miércoles, 15 de julio de 2020

MENOS ES MÁS

La decisión frente a la imposición es algo que no tiene precio. Decidir hacer reposo, cuidarse, distanciarse, involucrarse, finalizar o empezar algo es fundamental. Sin embargo, cuando se nos impone algo en forma coercitiva pocas ganas nos queda de llevarlo a cabo, y comenzamos a sentir que perdemos el timón de nuestro barco.

Nunca acepté la coerción, quizás porque me crié en tiempos de dictadura, o porque he aprendido que las alas de la libertad no se cuartan así no más, porque el pensamiento no tiene jaulas que lo puedan maniatar, o porque la imaginación y la creatividad se alimentan de lo más genuino que habita en nosotros.

Sin embargo, por mil y una razones a lo largo de la vida vamos cediendo, callamos, cumplimos, aceptamos… pero el fondo muy hondo sabemos que estamos traicionando a nuestro yo más profundo. Ni que hablar que cuando nos paramos frente a situaciones en las que nos queda otro remedio que aceptar, seguimos respiramos hondo e intentamos cargarnos de toda la mejor energía para dar un nuevo paso adelante.

Día tras día corremos en esa búsqueda por sentirnos libres, un sentimiento que podría tener significados diferentes para cada uno de nosotros. Sin embargo, el hecho de buscar esa libertad nos une a todos bajo el mismo cielo, lo que podría ser el punto de partida y de unión en este camino.

Ser libres está correlacionado con hacer lo que queramos, lo que sintamos que nos satisface y suma a nuestros días. Pero, no siempre es posible hacer lo que queremos, la mayoría de las veces debemos conformarnos con hacer lo que podemos, y aquí se genera un gran conflicto entre lo que desearíamos y realmente hacemos.

Ser libres tiene correlación directa con pararnos decididos frente a la palabra libertad, la que apenas se mantiene en pie, porque para sostenerla es importante ser tolerantes y respetuosos con nuestros semejantes, lo que trae a su vez aparejado la aceptación.

La aceptación también tiene que ver con saber conformarnos con eso que podemos hacer, pero no desde la resignación, sino con alegría y entusiasmo de poder continuar tras las metas que nos propongamos.

Y comenzamos a comprender que menos es más, porque cada vez vemos menos, escuchamos menos, tenemos menos tiempo y paciencia, y estamos más cansados, más frustrados, más abiertos a las posibilidades, y en definitiva sentimos que cuanto menos peso tengamos encima más son las posibilidades.

Nos quedan tantas cosas por hacer, desafíos por probar, libros por leer, obras por descubrir, gente por conocer… y el tiempo se acorta, por lo tanto, cuanto menos sean nuestras expectativas, mayor será el número de posibilidades y menor el sentimiento de fracaso, porque logramos trascender ciertos planos en los que ya no vale la pena habitar, y esto tiene mucho que ver con el desapego.

Cuando el desapego nos roza la piel comprendemos que sobra tanto en nuestro diario vivir, porque ya no suma o agrega nada valioso a nuestros días. Entonces surge esa valoración diferente, en la que se abren un universo de posibilidades y perspectivas.

La decisión frente a la imposición es algo que no tiene precio. Cuando decidimos ponemos todos los sentidos a trabajar en un propósito, con ilusión y alegría, con trabajo y esfuerzo, con las alas de la libertad soplando a nuestro favor. Ya sé me dirán que cada vez es menos lo que podemos hacer: porque el dinero, la salud, el país, la economía, el trabajo, el mundo, la pandemia…no lo permiten. Sin embargo, atreverse a saborear que menos es más es todo un gran desafío que nos queda por delante. 

Andrea Calvete