sábado, 15 de septiembre de 2018

CUESTIÓN DE CRISTAL Y PERSPECTIVA

El cristal a través del que vemos a los demás suele ser el mismo con el que nos vemos a nosotros mismos. Por momentos, con distorsiones importantes en cuanto a aumento y enfoque, otras empañado y humedecido por nuestro sudor y lágrimas. Así son las gafas que nos ponen ante nuestros ojos la realidad.

Hay quienes invierten porque estas gafas sean precisas, se toman el trabajo de adecuar el cristal a su visión, e intentan pararse desde donde tienen mejor perspectiva. Sin embargo, calibrar bien el enfoque es una tarea ardua y complicada, porque en ella entra la subjetividad que nos acompaña en cada acto de nuestras vidas.

En nuestra subjetividad tallan nuestras emociones, nuestros anhelos y deseos, nuestros enojos, nuestras frustraciones, nuestras represiones, todo lo que está a la vista y lo que se aloja en esas profundidades que no son accesibles. A todo esto debemos sumar que vemos en los demás lo que proyectamos desde nuestros deseos, y generalmente nos olvidamos que poco y nada conocemos de la persona a la que estamos observando.

Si nos ponemos a pensar a lo largo del camino lentamente nos vamos aproximando a ese yo interior que vamos descubriendo y puliendo lentamente, pero más allá del esfuerzo día a día se levantan velos que no sospechábamos que allí estaban y nos hallamos ante una nueva capa.

Probablemente, en la medida que nos acercamos más a ese interior profundo seamos más benevolentes o comprensivos a la hora de mirar a nuestros semejantes, o al menos tratar de entenderlos. Porque para poder ponernos en la piel de quien tengo al lado, primero tengo que conocer muy bien la mía.

Sin embargo, todo depende del cristal con que se mira. Por ejemplo, si nos cargamos de buenas intenciones al observar a alguien o algo, seguramente proyectaremos allí buena energía. De lo contrario, cuando teñimos de un color oscuro y negativo lo que miramos lo que finalmente vemos no resulta agradable a la vista y a los sentidos.

Es común decir o pensar te acepto tal cual sos, pero si nos detenemos a pensar suele ser una verdadera falacia, porque en el fondo cuando conocemos a alguien lo vemos del modo que deseamos o nos gustaría que fuera y, con el transcurso del tiempo, esa imagen inicial suele diferir con la que descubrimos.

Al principio las relaciones funcionan de maravillas, todas son virtudes, alabanzas, que al tiempo se desvanecen al enfrentar nuestros deseos con la realidad. Y cuanto más difieren se incrementa el descontento que sentimos con esa persona que estamos conociendo.

Generalmente, tendemos a colonizar al otro, en el afán de que se apruebe lo que pensamos, sostenemos o creemos, sin ver que el hombre del hombre necesita, que nos complementamos aún en las disidencias

Es frecuente que sin darnos cuenta nos encontremos moldeando a las personas que tenemos al lado, a nuestra imagen y semejanza, olvidando que cada persona en un ser único e irrepetible, con sus gustos, deseos, anhelos, virtudes y defectos. Quizás un buen punto de partida es decir que todos somos seres portadores de un alma que nos iguala como seres que habitamos un planeta y una galaxia, pero nos diferenciamos desde cada particularidad que nos caracteriza y distingue.

Ramón de Campoamor dice: «En este mundo traidor / nada es verdad ni mentira / todo es según el color / del cristal con que se mira». Es decir que a través de nuestra mirada sobrevuela el subjetivismo, la arbitrariedad, el relativismo. Referido a ese mundo traidor nos muestra que no siempre se puede confiar ciegamente en lo que vemos, porque día a día todo se transforma y cambia. Si bien la desconfianza no es un parámetro que nos conduzca a senderos certeros, nos permite sin embargo cuestionarnos y detenernos en determinados puntos para poder entonces ajustar esos cristales a través de los que observamos pasar la vida.

Es a través de las gafas que percibimos a quienes nos rodean, les damos consejos y opinamos convencidos que lo que decimos es lo que el otro precisa escuchar y es lo que le va a servir. Sin embargo, nos olvidamos de un pequeño y gran detalle que es que observamos a través de nuestro cristal miope y subjetivo que dista mucho de lo que es la realidad de la persona que tenemos al lado, a la que podremos acercarnos en la medida que ella nos lo permita, pero siempre desde nuestro lugar y perspectiva

Andrea Calvete