sábado, 8 de diciembre de 2018

CRÓNICA DE UN DICIEMBRE QUE SE VA

Los últimos días del año parecen encontrarse en el medio de una batahola, el tránsito a prisa y agresivo se desliza por la cuidad, la impaciencia habita las veredas en medio de largas colas porque un paro sorpresivo del servicio de combustible ha dejado las calles congestionadas, a esto se le suman los desvíos y los pozos señalizados por arreglos. Transitar por Montevideo se pone complicado y hace que los minutos y la paciencia tengan que triplicarse.

Se acerca fin de año, las fiestas, y aparecen los pendientes con su luz roja, los compromisos saltan de la galera, y las frustraciones sonríen para provocar su último impacto. El clima confabula inestable con días fríos para esta época del año, con madrugadas y noches con temperaturas muy bajas, parecería que la primavera no quiere irse y el verano próximo se rehúsa a llegar. Estos cambios tienen a mucha gente enferma.

Es lógico también que llegan estas épocas y quien tiene un negocio quiere hacerse un pesito, pero son millones lo que recaudan los grandes centros comerciales que se ven atestados ante la baja del IVA o el famoso “Black Friday”. Es entendible, nadie quiere pagar más si tiene la oportunidad de llevar lo mismo casi a un veinte por ciento menos, y en algunos casos con mayor descuento. Aunque, si bien son muy interesantes estas propuestas conllevan aglomeramientos, estrés y mucha gente corriendo desesperada por que la atiendan y por conseguir un lugar, empleados agotados por extensas jornadas de trabajo que, si bien se les puede pagar doble, no llega a compensar el esfuerzo y amansadora que tienen que pasar.

Así va transcurriendo diciembre perfumado por los jazmines que han florecido a todo marcha desde fines de noviembre, deslumbrado por los canteros desbordantes de flores, y las lavandas que intentan dentro de tanta locura bajar los decibeles con su aroma y color sedante. Pero el pobre diciembre poco puede hacer sí no desaceleramos la marcha, si no nos tomamos un respiro, si no hacemos una parada para inspirar profundo e intentar sonreír a pesar de que el año quizás no termine como esperábamos.

Sí, las expectativas juegan un rol importante en todo esto: ¿Cuánto esperamos, cuánto anhelamos, cuánta ilusión pusimos, pero qué fue lo que realmente pudimos lograr? Es así que se paran las expectativas frente a los logros y se produce ese primer cortocircuito al intentar tomar cierta perspectiva.

Porque es un momento de cierre de ciclo, de culminación de actividades, e inevitablemente los balances llegan para asomarse vestidos con su característico traje contable para pasar página y revertir resultados, y la mayoría de nosotros quisiéramos por momentos escapar de sus números y seguir de largo como si fuera otra etapa más del año. Pero en el fondo sabemos que no es así y que debemos asumir que otro año más ha transcurrido.

Atrincherados con bayonetas los olvidos aparecen como ráfagas, y presionan con insistencia para que “no dejemos para mañana lo que pudimos hacer hoy”, pero en realidad es lo que pudimos hacer ayer y no fue posible, entonces nos falta el aire, se acaban los minutos, y el tiempo parece acelerar el paso en este diciembre que se va.

Quizás si revirtiéramos la forma de encarar lo poco que resta del año lo terminaríamos más productivamente. Podríamos empezar por focalizarnos en las cosas buenas que nos han sucedido, las personas nuevas que hemos conocido, los gestos amables que nos han sucedido, o esa caricia o ese abrazo inesperado que hemos recibido. Es un buen momento para instalar la gratitud en nuestro corazón e intentar sonreír al año que termina para recibir al que se aproxima con la mejor actitud.

Andrea Calvete