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CORAZÓN DE PIEDRA


Te has endurecido corazón, lates monótono con ritmo cansino. Gris y agrietado llevas el peso de las decepciones, insomnios y desengaños. No te sobresaltas por nada, sigues de largo como si todo te diera igual. Te pregunto: ¿Por qué has llegado a este punto? Y me contestas que son los años, la vida.

Quisiera creer que aún todo lo malo que te haya podido pasar no puede borrar de un plumazo todo lo bueno, pero tu dureza no te permite ver más allá del dolor. Frío como un témpano me miras con indiferencia, y de reojo te abres paso para que no te moleste.

Quisiera creer que aún queda algún sentimiento que te conmueva, que te haga recapacitar, o vibrar en otra sintonía. Me dices que ya es tarde que estás entrado en años. Pero te explico que aún te queda un gran camino por recorrer, que quizás dadas las condiciones de vida actual la vejez sea la etapa más larga de nuestra vida, que debes cambiar la actitud. Sin darte vuelta continúas y haces caso omiso a mis palabras.

Quisiera creer que alguien te importa, que quieres algún ser, que en algún rincón existe lugar para el amor y la empatía. Me dices que ya no tienes espacio para esos sentimientos porque forman parte de un pasado. Te explico que en este presente aún pueden suceder cosas maravillosas, que es cuestión que te abras a sentirlas. Te pones el gorro y la campera y sigues bien abrigado como si las palabras no pudieran penetrar a tu abrigo.

Sigo caminando a tu lado intentando no molestarte, voy en silencio y con sigilo. A lo lejos se escucha una melodía hermosa que sale a través de una ventana, el violín suena como salido del cielo, alguien practica a la perfección esa melodía que me cautiva. Tú te detienes y escuchas, te paralizas. El vibrar de ese violín permite que tu corazón vuelva a latir y a vibrar en la sintonía del amor.

Continuamos caminando en silencio, caen por tu rostro dos lágrimas, te alcanzo un pañuelo. Me agradeces y recuerdas un viejo dicho que habías aprendido en tu niñez : “Hay que endurecerse sin perder la ternura jamás”. El corazón de piedra ha recuperado uno de los sentimientos más nobles para poder empatizar con quienes lo rodean.

Andrea Calvete

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