jueves, 27 de agosto de 2020

EL BIZCOCHUELO DE MAMÁ

"Como el bizcochuelo de mamá no hay otro", una frase que seguirá de generación en generación, en la que se compartirán los secretos de la cocina y el amor de una familia tras largas horas de preparación y charlas llenas de amor y alegría. 

¡Qué rico el bizcochuelo de mamá!Vale la pena remontarse a la infancia donde fueron infaltables. La antesala a su preparación era un universo de aromas cítricos, colores acaramelados, se desgranaban con suavidad, mientras los sonidos de la cocina se incorporaban a la escena hogareña donde el amor era el principal ingrediente. Una mezcla de entusiasmo y algarabía se colaba por el aire, era la víspera del cumpleaños de alguien en la familia. 

Su preparación toda una ceremonia: los huevos relucientes, azúcar refinada, harina blanca, dos recipientes para separar las claras de las yemas, un tamizador, la batidora, vainilla y todo listo para comenzar. El batido era aquel ritual en que cada elemento tenía su punto y su mezcla, nada era al azar, a cada uno le llegaba su turno y con la parsimonia de quien ama la cocina todos eran unidos en forma mágica. Una vez prontos al horno con la asadera enmantecada y enharinada, luego de unos minutos la casa se invadía de un espectacular aroma, cada rincón se perfumaba con notas de vainilla y limón.

Ya cocido, mamá lo dejaba enfriar para desmoldar. De allí en más era una celebración de ingredientes, lo primero bañarlo con vino garnacha y almíbar para que quedara bien húmedo y con un sabor inconfundible. A gusto del cumpleañero el relleno se hacía desear: dulce de leche, chocolate, nueces, café, almendras, frutillas con crema o duraznos en almíbar. Los merengues con crema doble sellaban aquel manjar pronto para deleitar. Eran tortas enormes, en las que comían todos los invitados, alguien siempre se llevaba un trocito para su casa, y además nos quedaba torta para seguir festejando unos cuantos días.

Tardes con sabor a bizcochuelo, meriendas avainilladas junto a un café con leche calentito. Se respiraba alegría, espolvoreada con azúcar impalpable aquella torta simple y recién horneada era una gloria para los niños que llegábamos con un apetito voraz luego de la jornada escolar.

Se desmigaba por ser tan tierno y fresco, al desgranarse en nuestra boca una sensación de saciedad nos invadía luego de varios trozos compartidos. Porque de eso también se trataban las tardes de bizcochuelos de compartir ese rato alrededor de la mesa del comedor diario.

Como el bizcochuelo de mamá no hay otro, una frase que seguirá de generación en generación, en la que se compartirán los secretos de la cocina y el amor de una familia tras largas horas de preparación y charlas llenas de amor y alegría. ¡Qué rico el bizcochuelo de mamá!

Andrea Calvete