sábado, 12 de octubre de 2019

EL RITUAL DE LA COMETA

Entre las nubes serpentean coloridas y brillantes como si quisieran alcanzar el sol, se elevan mientras sus flecos se despliegan en un baile mágico, han inundado el cielo. Es un ritual que se repite año a año, con el primer viento de primavera las cometas se hacen presentes para alegrar los días de todo aquel que aún tiene un niño dentro.

Un ritual que requiere de un preparativo, de la elección de un lugar preciso, y también de la disposición para que nuestra cometa cuidadosamente elegida se eleve entre el armonioso vaivén de la brisa. Sí todo está preparado, nos disponemos a poner mano a la obra, para unirnos a la fiesta primaveral del despliegue de cometas en el cielo.

¿Quién en su niñez no ha remontado una cometa?

Seguramente los lleve a recordar esos comienzos dificultosos, en los que su padre, madre, abuelos o tíos, en el afán de que la cometa se desplegara terminaban ellos sosteniendo el barrilete. Pero lo cierto, es que luego de varios intentos finalmente lográbamos remontarla. ¡Ah qué sensación placentera tener el hilo en nuestras manos, mientras suavemente la veíamos elevarse sin obstáculos, hasta donde el carrete llegara!

La memoria tiene ese fantástico don de traer de esas estantería recuerdos que parecían haber quedado perdidos pero allí están, y regresan con los aromas, tonalidades, sabores, texturas y sonidos vividos, es posible entonces revivir esas tardes en las playas remontando cometas, o en un parque donde los árboles nos hicieran un espacio.

¡Cómo no recordar la ilusión de mi padre que nos llevaba a mi hermano y a mí para abrir la temporada de cometas. Mamá nos miraba pero no intervenía en la consecución del remonte, simplemente nos acompañaba atenta y divertida. Recuerdo que año a año todo comenzaba con la compra de las cometas, escoger cuidadosamente la que nos gustara y a su vez la que tuviera un formato propicio para volar alto, porque de eso se trataba de verla flamear muy pero muy alto. Los ojos verdes de mi padre brillaban luminosos cuando al fin lográbamos sostener nuestros hilos y mantener por un buen rato las cometas elevadas, cosa que duraba unos minutos porque al ratito caían y volvíamos a empezar la ceremonia.

Y no faltaba la ocasión en que por remontarla en los jardines de nuestro barrio, la cometa quedaba atrapada entre algún árbol, o en los cable de la luz. Ay qué dolor cuando esto sucedía, era como enfrentar un inmenso duelo, terrible, desgarrador. “Se los dije”, decía mi padre intentando consolarnos y también recordándonos el error cometido, pero ya era tarde nuestras cometas habían quedado atrapadas, y lo más triste que la veríamos allí rotas seguramente testigos de toda nuestra primavera.

¿Quién no ha remontado una cometa alguna vez?

Y siempre es una buena oportunidad para hacerlo. Remontar una cometa es permitirse volar, dejar que fluyan nuestras ilusiones, nuestra creatividad puesta al servicio del viento que nos acaricia suavemente en la primavera. Así se deslizan diáfanas las cometas en busca de elevarse y permanecer flotando en ese maravilloso cielo de posibilidades. El sol brilla entre los colores de sus telas, mientras ellas llenas de encanto vuelan libres, soñadoras en busca de iluminar las pupilas y sacar el brillo de las miradas que descreídas vagaban ausentes.

¿Quién no se ha dejado cautivar por el encanto de una cometa?

Quizás en algún momento caminando en primavera al elevar nuestra mirada al cielo nos hemos topado con ellas, y hemos quedados absortos mirándolas deslizarse con gracia y fluidez. Suele ocurrir que no todos los lugares son propicios para remontar cometas, tienen que ser lugares despejados como la playa, el campo, o parques donde la presencia de los árboles se disipe, por este motivo solemos ver varias cometas flameando cerca, porque son lugares apropiados para remontarlas. Ah qué maravilla dejarse llevar por esa fiesta de cometas que se elevan coloridas, sin otra pretensión que volar libres llevadas por ese viento tibio primaveral, perfumado por esa nueva estación que llega vigorosa a despertar la esperanza.

Andrea Calvete