domingo, 11 de noviembre de 2018

“NO ES RICO QUIEN TIENE MUCHO, SINO QUIEN DA MUCHO”

Quien recibe en un acto casi reflejo da, es como un mecanismo mágico que se produce sin pensar, una iniciativa que surge desde la gratitud y el agradecimiento. Dar trae consigo la sensación de sentirte útil y productivo.

Cuando damos se enciende en nosotros un motor en el que la energía se multiplica, y de la misma manera comienza a crearse un engranaje a partir del cual lo que va vuelve, en un efecto casi de búmeran.

Asimismo, dar está intrínsecamente relacionado con la solidaridad, a través de la cual podemos tender puentes, acortar distancias, vencer obstáculos, ubicados en un plano de igualdad que nos permite sentirnos cómodos a quienes estamos en cualquiera de sus extremos, que poco a poco se irán conectando, construyendo los eslabones de una gran cadena, por medio de la cual podrá fluir lo mejor de cada uno de nosotros, y esa energía circulará libremente.

La solidaridad social y política son las bases de la democracia. Por eso nunca más acertadas las palabras de Mahatma Gandhi quien sostiene que “las personas que no están dispuestas a pequeñas reformas, no estarán nunca en las filas de los hombres que apuestan a cambios trascendentales”, porque desde el pequeño aporte o cambio se logran los grandes, en la existencia del compromiso hacia los demás.

Creo que todas las personas valemos, servimos, más allá de dónde provengamos, de lo que seamos, simplemente por el hecho de ser semejantes, y de formar parte de este inmenso Universo, por eso es fundamental, mirar a quien tenemos adelante para dar tender una mano pero en un acto horizontal, en el que se sienta ese apretón cálido y frontal. Cuando nos podemos ubicar en un mismo plano, el diálogo fluye, las distancias desaparecen, las brechas se acortan, y comprendemos que es el propio hombre que ha creado, con su forma de vivir y actuar, esas diferencias que en definitiva son las bases de la discriminación en cualquier orden de la vida.

Ubicarnos en un mismo plano, tiene que ver con ponernos en el lugar del otro, en establecer correctas relaciones de alteridad. Por ejemplo un jefe en un trabajo tiene una función específica para el que ha sido contratado, pero el trabajo se hará más grato y sencillo, si cuando va a pedir una tarea a quienes están a su servicio, se sienta con ellos, entiende los motivos por los que no pueden cumplir con el trabajo, los escucha, ¡qué palabra!, para un mundo casi carente de oídos y los comprende. Entonces posiblemente el trabajo fluya de la mejor forma, ya que habrá entendimiento, y en cierta forma un gesto de solidaridad hacia quienes trabajan a su lado. De esta manera, se impartirá el respeto y la comunión entre las distintas personas que integran un ámbito laboral determinado. Y en el día a día sucede algo similar, si no escuchamos, si no tratamos de ponernos en el lugar de quien tenemos al lado, no surgirá nunca el diálogo, y entonces no habrá ayuda, compromiso o intercambio posible.

Dar y recibir, son parte de lo que somos. Y por más que es muy placentero recibir de quienes nos rodean su afecto, su amistad, su cariño… su ayuda, no es posible sentirse feliz plenamente sin dar. Porque dar es algo maravilloso, pero siempre en esa cadena inexorable en que das y recibís en un acto de amor y de solidaridad que son inherentes a todo ser humano, tan sólo que algunas veces cortamos la cadena por egoísmo, por falta de tiempo… por mil y una causa, que en el fondo forman parte de justificaciones, paradójicamente sin relevancia, ni justificación, más que excusarnos con nosotros mismos por haber fallado. Desde luego, que seguiremos equivocándonos, pero daremos el primer paso si lo reconocemos y aceptamos, con el afán de aportar nuestro pequeño y a su vez gran grano de arena, en pro de comprometernos con quienes nos rodean a través de una mirada solidaria y fraterna.

Nuestra condición humana nos lleva nos lleva a buscar en los demás, a esperar a que nos den, y así también cuando damos esperamos algo a cambio, pero aquí el hecho de dar parece convertirse en un trueque de vida, que no necesariamente siempre fluye por la mejor vía. En algunas ocasiones, damos y la cadena se corta pues existen agujeros negros, o por decirlo de otra forma personas que en determinadas ocasiones cortan ese fluir de dar y recibir en forma natural.

Así como recibimos, tenemos el privilegio, la dicha de dar. Cuando damos desde la autenticidad, desde el compromiso, desde lo más genuino que existe en nuestro ser, entonces surge una sensación de plenitud, y no esperamos nada a cambio. Parafraseando a Erich Fromm: “No es rico quien tiene mucho, sino quien da mucho”

Andrea Calvete