jueves, 22 de noviembre de 2018

REPIQUETEAN LAS CAMPANAS

El aire de la mañana frío y celeste se moviliza, mientras las campanas de la Catedral suenan para anunciar el paso de los minutos que transcurren a su ritmo.

Lentamente, se levantan las persianas, los negocios abren sus puertas y los transeúntes comienzan a dirigirse rumbo a sus trabajos, todo se encausa lenta y cotidianamente, no para mí que no estoy en mi ámbito todo por descubrir, por conocer, por mirar con esos ojos que todo lo quieren saber, y que buscan más allá de las posibles explicaciones. Siglos de historia se esconden detrás de cada edificación.

El sol se esmera por salir y se apoya en la ventana de la guardilla que da frente a mi ventana, encandila mi mirada, me invita a soñar, a mirar esa ciudad que me toma de la mano como huésped.

En el diario vivir, nuestra cotidianidad nos lleva a dejar de ver todo lo sorprendente que hay a nuestro alcance, nos acostumbramos a ver edificios históricos, fachadas maravillosas o escenarios totalmente naturales como parte de lo que nos rodea, porque nos zambullimos en esa jornada que nos espera en la que las horas del día parecen no alcanzarnos. Así salimos corriendo para llegar al trabajo, al supermercado, a ese compromiso que tiene una hora infalible, y en ese vertiginoso caminar olvidamos disfrutar de lo que vamos percibiendo, anestesiando lentamente los sentidos.

La anestesia del diario vivir, se da producto de la automatización, del acostumbrarnos a ver lo sublime que nos rodea, a su vez los problemas que nos circundan nos envuelven en una cáscara dura que actúa como si fuera una cámara de aislación, de esta forma nos vamos alejando de “esas pequeñas cosas” como diría Serrat pero maravillosas que están allí pero no las vemos

Repiquetean las campanas, todo se engrana su ritmo, me dispongo a caminar y a descubrir cada rincón, cada lugar que me seduce con su encanto y su apariencia. Lo nuevo siempre llama la atención ante nuestra mirada, que cuando está distendida y despreocupada se agudiza y entonces es posible percibir mejor lo que nos rodea.

Camino feliz, pero me indigno al ver gente tirada en las calles durmiendo, y no importa lo suntuosa o añeja que pueda ser la cuidad o el vértigo de sus transeúntes, indignamente se los ve allí tirados, algunos incorporados ya al día pero en condiciones que lejos están con lo que tiene que ver con llevar una vida digna. Me pregunto: ¿Por qué tanta gente por el mundo duerme en las calles, vive en las calles, por qué han llegado a vivir así, qué les pasó, tuvieron alguna vez un hogar?, un nudo muy fuerte anuda mi garganta.

Repiquetean las campanas las conversaciones de los transeúntes es un murmullo que envuelve las calles, se los oye hablar en diferentes idiomas, distentendidos, otros no tanto, caminan y colman las calles de un espíritu festivo. Es que la vida misma es una fiesta que nos invita cada día a descubrirla, a admirarla, a soñarla, sólo que algunas veces no nos unimos a esta celebración ya que decidimos dejar que los minutos se estanquen en nuestros problemas y preocupaciones.

Sin embargo, estas campanas nos invitan a dejarnos llevar por sus sonidos, a buscar respuestas con cada repiquetear. Es así que cuando cercanas las oímos podemos apreciar ese sonido mágico y envolvente, para entonces dejarnos llevar a ese lugar en el que el viento, el sonido y los aromas se unen para elevarnos hacia donde estemos dispuestos a llegar.

Repiquetean las campanas, suena una voz que nos llama a ese nuevo día que nos espera, que nos abre los brazos dispuesto a recibirnos de la mejor manera, estará en nosotros atrevernos a vivirlo, a dejarnos sorprender por el horizonte de oportunidades y encontrarlas.

Andrea Calvete