rodea, de superarnos con esforzada paciencia.

Aunque algunos días, más duros que las piedras, no dejamos que nada nos preocupe o perturbe, seguimos anestesiados en ese caparazón impenetrable, sin permitir que nadie llegue a nuestra orilla.

Tantas veces, a pesar de su enigmática hermosura aparecen allí como grandes obstáculos en el camino, sortearlas o escalarlas es parte de nuestra tarea.

Somos los escultores de nuestro camino, el cincelar cuidadosamente nuestro ser más íntimo es un trabajo artesanal y profundamente delicado. Estará en cada uno alcanzar ese pulido lento y preciso que permitirá acercarnos a descubrir esa maravillosa naturaleza de la que somos parte, aunque por momentos nos encontremos ausentes y distantes, sumergidos en esa conflictividad que puja día a día.

Andrea Calvete