jueves, 2 de enero de 2020

PACIENCIA: ÁRBOL DE RAÍZ AMARGA PERO DE FRUTOS MUY DULCES

La paciencia dice un viejo proverbio que es un árbol de raíz amarga pero de frutos muy dulces. Quizás su amargura radique en poderla llevar a la práctica justamente en momentos que se hace muy complejo hallarla y casi imposible preservarla.

Por lo general, cuando un problema nos supera, una enfermedad nos aqueja, lo primero que se nos recomienda es tener paciencia, de modo de no perder la razón, la calma, y la armonía en nuestros días. Precisamente, cuando estamos mal por cualquier motivo nos desestabilizamos, y es como un gran círculo vicioso del cual se hace muy difícil de salir, porque parecería que todos los problemas se van encadenando.

Para poder desarrollar la paciencia, primero debemos asumir lo que nos sucede, comprenderlo, para después buscar la manera paciente de continuar lo mejor posible. Pero para llegar a este punto debemos analizar dónde estamos parados, y por qué hemos arribado hasta aquí, qué es lo que ha sucedido, para entonces tener en claro qué dirección tomar. En esta instancia necesitamos hacer un alto.

La palabra paciencia proviene del latín pati, que significa sufrir. De hecho el participio patiens se introdujo al castellano como paciente (en los hospitales) o "el que sufre". Tomás de Aquino considera que "la paciencia es una virtud que se relaciona con la virtud de la fortaleza e impide al hombre distanciarse de la recta razón iluminada por la fe y sucumbir a las dificultades y tristezas"

Pero más allá de encontrar la paciencia, es muy fácil perderla sobre todo cuando las dificultades se interponen en nuestro camino y nos juegan una mala pasada. El no perder la paciencia requiere ejercitarla y ser conscientes que ante cualquier desequilibrio debemos poner mucho de nuestra parte para continuar con armonía. ¿Como continuar el camino?, es algo muy personal, pero seguramente la persona que ponga fe en algo, quizás en él mismo, el camino se le va hacer mucho más sencillo.

La tolerancia va de la mano de la paciencia. He aquí dos vocablos que parecen ser primos hermanos, porque para ser tolerante se debe ser paciente, de modo de poder comprender a la persona que tenemos al lado aunque su proceder no entre en nuestra cabeza.

Cuando perdemos la paciencia parece que un termostato rápido y caliente saltara ante la menor contrariedad, entonces allí queda perdida en un rincón, hasta que alguien decide rescatarla, para mejorar el humor y el día.

Por tal motivo, “la paciencia en un momento de enojo evitará cien días de dolor”, porque si callamos cuando hierve nuestra sangre, si escuchamos cuando estallan nuestros oídos, si respiramos cuando parece que el aire no llega a nuestros pulmones, entonces hemos logrado hacer pasar a la paciencia, para que tome asiento a nuestro lado y nos acompañe antes de cometer un acto que pagaremos con creces.

Asimismo, la ansiedad en la que vivimos atrapados, producto del consumismo atroz que nos acecha, conlleva a que seamos personas impacientes, insatisfechos, inseguros, y de este modo a mal puerto vamos por agua. En un ambiente hostil, donde no hay lugar para la calma, el relax, la reflexión, tampoco habrá lugar para la tolerancia.

Y como les decía, “la paciencia es un árbol de raíz amarga pero de frutos muy dulces”, y esa raíz es amarga porque hay que saber escuchar, observar, callar, comprender, hasta poder ponernos en el lugar del otro, de ese modo surgirán los frutos dulces, la recompensa, y tendrá lugar la tolerancia.

Y la tolerancia se imparte en el trato entre los componentes de la familia, los amigos, los compañeros del trabajo, los vecinos…, los empleados de los negocios, porque desde el respeto con el que tratemos a los demás también seremos tratados. Al ser respetuosos con las personas que nos rodean, damos paso a esta virtud tan escasa casi en vías de extinción, llamada tolerancia.

Tantas veces se nos hace muy difícil ponernos en el lugar del otro, ver que las perspectivas cambian, los significados, los ángulos, las miradas… y es que todo depende del cristal de donde se mira, y todos somos diferentes, y aunque ante la ley somos iguales como seres humanos, desde lo individual nos diferenciamos y de allí el respeto por las ideas, pensamientos, filosofías, religiones y opciones de vida. ¿Qué nos da el poder de juzgar o no tolerar determinadas cosas, somos más que los demás? Somos seres con derechos y obligaciones, y dentro de ellas debemos respetar a nuestros semejantes, para del mismo modo ser respetados.

Para lograr convivir en armonía, la tolerancia es primordial, para que proliferen todos los colores, todas las ideas, todos los pensamientos, pero siempre respetando a quienes no coinciden con nosotros, porque cuando disentimos con educación, intercambiando opiniones con altura, con argumentos coherentes, podemos desde esta instancia dar comienzo a nuevas oportunidades de diálogo y de entendimiento.

José Saramago llegó a la conclusión que es mejor no convencer a nadie, ya que “el trabajo de convencer”, para él, “es una falta de respeto, es un intento de colonización del otro”. Y quizás he aquí una de las claves por las cuales no somos tolerantes, porque en nuestro afán por defender nuestros ideales, ideas, sueños, anhelos, intentamos convencer a todos los que nos rodean, olvidando que ellos también tienen los suyos, que son tan válidos como los nuestros.

Y tolerar no significa ser indiferente, sumiso o indulgente, significa abrirse a otras ideas, al diálogo, al intercambio de conceptos, pero siempre defendiendo con argumentos lo que creemos y pensamos. Según Kofi Annan “la tolerancia es la virtud que hace la paz posible”.

Para los budistas la tolerancia es el primer paso para lograr la ecuanimidad, y tolerar es el punto de partida para comenzar a dominarse y controlarse a uno mismo.

Otro problema por el cual la tolerancia tiende a cero es que no sabemos escuchar. Escuchar es un arte, pues no todas las personas se brindan con sus cinco sentidos ante una conversación. Requiere de un proceso de concentración en el que absorber, procesar y pensar, serán tres verbos relevantes.

Pero como vivimos cargados de preocupaciones, no logramos concentrarnos plenamente en el diálogo. Por eso es necesario, focalizarnos en la conversación, con tolerancia y paciencia para poder abrirnos a la comunicación fluida. He aquí una de las grandes fallas a la hora de transmitir algo.

Escucha quien puede, quien quiere, quien lo cree necesario, quien está dispuesto a compartir algo de su tiempo, quien aún le importa este mundo, quien siente que su corazón aún late y quien desea ser útil.

Quizás los años son los mejores aliados a la hora de entender que la paciencia junto con la tolerancia son síntomas de madurez y de crecimiento personal. Algunos nos cuesta más llegar a esta conclusión y a otros menos, todo es cuestión de las cartas que nos hayan tocado en suerte, pero a la larga todos tropezaremos con alguna piedra que nos hará ver que la impaciencia y la intolerancia no conducen a buen camino.

Por eso, si respetamos lo que las demás personas piensan y sienten, significa que hemos aprendido a escuchar, a comprender, a aceptar la existencia de la diversidad, en definitiva implica reconocer nuestros errores y admitir que no somos perfectos. De este modo, daremos el primer paso para cultivar la tolerancia. Y el concepto de Sartre es muy importante a la hora de ser tolerantes, cuando dice “Nadie es como otro. Ni mejor, ni peor, es otro”.

Y al ser intolerantes damos paso a la represión, destrucción, profanación, prejuicio, expulsión, exclusión, estereotipos, intimidación, hostigamiento, discriminación, ostracismo y segregación, es decir, contribuimos con la destrucción del ser humano, por lo tanto debemos decir si a la tolerancia.

Si decimos sí a la paciencia, podremos cultivar ese árbol de raíz amarga pero de frutos muy dulces, que en definitiva serán los que nos proporcionarán oportunidades para ser más tolerantes, fraternos y solidarios, en pos de construir mejores relaciones de alteridad.

Andrea Calvete