miércoles, 27 de junio de 2018

LA PUERTA QUE NUNCA SE CIERRA- II

Más lejos o más cerca, tocamos esa puerta que nos conduce hacia nuestro yo más profundo. Por momentos cercana y en ocasiones tan lejana que al mirar nos sentimos perplejos y confundidos.

¡Qué extraña contradicción conocernos y desconocernos al mismo tiempo! Una verdadera paradoja tras la que caminamos para desnudarnos y sincerarnos con nosotros mismos.

Es más sencillo ver lo que nos gratifica, lo que no duele, lo que no pesa, que aquello que realmente significa una molestia o una arista que pulir, pues ellas suelen ser doloras y punzantes, lastiman laboriosamente con sus puntas para llegar a esos rinconcitos que quisiéramos dejar olvidados.

Pero no es fácil olvidar o reprimir lo que está a nivel inconsciente, a la larga o a la corta se manifiesta de algún modo, en un sueño, en un pensamiento, o en un simple recuerdo.

Para ver realmente quienes somos debemos ser valientes y fuertes para enfrentarnos con lo que nos disgusta de nosotros mismos, Y no hay que hacerse trampa al solitario, hay mucho que quisiéramos cambiar pero no podemos por diferentes motivos.

El primer paso es aceptar lo que no nos gusta, es parte de allanar el camino, luego un minucioso análisis de las posibilidades de cambiar, crecer o tomar otro rumbo. Aunque no todo es tan sencillo, además del blanco y el negro, existen múltiples matices.

Aunque la mayoría de las soluciones están en nuestras manos, hay un pequeño porcentaje que escapa a nuestras decisiones, pues un personaje llamado destino suele aparecer sin demasiadas explicaciones, simplemente se presenta y allí lo enfrentamos, de la mejor manera que podemos.

Lo que nos depara el destino escapa a todo cálculo o pensamiento, sin embargo quien en su mochila cargue optimismo, buen humor y alegría, lo enfrentará de mejor manera.

Quizás en ese bolso, que es el equipaje que vamos adquiriendo en el camino, debamos hacer lugar para los gratos recuerdos, esos que nos iluminan el día, que nos sacaron una sonrisa, o nos hicieron vibrar muy fuerte, o emocionar como pocas veces, Estos elementos son energía vital para nuestros días, y con esto no digo quedarnos en el pasado, sino tomar de él lo mejor y guardarlo en el corazón.

Generalmente, lo que ha quedado depositado en atanor del alma suele ser llama viva para que nuestro motor funcione y no se paralice. Palpitan en nosotros nuestros seres queridos, los que están y los que se fueron, los que han dejado huella, los que han logrado despertar lo mejor de nosotros mismos.

Lejos o cerca de esa puerta que nos conduce a ese yo interior caminamos, algunos descalzos, indefensos, otros dolidos o traicionados, otros alegres y ansiosos, otros preparados y atentos. Sin embargo, es una puerta que nunca se cierra, que permanece entornada a la espera de que la abordemos cuando queramos y del modo que mejor nos parezca.

Cada cual a su modo, todos transitamos esa senda del conocimiento interno y del mundo que nos rodea, a no detenernos y a respirar profundo que el camino continúa.

¿Por qué no se cierra esta puerta, qué tiene de excepcional? Posiblemente, permanezca abierta más allá de esta dimensión y ahora, porque lo que pertenece a lo más profundo de cada ser, eso habita en el aire y sobrevuela el espacio y el tiempo, tomando una forma diferente para trascender y elevarse hacia lo que desconocemos.

Esta puerta nos recibe en forma constante, sin embargo muchas veces la cerramos por no querer ver lo que nos lastima, haciéndonos en definitiva un daño mayor.

Muchas personas a lo largo de la vida, pasan a su lado y fingen no verla, hacen de cuenta como si estuviera cerrada, pues el temor que les genera ver ese yo profundo les paraliza, les agobia a tal punto que viven tras una máscara personificando a un personaje que no les pertenece.

La puerta del yo interior nunca se cierra, está en cada uno de nosotros animarnos a entrar por ella y con paciencia intentar develar todo lo que aún desconocemos y tenemos por delante.

Andrea Calvete