lunes, 5 de noviembre de 2018

EL BRILLO DE LAS ALIANZAS

Las alianzas de cualquier tipo tienen un alto valor simbólico, pero el espíritu que las distingue es el del compromiso, el de unirse bajo una misma causa para ponerla en práctica abocados en esa unión por lograr los mejores frutos.

Alianza es un término que procede del verbo aliar y que, por lo tanto, hace mención a la acción que llevan a cabo dos o más personas, organizaciones o naciones al firmar un pacto, un acuerdo o una convención, según el caso.

Las hay de oro, de plata, platino, de cristal… del material que te quieras imaginar, pero creo que las más importantes son las que trascienden el papel, la tinta o los metales, esas que se cumplen porque están en el corazón y nacen desde lo genuino y auténtico sin necesidad de un símbolo que las recuerde o haga presentes. Y no estoy con esto desacreditando los símbolos que son muy importantes, sólo que me parece que lo que se hace intangible, invisible y sólo se percibe a través del palpitar se hace más intenso o profundo.

Es así que diariamente, se establecen alianzas políticas, laborales, estatales, gubernamentales, de todo tipo. Sin embargo, algunas veces estas alianzas se rompen, fallan y entonces comienza un gran desencanto ante la ruptura. Las razones porque se rompen pueden ser múltiples, cambio de intereses, de rumbo, o simplemente darnos cuenta que ese compromiso ya no tiene el mismo peso en nuestras vidas.

Si bien, somos coherentes con nuestras ideas y valores y tienen una correlación con estas alianzas con las que convivimos día a día, sucede que algunas veces decidimos hacer un giro en nuestro camino, renovar el aire, tomar nuevos rumbos, desandar lo andado. Aunque romper una alianza por momentos nos hace sentir que traicionamos un pacto un acuerdo, sin embargo si nos disponemos a hablar de frente con quien hemos establecido esa alianza y argumentamos el por qué de nuestro cambio de rumbo creo que la traición no tiene cabida. Traicionar sería faltar a nuestra palabra, pero en este caso ponemos fin a esa palabra por diferentes motivos que deberemos explicar a la otra parte concerniente en la alianza.

¿Por qué cambiamos en lo que pensamos, sentimos o decimos? Por múltiples motivos, por situaciones que nos suceden y de alguna manera nos llevan a cambiar el rumbo, porque nos cansamos de aguantar ciertas cosas, porque el termostato se hace más sensible en la medida que pasan los años, porque tomamos perspectiva y ya no vemos de igual manera los acontecimientos, porque deseamos invertir nuestro tiempo y espacio de otra forma… y las contestaciones van a variar según nuestro estado anímico, emocional, y la etapa de la vida que estemos transitando.

Sin embargo, no es de asombrarse cambiar, porque la vida en sí es puro devenir, cambio continuo y constante. Del mismo modo, las personas si bien intentamos ser fieles a lo pensamos, decimos y hacemos, en algún momento en nuestras vidas este tríptico hace cortocircuito, y allí comienzan algunos problemas, sobre todo por parte de quienes nos observan que pretenden que seamos un ejemplo intachable, olvidando que ellos también son seres humanos factibles de errores. Lo importante a la hora de cambiar es que el pensar, hacer y decir continúen teniendo armonía y correlación.

Esta correlación entre lo que digo, hago y pienso es una de las más difíciles de sostener en la vida. Puedo pensar maravillosamente y también decir en forma ejemplar, el problema se suscita a la hora de llevar a la práctica de hacer verbo lo que pienso. El poner en práctica lo que pienso y digo es una tarea que requiere tener mucha conducta, ética y moral, solidez y también madurez. Sin embargo, a pesar de que no siempre este tríptico funciona a las mil maravillas es una de las tareas que nos preocupan y ocupan a las personas día a día.

De regreso con las alianzas, algunas veces sin darnos cuentas nos aliamos con nuestro peor enemigo, y no nos damos cuenta hasta que la oveja se saca su disfraz y nos muestra sus dientes de lobo, y allí nos paramos frente a una gran sorpresa y a su vez decepción. Otras veces, estas alianzas no funcionan no porque haya mala fe, sino porque sencillamente no eran las justas y perfectas para el momento que estábamos transitando.

Sin embargo, más allá de las alianzas fallidas, no faltarán alianzas en nuestro camino que permitan dar brillo y luz en nuestra senda, que se colmen de compromiso y entrega, de buena fe y trabajo en pro de solidificar un proyecto con fe y esperanza, con el entusiasmo vivo y el brillo de la mirada intacto.

Andrea Calvete