viernes, 13 de febrero de 2015

CAJÓN BAJO LLAVE

En un pequeño cajón yacen algunos sentimientos que quisiéramos desterrar, dejar en olvido… pero persisten insistentes, porque la mente puja en un la lucha continua para trascender y superar lo que hemos transitado.

Al abrir este olvidado espacio, llegan recuerdos borrosos, distorsionados por el tiempo, oxidados por esa mezcla de sensaciones que en algún momento no supimos manejar, o que lo hicimos de la mejor manera.

¿Por qué guardarlos allí?, ¿por qué creer que han conspirado en contra nuestro?, ¿por qué dar poder a malas energías que nos sumergen en el más oscuro dolor?, ¿por qué no admitir la posibilidad de habernos equivocado?

Sencillamente, es necesario dejar fluir, abrir esos cajones conjuntamente con las ventanas, para que el aire purifique con su armonioso flotar nuestra propia existencia. Hurgar en el pasado, buscar respuestas es parte de lo que sin querer hacemos día a día. Sin embargo, las respuestas llegan cuando somos capaces de asimilarlas, no antes.

El silencio un preciado tesoro, nos abre las puertas a caminos jamás imaginados, que tan sólo se transitan cuando uno se dispone a tomar consciencia de que somos una pequeñísima parte en un extenso universo de posibilidades.

Abrirse en comunión al silencio, requiere autodisciplina, cuestionarse, callar y escuchar, buscar profundamente sin prisas y con detallado cuidado, en un baile que conlleva a dejarse llevar por una precisa melodía, donde nos movemos estando quietos.

Cuando alcanzamos a vislumbrar algunos rayos de luz que comienzan a percibirse por entre las hendijas, la ilusión marca pinceladas llenas de tonalidades, matices y texturas. El latido del corazón algo oxidado hace sentir sus pulsaciones que parecían haber desaparecido tiempo atrás.

Tantas veces, frente a innumerables situaciones que nos desbordan, decidimos adormecer nuestros sentidos, anestesiar nuestros sueños, en un letargo que carga nuestros días de una atmósfera viciada por el humo y el aire contaminado por la angustia.

Otras tantas, dejamos que el tiempo nos cobre factura como si tuviera derecho a condenarnos a sus marcas y hacernos sentir que la piel se resquebraja, el pelo se encanece o ralea, la flacidez se extiende… pero, ¡qué importa señor tiempo su pasaje!, me río de usted y le digo que me quiten lo bailado, los años arrugan la piel no el alma.

Y retomo el relato, y llego nuevamente a los cajones y cajoncitos repletos de recuerdos, bien cerrados bajo llaves, que se abren fácilmente cuando se reabre una herida que aún no ha cicatrizado, y permanece con pequeñas cascaritas, y al mínimo movimiento comienza nuevamente a sangrar.

Cicatrizar bien una herida, lleva tiempo como todo en la vida, e implica renovar fuerzas y fortalecerse. Es un proceso en el que luego de reconocer lo que nos sucedió, hacer el duelo correspondiente, es necesario levantarse y comenzar una reconstrucción vital y fecunda.

La cicatriz es una marca que nos queda, pero a diferencia de las heridas ya no sangra no duele, está allí como fiel testigo de lo sucedido, como parte de nuestro crecimiento personal.

¿Por qué los cerramos con llave?..., probablemente para que no aparezca lo que nos daña, nos lastima o nos quita energía. La mente funciona de igual manera, guarda en un lugar profundo lo que no quiere recordar… por el motivo que sea. Pero a la larga o a la corta, todo surge y algunas veces de la forma menos esperada.

Un ejercicio que puede favorecer a no guardar tantos elementos, puede ser ocuparnos más en lo que nos haga sentir útiles, activos, llenos de vida, en plenitud, de modo de desterrar lo que nos fastidia o resiente. Quien logra establecer todos los días una risa en el rostro mejora su calidad de vida.

Ha pasado el día, el sol se oculta, y llega la noche llena de estrellas e iluminada por la luna que nos baña con su energía y esplendor para que esos cúmulos de recuerdos vuelen y si deciden hacernos compañía no queden aprisionados como enemigos en pequeños cajones.

Andrea Calvete