miércoles, 10 de junio de 2020

EL DÍA QUE SE PARÓ EL MUNDO

En aquella mañana los colores del amanecer, tenues y perfumados, no dieron indicios de ningún cambio. Las ciudades ajenas despertaron vertiginosas con el ritmo habitual. La mañana esbozó un gran bostezo, mientras circulaban los primeros autos y transeúntes rumbo a su trabajo.

El día que se paró el mundo, una sensación que ya había aparecido en otras oportunidades en la historia de la humanidad se perfiló temprano, tomó sus prendas y se mezcló sigilosa entre los millones de personas que poblaban la tierra. Entonces, una nerviosidad inquietante se fue apoderando de cada uno hasta llegar hasta al último rincón. Algo raro estaba pasando, un malestar general se saboreaba en cada bocado, sabía agrio y mustio.

Teresa caminaba ajena a todo, si bien escuchaba que la gente a su alrededor se quejaba, no entendía el porqué, para ella era otro lunes más en el que le aguardaba una semana atiborrada de compromisos.

El día que se paró el mundo, la prisa caminaba por la senda donde el tránsito va a alta velocidad. Era principios de marzo, el año se ponía por delante de sus narices con un sinfín de desafíos casi utópicos. Sin embargo, ella puso primera, continuó la marcha en segunda y fue subiendo de marcha y velocidad. El tránsito estaba más atascado que nunca y su malhumor urticante se hizo perceptible a través de impertinentes bocinazos.

Llegó a la oficina, preparó un café dispuesta a comenzar la jornada. Con la almohada aún pegada en las mejillas Teresa empezó su trabajo con cierta dificultad. Los papeles parecían estar fuera de su lugar, una especie de desorden inusual se había apoderado de su escritorio, no encontraba nada. Comenzó a faltarle el aire, abrió la ventana que miraba a 18 de Julio, pero el ruido de los bocinazos no la dejaba concentrar. A los pocos minutos cerró la ventana y se puso música relajante.

Sus compañeros de trabajo estaban iracundos, reaccionaban de modo diferente a cualquier otro lunes, el mal aliento de la mañana se había instalado en cada uno de ellos y cada cosa que Teresa pedía con amabilidad era contestado con cara de pocos amigos.

El día en el que se paró el mundo, al mirarse al espejo no reconoció su imagen. El 2020 se hizo borroso y una sensación de incertidumbre y vacío llegó junto a una humedad fría y espesa. No se veía nada.

Pronto llegó el comunicado de la Organización Mundial de la Salud: “Buenas tardes. A lo largo de las dos últimas semanas, el número de casos de COVID-19 fuera de China se ha multiplicado por 13, y el número de países afectados se ha triplicado. En estos momentos hay más de 118 mil casos en 114 países, y 4.291 personas han perdido la vida. Miles de personas más están luchando por sus vidas en los hospitales. Los días y semanas por venir esperamos que el número de casos, el número de víctimas mortales y el número de países afectados aumenten aún más. Desde la OMS hemos llevado a cabo una evaluación permanente de este brote y estamos profundamente preocupados tanto por los alarmantes niveles de propagación y gravedad, como por los alarmantes niveles de inacción. Por estas razones, hemos llegado a la conclusión de que la COVID-19 puede considerarse una «Pandemia». Hemos hecho sonar la alarma de forma alta y clara”.

La alarma sonó clara a lo largo y ancho del mundo, millones de personas vieron paralizadas sus tareas, el miedo se apoderó de cada esquina y se esculpió lentamente la inseguridad entre cada miembro del planeta. La amenaza con su sonrisa irónica y despiadada fue testigo de cada día, y aquí estamos intentando empezar a movernos más allá de todas las contingencias y las vidas perdidas.

El día que se paró el mundo, nada volvió a ser como antes. Fue el momento en que se estremeció la humanidad y no hubo manera de hacer caso omiso.

Teresa junto a sus compañeros comenzaron el teletrabajo y hoy esperan reintegrarse luego de cuatro meses que parecen haber sido una odisea.

Andrea Calvete