domingo, 28 de junio de 2020

EL AÑO QUE SE BORRÓ DEL ALMANAQUE

Tuve un sueño: el 2020 era borrado de un plumazo del almanaque, en su lugar había quedado un casillero en blanco.

Al llegar la medianoche brindaron, alzaron sus copas y las chocaron con un ¡salud! enérgico. Y así arrancó el año, jamás se les pasó por la cabeza lo que se avecinaba. El cielo de aquella noche fue testigo de ilusiones, de deseos y esperanzas que vibraron en cada corazón expectante.

El verano transcurrió entre noticias que llegaban de lejos generando alarma por un nuevo virus, Covid-19, que a partir de marzo tendría en jaque a la humanidad entera.

El 2020 ha sido un año complicado, diferente, ha llegado para sacudirnos. Convengamos que hay formas y formas de comunicarse, pero él ha decido no andar con buenos modales, si nos gusta bien y sino también. Como se suele decir “es lo que hay”.

¿Qué pasa cuando lo que hay no nos convence, no nos agrada, no nos entusiasma?, ¿qué sucede con los corazones rotos, con la ilusión partida, con la sonrisa borrada, con el dolor que resquebraja el alma? Ya sé, me dirán: “es la realidad que nos toca vivir”. Les pregunto: ¿No podemos hacer nada para cambiarla? Desde luego, todos y cada uno de nosotros hacemos lo que está a nuestro alcance para salir adelante, ¿pero está resultando suficiente?

Tuve un sueño: el 2020 era borrado de un plumazo del almanaque, en su lugar había quedado un casillero en blanco. El 2021 comenzó con toda la energía y el vigor. Todas las preguntas se fueron contestando y volvimos a encaminar nuestras vidas. De ese 2020 sólo quedó una sensación hasta ahora imposible de describir.

Andrea Calvete

lunes, 22 de junio de 2020

DESTINO DE MIRADAS


Con frecuencia solemos perder pertenencias, buscamos en los lugares más insólitos, pero no aparecen. De este modo llegué hasta un cajón que hacía mucho tiempo no abría, en los que sus lentes me dejaron casi paralizada. Lo primero que atiné fue a ponérmelos, desde luego no veía nada, pero fue una forma de tomar contacto con ella.

Es fácil viajar en el tiempo, sólo es cuestión de dejarse llevar por los sentimientos. Allí estaba frente a sus pequeños ojos marrones vivarachos pero miopes, centelleaban detrás de sus gafas. Su miopía abundante hacía que los cristales le achicarán más los ojos. Descubrió que era miope recién a los diecinueve años, no eran tiempos en los que se iba en forma habitual al médico para hacerse chequeos. Contaba mi madre: “cuando íbamos al dentista era para que te sacara la muela, nada de tratamientos, se extirpaba el mal de raíz” Así funcionaban las cosas por 1935 fecha en que la recibía el mundo. Por lo tanto, su mirada fue para nosotros a través del cristal, escasas veces la veíamos sin lentes, cuando tomaba sol un ratito, o se esparcía crema en el rostro.

¡Qué increíble como al buscar algo perdido uno se encuentra con tantos recuerdos! Son momentos en los que los aromas a tostadas de las mañanas junto a los leños crujientes se entremezclan, mientras el sol entra por aquella enorme ventana del comedor diario. El murmullo alegre y dinámico invade la casa.

A través de estos lentes que le acompañaron a lo largo de su vida, pudo encontrarse con una mirada que pronto se convertiría en parte fundamental de su existencia. Como era habitual mes a mes iba a cobrar la pensión de su abuela a la Caja de Jubilaciones. Nada de cajeros automáticos, largas colas hasta poder cobrar en mano unos pesitos que no eran muchos, pero se lo debía a Antonia, abuela materna, que la había criado, y a partir de la pérdida de su madre muy joven, esa mano protectora tan sabia y carismática la acompañaría durante largos años.

Sus miradas se cruzaban mes a mes, él con sus ojos verdes transparentes la deslumbró desde el primer día, ella con su brillo magnético lo atrapó sin más explicaciones. Sin embargo, ella intentó no responder las primeras veces, pero en la medida que fue pasando el tiempo las miradas no sólo se encontraron, sino que intercambiaron chispas y sonrisas.

Pasó el tiempo, hasta que un día Nelson se acercó a Nora y la invitó a salir sin más vueltas. Eran dos personas adultas sin compromisos pero que sabían bien lo que querían. Así comenzó un idilio que duró veintidós años, porque la vida decidió llevárselo muy joven con 51.

Las historias de nuestros padres están allí como parte de lo que somos, sin darnos cuenta de vez en cuando la vida nos lleva hasta ellos sin pedirnos permiso.

Y como una cosa lleva a la otra, no puedo olvidar sus gafas negras de carey, en el caso de mi padre las usaba para realizar su trabajo, hoy me doy cuenta de que es lo que se conoce como presbicia. Veo su hermosa letra grande y levemente inclinada a la derecha, llena de personalidad, alegría de vivir y una gran generosidad. Dicen los que saben que la letra es un reflejo del alma, del estado anímico y de la personalidad, en el caso de él creo que así era. La letra de mi madre pequeña y también inclinada reflejaba su calidez, inteligencia y encanto.

Detrás de aquellos ojos hubo dos seres que se amaron con todo su ser, excepcionales, que se brindaron con generosidad y compromiso, con alegría y esperanza. Dos miradas destinadas a encontrarse, a vibrar en sintonía. Hoy continúan juntas tomadas de la mano en un tiempo y espacio sideral. Al mirar el cielo cuando una estrella fugaz pasa, un silencio ilumina la tierra y perfuma el alma de los que se besan a la luz de su bella historia de amor.

Andrea Calvete

 

 

 

 


jueves, 18 de junio de 2020

LLUEVE

La lluvia como un manso manantial bendice con su riego sagrado. El cielo oscurecido se confunde con una noche en que las preguntas se agigantan. El agua en su goce aviva los colores, los vuelve tornasolados, mientras los perfumes se intensifican. Se suavizan las texturas con su fluir constante. La naturaleza sabe a hierba que reverdece agradecida. Ante la magnificencia del espectáculo quedan absortos mis sentidos.

Fluye el agua, cae como un telón que se abre lentamente. Se instalan los recuerdos al sur de mi corazón, lejanos, olvidados. Me parece estar viendo una película, pero allí estoy envuelta por la lluvia que oficia de confesora y amiga.

Llueve indulgente, flotan en el manantial del éxtasis los suspiros que habían quedado atrapados por ese punto final cortante. Sin embargo, también se respiran las carcajadas, los tibios abrazos que acarician el alma.

La humedad fría de esta mañana lluviosa se filtra por las hendiduras de la melancolía. Sonoros y huecos los relámpagos anidan en las añoranzas. Llueve por dentro y llueve por fuera, no queda un lugar seco, llora y desahoga sus penas, soy también su confidente. Ahogada me dice: “No puedo cumplir con mis promesas”. Me callo, no le digo nada, porque es un mal habitual al que ya nos hemos acostumbrado.

Desahogarse ha sido bueno para ambas, como dos amigas compasivas nos hemos escuchado mutuamente. Ha dejado de llover, el pasado se aleja, el futuro se aproxima, y el hoy pretende suavizar sus poros erizados por el frío, mientras un rayo se perfila como un leño que se enciende.

Andrea Calvete

sábado, 13 de junio de 2020

CONFUSIÓN

Dio por seguro lo que pensaba, lo instaló en esta estantería en la que se guardan los trofeos. Sin embargo, sus emociones habían dado por validado algo que provenía de minuciosas conjeturas.

Así funciona la confusión que es creada por los más profundos deseos y anhelos, en una suerte de edulcorante para suavizar lo que se siente en favor de lo que se desea.

La confusión se cobija en los ojos obnubilados llenos de estupor. Tiene la habilidad de meterse entre recovecos para instalarse en esos lugares donde es difícil notar su presencia.

Desde aquella estantería en la principal sala de la casa, la confusión sintió el calor de una discusión encendida en la que los reclamos se pusieron sobre la mesa. Nadie se escuchaba, las voces se elevaban unas sobre las otras, ambos querían tener la razón sin mediar el diálogo y el entendimiento.

Con su habilidad innata trepa por el árbol del desconcierto y los enredos. Goza de cada conquista, y con tono intrigante disfruta de señalar con el dedo a posibles culpables, mientras se lava las manos como Poncio Pilatos. Aunque con cara de confundida parece una niña despistada que se equivocó de habitación.

La conversación recorrió el pasado hurgó en los rincones olvidados, removió cimientos, llegó al presente donde parecía no tener asidero, mientras el futuro se evanecía con epítetos fuertes, estaban a punto de pasar esa línea en la que no hay marcha atrás. El llanto de Joaquín los hizo callar, con su chupete entre los labios y las lágrimas llenas de súplicas los miró a ambos. Un silencio plagado de respuestas habitó en el aire.

Al mirar a la estantería de los trofeos, no quedaba vestigio de ella, una inmensa paz se instaló en el hogar. El desayuno estaba servido para ser disfrutado en familia y dejar atrás aquella confusión que les había hecho tanto daño.

Andrea Calvete

 


ENTRE LÍNEAS

El día ha comenzado con timidez, tenues y pálidos colores se mezclan entre la neblina que se levanta y se lleva las pocas ilusiones que tenía. No espero nada, en realidad sí lo espero, perdona la impertinencia, en lo más profundo de mi ser existe el deseo de algo que es imposible.

El olor a tierra mojada se entremezcla con los azules fríos del invierno, los secretos de los árboles se han marchado con las últimas hojas, el trinar de los pájaros no es tan vivaz y nítido como en otoño. Te sueño, te imagino, te hago parte de mis desvelos, pero cuando la realidad vuelve a mis manos, siento que ella se me escapa y me esquiva, ya sé no digas nada…

Uno reclama sus derechos cuando los tiene, pero me pregunto ¿cuándo y cómo se generan los derechos? Creo que se tejen con dos agujas lentamente hasta tomar consistencia. Aunque este telar parece estar lleno de agujeros, de puntos mal hilados, entonces veo que ya no es posible deshacer lo tejido.

No deseo que estas palabras sepan a reclamos, pretendo que tengan un sabor agridulce, porque sé que esa combinación es perfecta para tu exquisito paladar. Aunque el arte de combinar letras no es lo mío, sin embargo, sabes que te escribo con el corazón. Bueno debería poner algo de razón, pero dicen que la razón no se lleva bien con el amor, hace muchos años que se han distanciado, quizás por eso nada suene muy consistente.

Se me va la mañana llena de interrupciones, cómplice de estos acordes incompletos, lleno de olvidos y de dudas, y así va quedando esta sinfonía perfectamente incompleta, deberás llenar lo que resta con tus silencios y respuestas, con tus pupilas brillantes.

El invierno se suena la nariz, estornuda y corta el aire como un cuchillo. Intento perfumar estas palabras, pero están desnudas de aromas, desvestidas de sensaciones, descalzas de deseos, se podría decir con una sensación de incomodidad que se instala entre líneas.

No espero nada, en realidad sí lo espero, perdona la impertinencia, en lo más profundo de mi ser existe el deseo de algo que es imposible, pero aún siendo así creo necesario enviarte este mensaje, al menos para descomprimir mi pecho a través de estas líneas que dicen tanto y nada.

Andrea Calvete

miércoles, 10 de junio de 2020

EL DÍA QUE SE PARÓ EL MUNDO

En aquella mañana los colores del amanecer, tenues y perfumados, no dieron indicios de ningún cambio. Las ciudades ajenas despertaron vertiginosas con el ritmo habitual. La mañana esbozó un gran bostezo, mientras circulaban los primeros autos y transeúntes rumbo a su trabajo.

El día que se paró el mundo, una sensación que ya había aparecido en otras oportunidades en la historia de la humanidad se perfiló temprano, tomó sus prendas y se mezcló sigilosa entre los millones de personas que poblaban la tierra. Entonces, una nerviosidad inquietante se fue apoderando de cada uno hasta llegar hasta al último rincón. Algo raro estaba pasando, un malestar general se saboreaba en cada bocado, sabía agrio y mustio.

Teresa caminaba ajena a todo, si bien escuchaba que la gente a su alrededor se quejaba, no entendía el porqué, para ella era otro lunes más en el que le aguardaba una semana atiborrada de compromisos.

El día que se paró el mundo, la prisa caminaba por la senda donde el tránsito va a alta velocidad. Era principios de marzo, el año se ponía por delante de sus narices con un sinfín de desafíos casi utópicos. Sin embargo, ella puso primera, continuó la marcha en segunda y fue subiendo de marcha y velocidad. El tránsito estaba más atascado que nunca y su malhumor urticante se hizo perceptible a través de impertinentes bocinazos.

Llegó a la oficina, preparó un café dispuesta a comenzar la jornada. Con la almohada aún pegada en las mejillas Teresa empezó su trabajo con cierta dificultad. Los papeles parecían estar fuera de su lugar, una especie de desorden inusual se había apoderado de su escritorio, no encontraba nada. Comenzó a faltarle el aire, abrió la ventana que miraba a 18 de Julio, pero el ruido de los bocinazos no la dejaba concentrar. A los pocos minutos cerró la ventana y se puso música relajante.

Sus compañeros de trabajo estaban iracundos, reaccionaban de modo diferente a cualquier otro lunes, el mal aliento de la mañana se había instalado en cada uno de ellos y cada cosa que Teresa pedía con amabilidad era contestado con cara de pocos amigos.

El día en el que se paró el mundo, al mirarse al espejo no reconoció su imagen. El 2020 se hizo borroso y una sensación de incertidumbre y vacío llegó junto a una humedad fría y espesa. No se veía nada.

Pronto llegó el comunicado de la Organización Mundial de la Salud: “Buenas tardes. A lo largo de las dos últimas semanas, el número de casos de COVID-19 fuera de China se ha multiplicado por 13, y el número de países afectados se ha triplicado. En estos momentos hay más de 118 mil casos en 114 países, y 4.291 personas han perdido la vida. Miles de personas más están luchando por sus vidas en los hospitales. Los días y semanas por venir esperamos que el número de casos, el número de víctimas mortales y el número de países afectados aumenten aún más. Desde la OMS hemos llevado a cabo una evaluación permanente de este brote y estamos profundamente preocupados tanto por los alarmantes niveles de propagación y gravedad, como por los alarmantes niveles de inacción. Por estas razones, hemos llegado a la conclusión de que la COVID-19 puede considerarse una «Pandemia». Hemos hecho sonar la alarma de forma alta y clara”.

La alarma sonó clara a lo largo y ancho del mundo, millones de personas vieron paralizadas sus tareas, el miedo se apoderó de cada esquina y se esculpió lentamente la inseguridad entre cada miembro del planeta. La amenaza con su sonrisa irónica y despiadada fue testigo de cada día, y aquí estamos intentando empezar a movernos más allá de todas las contingencias y las vidas perdidas.

El día que se paró el mundo, nada volvió a ser como antes. Fue el momento en que se estremeció la humanidad y no hubo manera de hacer caso omiso.

Teresa junto a sus compañeros comenzaron el teletrabajo y hoy esperan reintegrarse luego de cuatro meses que parecen haber sido una odisea.

Andrea Calvete

sábado, 6 de junio de 2020

TARDE GRIS


Las gotas de lluvia se sujetan en el cristal frío, los ruidos monótonos y envolventes aplastan las horas. La memoria invadida por la humedad penetrante se clava en cada rincón. Tiesas las pupilas miran a la nada, en busca de un ápice de aliento, los pájaros trinan más allá de la tristeza de esta tarde gris.

La lluvia trae hasta aquí perfumes, sabores olvidados, se mezclan los recuerdos y lo que fue se desdibuja con lo que pudo ser, esa lucha frontal entre el pasado y el presente, entre lo que se nos escapó de las manos y nos dejó un hueco en el alma.

Perlados se mezclan algunos acontecimientos que quieren dar luz a esta melodía de tango triste. Resuenan notas de melancolía. A ritmo de bandoneón llora la tarde, mientras se envuelve en un abrigo de invierno y una bufanda perfumada por la madera mojada de los árboles.

El tiempo simula haber quedado estático, las preguntas oscilan sin respuesta, el dolor no encuentra refugio, y las excusas se enmascaran para hacer aflorar los sentimientos olvidados, perdidos en algún baúl añejo. Yacen las emociones mutiladas por las equivocaciones y el daño sufrido. Por un hueco se cuela la resignación.

Insensibilizada y agrietado por el frío, la tarde se presenta áspera, sin embargo, un cedrón le abre sus pulmones, oxigena sus recuerdos, mientras un beso olvidado le entibia la mirada.

Andrea Calvete 

 

 

 

 

 

 

 


YO TODOPODEROSO


Nombre: Yo; apellido: Todopoderoso; domicilio: El Mundo. Su linaje producto del legado de los dioses, de los designios de los magos, de los aplausos de la fama, de los excesos de los sueños. Cada palabra a su paso es susceptible de elogio y aprobación continua. Su ceguera e insensibilidad le hacen llevarse todo por delante.

Cuando el Yo Todopoderoso toma el timón del barco, posiblemente a mal puerto vayamos por agua. En esa suerte de confusión y desatino, los verbos pasan a estar en manos de alguien convencido de que sin él nada es posible, su giro egocéntrico y constante hace que se balanceé hasta lograr sus encomiables propósitos.

Yo es la primera persona del singular perfectamente aplicable en nuestro idioma español, aunque cuando comienza a ser el centro de atención, una suerte de dogmatismo lo tiñe y suele escucharse:

“Yo creo, yo pienso, yo opino, yo digo, yo acostumbro, yo sueño, yo deseo, yo siempre digo … y ya no se escucha el verbo, porque el yo queda resonando como una vibración maldita.

Quizás como forma de evasión y preservación nos paremos en esta primera persona, para salvar lo poco que nos queda, aunque lo más probable es que nos ahoguemos en nuestra propia vanidad y egoísmo, en el que nuestro ego se eleva por encima de todo. Pero cabe señalar que la vanidad es persuasiva y laboriosa y llega a carcomernos la cabeza hasta lograr su cometido. Aunque, muchas veces nos deja en ridículo parados en falsa escuadra.

Detrás del yo giran nuestros afectos, creencias, sueños e ideas. Se eleva nuestra personalidad y existencia. Sin embargo, sin el otro el yo se transforma en ese Yo Todopoderoso que se apropia de nuestras vidas, y nos convertimos en el ombligo del mundo, en el centro de atención de todo, y sin nosotros nada es posible, nada funciona. Pero, resulta ser que luego de muchos porrazos vemos que el mundo sigue andando.

Yo universo empavonado de desafíos, de miedos, de frustraciones y deseos, de verdades por descubrir. Las plumas del yo anidan los delirios, los recuerdos reprimidos, los misterios más profundos. Saberlas llevar es todo un reto porque pueden cubrirnos como abrigo, o también como arma de fuego cuando se trata de mover la cola como el pavo real.

¡Cuántas inseguridades alberga el yo, cuántas frustraciones, cuántos desencuentros! El Yo Todopoderoso puede convertirse en un ser muy perverso, en el villano de la película, pero también puede ser el causante de que estemos más solos que nunca.

Dicen por allí que el Yo Todopoderoso camina erguido, desafiante y con el pecho inflado. Sus inseguridades le han hecho creer que cuando habla todos quedan fascinados como si el genio de Aladino hubiera salido de la lámpara.

Trascender al Yo Todopoderoso nos acerca al nosotros, a ocuparnos en los demás para así bajarle los humos altaneros y ególatras a esta primera persona del singular.

Nombre: Yo; apellido: Todopoderoso; domicilio: El Mundo. Su linaje producto del legado de los dioses, de los designios de los magos, de los aplausos de la fama, de los excesos de los sueños. Cada palabra a su paso es susceptible de elogio y aprobación continua. Su ceguera e insensibilidad le hacen llevarse todo por delante. Deslumbra con sus lentejuelas coloridas se instala como una enfermedad terminal. 

Andrea Calvete


viernes, 5 de junio de 2020

SE APROXIMA EL INVIERNO

Una desoladora quietud se instala con la llegada de Junio, cubierto de neblinas húmedas y frías. Se aproxima el día más corto y la noche más larga. La naturaleza muere, se toma ese impasse en el que lentamente todo llega a su fin. Los cielos se despejan por la ausencia de las hojas y los árboles desnudos bajan su mirada mientras una lágrima cae entre su corteza agrietada.

Todo comienza a perder su fulgor, la luz se disipa lentamente, empalidecen los colores, se esfuman los matices, mientras los sonidos se tornan lejanos y fríos. Un inmenso pesar se instala, para oprimir el pecho al día. El descreimiento y la desconfianza pronto se hacen presentes.

El aire frío se mezcla con el olor a las estufas de leña, o las que aún marchan a querosén, para dar la bienvenida al invierno que se abre paso. El crujir de las hojas caídas resuena como melodía de fondo. Naranjas y rosados, los atardeceres son el color que le da vida a los días.

Las ausencias se vuelven más nítidas, y no queda mucho por saborear, más que algún trago caliente para hacer volver la sangre al cuerpo. Gélidos nubarrones grises empalidecen a la esperanza, mientras un rayo de sol lucha por abrigar más allá de todas las contingencias.

Llega Junio, un joven desnudo dispuesto a dar la bienvenida al invierno y entrar en ese profundo ser interior para alumbrar a todos esos recovecos a los que hasta ahora no habíamos llegado. Cuatro meses en que la muerte de la naturaleza nos lleva navegar por sombríos rincones que hacía tiempo no recorríamos.

Los desencantos golpean las puertas, los recuerdos se cuelan por las rendijas, y los amores buscan respuestas, mientras las horas escasas de luz y calor, se vuelven como un cuarto en el que el destierro se lleva los posibles sin pedir permiso.

Se exilian las esperanzas, las desilusiones se alojan en las noches de insomnio, y los cristales lloran gotas de tristeza y melancolía. Sin embargo, más allá de esa moribunda imagen, el crujir del fuego anuncia que la llama aún está viva.

La crueldad del invierno deja poco lugar para las interrogantes, una flor que ha logrado nacer como un milagro se pregunta: “¿Estará todo perdido, o quedará un vestigio que aún podamos rescatar?”

La respuesta se asoma tímidamente en un amanecer desnudo, en una noche fría y solitaria, en un mar turbulento, o en esa espera que marcha a ritmo apaciguado porque sabe que para renacer es preciso morir, yacer en ese lecho frío y doloroso, para levantarse luego con fe y esperanza, y dar paso nuevamente a la vida.

Andrea Calvete