domingo, 21 de julio de 2019

SALA DE ESPERA

La inquietud se cuela entre el aire que se respira, las pupilas brillan desconfiadas porque no tienen claro el después. Las manos transpiran nerviosas a la espera de encontrarse del otro lado, y los pies se agitan para que algún ritmo los aquiete. La música funcional de fondo pretende relajar eses músculos contraídos, pero no logra más que vestir la sala de más solemnidad para generar una distancia aún mayor entre el que espera y el que lo recibirá.

Una pequeña ventana con un roller prolijamente puesto es el único punto de contacto con el exterior. Un reloj colocado en el centro de una de las paredes es testigo de los temores de quienes esperan, para quienes los minutos enlentecidos y rancios transcurren, mientras aguardan a que se los llame desde el consultorio.

Un perfumador emite unos chispazos aromáticos que se mezclan con el olor a humedad, naftalina y perfume de los presentes.

Los colores grises de las paredes y los cuadros sobrios hacen del ambiente un lugar austero, prolijo, pero con falta de vida y personalidad.

Las texturas lisas perfectamente terminadas, con líneas modernas llevan a la comodidad, pero también a resaltar la presencia de esa espera plana, monótona, en la que las posibilidades parecen alinearse en el mismo sentido.

Las salas de espera tienen el gusto amargo de la inminente desesperación, en la que estamos a punto de perder esa pizca de ecuanimidad que aún nos queda, mientras el reloj enlentecido por la agonía de lo que vendrá marca su ritmo inmutable.

Es que como cualquier antesala nos ubica en un lugar en el que no sabemos bien lo que sucederá, advertimos, imaginamos y esperamos. Mientras tanto, nuestra cabeza funciona dibujando imágenes, previendo situaciones, e intentando proyectar respuestas. El corazón se acelera, el pulso se agita, y el nerviosismo nos acompaña. Sin embargo, no falta quien con su paz inmutable se mantiene impávido sin mover ni un solo músculo de su cara. En realidad, entra la duda si están en paz o el susto es tan grande que han quedado petrificados.

Así son las salas de esperas, recintos colmados de expectativas, de incertidumbre, en el que poco y nada podemos hacer más que relajarnos y esperar que llegue nuestro turno para ser atendidos. Así que a tomar esa revista que quizás no sea la que leeríamos si estamos en casa, para que el tiempo se haga más llevadero.

-Adelante, número 17 puede pasar- dice la recepcionista, mientras una señora entrada en años toma su bastón se para y se dirige lentamente rumbo a la puerta en la que se develarán sus dudas, o quizás comience un periplo para el que no está preparada.

Todas las miradas se dirigen hacia la señora mayor, en el aire flota un “Usted puede, no se achique”.

La puerta se ha cerrado, el reloj sigue su marcha, en los segundos continúan depositándose todas las emociones de los allí presentes, mientras la música funcional continúa generando esa sensación artificial y tensa en un intento de acortar la espera.

Andrea Calvete