jueves, 29 de noviembre de 2018

VESTIDA DE TRISTEZA

Con el frío gris de la mañana se cubre los hombros, peina su mirada y perfuma su sonrisa. No hay un lugar en el cuerpo que no le duela, respira opresión, le falta el aire. Su mirada apática y descreída camina sin rumbo ni sentido. Vestida de tristeza rumbea sus días.

Pálida, apagada parece desvanecerse entre los diferentes tonos de grises que componen el cielo. Así se para el día frente a un mar que sopla fuertemente, y a nubes encapotadas que la enciman. 

Con su ánimo de pocos amigos, enfrenta la jornada que la invita a quedarse adentro a calor de una estufa de leña, o un rico chocolate que caliente la tristeza que la acompaña.

“¿Vale la pena engalanarse con esta energía”?, se pregunta, mientras de sus ojos se escapan lágrimas amargas que se disimulan en el resfrío que se ha instalado en su cuerpo. Sin embargo, por más que intente contestarse, no lo consigue.

Vestida de tristeza carga un aura oscuro, un trinar agónico y los ojos de la desesperanza la envuelven con su manto coartador de posibilidades. Aunque en el fondo sabe que pierde más de lo que gana al vestirse de tristeza, no logra ponerse ninguna prenda que de una luz a su día, o un rayo de energía.

Sumergida en su baúl de los desengaños transita por las calles de sus días, ha dejado abierta la tapa y están todos allí sentados haciéndole compañía. El más cruel y punzante le dice: “Si no nos cierras con candado, seguiremos a tu lado, e intentaremos destruirte lenta y gradualmente, hasta que te conviertas en cenizas”. Ella con los ojos hinchados de llorar lo mira atónita, y con las pocas fuerzas que le quedan cierra la tapa del baúl y le pasa llave. De inmediato, su rostro se ilumina, y un pequeño brillo resurge en sus apagadas pupilas.

Un atisbo de sol, parece resplandecer en la lejanía, se cuela discreto como para alentar los ánimos del día, y dejar su sello de energía vital y armonía.

Andrea Calvete