domingo, 14 de julio de 2019

LOS ESTANTES DE UN POEMA

Todos los días nos sentamos junto a la pluma y el papel, para comenzar a negociar palabras, para intentar dejar aquellas que mejor nos representan en este aquí y ahora, impregnado de devenir y cambio

Como escritores de nuestro propio camino hacemos de nuestro andar una gran poesía, repleta de palabras, de intenciones, de anhelos, y también de destiempos, de propuestas, de frustraciones y aciertos.

En un andar estático nos paramos cuando pretendemos que las palabras obedezcan a nuestro sentir, ellas con la independencia que les otorga el libre albedrío se expresan sin más pretensión que fluir desde lo genuino y auténtico. Así surgen, y nos vemos ante ellas sin comprender cómo ajustarlas de modo que las que arriban punzantes nos dejen caídos en el suelo.

Sin embargo, hay días que nos enfrentamos a esa hoja en blanco, lánguida, inexpresiva, casi asfixiante, que nos busca de reojo hasta que finalmente sale la primera palabra, despojada de su chaleco de fuerza para poder ser. Es que hoy no queremos que salga a flote todo lo que tenemos para decir, no lo queremos oír, entonces nos ponemos dos corchos en los oídos y nos vendamos los ojos para continuar con ese día que parece no acabarse y se alarga con el afán de perpetuarse.

Este poema se engalana por nuestros recuerdos y vivencias, que aparecen como destellos de todo lo que ha pasado por nuestras vidas.

Experiencias inconexas miramos con asombro cuando intentan ser parte de la rima, sin demasiado sentido finalizan un renglón y dan significado a esas palabras que se van entrelazando confiadas en que pondrán punto final al terminar el día.

Los márgenes que dejemos hablan de nosotros mismos de cuan apegados al pasado y al futuro estamos, o si somos más habitantes del presente en el que los zapatos aprietan.

Este poema que nos disponemos a escribir día a día, nos lleva a interrogar, a escuchar y a callar, a oír y a desoír, a interpelar lo que tenemos por delante.

Un poema con notas silvestres, con aromas a mañanas, a tardes soleadas, a días lluviosos, a noches estrelladas, a insomnios azules, a gotas de aguas oceánicas. Con rimas de lágrimas derramadas, con pasiones desatadas, con añoranzas desteñidas, con los deseos a flor de piel, y secretos nunca dichos, entre las estaciones y los climas más diversos.

Así sin mayor pretensión que la de ser nosotros mismos nos empeñamos en escribir ese poema con la naturalidad y sencillez de quien transita por los estantes de una vida que día a día hay que ordenar en ese ser y estar alineados en el aquí y ahora.

Andrea Calvete