sábado, 24 de octubre de 2020

EL TIEMPO QUE NOS QUEDA


En una suerte de orfandad buscamos ser parte del tiempo que nos queda. Los minutos no se detienen, continuamos en esa lucha por liberarnos del pasado y proyectarnos hacia el futuro, mientras el presente se nos escapa fugaz. Gestionar esos instantes en los que podemos sentirnos plenos es toda una odisea. Mientras tanto, los minutos transcurren espiralados y nos llevarán mucho más allá de lo que somos capaces de imaginar.

El tiempo no nos discrimina, nos da cabida todos por igual y acompasa nuestro accionar. Sin embargo, por momentos les cerramos puertas y ventanas, porque enmarañados con un sinfín de tareas dejamos de percibir su dimensión real.

Ser parte del tiempo que nos queda es abrirnos a disfrutar, a sentir, a aprovechar, a buscar soluciones, a quejarnos menos y hacer más, para así desdoblarnos en el tiempo y ser parte de él.

¿Cómo nos desdoblamos en el tiempo? Una pregunta que cada cual se la contestará a su manera, y se desdoblará en un paisaje, en un cielo, en un sonido, en un color, en un gusto, o una textura. Así a través de un libro, una sinfonía, una obra de arte, somos capaces de vibrar en otra sintonía en donde el tiempo adquiere un brillo especial, en el que la armonía nos sonríe.

El tiempo una dimensión que puede ser una eterna agonía o el lugar más sublime. Y aunque generalmente somos en ese tiempo de acuerdo con lo que nos sucede, no somos conscientes que en eso que nos pasa está el cómo gestionamos nuestros pensamientos, en cómo nos disponemos a participar de esos minutos. Porque ineludiblemente somos lo que pensamos, por lo tanto, si estamos dispuestos a rodearnos de lo mejor que habita en cada uno de nosotros, comulgaremos entonces con la mejor vibración de este aquí y ahora al que estamos todos invitados a participar y a disfrutar.

En una suerte de orfandad buscamos ser parte del tiempo que nos queda. Los minutos no se detienen, más cuando comenzamos a soltar las ataduras comprendemos que este y aquí puede llegar a ser un hermoso lugar al que se nos abren las puertas constantemente, pero debemos estar dispuestos a entrar sin preconceptos, con la mente abierta a gestionar cada instante de la mejor manera. Los minutos transcurren espiralados y nos llevarán muchas allá de lo que somos capaces de imaginar.

Andrea Calvete

LA NEBLINA


Trafican los minutos cargados de la emoción de vibrar ese instante perfecto en el que la ola rompe calma en la orilla. La neblina con su magia y encanto envuelve entre su regazo al misterio de la vida.

Las esperanzas y los sueños se esfuman en el manto húmedo que ha bajado para fundir el mar con el horizonte. La neblina espesa hace que todo se torne confuso. El misterio como parte de su encanto dibuja una atmosfera enigmática y poco predecible.

La falta perspectiva a esta altura ya se ha convertido en parte del entorno, para dar al aquí y ahora un significado justo y perfecto. Es en esta distancia cercana en la que se mueve el día y todos los que nos atrevemos a disfrutarlo.

Trafican las habladurías, el qué dirán… un murmullo molesto parece confundirse entre la neblina. A ella no le importa, como por arte de magia los quita del camino, mientras las gaviotas trinan serenas y se reflejan en la orilla trasparente.

Los quizás se desnudan con audacia, y los espectros del pasado se aproximan, entonces la neblina se hace más intensa y el poco sol que se vislumbra agoniza, mientras ella perfuma con su alquimia todas las dudas y temores.

Trafican los minutos cargados de la emoción de vibrar ese instante perfecto en el que la ola rompe calma en la orilla. La neblina con su magia y encanto envuelve entre su regazo al misterio de la vida.

Andrea Calvete

 

lunes, 19 de octubre de 2020

FRENTE AL MAR


Frente al mar se desnudan los recuerdos mientras las olas rompen en paz y en furia, en ruido y en silencio. El vaivén ondulante de sus movimientos remueve las imágenes olvidadas, transforman el sol en un reflejo mágico. Dorados amaneceres se mezclan con mediodías cálidos, los atardeceres no tarden en llegar esperanzados en un cielo de luna llena y estrellado.

Callados los recuerdos se pasean descalzos, se mojan los pies en la orilla, mientras los deseos revolotean al viento para unirse con la próxima ola. Los enojos se alivianan con la brisa del mar, y las preguntas parecen encontrar una respuesta en el trinar de una gaviota. El yodo del aire abre paso a la esperanza que se dibuja tímida.

Frente al mar se sinceran las emociones, llegan a hablar sin reparos. Como un verdadero confesor guarda antiguos secretos, algunos enterrados en las profundidades descansan y otros deambulan en busca de ser perpetrados. Como una suerte de espejo, escucha y refleja esa esa imagen oculta a los ojos miopes.

Los azules, verdes y turquesas se toman de la mano mientras el blanco de las olas dibuja con encanto sus movimientos geométricos pero descontracturados. En una suerte enigmática quedan extasiados las dudas que se diluyen tranquilas mientras la paz aparece reflejada en esa bella melodía que se ejecuta con la ruptura de cada ola.

La magnificencia del mar abre sus puertas para sentir esa conexión única e incomparable, en la que los sentidos son capaces de vibrar al ritmo de su encanto y belleza, donde la magia de la vida palpita en cada instante.

Frente al mar, los posibles se avizoran y las cenizas del pasado se diluyen, mientras el devenir clama. Las nubes se entremezclan y acompañan su movimiento constante, su fluir permanente abre el vuelo para que en este preciso instante dejemos ser todo lo que hay en nosotros y aún no ha salido a flote.

Andrea Calvete

sábado, 10 de octubre de 2020

GOLONDRINAS


En la lejanía veloces vuelan azules y primaverales las golondrinas. Un viento extraño y poderoso se adueña de su vuelo triangular. Les guía la más añeja, con el pecho erguido forma el ángulo que lleva la delantera, viran con suavidad al ritmo de su capitana. Nadie se atreve a desafiar la forma geométrica que queda dibujada como por arte de magia en el cielo. Su grito melancólico y centinela las hace retroceder y virar en otra dirección.

Vuelan armónicas, parecen haber aprendido a volar en forma justa y perfecta, todas y cada una de ellas ocupan su lugar y se complementan en el vuelo con sus compañeras. Es una maravilla observarlas, las pupilas quedan perplejas y admiradas por su magnífico movimiento geométrico y perfecto. El mar las observa embelesado y se esfuerza por reflejarlas. Con júbilo renaciente realza su gracia del brillo de sus plumas negras.

Anuncian la primavera y el próximo verano, dos estaciones en las que la vida sonríe, y deja volar las ilusiones y la esperanza. Sin embargo, hoy es un día primaveral pero fresco, trae los resabios del largo invierno que no se quiere despedir. Friolentas las golondrinas se cobijan una tras otra mientras las más pequeñas quedan protegidas en el centro del triángulo.

Hoy han traído hasta aquí la verdadera esperanza que vuela con alas de golondrina, veloz, pero con el encanto de dejar el alma cubierta de un halo mágico, primaveral y fresco. Se marchan y dejan en el aire la llama viva de la ilusión que se pierde cuando el mar toca el horizonte.

Andrea Calvete

lunes, 5 de octubre de 2020

SIEMPRE HABRÁ POESÍA


Somos motivo e inspiración, necesidad y llama, luz y encuentro, así nos movemos de un lado a otro, por momentos como poetas, y otras como inspiración de ese poema que se escribe día a día.

La poesía concebida como parte de la vida misma, en su exquisita existencia se remonta a la noche de los tiempos.

El poeta con su pluma en mano busca la rima perfecta, el ritmo continuo para que su poesía sea música para quien la lee, inspiración a quien lo escucha e ilusión para quien descubre en esas líneas el misterio oculto.

No siempre es posible ser los ejecutores de ese poema en el que los vocablos toman vida, y los sentimientos se descalzan como si entraran a un templo. Otras veces inspiramos al poeta para que se salga a la luz el arte escondido en la maravilla de la vida. Que más da si lo escribimos o lo inspiramos, porque como supo decir Béquer “que podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía”.

Andrea Calvete