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GOTAS DE ALEGRÍA


La alegría es patrimonio de todos y cada uno de nosotros, aunque algunas veces permitimos que al menor contratiempo desaparezca y se instalen sentimientos que nos alejan del bienestar, de esa energía vital imprescindible para sentirnos vivos y útiles.

Sonreír puede ser un potente aliado en la vida, no sólo para sentirnos mejor sino también para contagiar alegría a quienes nos rodean. No siempre estamos de buen humor o con el mejor ánimo, a menudo pasamos horas frente a la computadora, el celular o la televisión, realizando nuestro trabajo sin esbozar una sonrisa.

Dice un viejo proverbio que “la alegría es la piedra filosofal que todo lo convierte en oro”.

Si logramos esbozar una sonrisa, veremos que nuestro humor cambia, nuestros pensamientos se iluminan y nos impregnamos de un mejor ánimo. Al sonreír se liberan endorfinas, que disminuyen el estrés y nos hacen sentir más felices. De esta manera, si nos esforzamos por sonreír, aunque no tengamos ganas, estaremos “engañando” a nuestro cerebro para que nos haga sentir más alegres.

El grado de durabilidad de la alegría depende mucho de nuestra personalidad y nuestra forma de ver la vida. Las posesiones materiales si bien pueden ser las que le llenan el ojo, no la sostienen, en realidad hay una esencia mágica que es la que logra que ella habite en cada uno de nosotros.

La alegría es un bien sumamente importante en nuestro diario vivir, sin embargo, el viejo proverbio que dice: “la alegría va por barrios”, es parte de lo que la vida misma nos enseña. Los avatares que nos sorprenden en forma continua intentan apagarla hasta que prácticamente se desvanece.

Quizás en este mismo momento alguien esté riendo feliz porque algo maravilloso le sucedió, y otra persona esté llorando o lamentándose por algo que le desgarra el alma.

Existen momentos en que todo parece dicha. Al mirar al cielo sus colores nos maravillan, los olores del aire penetran en forma profunda y los sonidos de la naturaleza apaciguan nuestros oídos. Es como si la vida nos sonriera, aunque en el fondo se trata de nuestra actitud hacia lo que nos rodea.

Esa actitud es la que nos posibilita que un día sea maravilloso o interminable. Evidentemente, si cuando estamos viviendo un problema serio nuestra actitud es positiva e intentamos ver soluciones y caminos, es posible que nuestro rostro se ilumine y denote que no nos hemos dado por vencidos.

El hecho de brillar es una tarea exclusivamente individual en la que tenemos el libre albedrío. Y está en cada uno permitir que una sonrisa se esboce a diario, acompañada de una mirada cálida, simpática y amable.

Y les pregunto, ¿de qué nos sirve andar peleados con la vida, con las situaciones, con la gente? Ya sé, me dirán que a veces todo parece conspirar en nuestra contra, pero todo pasa: lo bueno y lo malo. Por lo tanto, es importante no dejar escapar los buenos momentos, debemos atesorarlos en nuestro corazón para que nos llenen de energía.

Sinceramente, creo que todos tenemos en nuestro haber excelentes momentos, sólo que nos agarramos de ellos con añoranza, congoja, y eso es lo malo. Permitamos que esos instantes de felicidad nos iluminen y nos carguen de energía vital.

Los motivos para estar alegres son innumerables. Es que el hecho de tan sólo contar con nuestros sentidos, percibir lo que nos rodea y estar vivos, son argumentos de peso que sin embargo parecen insuficientes para abrir las puertas de la alegría.

Posiblemente, estamos ciegos, sordos, distraídos, sumergidos en nuestro pequeño mundo que se reduce a tan poco que perdemos la real dimensión de las cosas, el verdadero valor de la alegría.

Para que la alegría nos invada, nos visite, deberemos poner de nuestra parte: empeño, esmero, entusiasmo; porque de lo contrario los sentimientos que nos amargan los días pronto se instalarán sin pedir permiso, para quedarse como eternos inquilinos.

La alegría es contagiosa, si llegamos a un lugar cargados de ella, es posible que en décimas de segundos se propague en ese ambiente como por obra de magia.

Experimentar alegría está relacionada con una actitud vital, de estar abiertos a gozar, a cultivar. No se trata de ser conformistas o resignarnos, por el contrario, es asumir el dolor de una pérdida, aceptarlo, para luego superarlo y dejar entonces fluir lo mejor de nosotros mismos. Otra forma de conectarse con la alegría es el agradecimiento, en donde damos cabida a la flexibilidad, a la adaptación, al sentido del humor y a la gratitud.

En esta búsqueda de alegría, es importante despojarnos de los sentimientos de odio, rencor, angustia, hostilidad, envidia… todos ellos nos oscurecen el alma, nos quitan energía, y la alegría de ser y estar.

Empujemos a la alegría, mantengámosla a nuestro lado, convirtámosla en una compañera entrañable, así quizás todo sea mejor y más fácil porque “la alegría es la piedra filosofal que todo lo convierte en oro”.

Andrea Calvete

 

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