martes, 30 de abril de 2019

UN CAFÉ

Un exquisito aroma a café llegó para instalarse, e invitó a una charla fraterna, sincera en la que pudieran aflorar todo lo que estaba allí guardado, oprimido, esperando a ser rescatado por alguien, quizás por ese cálido café.

Se había cerrado en su propia caparazón, lejos de todo. Tal vez, los desengaños, los fracasos, las partidas, o las equivocaciones fueran parte de aquel ser anestesiado que observaba con apatía todo lo que le rodeaba. No le quedaban excusas para los no, ni pretextos para los sí, en esa vereda fría e inhabitada se deslizaba en silencio, ni sus zapatos le hacían compañía. Su dolor era su gran aliado, así brillaban sus pupilas frías e indiferentes con el desasosiego del que no sabe hacia dónde se dirige.

Comenzaron a tomar el café y lo saborearon lentamente. El diálogo tardó en llegar, el silencio fue la antesala para que todo fluyera en forma natural y sencilla. El reloj se detuvo unos instantes, mientras el humeante café serpenteaba por las colinas de los recuerdos, de los vaivenes de sus días. Las palabras llegaron lentamente encandiladas por el aroma del café que finamente fue calando en la memoria. De allí surgieron gratos recuerdos, no todo era tan amargo, algunos sucesos olvidados congratulaban el alma. La tibieza de aquellos recuerdos le acarició con ternura, le besó sus mejillas doloridas y su corazón astillado y descreído. Así sin darse cuenta vino a su memoria un pasaje de la Biblia: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá”, porque todo el que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abre.

Este café, se lo debía hacía mucho tiempo, pero el tiempo era lo único que no tenía. Al hacerle un lugar, pudo seguir su camino, renovar la fe y la esperanza que habían sido resquebrajadas en una larga y difusa lejanía.

Andrea Calvete

sábado, 27 de abril de 2019

CINCO E


Nuestra vida se compone de fórmulas, por alcanzar, por descubrir y por develar. Lo cierto es que cada cual tiene la suya a la hora de enfrentar los desafíos que le toca vivir, por no hay como sentarse con uno mismo para ingresar en ese mundo alquímico de posibilidades, en el que cada cual a su modo hallará el elixir de vida, en el que las cinco E podrían componer esa quinta esencia tras la que tanto se ha hablado y discutido.

Es indudable, que más allá de las fórmulas a las que les hacía mención al principio, las cinco E a las que hago referencia van derivando una en otra, de manera que todas se incorporan a nuestra vida como motor fundamental a la hora de arrancar el día. Así la energía, el entusiasmo, la emoción, la entereza y la empatía, son los pilares fundamentales cuando nos embarcamos a descubrir el misterio de la vida.

La energía es un condimento especial cuando queremos comenzar algo, es ese motor esencial en el que se enciende el arranque, en que se ponen las ilusiones al servicio de los deseos y de la puesta en marcha. Es la vitalidad necesaria para movernos para disponernos a decir si puedo, o al menos lo voy a intentar, porque no hay peor tarea que la que no se intenta.

Al poner a rodar nuestra energía, lo tenemos que hacer cargados de entusiasmo, de luz y brillo necesarios para contagiar ese potencial que irá creciendo en la medida que se despliega nuestra vitalidad puesta al servicio de nuestro interés, de nuestros deseos, y nuestras potencialidades que son infinitas y están a la espera de ser descubiertas. Entusiasmados el pienso se hace en forma descontracturada, en forma espontánea y genuina.

Desde luego que si la emoción no corre por nuestras venas, poco lugar quedará para que hagamos algo con pasión, con entrega y total devoción, claves a la hora de comprometernos al cien por ciento en lo que creemos y confiamos, y en lo que nos disponemos a hacer. La emoción también se contagia, es energía vital que se palpita.

Con el azul de la entereza se oxigenan nuestros proyectos, impregnados de sabiduría, paciencia, ilusión y optimismo. Caerse y volvernos a levantar tantas veces como sea necesario, sin perder la fuerza, la esperanza de continuar y avanzar, con fortaleza y serenidad.

Comprometernos con energía, entusiasmo, emoción y entereza, requiere en sí empatía, es decir conocer el universo emocional de quienes nos rodean, empaparnos en él, descubrirlo, consustanciarnos y hacerlo parte de nuestro accionar, porque solos poco y nada somos.

El amor un antídoto que comulga con estas cinco E, un ingrediente fundamental para que transitemos por cualquier circunstancia de nuestra vida impregnados de fortaleza y gratitud, y también imbuidos de lo mejor que nos habita en alguna parte de nuestro ser.

Estas cinco E podrían relacionarse con nuestra quinta esencia, con esa misteriosa y quinta dimensión emparentada con lo que no se ve a simple vista, con lo que no se percibe fácilmente. Quien sea capaz de entrar en ella posiblemente se conecte con otras dimensiones ocultas.

Descubrir esa quinta dimensión o quinta esencia es un camino individual que, posiblemente, nos lleve hasta el atanor del ser, donde aparece el calor más íntimo, pues todo lo que ocurre en nuestro cuerpo y mente se aloja allí cómodamente, para dar lugar a los aromas de nuestra existencia, que podrán trascender en el tiempo a través de los seres que lograron compartir lo más profundo de que habita en cada uno de nosotros.

Andrea Calvete

LA PRIMERA VEZ

Si hiciéramos una encuesta sobre “la primera vez”, en la mayoría de los casos un nerviosismo extraño y una ansiedad casi desmedida serían dos de los protagonistas de esta odisea, en la que la ilusión vuela puesta al servicio de dejarse fluir por ese inmenso desafío que está por delante en el comienzo de algo. Si bien los comienzos no son nada fáciles, también tienen la fuerza del empuje y el entusiasmo por delante.

Las expectativas parecían desbordar aquellos lienzos blancos temblorosos, cargados de tensión pero a su vez de un júbilo desbordante. Era la primera vez que tomaban contacto con los pinceles y los óleos, un mundo que pretendía abrirse pero que permanecía ante sus ojos como un inmenso desafío. El aroma a todo recién comprado, nuevo, inmaculado, estaba a la espera de ser descubierto con las ansias intactas, y con la esperanza fresca y abrumadora de ese primer paso.

Debo asegurar que para mí las cosas no eran muy distintas, les aventajaba en llevarme bien con los colores, texturas e imágenes. Los pinceles y las espátulas ya eran compañeros de viaje, y la madera y lienzos un simple vehículo al servicio de la expresión. Sin embargo, nos unía esa primera vez que hace palpitar fuerte al corazón y te interpela con ese sinfín de preguntas casi imposible de abordar. Allí estaba frente a ese grupo que esperaba que compartiera con ellos todo lo que había aprendido a lo largo de los años de contacto con la pintura, pero más allá de mis nervios al observar sus pupilas cargadas de gratitud y emoción me aflojé y dispuse a comenzar.

Recuerdo que lo primero que hice fue observar los rostros de cada participante, presté atención a cómo colocaban sus elementos de trabajo sobre aquella mesa larga de caballetes, y como se disponían con un entusiasmo casi infantil a comenzar. Sin preconceptos, ni malicia, sin vicios propios del camino, estaban allí sentados a la espera de aprender, como si la magia pudiera tocar sus manos para despertarlas. Por favor que no se me mal interprete, digo infantil con admiración y total respeto, porque los niños son grandes maestros que deberíamos llevar a lo largo de la vida en el corazón.

Así comenzó la clase, nadie se animaba abrir los óleos, estaban inmaculados al igual que los pinceles. Me acerqué, uno por uno y les indiqué como abrir aquellos pomos de ilusión y de esperanza que esperaban ansiosos tomar contacto con el lienzo y los pinceles. ¡Ah los pinceles!, al principio parecían disponerse enfilados en la mesa como enemigos, con sus cerdas nuevas y relucientes se paraban desafiantes e insolentes, así eran tomados con la timidez propia del que comienza y con algo de temor y respeto. Los colores por su parte brillaban relucientes, pero se les dejaba poco margen para entremezclarse, parecía que el contacto con otros colores les estuviera vedado, en realidad pasarían tan sólo una media hora en la cual descubrirían la magia de sus mezclas.

Cuando los colores comenzaron esparcirse y combinarse, se empezó a sentir un ambiente festivo, los lienzos se llenaron de vida, cada cual a su ritmo, con sus tiempos e improntas, en cada uno fue quedando plasmado la personalidad y deseos que había en aquellos pintoras que se iniciaban en un camino que no tendría marcha atrás. Un viaje de ida, de allí en más aprendieron a amar los colores, las texturas, volaron con creatividad e ilusión para dejarse ser, para disfrutar de aquel día de encuentro y a su vez lograr plasmar en esos lienzos lo que nunca jamás habían creído que serían capaz.

Algo que pareció un obstáculo, pronto fue perdiendo peso en este desafío, varios integrantes del taller decían : “yo no sé dibujar, no tendría que estar acá”, ante la inquietud les contesté que no era un impedimento, ni un obstáculo no saber dibujar, podían aprender, aunque lo más importante era expresarse y perderle el miedo al lienzo, a los colores y a los pinceles, cuando se los perdieran comenzarían a quererlos y adoptarlos como parte de su oxígeno de vida, allí ya no quedaría lugar para ningún tipo de cuestionamiento más que desafiarse día a día y continuar aprendiendo.

Esta primera vez fue también una experiencia única y maravillosa que nos permitió aprender los unos de los otros. Alcanzó conocernos para entender qué pretendía cada uno de aquel encuentro, comenzamos a admirarnos y respetarnos en un espacio en el que conocimiento fluyó y se esparció en forma horizontal, todos aprendimos de todos, nos enriquecimos y vimos que los colores, las imágenes, las texturas y los aromas de la creatividad y la imaginación se habían unido para que nos conociéramos y camináramos juntos al menos en un tramo del trayecto, el que recuerdo con profundo cariño y agradecimiento.

Si hiciéramos una encuesta sobre “la primera vez”, en la mayoría de los casos un nerviosismo extraño y una ansiedad casi desmedida serían dos de los protagonistas de esta odisea, en la que la ilusión vuela puesta al servicio de dejarse fluir por ese inmenso desafío que está por delante en el comienzo de algo. Si bien los comienzos no son nada fáciles, también tienen la fuerza del empuje y el entusiasmo por delante, y el valor de ser momentos trascendentales que nos acompañarán de por vida.

Andrea Calvete

sábado, 20 de abril de 2019

UN MISTERIO PARA SER VIVIDO

Dar la dimensión real de lo que nos sucede se desdibuja en la medida que los sentimientos se interponen, los recuerdos se paran como obstáculos, las excusas se amurallan, y la negatividad impera, entonces nos paramos en arenas movedizas que poco nos dejan andar.

Uno de las dificultades a las que nos enfrentamos y posiblemente no seamos demasiado conscientes es nuestro ego. Porque hay egos muy mal entendidos, que hacen sentir a las personas superiores, con mayor sabiduría, mejores por el motivo que sea… y olvidan que todas esas cualidades se opacan y evanecen en la medida que el ego brilla por encima de los sentimientos, de la humildad y el don de gente.

De los sentimientos deberíamos aprender tantas cosas, a que son fieles, genuinos, y que son capaces de acompañarnos de acuerdo a lo que nos sucede, para despertar en nosotros ese estado de ánimo que acompaña a la situación que nos toca vivir. Sin embargo, algunas veces reprimimos ciertos sentimientos por vergüenza, culpa, temor, o por el simple hecho de que no querer demostrar nuestra vulnerabilidad, la que nos vuelve personas sensibles y comprometidas con nuestros semejantes.

La humildad nos permite aprender de los seres que nos rodean, comprendemos que todos necesitamos los unos de los otros, y que cada uno de nosotros somos seres únicos e irrepetibles, de allí que siempre tengamos algo para aprender de cualquier persona. Aprender es un camino interminable que nos conduce a enriquecernos día a día. Quien mira con humildad ubica el brillo de sus pupilas en dirección horizontal, de forma que en ese mismo plano de armonía se desarrolla la energía que despliega hacia un semejante. En la medida que nuestro ego se infla nuestra mente pierde fuerza y se empequeñece, y en lugar de sumar restamos y lejos quedamos de superarnos.

El don de gente es algo que quizás no se enseñe literalmente en los libros, escuelas o universidades, se respira en el hogar, en la búsqueda por superarnos y ser mejores personas, de abrirnos al cambio, a estar dispuestos a ser solidarios y fraternos con quienes nos rodean, a tener valores que nos lleven a respetar a los demás, pero primero debemos empezar por nosotros mismos. De nada servirá adquirir grandes títulos y honores si cuando un amigo nos precisa le cerramos la puerta en la cara, o seguimos de largo distraídos por la vida sin detenernos a ver lo que pasa a nuestro alrededor. Ese don de gente aparece cuando alguien te ayuda sin esperar nada a cambio, cuando te brinda su mano o su hombro porque sabe que lo precisas, o cuando alguien se alegra genuinamente porque estás feliz, y esto tiene que ver con la generosidad. Ese don de gente se aleja cuando no dejamos lugar para el diálogo, el entendimiento poniendo sobre la mesa a ese ego impertinente y mal entendido del que tantas personas se visten y caminan por la vida llevándose por delante a todos los que se le interponen en el camino, porque para ellos la vida es un problema a ser resuelto en el que vale cualquier herramienta para alcanzar sus fines. Pero, se olvidan que la vida no es un problema para ser resuelto sino un un misterio para ser vivido.

Andrea Calvete

AL CIELO

Mirar al cielo nos invita a elevar la mirada, a perdernos en las nubes espesas y blancas tras las que se esconde la esperanza, palpita una primavera, o sonríe una aurora. Limpio y despejado el cielo nos permite volar sobre ese infinito celeste de posibilidades. Grises y sombríos, nos sacuden con sus truenos resonantes para que se despierte nuestro ser dormido. Quien canta al cielo posibilita que su voz se traslade hacia el misterio de la vida.

El cielo ha sido fuente de inspiración de escritores, pintores y artistas que han sabido ver en él respuestas a su intricada existencia. Así del mismo modo, puede ser un gran aliado para quien se sienta y lo observa sin otra pretensión que disfrutarlo, para perderse en esa danza casi mágica en el que las nubes nos hablan.

Mirar al cielo nos regala una sonrisa, un quizás se dibuja en nuestro rostro, y los sueños amanecen y los anhelos se colorean. Se prende una chispa de esperanza en la que la ilusión se enciende y el entusiasmo se encamina encontrando motivos y razones.

De eso se trata, de encontrar motivos y razones cuando estamos en un pozo, o heridos porque nuestro corazón ha quedado desgarrado en mil pedazos. Es entonces cuando al mirar al cielo dejamos volar nuestra imaginación y creatividad en busca de encontrar una respuesta, la que hasta ahora lejos estaba de nuestras posibilidades.

Quizás al mirar al cielo lo posible suceda y el imposible desaparezca, o por el contrario lo posible se desvanezca cuando el imposible se asome. Será cuestión de perspectiva, de instalarse en esa nube en la que el equilibrio se produzca, para que los deseos reprimidos afloren y se materialicen en posibles.

Siempre hay un motivo para mirar al cielo, para cantar al cielo, porque la felicidad nos desborda, o la alegría nos habita, agradecidos decimos gracias e inspiramos profundo para impregnarnos de ese perfume que llega desde esa fiesta de imágenes que sólo él es capaz de crear.

Quien canta al cielo, musicaliza sus esperanzas, armoniza sus vibraciones, y logra materializar lo que en lo profundo de su ser habita para que suba hasta las alturas de los posibles infinitos, donde las alas de libertad se despliegan suaves y apacibles, planean tranquilas hacia ese rumbo anhelado.

Mirar al cielo es elevar los deseos, los sueños, es abrirse a la vida, es bañarse de fe y esperanza, es hacerse un guiño y decir sí es posible, porque quien confía en que hay un camino seguramente encuentre muchas bifurcaciones, pero si se detiene y escucha su corazón sabrá cuál es la ruta que debe seguir.

Andrea Calvete



domingo, 14 de abril de 2019

NARANJO EN FLOR

La mañana gris se pierde en la calle del hastío, deambula por promesas lejanas, mientras una melodía melancólica se perfuma con las flores de un naranjo. Tose la brisa, carraspea para aclarar su voz engrosada y áspera. Bebe de una copa colmada de recuerdos y se eleva hasta los adoquines de su camino.

Hoy no es un buen día para cuestionamientos, no hay lugar para los reproches, o para los quizás o tal vez, la monotonía le agobia de tal manera que la inercia lo abraza dejándolo casi maniatado en una inmovilidad incómoda. Las ráfagas de los naranjos en flor le animan, pero pronto la molestia persiste.

Dolorido, sin pensamientos camina por entre los naranjos en flor, embriagado por su perfume continúa, no quiere detenerse, se deja anestesiar por el dulce aroma, mientras los recuerdos se mezclan con gotas de melancolía y tristeza.

Las sensaciones inmutables se paran frente al naranjo que lo vio crecer, sin ánimo se encaminan como autómatas, saben reaccionar frente a cada acto, están programadas, no quieren salirse de su rutina, no se permiten sentir algo nuevo, están oxidadas, el mutismo en el que habitan las preserva.

Sus manos adormecidas y sus ojos cansinos caminan bajo un cielo encapotado. El aire cargado de humedad se cuela por entre los bolsillos lleno de agujeros. Las aves cantan sin importar su gris apatía, para ellas el sol está y ha salido con el nuevo día.

Un nuevo día en el que arrastra el cansancio y la falta de ánimo. Los sabores agrios se sobreponen, y las aspereza se viste de gala, mientras encorvado se pasea por entre los naranjos en flor. Se mira en el vidrio de un auto estacionado, no se reconoce, se endereza y continúa la marcha. El mate amargo es su fiel compañero, le acompaña en silencio, lo escucha sabe más que él, así como un fiel amigo lo abraza sin cuestionar nada.

Comienza a despejarse el día, las notas matinales se paran decisivas y enérgicas. Los rayos del sol esperanzadores empujan al desánimo y al descreimiento, y hacen pasar a las ilusiones y a los deseos olvidados, que se bañan de los colores omitidos y de los sabores que parecían haber quedados prohibidos, pero que ahora resurgen como un naranjo en flor.

Andrea Calvete   



sábado, 13 de abril de 2019

TRECE MOTIVOS

En torno al trece se esgrimen leyendas, supersticiones, historias que han marcado los tiempos, y los vientos que desde la antigüedad soplan a favor o en contra, dependerá con el ojo con que lo observemos su significado. Particularmente, he encontrado trece motivos para escribir acerca de esta cifra 

1 -Un número enigmático

2 -Un número polémico

3 -Un número que encierra significado dual

4 -Un número que esconde leyendas

5 -Un número que guarda misterios

6 -Un número que invita a detenerse

7- Un número que despierta curiosidad

8 -Un número del que tanto se hablado y se seguirá hablando

9 -Un número que augura cosas buenas

10- Un número que augura cosas malas

11 -Un número que se asocia con el martes y con el viernes

12 -Un número que se asocia con ciclos lunares

13 -Un número que encierra doce motivos para analizar detenidamente

El número trece es, sin lugar a duda, uno de los números más polémicos dentro de la cultura popular y de la numerología ya que se asocia por lo general a la mala suerte pero tiene muchos significados según diferentes culturas.

Para los Mayas, el número 13 ha sido un número sagrado, compuesto por la sumatoria del 12 más uno. El 13 representaba el movimiento del Cosmos y del Universo, la transmutación, la transformación, la ascensión y la conexión con otros planos. Su calendario tan conocido a lo largo de los siglos se guiaba a través de trece lunas.

A lo largo de la historia se lo ha asociado muchas veces con los malos augurios. Basta remontarnos a la última cena de Jesús para ver que trece fueron los comensales, o el Apocalipsis cuyo capítulo 13 corresponde al anticristo y a la bestia. Del mismo modo la Cabalá lo ha asociado a espíritus malignos, y la leyenda escandinava en el Valhalla, el espíritu del mal de Loki, el decimotercer invitado. En el Tarot, este número hace referencia a la muerte, pero también significa cambio, transformación y movimiento, el paso de un plano de la vida a otro plano.

Según la concepción de los pitagóricos, los números son la clave de las leyes armónicas del cosmos, por lo tanto, símbolos de orden cósmico divino. La unidad es el punto a la cual si se agrega otro, se pasa al dos, y con una unidad más se llega al tres, que es una superficie, y finalmente con una unidad más se llega al cuatro que es el espacio. El número cuatro es la duración, lo completo, las dimensiones, el espacio, la justicia, la infinidad que no termina, el tiempo que pasa, dura y no se acaba, es el ambiente el lugar donde vivimos. La suma de la unidad más la expansión cuaternaria produce el quinario. El cinco hace que todo retorne a su origen. El número 5 es un instante o punto en el que se unen la muerte y su nacimiento, el aquí y ahora donde el tiempo y espacio se funden en la unidad perfecta del eterno presente. El número seis es la suma de los tres primeros números: 1 + 2 + 3. Representa la cualidad amorosa en la creación, la armonía y el equilibrio. El Seis es la vibración de Venus, amor y belleza; en música, la nota La, en geometría, el hexágono. Es también la atracción y oposición del mundo humano versus el divino, guiado por el amor. Si continuamos llegamos al número diez, suma de los cuatro primeros, es la famosa tetraktys, el número capital.

De regreso al trece, recorriendo las páginas del tiempo, 13 octubre de 1307 fue capturado por el tribunal de la Inquisición Jacques de Molay, para poner fin la Orden de Caballeros Templarios, bajo la orden de Felipe IV de Francia, acusándolos de herejía fueron torturados y quemados en la hoguera. Fue antes de morir que Jaces de Molay profirió una maldición para las trece próximas generaciones, la que se cumplió, ya que tanto el Papa como el Rey murieron años después como había sido vaticinado.

Pero, como les señalaba al principio según quien nos cuente la historia, el trece tiene su significado. Para mi bisabuela Antonia era un número de suerte, ella había nacido un 13 de junio, y fue una mujer agradecida que disfrutó de cada momento intensamente. Una vascofrancesa fuerte, llena de vitalidad y empuje, que no se dejó amedrentar por ningún contratiempo, los enfrentó con dignidad y valentía, con convicción. Así el trece la acompañó durante sus noventa años de de larga y fructífera existencia como un buen augurio.

Quizás haya múltiples significados del trece de acuerdo a las vivencias transitadas, a las historias transmitidas, a los patrones preestablecidos, pero indudablemente un número enigmático cuyo valor estará adjudicado inevitablemente por nuestras creencias.

Andrea Calvete


CUESTIÓN DE RITMO

Todo es cuestión de ritmo, no hay lugar para nada más o lo hay. De un torbellino de ideas lejos trinan los latidos de los ojos donde trepa la esperanza.

Los deseos del viento dejan su huella en el olvido, recorren las colinas, alejados de los latidos de sus seguidores. Serenos se deshojan en una alborada tenue.

Se levantan copas dulces y agrias para beber de ese brillo perdido, y palpar la tersura de aquellos labios que han quedado dormidos con el vaivén de los años.

Un ladrido monótono es la melodía perfecta en aquel despertar en el que algún pájaro trina con algarabía. No tardan en responder al saludo otros perros en la lejanía. La armoniosa mañana transcurre mientras el brillo de sol entrelaza sus hilos de oro en las pequeñas gotas de rocío.

Se agitan las copas de los árboles con los deseos del viento, levemente se mueven airosas y despreocupadas, se dejan llevar por su aire cargado de libertad y de anhelos.

Un hilo turquesa comienza a tejar los colores de la esperanza que se esparcen diferentes tonalidades pasando por la más diversa gama de celestes, azules y verdes, hasta que una sensación renovada despierta al paisaje en el que los bríos toman las riendas de ese cabalgar ágil y prometedor.

Una libélula revolotea en medio de aquel torrente tornasolado en el que un aire casi mágico contagia un naranja vigoroso con las notas frescas y silvestres de un limonero en flor.

Todo es cuestión de ritmo. De un torbellino de ideas trinan los latidos de los ojos donde trepa la esperanza. Así con el brillo renovado miran el presente, y se disponen a caminar en esa orilla donde la espuma blanca yodada rompe con la llegada de cada ola.

Andrea Calvete

domingo, 7 de abril de 2019

EL PARAÍSO DE LAS FLORES

El paraíso de las flores dejó impregnado el elixir del tiempo. Su capucha colorida se deslizó, el pájaro llegó con su último suspiro a la estación abandonada. Encontró allí esa paz necesaria para reposar su cuerpo cansado y entumecido de tanto volar.

Dicen que quien vuela tiene siempre abiertas las alas de la libertad, pero algunas veces el rumbo no es el apropiado. El pájaro multicolor había errado el camino y había quedado atrapado en una ruta laberíntica de la que no podía salir. Cada vez que le parecía haber encontrado la salida se topaba con una enorme pared que frenaba su camino.

Así la historia parecía repetirse día a día en los que aumentaba la impotencia y desesperación de haber quedado atrapado en su propia trampa. Sabía que había llegado hasta allí por deseo propio, sin embargo no dejaba de reconocer que eran esas ansias por resolver todo rápidamente las que lo había obnubilado en la decisión, poco pensada y meditada. Decía su abuelo :“La prisa no es buena consejera, tiempo al tiempo, y hallarás el elixir del tiempo”

En medio de aquella desesperación las palabras de su abuelo adquirieron significado, contenido, su decisión apresurada, su impaciencia desmedida lo habían desviado para encontrarse en un terreno desconocido, al que no pertenecía, y donde sus alas habían quedado cortadas por el intrincado trayecto. Por momentos, sentía que le había vendido el alma al diablo. Se preguntaba mil y una vez cómo salir de esa pesadilla, pero no lograba hallar la respuesta.

Un día sin saber cómo alcanzó a ver un pequeño jardín perfumado y colorido por flores silvestres, el vibrar de la vida lo anunciaba el suave zumbido de las abejas que se posaban en los matorrales de lavandas. Se detuvo para poder beber de ese néctar que tanto ansiaba, luego de los primeros sorbos empezó a volar. El camino ya despejado le permitió avanzar, planeó horas, sintió el aire fresco en su pequeño rostro. Sus alas se movían libres y diáfanas, era él nuevamente aventurero, soñador. Resonaron en su cabeza las palabras de su abuelo: “La prisa no es buena consejera, tiempo al tiempo, y hallarás el elixir del tiempo”

Esa noche descansó en la copa de un árbol frondoso, entre sus ramas un pequeño nido de plumas abandonado albergó su cuerpecito extenuado. Con el primer rayó de sol retomó el viaje, voló un día entero sin parar hasta volver a encontrarse con otro paraíso de flores, allí bebió diferentes néctares que jamás había probado. Así con la energía renovada continuó su camino.

El paraíso de las flores dejó impregnado el elixir del tiempo. Su capucha colorida se deslizó, el pájaro llegó con su último suspiro a la estación abandonada. Encontró allí esa paz necesaria para reposar su cuerpo cansado y entumecido de tanto volar. Nuevamente las palabras de su abuelo lo acompañaron: “La prisa no es buena consejera, tiempo al tiempo, y hallarás el elixir del tiempo” Hoy era tiempo de espera, de mesura, de meditación, de encontrar un rumbo, de vislumbrar un destino, así cerró sus pequeños ojos negros y posó en una rama de ciruelo rosa repleta de flores.

Andrea Calvete



sábado, 6 de abril de 2019

TIBIO ABRIL

El aire de abril llega tibio, se perfuma con los ocres del otoño, y se viste discreto y elegante. Camina a buen paso, porque sabe que el invierno pronto lo alcanzará, por eso no se detiene, no quiere dejar de esparcir su seductor encanto.

Los pájaros revolotean en sus cielos diáfanos, la espuma blanca de las olas rompe en esa paz que trae por los mañanas. Dos amantes se besan apasionadamente en su orilla, se funden bajo su brisa fresca y profunda, aspiran su intensidad para vibrar hoy más que nunca.

Los vaivenes de las olas son perfectos, es que abril hace del mar una sinfonía armoniosa de azules de cobalto, entre sepias infinitos. Los aromas se entremezclan con el rocío de las hojas que comienzan a caer y poblar las veredas como alfombras suaves y amarillas.

La lluvia de abril también suele ser diferente, se llena paz y de tranquilidad, es un remanso para los recuerdos, gotas doradas bañan la quietud que se inspira mientras en un charco se espejan dos pájaros en su nido.

Con ritmos tibios y suaves llega abril, para bailar entre la magia y el encanto de sus nubes pomposas y esfumadas. Sus silvestres perfumes y sus mentolados sabores se pierden en los rosas pálidos que entrecierran sus ojos con aire somnoliento.

El sol a través de su alquimia se perfila y conquista en cada rayo a quien se anima a disfrutar de sus mágicos escenarios.

El aire de abril llega tibio, se perfuma con los ocres del otoño, y se viste discreto y elegante. Deja una aire encantado que se respira cada amanecer lleno de sonidos delicados y envolventes, en el que lentamente se desojan los deseos hasta encontrarse con ese palpitar a punto de perderse.

Dos palabras se unen sin saberlo, se dejan embriagar por su misterio bajo un cielo celeste y despejado, quieren ser poema de este abril que abriga con su canto.

Andrea Calvete

CARTA AL OLVIDO

Detrás de un jarrón antiguo decidió escurrirse hasta que se mimetizó con el colorido diseño que lo iluminaba, cansado de recordar pensó que era un lugar fresco y acogedor para poder descansar, rodeado del agradable perfume de las flores frescas. No entendía porque había llegado hasta allí, pero lo cierto era que en ese remanso poco lugar quedaba para preocuparse.

Sentía que la piel se le agrietaba, que los poros resquebrajados estaban cansados, y que la espalda la tenía encorvada, le costaba caminar lo hacía con esfuerzo. Se preguntaba: “¿Siempre he sido así, cómo es posible que ya no me pueda casi mover?” Pero, por más que las palabras resonaban en su cabeza ninguna hallaba una contestación.

Todavía no había comenzado el verano, pero los jazmines rebozaban el jarrón e inundaban de un exquisito aroma la sala. Extasiado por ese perfume dulce y embriagador, dejó que destellos de sol resplandecientes lo iluminaran y que la tersura de la mañana lo acariciara. Así se dejó llevar sensaciones placenteras,  sólo alcanzó a ver rostros poco nítidos en los que la algarabía era parte de la escena. Allí estaba rodeado de risas, correteos, y una música suave y delicada que le permitían estar como en limbo. No entendía porque había llegado hasta allí, pero lo cierto era que en ese remanso poco lugar quedaba para preocuparse.

Un día mientras limpiaban la sala el jarrón se rompió, una extraña sensación lo embargó, un frío intenso recorrió su cuerpo. En el fondo del jarrón había una carta, con mucho temor se puso los lentes y comenzó a leer, se titulaba “Carta al Olvido”

Carta al Olvido

  Quisiera no olvidar los gratos momentos de mi vida, las personas que de alguna manera me han ayudado a ser quien soy, a mis amigos y seres amados, a los que con su mano dura me han posibilitado que fuera una mejor persona, a los que de alguna manera me han ayudado a cambiar, a todos y a cada uno de ellos los quiero llevar junto a mí.

  Pero la memoria me ha comenzado a fallar, y algunas veces me encuentro recordando acontecimientos que ya no me fío si han sucedido, o son parte de esos recuerdos que he incorporado, pero dudo que sean del todo certeros.

  A ti mi querido amigo OLVIDO, tantas veces te he llamado para que me ayudaras a borrar de la memoria lo que me molestaba o me dolía, sé que me has permitido continuar dejando de lado lo que asfixiaba o me carcomía.

  Hoy te digo, has hecho tu labor, pero ahora no quisiera olvidar más nada, quiero recordar con alegría, con pasión, con las fuerzas renovadas, pero para eso preciso no olvidar, requiero de fortaleza para reconstruir cada grieta, cada pedacito roto. Me armaré de paciencia, dibujaré en mi cara una sonrisa, y dejaré lo innecesario a un lado del camino, para continuar con fe y esperanza porque lo mejor está aquí y ahora.

  Se me acorta el tiempo, y en estas escasas líneas que me quedan me despido de ti, para que te marches a donde más te plazca, te agradezco infinitamente haberme acompañado, pero ya no olvidaré nada más , porque sólo llevaré conmigo lo que me nutre y me enriquece, así que no será necesario borrar nada, por eso no entenderás porque has llegado hasta aquí, pero lo cierto es que este remanso en el que te dejo no encontrarás lugar preocuparte.

  Me despido de ti con un abrazo inmenso, sé feliz porque ya has trabajado bastante, es tiempo de que descanses y te retires.

  Gratitud


Así la Gratitud se despidió del Olvido, y se encaminó a agradecer lo que le restaba por andar. El Olvido luego de leer esta carta, ya no recordó más nada, se echó a volar porque las ventanas estaban abiertas de par en par y se acostó debajo del jazmín donde quedó profundamente dormido.

Andrea Calvete









lunes, 1 de abril de 2019

UN MINUTO

Un minuto de paz es mucho para el que no la consigue y un aliciente para quien la desea. Algunas veces luchamos contra nuestros miedos, dudas, ausencias, desencuentros, fracasos, con todo lo que cae ante nuestros hombros y de alguna manera nos mantiene inquietos, en alerta, ausentes y perdidos en una nebulosa difícil de definir.

¿Por qué será que por las noches todo se ve más oscuro, por qué los deseos se aceleran, las búsquedas se inquietan y las ideas se alocan para tocar una respuesta? Posiblemente, cuando todo se aquieta nuestras ideas se revolucionan, mientras nuestro cerebro agotado de pensar quiere descansar, nuestra mente lucha desesperadamente por lo que le preocupa.

Las horas de desvelo no suelen ser buenas consejeras, la puerta de salida parece alejarse con astucia, mientras nuestros párpados pretenden cerrarse, pero nuestro yo interior lucha por ser escuchado, o atendido.

El insomnio es uno de los problemas más frecuentes que sufren los seres humanos hoy en día, por diversas causas: angustia, exceso de trabajo, falta de actividad física, consumo de sustancias adictivas, depresión y estrés, entre un sinfín de causas.

Durante las horas que no podemos conciliar el sueño, el tiempo se hace interminable, los colores cambian las tonalidades, las sombras se hacen más grandes y los miedos se engrandecen como gigantes que quieren invadirnos.

¿Pero quién no ha sufrido noches de insomnio?... quizás haya algún afortunado que no. Sin embargo, quien las ha padecido sabe que los minutos toman otra dimensión, que las palabras suenan diferente, y que los recuerdos se vuelven confusos al igual que los pensamientos.

El insomnio se para frente a los temores, las dudas, lo que queda por hacer, lo que no se hizo, frente a los destellos de los astros que iluminan el cielo y encienden nuestras preguntas.

Así vivimos, dormimos mal, corremos de un lugar al otro, intentando resolver problemas, pero nada de esto es excusa suficiente o necesaria para no encontrar ese minuto en el que podamos bajar las revoluciones, y encontrar sosiego y armonía.

Por momentos, surgen los miedos a olvidar los rostros, los momentos vividos, las caricias, las risas de esos seres que han partido y que son parte de ese ser que somos, y la nostalgia se cuela por las rendijas. Aunque en el fondo sabemos que más allá de la distancia y el tiempo hay un cielo que nos une con esa persona que ha partido.

Un minuto de paz es mucho y a su vez tan poco, es todo y a su vez es nada. Sin embargo, es parte de esa sumatoria importante a la hora de encaminarnos hacia ese estar mejor, o al menos más tranquilos.

Sin embargo la “dimensión real” del tiempo depende de cada uno de nosotros, de esa cabida inteligible que le demos, de esa posibilidad de ser, quizás rescatando momentos vividos del pasado trayéndolos a este presente efímero y trasladándolos a ese futuro inmediato casi impalpable.

Un minuto puede ser muy largo o muy corto dependiendo de lo que se espere, de lo que se diga, pero es parte de ese tiempo al que debemos cuidar y aprovechar para que su sumatoria sea en definitiva parte de lo que deseamos y anhelamos vivir.

“El tiempo es muy lento para los que esperan, muy rápido para los que temen, muy largo para los que sufren, muy corto para los que gozan; pero para quienes aman, el tiempo es eternidad”.

Andrea Calvete