sábado, 30 de mayo de 2020

MÁS ALLÁ DEL DOLOR

Aquella mañana sombría en la que quedó tullido por el dolor, luego de varios amagues, advirtió que su colchón estaba demasiado a ras del suelo lo que le dificultaba incorporarse. Como las aves en busca de una nueva estación, los seres queridos y los amigos partían, mientras se nublaban las ilusiones y los obstáculos se interponían entre Raúl y su calle cuesta arriba.

El tiempo le resultaba avaro, no le dejaba alternativas de las que disfrutar, sólo le facilitaba el espacio para que su dolor punzante lo atravesara, como una braza que se enciende muy lentamente hasta hacer de los minutos una eterna agonía.

Las escalinatas de su juventud llena de ilusiones, de utopías, de banderas por desplegar, de sueños por cumplir, se esculpían en su memoria y amainaban el dolor. La integridad de sus pensamientos se mantenía sólida, acompañados de sus palabras y acciones que iban un poco desacompasados pero alineados.

A Raúl le fascinaban los cielos estrellados encontraba en ellos misterio, magia, y la fascinación de buscar formas inexplicables. Las noches de luna llena lo trasportaban a tiempos pasados, pero también a sucesos que aún no habían visto la luz. Se podría de decir que las noches eran la ficción que le daba oxígeno a sus días.

Un silencio desnudo advirtió en el fluir de su propia respiración, sintió perder capacidades, motricidad, los recuerdos se entremezclaron, y una bocanada de viento cerró la ventana que estaba entreabierta. Fue en ese momento que se dio cuenta que ya se había despojado de tantas cosas. Pensó, por qué había cambiado tanto, pero luego de cuestionarse unos minutos comprendió que había que resignarse y era mejor andar liviano de equipaje.

Aquella mañana sombría en la que quedó tullido por el dolor, también advirtió que el tiempo de disfrute había cambiado. Sintió como los rayos de sol que entraban por su ventana eran una bendición casi indescriptible, esa caricia que hacía tiempo no recibía. Apenas sin poderse mover, preparó un mate, se acomodó como pudo y saboreó aquellas cebaduras como nunca antes lo había hecho, pensó: “Es el mate más rico que he tomado en años”

Las nubes grises aparecieron en todas las tonalidades posibles mientras bailaban a su antojo. El olor a tierra mojada llegó con las primeras gotas que comenzaron a salpicar los cristales de la pequeña cocina de Raúl. Sentado en un sillón de mimbre, entre almohadones esponjosos y el dolor disminuido por calmantes, pudo entonces disfrutar de la lluvia que caía apacible como una bendición para quien espera una respuesta.

Aquella mañana sombría pronto se convirtió en una noche estrellada, en la que Raúl pudo viajar a través del “Claro de luna de Debussy” hasta una galaxia con infinitas posibilidades por descubrir.

Andrea Calvete