jueves, 27 de agosto de 2020

EL BIZCOCHUELO DE MAMÁ

"Como el bizcochuelo de mamá no hay otro", una frase que seguirá de generación en generación, en la que se compartirán los secretos de la cocina y el amor de una familia tras largas horas de preparación y charlas llenas de amor y alegría. 

¡Qué rico el bizcochuelo de mamá!Vale la pena remontarse a la infancia donde fueron infaltables. La antesala a su preparación era un universo de aromas cítricos, colores acaramelados, se desgranaban con suavidad, mientras los sonidos de la cocina se incorporaban a la escena hogareña donde el amor era el principal ingrediente. Una mezcla de entusiasmo y algarabía se colaba por el aire, era la víspera del cumpleaños de alguien en la familia. 

Su preparación toda una ceremonia: los huevos relucientes, azúcar refinada, harina blanca, dos recipientes para separar las claras de las yemas, un tamizador, la batidora, vainilla y todo listo para comenzar. El batido era aquel ritual en que cada elemento tenía su punto y su mezcla, nada era al azar, a cada uno le llegaba su turno y con la parsimonia de quien ama la cocina todos eran unidos en forma mágica. Una vez prontos al horno con la asadera enmantecada y enharinada, luego de unos minutos la casa se invadía de un espectacular aroma, cada rincón se perfumaba con notas de vainilla y limón.

Ya cocido, mamá lo dejaba enfriar para desmoldar. De allí en más era una celebración de ingredientes, lo primero bañarlo con vino garnacha y almíbar para que quedara bien húmedo y con un sabor inconfundible. A gusto del cumpleañero el relleno se hacía desear: dulce de leche, chocolate, nueces, café, almendras, frutillas con crema o duraznos en almíbar. Los merengues con crema doble sellaban aquel manjar pronto para deleitar. Eran tortas enormes, en las que comían todos los invitados, alguien siempre se llevaba un trocito para su casa, y además nos quedaba torta para seguir festejando unos cuantos días.

Tardes con sabor a bizcochuelo, meriendas avainilladas junto a un café con leche calentito. Se respiraba alegría, espolvoreada con azúcar impalpable aquella torta simple y recién horneada era una gloria para los niños que llegábamos con un apetito voraz luego de la jornada escolar.

Se desmigaba por ser tan tierno y fresco, al desgranarse en nuestra boca una sensación de saciedad nos invadía luego de varios trozos compartidos. Porque de eso también se trataban las tardes de bizcochuelos de compartir ese rato alrededor de la mesa del comedor diario.

Como el bizcochuelo de mamá no hay otro, una frase que seguirá de generación en generación, en la que se compartirán los secretos de la cocina y el amor de una familia tras largas horas de preparación y charlas llenas de amor y alegría. ¡Qué rico el bizcochuelo de mamá!

Andrea Calvete

 

martes, 25 de agosto de 2020

DEJAR HABLAR AL CORAZÓN


Un tero alborotado grita mientras el transcurrir gris y húmedo de la mañana lo apacigua. El techo llora sobre sus tejas con moho, sin embargo, intenta disimular que no ha pasado nada, se para erguido y seca su rostro mojado. El tiempo los mira y les guiña un ojo, sabe que la nostalgia habita en ellos, pero como anda con prisa no se detiene ni siquiera a intercambiar unas palabras. Un viejo proverbio vuela tranquilo en el aire y regala su sabiduría: “hay que escuchar a la cabeza y dejar hablar al corazón”

Un enorme álamo plateado los arrulla con el sonido de sus hojas que parecen una caricia para los sentidos. Los pájaros que sobrevuelan el lugar hacen un descanso en sus ramas armoniosas. El tero reposa entre sus raíces, y el tejado respira más calmado el perfume de una insipiente primavera.

El tiempo quiere llevarse un suceso que los ha marcado a todos, con esmero ha borrado muchas huellas, sin embargo, algunas cicatrices han quedado como testigo imborrable de lo ocurrido. Un viejo búho que habita en la rama más alta del álamo entrecierra los ojos. El techo ya algo vencido le habla. No alcanzo a escuchar la conversación, dialogan largo y tendido. Luego de varias horas de diálogo el búho se despide con el viejo proverbio que desde temprano transita en aire como un regalo en el día: “Hay que escuchar a la cabeza, pero dejar hablar al corazón”

El corazón ha hablado, se siente más tranquilo, ha puesto en palabras lo que estaba guardado en lo más profundo, mientras la inteligencia y la razón lo han acompañado en busca de ese equilibrio tan difícil de conquistar.

La vida en su palpitar constante se ha manifestado a través del viento, de la lluvia, del sol, del crecimiento de una planta, del vuelo de un pájaro o el perfume de una flor. Todos los corazones han palpitado fortalecidos con el nacimiento de la esperanza a través de la libre expresión. 

Andrea Calvete

 

sábado, 22 de agosto de 2020

CORRER TRAS EL VIENTO

Correr tras el viento es rozar los días de la niñez, de la juventud… o esos instantes más cercanos en los que la felicidad o el goce nos perfumaban. Sin embargo, quizás podamos llegar a alcanzarlo, si nos disponemos a recordar con alegría.

¿Quién en estos días no ha añorado el pasado, quién no ha vuelto a su niñez, juventud, o a esos días lejanos en los que la dicha nos acompañaba? Añorar significa recordar con pena una pérdida o ausencia, pero ¿no es posible sobreponerse a ese sentimiento y recordar con alegría?

Evidentemente el estado anímico de estos recuerdos dependerá de lo que recordemos y también de nuestro estado de vulnerabilidad. En tal sentido, la añoranza es interpretada como un sentimiento poco benéfico, por lo cual es importante eludirla.

Según un proverbio ruso “añorar el pasado es correr tras el viento”, cierto, aunque los recuerdos se presentan por sorpresa y nos mantienen atrapados en ellos, sin miramientos o contemplaciones. Es algo que practicamos sin ser conscientes, en un afán porque lo recordado no desaparezca o se desdibuje.

Pero ¿es tan mala la nostalgia? Depende del cristal con que se mire. Si echamos de menos instantes de nuestra vida en los que pasamos bien, o a la gente con quienes compartimos determinados momentos, quizás irrepetibles, que ya nunca volverán, posiblemente la congoja nos sorprenda, la nostalgia nos visite, pero cabe cuestionarnos si no es maravilloso que permanezcan en nuestros recuerdos como parte de nuestras vidas.

Lo importante es alegrarnos por lo bueno que nos ha sucedido, sonreír aunque sepamos que ya ese acontecimiento terminó. Porque a pesar de ello, esas añoranzas son testigos de lo que hemos vivido, aprendido, crecido, de lo que somos.

Y Quino, con su increíble sentido del humor, nos explica que “no es cierto que todo tiempo pasado fue mejor. Lo que pasaba era que los que estaban peor todavía no se habían dado cuenta”. Posiblemente, estas palabras de humor no dejen de acercarse a la realidad, la que no vemos tal cual es, sino como queremos verla, y más aún cuando pasa el tiempo, los recuerdos suelen alterarse en una suerte de mezclas que sólo la mente es capaz de descifrar.

Pero volviendo a estos días en los que las añoranzas se han puesto al alcance de todos, seguramente ellas nos sirvan para valorar lo que somos, nuestros afectos, y lo que realmente es importante en nuestras vidas.

Ojalá cuando todo esto pase la añoranza que hoy se ha despertado en nosotros nos iluminé y haga obrar de la mejor manera, nos permita ser mejores personas.

En este proceso de añorar el pasado, la memoria juega un rol preponderante, donde nuestras emociones y sentimientos se van plasmando, conjugándose la mente el cuerpo y el espíritu en una unión permanente.

Al poner a funcionar nuestra memoria, realizamos tres procesos: primero recibimos, luego retenemos, para después recordar y reconocer. Y cada persona va acumulando vivencias, que de acuerdo con su estado anímico irá asimilando, recordando y atesorando.

Actualmente los psicólogos han comenzado a concentrarse en los aspectos positivos y potencialmente terapéuticos de la nostalgia, de esos recuerdos felices que forman parte de nuestras vivencias. Por tal motivo, deberíamos convertir el pasado como un nexo con el presente, pero sin estancarnos en él.

La capacidad de vivir el presente con intensidad está en cada uno de nosotros, ubicando al pasado en su lugar estableciendo nexos con él y con el futuro, pero sin olvidar que el tiempo más importante y trascendente es aquí y ahora, en que tenemos tanto pero tanto por hacer.

Correr tras el viento es rozar los días de la niñez, de la juventud… o esos instantes más cercanos en los que la felicidad o el goce nos perfumaban. Sin embargo, quizás podamos llegar a alcanzarlo, si nos disponemos a recordar con alegría.

Andrea Calvete

miércoles, 19 de agosto de 2020

RECINTO MÁGICO

A vos 2020 que nos pusiste un montón de piedras en el camino, que no nos has dado tregua, te quisiera pregunta tantas cosas…Pero comienzo con el pedido de una habitación en la que podamos descargar toda nuestra frustración y enojo, donde por arte de magia los gritos de preocupación y las lágrimas derramadas se conviertan en materia prima de lo que vendrá.

Ya estamos en ella parados, gracias por permitirnos pasar. Hemos juntado nuestros pedacitos y los comenzamos a pegar con paciencia y esmero, con delicadeza y laboriosidad. Cada vez llegan más personas que han decidido unirse en esta tarea. Cada uno de nosotros está pagando las consecuencias de esta pandemia que no sólo ha cobrado vidas, también ha robado ilusiones, esperanza y ha sembrado miedo y desconfianza. Sin embargo, hay algo que aún permanece en cada uno de nosotros, y es el amor a la vida, es lo que nos une en este recinto. Más allá de los obstáculos hay en cada uno de nosotros un ser único e irrepetible capaz de aportar una solución, una idea, un poco de luz y esperanza. Es por esto que la habitación brilla luminosa, sonríe radiante y nos recibe agradecida.

Esta habitación a la que nos has permitido pasar, la llamaremos el recinto mágico, porque no nos vamos a dar por vencidos, mancomunaremos esfuerzos, nos solarizaremos, nos uniremos más nunca en pro de salir adelante, con el otro, con esa persona que está al lado nuestro y nos necesita, a su vez nosotros necesitamos de ella. Me retrotrajiste a aquella película “Cadena de favores”, muy triste, por cierto, pero de una gran enseñanza, será cuestión de “hoy por ti, mañana por mí” como dice un antiguo dicho. En este recinto mágico quedan muchos ingredientes por incorporar y trabajar, pero seguro saldremos todos fortalecidos y unidos.

Andrea Calvete

sábado, 15 de agosto de 2020

EL DECIR DE LA ARAUCARIA

Esbelta, con su imponente altura se balancea, mientras el murmullo de sus ramas y hojas son un bello sonido en el transitar de esta tarde tranquila y soleada, en el que la parsimonia del tiempo reposa mientras escucha atento el decir de la araucaria.

Sopla fuerte el viento, las hojas de la añeja araucaria se mueven y crujen en un decir certero y decido. Con sus treinta metros de altura se para erguida y mira a lo lejos. Cierro los ojos, me dejo llevar por el sonido enigmático del movimiento de sus hojas. En el vértice ronda un águila en busca de alguna presa. El sol brilla por entre las ramas, se cuela entretenido por el espectáculo. El cielo diáfano y celeste es el marco ideal para que el majestuoso árbol se mueva libre y oxigene el espacio.

Me pregunto: ¿Cuántos años tendrá la araucaria? Por su altura rondará entre cincuenta años o quizás más. Por lo menos ha sido testigo de más de medio siglo de historias, de familias, de encuentros, ¿habrá visto cómo el barrio se construía y avanzaba? En tantos años, han cambiado el estilo de edificación, los apartamentos se han elevado, el barrio se ha poblado, y la vieja costumbre de jugar los niños en las calles se ha hecho lejana, ni el tránsito, ni el ritmo de vida permiten ese lujo. Del mismo modo, el hábito tan sano de confraternizar en la acera, o jugar a la paleta en la calle, o saltar a la cuerda o un picadito de fútbol casi no se ve. Sin embargo, la araucaria los recuerda, su antiguo tronco ha sido testigo de aquellas horas felices.

Esbelta, con su imponente altura se balancea, mientras el murmullo de sus ramas y hojas son un bello sonido en el transitar de esta tarde tranquila y soleada, en el que la parsimonia del tiempo reposa mientras escucha atento el decir de la araucaria.

Andrea Calvete

domingo, 9 de agosto de 2020

EL DRAMA DEL PRÓXIMO MES

Las promesas suelen ser grandes alicientes, despiertan ilusiones, palpitares nuevos, brillo de pupilas, y sobre todo esperanza. Pero ¿qué pasa cuando lo prometido, se posterga día tras día, corre para más adelante, hasta dilatarse en un enorme vacío que comienza a doler y asfixiar? Allí es cuando se presenta el drama del próximo mes.

Un nuevo día a la espera de esa respuesta que se aleja, que se evade complaciente y se adorna con excusas que pronto pierden credibilidad. Una sonrisa por cortesía nos recibe y un “vuelve el próximo mes” se instala con inquietud y molestia como un nido que está a punto de caerse del árbol.

Nos aferramos a esas palabras que ya no tienen demasiada confiabilidad, con la ilusión de que algo cambie, que se produzca un milagro… Aunque con el correr de los días sentimos la necesidad de que se nos diga la verdad, y pensamos que sería más honesto que se nos cerrara la puerta en la cara.

Este drama muchas personas lo han vivido en algún momento en su vida, y se han sentido atrapados a una situación que se alarga casi indefinidamente, sin poder salir y liberarse, en busca de otra posibilidad. Y uno se pregunta: “¿Para qué alargar algo tanto, con qué motivo, con qué razón, conveniencia económica, falta de honestidad, miedo, o simplemente cobardía… y los motivos podrían ser tantos, pero uno no alcanza a comprenderlos, no le entran en la cabeza?

El drama del próximo mes tiene que ver con poder asimilar ¿cómo siguen nuestros días, de saber cuál será nuestro sustento?, ¿cuál será la posibilidad de desempeñarnos en una tarea?, de sentirnos útiles y capaces de dignificarnos con nuestro trabajo.

Hoy el drama del próximo mes se ha terminado, porque finalmente nos han cerrado la puerta en la cara, han tenido las agallas de decir hasta aquí llegamos, no va más. Si bien aún nuestro problema no se ha solucionado, al menos ahora nos sentimos libres de buscar y optar por una mejor opción, y nuevamente con la esperanza y la ilusión encendidas. 

Andrea Calvete

 

 

sábado, 8 de agosto de 2020

LO QUE NO TIENE NOMBRE

A esta altura todo tiene un nombre, un vocablo que lo describe, una sensación que lo habita, un aroma que lo define, un gusto que lo posibilita, un sonido que lo distingue, un color que lo anuncia o una mirada que lo perfila. Pero hoy, la propuesta es ver si todo tiene un nombre, si no queda algo por nombrar o por descubrir más allá de lo descripto.

Nacemos y nos ponen un nombre, nos determinan una crianza, una educación, y se nos inculcan conceptos y valores que lentamente nos acompañan y forman parte de lo que somos. En la medida que avanzamos incorporamos lo que realmente ansiamos, deseamos y queremos. Y para eso nos valemos de ciertas herramientas claves en nuestro andar.

Las herramientas de las que nos valemos para caminar mejor en la vida son de elección personal, tienen que ver con nuestros gustos, con nuestra forma de ser, con las expectativas que tenemos, con el valor que le damos a lo que nos rodea, y con el sentido que tiene para nosotros nuestra existencia. Así todo suena redondito y fácil, sin embargo, nos lleva una vida entera saber dónde estamos parados y hacia donde vamos. Algunos logran las respuestas a mediano plazo, y otros más enredados en el diario vivir no logramos ni acercarnos a contestar las preguntas más simples que nos propone el día.

Y con el correr de lo aprendido vemos que cada vocablo sirve para describir y acercarnos a lo que nos rodea. Cuando nos miramos al espejo se refleja esa imagen que para algunos coincide con lo que anhela, para otros dista de lo que quisiera, y no falta quien queda perplejo porque ese ser es tan distante que resulta un auténtico desconocido.

Dice José Saramago: “Dentro de nosotros existe algo que no tiene nombre y eso es lo que realmente somos”. Lo que realmente somos no tiene nombre, es ese ser que vamos construyendo día a día, con esfuerzo, sacrificio, en el que vamos limando asperezas, en el que se depositan las dudas, los miedos, las expectativas, las ilusiones y los sueños, en donde el amor ilumina ese espacio intangible en el que transcurre lo que somos y en lo que nos transformaremos hasta el último de nuestros días.

A esta altura todo tiene un nombre, un vocablo que lo describe, una sensación que lo habita, un aroma que lo define, un gusto que lo posibilita, un sonido que lo distingue, un color que lo anuncia o una mirada que lo perfila. Pero hoy, la propuesta es ver ese ser que nos habita que se verá reflejado por lo que realmente somos, sin palabras, sin etiquetas, simplemente con lo que somos que se refleja en lo que pensamos, hacemos y decimos.

Andrea Calvete

UN VERDADERO DESASTRE

¿Quién ha decidido generar tanto mal estar?, ¿Quién ha osado interferir en la dulce armonía?, ¿Qué busca, qué pretende?... preguntas que no llegamos a contestar con seguridad, sin embargo, nos paramos frente a un caos en el que la cabeza parece estallar, y no sabemos bien para dónde agarrar.

Estábamos tranquilos en nuestra rutina, pero de pronto ha llegado esa noticia que nos ha amargado el día, que nos para en la vereda de la tristeza y la desazón, del frío de la deshumanización, de la falta de sinceridad y empatía.

Algunas veces quisiéramos dar marcha atrás las agujas de reloj, fingir que nada ha ocurrido. Y uno se pone a pensar por qué ocurren los hechos, y evidentemente son obra de un gran engranaje en el que hay una persona que es el primer desencadenante, ese propulsor que pone en funcionamiento en gran desastre, que como una bola de nieve comienza siendo algo pequeñito para luego convertirse en un gran problema.

Generalmente cuando hablamos de desastres nos referimos a los naturales, que ocasionan pérdidas de vidas, materiales, y sobre todo emocionales. Sin embargo, los desastres de todo tipo son parte de la dinámica de vida, y los más dolorosos son los creados por el propio hombre en el afán de ambición, ignorancia y fanatismo.

Pero no es oro todo lo que brilla, algunas personas enceguecidas por los brillos banales pretenden alcanzar ciertas metas y para ello se valen de la mentira, de la falta de ética, de la calumnia, y tantos artificios malévolos para lograr sus fines. Sin embargo, la vida nos muestra que a la larga la mentira tiene patas cortas, y todo lo que va vuelve, y de lo malo el producto no puede ser algo bueno, porque los cimientos son tan endebles que con el primer viento fuerte terminan por desmoronarse.

Algunas veces quisiéramos dar marcha atrás las agujas de reloj, fingir que nada ha ocurrido. Entonces respiramos hondo, y nos cargamos de la mejor energía, nos perfumamos con el amor sincero de las personamos queridas, y continuamos esperanzados con perseverancia y esfuerzo, porque sabemos que el tiempo no se detiene y que las injusticias continuarán sucediendo, pero cada día nos hacemos más fuertes porque tenemos la convicción de que si nos alineamos entre lo que hacemos pensamos y decimos, la armonía será el escudo protector más potente ante cualquier desastre que nos salpique de cerca.

Andrea Calvete

 

domingo, 2 de agosto de 2020

ACARAMELADO EL POP

Como la magdalena de Proust ciertos alimentos suelen ser esos disparadores en nuestro cerebro de emociones, recuerdos y sentimientos. Hoy me referiré a las palomitas de maíz dulce o más conocido como el pop acaramelado, testigo de la infancia y del camino de la vida

Mi primer recuerdo me sitúa en el Parque Rodó, en las tardes de invierno de vacaciones de julio junto a mis padres y mi hermano y algún amigo de turno que siempre ampliaba la familia. El olor a pop recién hecho y el de garrapiñada eran infaltables en esa tarde llena de emoción y alegría. La voz del vendedor de pop surgía entre el murmullo de la gente como un encantador de serpientes que llegaba acompañada de un exquisito aroma : “Pop acaramelado el pop”

Se formaban largas colas, hasta que lográbamos subir dos o tres minutos a cada juego. Para un niño una cola normal puede parecer eterna, no sé dimensionar hasta altura si era tan larga o era la ansiedad por subir a los juegos. Era un día de fiesta, nos aprontábamos con nuestras mejores ropas y el día antes comenzábamos a diagramar cómo sería la tarde, evidentemente la antesala venía aderezada con alegría y fantasía propias de la niñez.

Otra salida que desde la niñez a estos días que está vinculad al pop es el cine, la sala a oscuras y el sonido del crujir del pop es algo que uno a esta altura uno lo tiene asociado con la alegría del cine. Si me refiero a la niñez no puedo olvidar las tardes de matinés tres películas continuadas, una fiesta en momentos en que la televisión no brindaba las oportunidades de hoy. Aunque de mayor si bien me entusiasma mucho la ida al cine, sólo lo hago cuando una película promete gustarme, ya sea por los actores, argumento, director… pero no es ir por ir, apuesto a pasar un momento que pueda disfrutar y llevarme algo en compañía de un pop acaramelado de buen tamaño.

Las palomitas de maíz me traen tantos recuerdos, además de que su sabor es muy agradable, me lleva a viajar por la infancia, la juventud hasta llegar a la actualidad. Indudablemente un viaje relacionado con el disfrute de la buena compañía, de la diversión y el entretenimiento, y en el cultivo del conocimiento y aprendizaje.

Me encanta el pop acaramelado, más allá de estos gratos recuerdos, que evidentemente son indisociables a esta altura del camino.

Tibio recién hecho el pop está pronto para ser consumido, el caramelo entre los granos se desliza le da color y un aroma avainillado irresistible, pronto para que mi mano llena de emoción lo lleve a la boca para deleitarse de su sabor y textura inconfundibles. Ya empieza la película así que los dejo y me dispongo a disfrutar.

Andrea Calvete

sábado, 1 de agosto de 2020

AL ENCUENTRO DE LA PACHAMAMA

La naturaleza nunca se apresura, con esmerado trabajo día a día nace, crece y se desarrolla, y muere. Así se cumple el ciclo de la vida. La tierra tiene música para quienes escuchan, perfumes para los que sueñan, dimensiones para los que vuelan, sabores para los que catan sus bondades, texturas para quien palpan cada rincón, y paisajes sorprendentes y a su vez tan simple como la gota de agua.

Todo está en ella. Los antiguos alquimistas consideraban la existencia de cuatro elementos básicos en el universo: agua, fuego, aire y tierra; y utilizaban este término para referirse a lo que venía después de estos, es decir, un quinto elemento al que también se le denominaba éter o alma.

Hoy se celebra el día de la Pachamama, de la madre tierra, de esa naturaleza en la que todo habita, desde lo más simple a lo más complejo, un universo de posibilidades de colores, formas, sonidos, aromas y gustos que nos llevan a disfrutarla, pero también a cuidarla para que continúe siendo un bello legado para generaciones venideras.

Si miramos con profundidad a la naturaleza podremos comprender todo mucho mejor, alcanza tan solo con detenernos unos instantes, inspirar profundo para poder disfrutar y comenzar ese viaje magistral que nos propone la Pachamama y que se llama vida.

Andrea Calvete 

ODA A LA ALEGRÍA

Dícese de una emoción intermitente, que se enciende cuando la sonrisa aparece, el buen humor se dibuja, y la ilusión anida en los pensamientos, o algo parece impregnarse de lo mejor que lo habita. El grado de durabilidad depende mucho de nuestra personalidad y de la forma que tengamos de ver la vida.

Las posesiones materiales si bien pueden ser las que le llenan el ojo, no son las que la sostienen, en realidad hay una esencia mágica que es la que logra que ella habite en cada uno de nosotros. Benjamín Franklin decía “la alegría es la piedra filosofal que todo lo convierte en oro”

La alegría es un bien sumamente importante en nuestro diario vivir, sin embargo, el viejo proverbio que dice: “la alegría va por barrios”, es parte de lo que la vida misma nos muestra. Los avatares que nos sorprenden en forma continua intentan apagarla hasta que prácticamente se desvanece.

Es patrimonio de todos y cada uno de nosotros, aunque permitimos que al menor contratiempo desaparezca y se instalen sentimientos que distan de nuestro bienestar de esa energía vital imprescindible para sentirnos vivos y útiles.

Quizás en este mismo momento alguien esté riendo feliz porque algo maravilloso le sucedió, y otra persona esté llorando o lamentándose por algo que realmente le desgarra el alma.

Existen momentos en que todo parece dicha al mirar al cielo sus colores nos maravillan, los olores del aire penetran en forma profunda, y los sonidos de la naturaleza apaciguan nuestros oídos, es como si la vida nos sonriera, aunque en el fondo se trata de nuestra actitud hacia lo que nos rodea.

Esa actitud con la que enfrentamos cada día es la que nos posibilita que el día se haga maravilloso o quizás interminable. Evidentemente, aún cuando estamos viviendo un problema serio si nuestra actitud es positiva e intentamos ver soluciones, caminos, entonces nuestro rostro posiblemente se ilumine y denote que no nos hemos dado por vencidos.

Y en ese día a día nos tropezaremos con situaciones y personas que definitivamente influirán en nosotros, pero dependerá exclusivamente de cada uno la forma que permitamos en que nos acompañen. Quizás si nos rodeamos de personas positivas, que nos carguen de energía nos armonizaremos, al mismo tiempo que dejaremos pasar lo que nos opaca el día.

El hecho de brillar, es una tarea exclusivamente individual en la que tenemos el libre albedrío. Y está en cada uno permitir que una sonrisa se esboce a diario, acompañada de una mirada cálida, simpática y amable.

Y les pregunto, ¿de qué nos sirve andar peleados con la vida, con las situaciones, con la gente? Ya sé, me dirán que existen días en que todo parece conspirar en nuestra contra, pero todo pasa: lo bueno y lo malo. Por lo tanto, es importante no dejar escapar los buenos momentos, debemos atesorarlos en nuestro corazón para que nos llenen de energía día a día.

Sinceramente, creo que todos tenemos en nuestro haber excelentes momentos, sólo que nos agarramos de ellos con añoranza, congoja, y eso es lo malo. Permitamos que esos instantes de felicidad nos iluminen y nos carguen de energía vital.

Los motivos para estar alegres: innumerables. Es que el hecho de tan sólo contar con nuestros sentidos, percibir lo que nos rodea y estar vivos, son argumentos de peso que sin embargo parecen no contar a la hora de abrir las puertas de la alegría.

Posiblemente, estemos ciegos, sordos, distraídos, sumergidos en nuestro pequeño mundo que se reduce a tan poco que perdemos la real dimensión de las cosas, el verdadero valor de la alegría.

En la medida que pasan los años dimensionamos las cosas de diferente manera, y lo que antes era un verdadero problema ahora resulta ser algo casi intrascendente, porque el tiempo es un aliado para dar valor a lo que realmente lo tiene.

Asimismo, el reloj de arena no se detiene y en esa vorágine llamada vida nos damos el lujo de dejar pasar los días sin esbozar una sonrisa o una carcajada, o quizás sin hacernos tiempo de disfrutar de la compañía de un ser querido.

Reír es salud, es un deber que necesitamos poner en práctica para ir en contra de la corriente, pero a la vez sentirnos mejor con nosotros y con los demás. A su vez, darnos un espacio con las personas que queremos de verdad, para compartir con ellas esos momentos que marcan la diferencia en nuestros días.

En la medida que tomamos distancia y nos alejamos de lo que nos amarga, deprime o lastima, veremos las verdaderas causas de los problemas, las razones por las que impedimos que la alegría se siente al lado nuestro, nos tome de la mano y entre en nuestro corazón gélido cargado de sentimientos que lo único que hacen es lastimarnos.

Para que la alegría nos invada, nos visite, deberemos poner de nuestra parte: empeño, esmero, entusiasmo; porque de lo contrario los sentimientos que nos amargan los días pronto se instalarán sin pedir permiso, para quedarse como inquilinos eternos en nuestros días.

La alegría es contagiosa, si llegamos a un lugar cargados de ella, es posible que en décimas de segundos se propague en ese ambiente como por obra de magia.

Experimentar alegría está relacionada con una actitud de vida, de estar abiertos a gozar, a cultivar. No se trata de ser conformistas o resignarnos, por el contrario, asumir el dolor o la pérdida, aceptarlo, para luego superarlo y dejar entonces fluir lo mejor de nosotros mismos. Pero existe un gran obstáculo que no nos permite gozar y disfrutar, así el apego controla nuestras vidas y nos convierte en marionetas de lo pasajero para que comience la danza del deseo y el dolor, en esa permanente dependencia que nos genera infelicidad. Otra forma de conectarse con la alegría está en el agradecimiento, en donde damos cabida a la flexibilidad, de sentido del humor y de adaptación, y a la gratitud.

Pero no podemos dejar para mañana lo que podemos hacer hoy, esperando a que las cosas cambien, a que los buenos momentos sucedan, porque el tiempo no se detiene, y la alegría sí, ella puede quedar encerrada bajo llave y con candado porque nosotros lo hemos decido.

Como canta Joan Manuel Serrat “hoy puede ser un gran día, plantéatelo así, aprovecharlo a que no pase de largo depende de ti”. El hecho de querer ser partícipes de la alegría de vivir, de existir, es algo exclusivo de cada uno y el dejar pasar las oportunidades es una decisión meramente personal.

Y lo bueno, lo positivo, lo maravilloso, sucederá en la medida que abramos nuestro corazón a la alegría y al amor, a esos valores que nos permiten estar en paz con nosotros mismos y con los demás, al mismo tiempo que nos cargan de energía vital.

Asimismo, en esta búsqueda de alegría, es importante despojarnos de los sentimientos de odio, rencor, angustia, hostilidad, envidia… todos ellos nos oscurecen el alma, nos quitan energía, y la alegría de ser y estar.

Empujemos la alegría, mantengámosla a nuestro lado, convirtámosla en una amiga entrañable, así quizás todo sea mejor y más fácil. Porque una amiga así será una gran alidada para cada ocasión que tengamos que afrontar, por eso sostengámosla fuerte, fuerte para que no se escape.

Celebremos entonces el día mundial de la alegría, y analicemos la importancia de tener presente ese sentimiento en cada momento de la vida y su poder transformador. Sin olvidar que “la alegría es la piedra filosofal que todo lo convierte en oro” 

Andrea Calvete