sábado, 15 de septiembre de 2018

DEJARSE LLEVAR

¿Quién no ha cerrado los ojos y se ha dejado llevar? Dejarse llevar es de alguna manera fugarse a una dimensión única y apasionante, no es muy costoso ni sofisticado, algunas veces forma parte de trascender la realidad que asfixia o simplemente cansa porque es pura rutina

Si llevar… a ese lugar que se no accede por diferentes motivos, pero a través de ese instante nos permite viajar, volar y tocar parte de lo que parece lejano o inalcanzable.

Un instante en el que podemos andar descalzos, recorrerlo sin impedimentos, donde los deseos se cumplen , y las ausencias en una depresión se hunden sin reparos. Porque lo maravilloso de dejarse llevar es poder tomar contacto con lo que no es tangible, con lo que dista a nuestras posibilidades. Es permitirse crear unos instantes lo que la mente en forma maravillosa logra a través de la imaginación frondosa.

Dejar que la lluvia acaricie nuestros párpados cansados y abatidos, o que el silencio de alguna forma nos susurre al oído y nos trasmita lo que deseamos oír, dejando de lado las preocupaciones y los impedimentos.

Dejar que el niño que llevamos dentro vuelva a nacer, porque posiblemente esté adormecido por el transcurso de los años, por el impacto de lo cotidiano que lo bombardea y asusta.

Dejar que las dudas se hagan a un lado para que no pregunten ni se claven como estacas, y se silencien al menos unos instantes para que la mente camine distendida en el valle de la tranquilidad.

Dejar que lo que duele lo cure el olvido, y que por un momento caiga todo en un vaso vacío, es decir sanar lo que de alguna manera lo que nos lastima y oprime, como en un ejercicio en el que renazcamos a la vida.

Dejar que los recuerdos se borren en las olas que rompen en la orilla, para permitir que nos sorprenda un nuevo amanecer o una noche de luna llena.

Dejar que la melancolía se emborrache de alegría, y que el dolor se anestesie para que las lágrimas purifiquen este espacio que hemos conquistado.

El abstraerse a un espacio, requiere de involucramiento, entrega, creatividad, del convencimiento de querer navegar en las profundidades más intensas y desconocidas, para encontrar eso que no sé ve, tan intangible e infinito que la mente se perturba con el hecho tan sólo de no poder dimensionarlo.

En fuga se paran los deseos, los anhelos más profundos, en los que el tiempo y espacio pierden su identidad, porque es un momento en el que se traspasan minutos, sutilezas, hasta lo más minucioso queda desvanecido con ese goce que proporciona esa dimensión en la que nada duele, todo es dicha y placer.

Una dimensión en la que parecen contenerse los latidos y la respiración, en el que se abandona el cuerpo cansado y el alma dolorida y se los deja volar libremente, sin miedos, sin impedimentos, el viento sopla a favor, la luz brilla intensamente.

Quizás dejarse llevar a esa dimensión sea única y diferente para cada uno de nosotros, y seguramente la alcancemos de modos muy distintos, pero lo importante es llegar a ella en algún momento de la vida, para entonces abrir esa puerta que nos permita disfrutarla.

Andrea Calvete