sábado, 29 de septiembre de 2018

¿DAMOS EL JUSTO VALOR A LO QUE NOS SUCEDE?

Pararnos frente a lo que nos acontece está impregnado de sentimientos, apreciaciones personales, de recuerdos, de situaciones que de alguna manera nos marcaron. Por lo tanto, nuestra mirada puede no ser totalmente confiable.

Cabe preguntarnos: ¿Damos el justo valor a lo que día a día nos ocurre? ¿Valoramos realmente todo lo que es sustancial en nuestro diario vivir, no sólo salud, trabajo, amor, sino también a aquellas personas que intentan ser de gran compañía?

Ocupados por preocupaciones, desvelos, anhelos, parecemos olvidar que el tiempo real es aquí y ahora. Que si bien el pasado forma parte de nuestros días, y el futuro de nuestros deseos y expectativas, lo cierto es que el momento que vivimos minuto a minuto es el presente.

Algunas veces necesitamos perder algo para valorarlo, pero ¿por qué?, la respuesta es muy personal, pero la gran mayoría de las veces tiene que ver con no dar el justo valor a lo que nos sucede. Cuando perdemos un ser querido, un objeto, un trabajo…, y cualquier ejemplo de algo que hayamos perdido será válido, entonces tomamos distancia, perspectiva, y valoramos lo que hasta hace muy poco no habíamos apreciado. Y aquí, en la valoración, entrarán a jugar un papel muy importante los recuerdos, las vivencias y nuestras emociones, que en definitiva dejarán aflorar su vulnerabilidad.

Y ser vulnerables no significa cobardía, ni cansancio, sino permitirnos que aparezcan aquellas sensaciones, emociones que estaban escondidas en lo más profundo, esperando que alguien las rescatara o las dejara expresarse. En nuestro diario vivir reprimimos sentimientos, sensaciones, producto de no perder tiempo, del miedo a sentir, a fracasar, a competir, a ser nosotros mismos.

Y respecto al valor de lo que nos sucede, existe un proverbio árabe que dice: “Cuatro cosas hay que nunca vuelven más: una bala disparada, una palabra hablada, un tiempo pasado y una ocasión desaprovechada”. Es importante valor a las cosas no por lo que valen sino por lo que significan. Y éste es parte del razonamiento que hacía al principio, cuando descubrimos lo que significa algo o alguien, allí lo valoramos de una manera diferente, que nos permite trascender pequeñeces, y llegar a descubrir ¿qué es lo que tiene un verdadero valor?

Y los niños son grandes sabios, de ellos podemos aprender tantas cosas, un niño siempre puede enseñar tres cosas a un adulto: “a ponerse contento sin motivo, a estar siempre ocupado con algo y a saber exigir con todas sus fuerzas aquello que desea”. Porque los niños tienen esa capacidad a través de su pureza de llegar muy profundo, cosa que los adultos olvidamos por correr y correr detrás de metas sin importancia, tras dejarnos amargar por situaciones que no merecen la pena.

En realidad, ¿qué y quien merece la pena?, es una pregunta bastante sencilla y directa, pero compleja a la hora de contestar. Porque cuando lo intrascendente se convierte en trascendente, cuando lo sin sentido adquiere un sentido, cuando lo insignificante resulta significativo, entonces posiblemente el rumbo a seguir se complique.

Y las desilusiones, los desengaños, los tropiezos, son culpables de muchas de nuestras actitudes de vida, de ese caparazón que suele vestirnos luego de sufrir mucho. Pero, por el contrario, fortalecerse no implica esconderse tras un disfraz que al mirar al espejo ni siquiera refleje nuestra propia imagen.

Algunas personas, tras enfrentar muchas dificultades deciden anestesiarse, y seguir adelante, en un mundo donde prefieren no involucrarse demasiado, porque consideran que ya no vale la pena y han sufrido demasiado. Aunque no dejan de tener razón en tener temor, igualmente nada justifica bajar los brazos o darse por vencido.

La vida es hermosa, a pesar de todas las ingratitudes y malos momentos que hayamos tenido que enfrentar. Y cuando amanece descubrimos un día dónde el sol lentamente aparece y los sonidos se amplifican, esperando ser disfrutado al máximo.

Y cada día es un comienzo nuevo, un despertar, un descubrir, en el que nuestros seres queridos jugarán un rol preponderante. En donde, una palabra de afecto, un apretón de manos, un acto de solidaridad, una mirada cómplice, un abrazo, serán algunos de los tantos valores que no debemos olvidarnos de apreciar.

Sencillamente, el valor que le demos a las cosas, es muy subjetivo, y proporcional a nuestro estado anímico, a nuestro carácter, al mismo tiempo a lo que estemos dispuestos a aceptar. Y depende de cada uno el valorar al máximo lo que nos llena de energía, de vida, de alegría, de ganas de aprender, descubrir, explorar, de sentirnos útiles y vivos.

Y el aceptar errores, hechos, situaciones, personas, es en gran parte el punto fundamental, antes de cuestionarnos ¿cuál es para nosotros el verdadero valor de algo? El buscar en nuestro interior, en un trabajo introspectivo, reflexivo, es parte fundamental a la hora de responder esta pregunta.

Aunque el tiempo, si bien es un gran aliado, aplaca pérdidas, nos hace entrar en razón, cambiar la perspectiva, pero también nos muestra que es efímero, y que nos pasamos gran parte de nuestra vida añorando lo que ya pasó, y luchando por lo que pasará, olvidando vivir con intensidad cada día.

Sin embargo, no quiero que se me malinterprete, que se crea que es necesario olvidar el pasado, y borrar todo futuro posible. Por el contrario, el pasado forma parte de lo que somos, y el futuro de nuestros anhelos. Y el presente el tiempo que coexiste entre ambos, en el que podemos cambiar lo que nos molesta, lo que nos saca el oxígeno, lo que nos deja sin fuerzas.

Es aquí y ahora la oportunidad de cambiar, de tomar las riendas de lo que realmente queremos. El compromiso individual, personal, es el primer gran paso para que las cosas se den en colectivo, porque cada granito de arena suma. Y como seres integrantes, de una sociedad, de un país, de un mundo, de un planeta, de una galaxia, tenemos una gran responsabilidad para todos los seres puedan vivir dignamente, en paz y armonía.

Y aunque suena algo utópico, a la vez que trillado, es imprescindible salir de ese lugar en el que decimos no a todo, a las posibilidades, a los sueños, a los cambios, al desafío, a un mundo mejor, porque la gran mayoría independientemente, de nuestra religión, situación económica, ideología política, o preferencias de cualquier índole, anhelamos lo mejor para nuestra Humanidad.

Pero de regreso a dar el justo valor a lo que nos sucede está relacionado con buscar en nosotros mismos, podremos luego ver hacia fuera, para descubrir ¿qué es lo que realmente valoramos y perseguimos? En función de esta búsqueda los días se puedan hacer muy cortos o interminables, depende de cada uno.

Andrea Calvete

sábado, 22 de septiembre de 2018

"CULTIVO UNA ROSA BLANCA"


Cultivar una rosa blanca significa dejar de lado los rencores, las traiciones, las deslealtades, de manera que no nos afecten en nuestro accionar y sentir,  porque en el fondo los más perjudicados somos quienes permitimos que nuestro corazón se agrié a través del resentimiento, el enojo, o cualquier tipo de malestar.

Si somos capaces de sobreponernos cuando alguien nos agrede, nos lastima,  es porque no permitimos que el odio, el rencor o el enojo nos habiten, por el contrario dejamos pasar al entendimiento, a la razón, a los sentidos, para comprender el por qué de ese proceder, de modo de poder perdonar.  Quien perdona, no es que olvide, ni que traicione a sus sentimientos más profundos, simplemente decide no lastimarse así mismo, no dañarse, porque en definitiva ese era el cometido posiblemente del agresor.

Si uno está en paz con uno mismo y con los demás, no es que tenga amnesia y no recuerde lo que sucedió, simplemente es tener fortaleza y entereza para que las agresiones no lleguen a desestabilizarnos. Aunque es una de las premisas más difíciles de cumplir, porque ante la mínima agresión solemos reaccionar en forma casi inmediata, diría instintiva. Sin embargo, somos seres dotados de razón, de inteligencia como para poder tomar las riendas de lo que sucede, para ser quienes decidimos el estado anímico con el que queremos continuar nuestros días.

Cuando uno dice que perdona a alguien es que no le guarda rencor, es que las cuentas han quedado saldadas, y no hay motivos por los que irritarse o enojarse. Sin embargo, algunas veces suele ser un discurso que establecemos para salir del paso, pero con el correr del tiempo vemos que realmente no hemos perdonado, porque salen a luz rispideces o sentimientos que demuestran que en definitiva la situación no ha sido superada, es como si quedara una brasa prendida. Por lo tanto, es importante que apaguemos bien el fuego, y para eso nada como estar convencidos de que es un tema superado y pasamos la página. Desde luego que hay ciertas acciones que no tienen marcha atrás y dejan las relaciones resquebrajadas o marchitas, porque se produce un quiebre insalvable, pero la mayoría de las veces tiene que ver con ese enojo que logramos superar.

Y este enojo que no logramos superar tiene un coste emocional, cuando perdonamos debemos conocer nuestros límites y saber hasta donde somos capaces de llegar, hasta que punto estamos dispuestos a dejar pasar ciertas cosas, tener claro ese umbral anímico personal y también está relacionado con nuestra  autoestima y dignidad.

Algunas veces resulta que nos enfrentamos reiteradas veces con el mismo problema, entonces  es mejor afrontarlo y entender que no tiene solución.Perdonar no es sencillo, requiere de grandeza de espíritu, y realmente de una capacidad de superación importante.

Ciertas personas, suelen tener una “lista negra” en la que entran algunos individuos luego de actuar de determinada manera,  y si bien no se vengan de ellos, los ignoran por completo es como si se murieran en vida.  El enterrarlos puede ser un mecanismo de defensa, de intentar sobreponerse, pero dista de esta rosa blanca a la que hace alusión José Martí  en su poema, en el  que nos invita a acercarnos a la perfección, a un estado de consciencia superior, en el que podamos trascender cualquier tipo de circunstancias, para albergar en nuestro corazón amor y pureza.

Andrea Calvete


Cutlivo una rosa blanca

“Cultivo una rosa blanca
en junio como en enero
para el amigo sincero
que me da su mano franca.

Y para el cruel que me arranca
el corazón con que vivo,
cardo ni ortiga cultivo;
cultivo la rosa blanca” José Martí

“PINTO FLORES PARA QUE ASÍ NO MUERAN”

Día a día nos enfrentamos a un gran lienzo en blanco, en el que lentamente incorporamos colores, texturas, aromas, sensaciones y sentimientos que poco a poco quedan plasmados ese fluir que nos perfuma y ese accionar que nos despeina, en el que pintamos flores para que no mueran.

Al tomar perspectiva empezamos a descubrir que es lo que va quedando plasmado, y muchas veces nos sorprendemos, entrecerramos los ojos y descubrimos algo que ni siquiera se nos había pasado por la cabeza. Sí no es sencillo saber mirar, se puede ver como un gran miope, apreciar imágenes distorsionadas lejanas a lo que realmente son. Algunas veces esa falta de perspectiva y de visión por decisión propia, y otras por falta de valentía.

Al comenzar cada día empezamos así, con un lienzo blanco por llenar. El contenido dependerá de varios factores externos, pero me animaría a decir que un gran porcentaje guarda un nexo de dependencia con uno mismo, con esas ganas y entusiasmo que ponemos en cada amanecer.

En este lienzo se irán incorporando recuerdos, vivencias, que aparecerán como destellos de todo lo que ha pasado por nuestras vidas. También afloraran los desvelos, los anhelos y las preocupaciones. Porque todo lo que vivimos y lo que vendrá inexorablemente se ha de juntar en el único punto en el que transcurre la vida, que es el presente, pero que sin embargo no lo disfrutamos porque nos aferramos a lo sucedido o al futuro.

Experiencias inconexas, aparecerán dibujando esta hoja, a las que miraremos con asombro, porque no sabemos de dónde provienen, pero sin embargo, están allí ilustrando ese papel que dará lugar a nuestro día. Nuestro inconsciente acumula millones de experiencias que pronto se revelan y no les vemos demasiado sentido.

Los márgenes que dejemos hablarán de nosotros mismos, si nos apegamos al margen izquierdo es que no nos despegamos con facilidad del pasado, mientras que si nos recostamos sobre el derecho significará que siempre vivimos mirando el futuro. Y aunque parezca una gran paradoja, el tiempo más difícil es el presente, porque ocupados en el pasado y en el futuro no le dejamos transcurrir.

Como seres humanos cargados de virtudes y defectos, tantas veces dejamos que la balanza se incline para las sombras, impidiendo brillar a esos momentos que nos llenaron de luz y paz, que nos hicieron sentir bien con quienes nos rodean y con nosotros mismos. Por momentos, si miramos a la distancia, pareciéramos masoquistas nutriéndonos de nuestro propio dolor, pero es un tema relacionado en cómo asumir las situaciones, desde si es posible salir adelante, o quedar estancados en el problema.

A través del lienzo espatulamos ese camino que transitamos a tumbos, a ciegas, sin tener el control de lo que queremos y hacemos, porque no dejamos surgir al cuestionamiento, a la pausa para analizar ¿cómo continúa esta obra que pintamos día a día? Y este análisis quizás no sea realizado en forma fehaciente, no por desconocimiento, sino por temor a enfrentar determinadas situaciones difíciles de asumir, de comprender, aceptar y tolerar.

De este modo, al dejar plasmados día a día en ese lienzo nuestras vivencias adquirimos sabiduría. Según Lavater, para ser sabio “hay que aprender a interrogar razonablemente, a escuchar con atención, a responder serenamente y a callar” cuando no tengamos nada para decir. Para interrogar razonablemente, debemos permitir que la paciencia tome asiento a nuestro lado, dar paso al silencio de modo de serenarnos y ver las cosas desde una perspectiva clara. Escuchar con atención es brindarnos cien por ciento a quien tenemos delante de nosotros. Responder serenamente es no dejarnos llevar por el ofuscamiento, el enojo o la ira. Por último callar a debido tiempo es algo que nos cuesta muchísimo y requiere de un gran autocontrol.

Si bien el color blanco tiene un significado especial e intenta aclarar emociones y pensamientos, está relacionado con la búsqueda, con la paz interior. Sin embargo, es importante teñir nuestro lienzo de todos colores que están en nosotros y que surgirán asombrosamente de la mano de nuestro estado anímico, en el que una lucha constante dará lugar una paleta inmensa, donde los trazos y la textura serán parte fundamental de esta obra.

Habrá lienzos más completos, otros más inconclusos, algunos de mayor agrado otras no tanto. Algunos perfumados con notas silvestres como el sándalo, lavanda, tomillo, laurel… y romero, porque los aromas, como las notas musicales nos llevan a momentos especiales, que el corazón guarda y atesora con profunda riqueza. Así tendrá lugar esa permanente búsqueda que el ser humano hace día a día, al comenzar una nueva jornada, en forma casi automática e inconsciente.

Si nos detenemos un momento veremos que hemos llenado muchos lienzos en blanco, y que aún nos quedan muchas más por pintar, por plasmar con lo mejor de nosotros mismos. En la medida que tomamos consciencia de lo vivido es posible reparar en aquello que nos molesta, lastima, o no está como quisiéramos. Afortunadamente, cada día tenemos la posibilidad de revertir un gran número de acontecimientos y situaciones que forman parte de lo que somos y anhelamos.

Según Isaac Newton “lo que sabemos es una gota de agua; lo que ignoramos es el océano”. En tal sentido, esos lienzos forman parte de esa pequeña gota sobre la cual tenemos conocimiento en la medida que miramos, analizamos y reflexionamos sobre lo que hemos vivido y experimentado. Cada situación y persona por nuestro camino dejan huella en nosotros, una marca sobre la que tenemos mucho por aprender.

Respecto a lo que conocemos, Einstein dice que “cada día sabemos más y entendemos menos”, porque en la medida que dejamos entrar a la humildad en nuestra vida, comprendemos que nos resta muchísimo por aprender, entender y avanzar. El ser capaces de reconocer nuestras limitaciones, defectos, nos permite mirar con nuevos ojos lo que nos rodea, con una cabeza abierta a los cambios en un intento por superar un mundo plagado de egoísmo, donde prima el yo como palabra más corriente.

Y el comenzar a llenar ese lienzo día a día implica un gran desafío, porque cada día es un comienzo nuevo, en el que enfrentamos con valentía cada acto que sucede, por más que nos disguste o aflija. No todo es color de rosa, tampoco es blanco o negro, los matices están continuamente aflorando, en esa puja en la que toda la paleta de colores se presenta. Estar fuertes y capacitados dependerá de esa búsqueda personal y permanente que cada ser humano hace para superarse y crecer cada día.

Sin embargo, debemos batallar continuamente frente a una sociedad que nos da soluciones mágicas y efectivas para todos los problemas, posibilidades infinitas de comunicación, aparatos cada vez más sofisticados para todas la necesidades, olvidando que la necesidad básica está en nuestro interior, en el ser más profundo que debe ser nutrido constantemente, para lograr equilibrar esa gran cuadro que queda plasmado a lo largo de nuestra vida.

Parafraseando a Frida Kahlo “pintamos flores para que así no mueran” como parte de rescatar lo más maravilloso de cada instancia, las miradas más bellas, las caricias más gratas, los besos más exquisitos, las palabras más sinceras, el abrazo más fraterno, el cielo más notable, o día más perfecto… rescatando lo que nos hace florecer y crecer, aún lo que nos ha hecho sufrir porque de allí surgen las flores más bellas.

Andrea Calvete

¿POR QUÉ BUSCAR COMPLETARNOS EN EL OTRO?

¿Por qué buscar completarnos en el otro, sentirnos felices, plenos o dichosos? Algunas veces en forma inconsciente pretendemos hallar en el otro lo que no tenemos, lo que buscamos desesperadamente… lo que en definitiva está sólo en nuestras manos.

Generalmente incurrimos en este error porque al momento de conocer a una persona depositamos nuestras ilusiones y deseos, nuestros anhelos más profundos. Sin embargo, eso que buscamos está realmente en nosotros. Es imposible sentirnos completos, satisfechos o plenos si al mirarnos al espejo la imagen que refleja no es la que deseamos mirar. Y con esto no me refiero sólo a una imagen física, sino a un conjunto intangible que tiene que ver con sentirnos bien con nosotros mismos, satisfechos.

“Si nunca afrontas el miedo de dejar de ser como eres, nunca descubrirás la alegría de ser como puedes ser”, este desafío planteado por Nietzsche no es sencillo, pero tampoco es imposible. Los miedos no nos permiten enfrentar desafíos, ni vencer obstáculos. Ellos nos paralizan impidiendo avanzar o progresar. Sólo es cuestión de parecerse frente a ellos y enfrentarlos.

La valentía no significa no tener miedo, pues es una sensación natural de los seres humanos, lo importante es no permitir que ellos nos detengan el rumbo. Por el contrario, grandes personajes en la historia de la Humanidad tuvieron que enfrentarse a temores gigantes, pero aún en los momentos de mayor incertidumbre no se dejaron vencer, o intimidar por ellos.

Es cuestión de realizar un ejercicio mental que nos permita desafiarlos hasta vencerlos, en pos de descubrir todo aquello que reprimimos en nuestro interior, y no dejamos aparecer por el ¿qué dirán o pensarán?, quizás el primer paso sea entender que no importa lo que piensen los demás si nosotros estamos convencidos en lo que pensamos o sostenemos.

La seguridad en uno mismo es el primer paso para vencer los miedos, o al menos enfrentarlos. Pero el deseo vence al miedo, cuando lo que ansiamos o anhelamos es muy intenso, no existe nada que nos pueda detener, pues el deseo se interpone y se torna en un inmenso guerrero capaz de enfrentar cualquier situación.

De este modo, sólo será cuestión de intentar descubrir ¿quiénes somos?, porque algunas veces al mirarnos al espejo vemos imágenes que distan mucho de lo que realmente somos. Pero cabría preguntarnos ¿por qué sucede esto?, y las respuestas pueden ser múltiples, de acuerdo a las diferentes circunstancias que cada uno haya tenido que enfrentar en la vida.

Y el camino recorrido no es siempre fácil de mirar con objetividad, con franqueza, con valentía, porque algunas imágenes quizás no sean las que ansiábamos, o las que más nos agradan. Y lo que dista con lo que esperábamos muchas veces se convierte en un fracaso, que nos marca o al menos nos inquieta. Aunque es importante recordar que de las cicatrices también se aprende, porque son el producto de una situación de vida que vista en perspectiva puede ayudarnos a crecer y a fortalecer el desarrollo.

Lo que vemos y cómo lo vemos varía de acuerdo a las experiencias personales, la personalidad, y el toque subjetivo que dan nuestro cerebro y alma.

Asimismo, todo ser humano tiene sus contradicciones propias, a ellas debemos sumar las de quienes nos rodean. Y como cada día es un comienzo nuevo, es importante aceptar ¿quiénes somos y qué queremos?, y parte del camino se hará más llano.

Quizás, el desnudarse y mirarse a un espejo sin tapujos, sin ropas que incomoden o aprieten, no sea un ejercicio sencillo, dada nuestra educación, nuestros preconceptos, o simplemente el no querer ver algo que no estamos dispuestos a asumir. El encuentro con uno mismo es algo que si bien es necesario, requiere de una importante labor de introspección, no es sencillo de lograr, porque conlleva estar dispuestos a enfrentar una serie de desafíos.

El pararnos a conversar con nuestros defectos, nuestras fallas, nuestros relatos más íntimos, es una tarea complicada, que nos hace reconocer y ver lo que nos duele. Es siempre más sencillo ver las virtudes, las cosas positivas que tenemos, ya que lo negativo encierra de por si aceptar una negación, y ya allí comienza el primer problema, y es reconocer lo que no somos… y habrá tantas cosas que no somos y que sí esperamos o soñamos ser.

Según Goethe “el comportamiento es un espejo en el que cada uno muestra su imagen”, aunque algunas veces ellos no condicen con lo que pensamos o sentimos, porque el ser humano no siempre obra de acuerdo a lo esperado, o establecido, en él se dan una serie de situaciones internas y externas que lo llevan a actuar de formas inusitadas, complejas de entender, pero que a la larga tienen una explicación.

Pero si nos detenemos a mirar a nuestro alrededor, la mayoría de las personas viven desconformes, las que están solteras quieren casarse, las que están casadas quieren divorciarse, los que tienen una pareja estable ya se han aburrido, los que no la tienen están deseando tenerla… el que tiene poco quisiera tener más, y el que tiene mucho piensa que lo que ya tiene, lo ha sobrepasado y era más feliz antes cuando tenía menos, y entonces vivimos en un mundo donde la vereda del vecino para ser más fresca, confortable y segura.

Ahora bien, si lo de lo demás parece ser mejor, es un mal punto de partida. Lo que los demás tengan no me quita ni me agrega nada a mi vida, es importante saber ¿qué es lo que yo quiero, anhelo o ansío? Si tengo claro estos parámetros más sencillo será a la hora de mirarnos al espejo, porque no sólo voy a ver la imagen que desearía ver con claridad, sino la que se refleja y dista de ella.

Y en esta búsqueda personal, no debemos olvidar que somos seres que nos encontramos permanentemente condicionados a juzgar. Y nuestro juez interior es el causante de que aceptemos o rechacemos quienes somos. En tal sentido, es preciso adoptar un diálogo crítico, que nos permita confrontar lo que somos con lo que queremos o anhelamos ser.

Quizás alcancemos a ver “el reflejo del espejo dos caras” y ya no sintamos frío, entonces habremos aceptado quienes realmente somos, tal cual somos. Y aunque la autenticidad suele ser una virtud que escasea no está perdida, sólo es apelar a nuestros sentidos más íntegros, e intentar rescatarla de alguna parte, porque todos somos seres únicos y diferentes.

Esforzarnos por descubrir ¿quiénes somos realmente?, quizás nos lleve toda una vida, porque todos los días somos capaces de aprender algo nuevo, de descubrir nuevas sensaciones, nuevos estímulos, nuevas fallas, nuevos errores y aciertos, nuevos desafíos. Asimismo, cada día es un comienzo nuevo, en el que vamos cambiando, ya que nada se pierde todo se transforma, y es así que con nuestra actitud podemos reflejar una imagen mejor, sólo es cuestión de decisión, lo demás irá sucediendo con el devenir del tiempo.

Como arquitectos de nuestro propio destino no podemos esperar en el otro nuestra dicha o felicidad, por el contrario está en nuestras manos construirla al lado de quienes creamos suman y aportan en nuestros días.

Andrea Calvete



miércoles, 19 de septiembre de 2018

PRIMA VERA

El viento de Prima Vera  pasea por las calles y  los jardines, rapta a quien camina por sus aceras y los transforma en flor, al tiempo que Venus despeina los cabellos a los que se sumergen en la nueva estación.

La diosa romana del amor, belleza y fertilidad ronda entre las flores y los brotes que llegan a perfumar las mañanas. Mientras Mercurio el mensajero de los dioses aletea para que se pose entre las almas el espíritu de Prima Vera.

Un espíritu lleno de tonalidades y aromas, de perfumes que se pierden entre las flores, en el que los sentidos se abren a la vida, los deseos renacen luego de la quietud y pasividad del invierno. El sol sonríe a la vida, las nubes se esfuman, los ojos centellean mientras Prima Vera se pasea a través de la brisa.

Es una fiesta, en la que todo resurge, comienza un nuevo ciclo, se renueva la esperanza y la alegría, se cargan de energía los corazones abatidos, y los colores invitan a perderse en el arcoíris más bello.

Una monótona humedad envuelve a las horas dormidas en un sopor inmenso. Sólo algún pájaro se atreve con su canto a traspasar el silencio. En la tibia quietud el olor a tierra húmeda se mezcla con el perfume de las lavandas en flor. La perpleja armonía de la tarde se pierde sin quererlo en su gris apatía. Sin embargo, entreabre sus ojos somnolientos para florecer en las coloridas alegrías, mientras las rosas la perfuman sin más pretensión que la de realzar su belleza. Prima Vera y el verde renacer coquetea.

Andrea Calvete

sábado, 15 de septiembre de 2018

DEJARSE LLEVAR

¿Quién no ha cerrado los ojos y se ha dejado llevar? Dejarse llevar es de alguna manera fugarse a una dimensión única y apasionante, no es muy costoso ni sofisticado, algunas veces forma parte de trascender la realidad que asfixia o simplemente cansa porque es pura rutina

Si llevar… a ese lugar que se no accede por diferentes motivos, pero a través de ese instante nos permite viajar, volar y tocar parte de lo que parece lejano o inalcanzable.

Un instante en el que podemos andar descalzos, recorrerlo sin impedimentos, donde los deseos se cumplen , y las ausencias en una depresión se hunden sin reparos. Porque lo maravilloso de dejarse llevar es poder tomar contacto con lo que no es tangible, con lo que dista a nuestras posibilidades. Es permitirse crear unos instantes lo que la mente en forma maravillosa logra a través de la imaginación frondosa.

Dejar que la lluvia acaricie nuestros párpados cansados y abatidos, o que el silencio de alguna forma nos susurre al oído y nos trasmita lo que deseamos oír, dejando de lado las preocupaciones y los impedimentos.

Dejar que el niño que llevamos dentro vuelva a nacer, porque posiblemente esté adormecido por el transcurso de los años, por el impacto de lo cotidiano que lo bombardea y asusta.

Dejar que las dudas se hagan a un lado para que no pregunten ni se claven como estacas, y se silencien al menos unos instantes para que la mente camine distendida en el valle de la tranquilidad.

Dejar que lo que duele lo cure el olvido, y que por un momento caiga todo en un vaso vacío, es decir sanar lo que de alguna manera lo que nos lastima y oprime, como en un ejercicio en el que renazcamos a la vida.

Dejar que los recuerdos se borren en las olas que rompen en la orilla, para permitir que nos sorprenda un nuevo amanecer o una noche de luna llena.

Dejar que la melancolía se emborrache de alegría, y que el dolor se anestesie para que las lágrimas purifiquen este espacio que hemos conquistado.

El abstraerse a un espacio, requiere de involucramiento, entrega, creatividad, del convencimiento de querer navegar en las profundidades más intensas y desconocidas, para encontrar eso que no sé ve, tan intangible e infinito que la mente se perturba con el hecho tan sólo de no poder dimensionarlo.

En fuga se paran los deseos, los anhelos más profundos, en los que el tiempo y espacio pierden su identidad, porque es un momento en el que se traspasan minutos, sutilezas, hasta lo más minucioso queda desvanecido con ese goce que proporciona esa dimensión en la que nada duele, todo es dicha y placer.

Una dimensión en la que parecen contenerse los latidos y la respiración, en el que se abandona el cuerpo cansado y el alma dolorida y se los deja volar libremente, sin miedos, sin impedimentos, el viento sopla a favor, la luz brilla intensamente.

Quizás dejarse llevar a esa dimensión sea única y diferente para cada uno de nosotros, y seguramente la alcancemos de modos muy distintos, pero lo importante es llegar a ella en algún momento de la vida, para entonces abrir esa puerta que nos permita disfrutarla.

Andrea Calvete

CUESTIÓN DE CRISTAL Y PERSPECTIVA

El cristal a través del que vemos a los demás suele ser el mismo con el que nos vemos a nosotros mismos. Por momentos, con distorsiones importantes en cuanto a aumento y enfoque, otras empañado y humedecido por nuestro sudor y lágrimas. Así son las gafas que nos ponen ante nuestros ojos la realidad.

Hay quienes invierten porque estas gafas sean precisas, se toman el trabajo de adecuar el cristal a su visión, e intentan pararse desde donde tienen mejor perspectiva. Sin embargo, calibrar bien el enfoque es una tarea ardua y complicada, porque en ella entra la subjetividad que nos acompaña en cada acto de nuestras vidas.

En nuestra subjetividad tallan nuestras emociones, nuestros anhelos y deseos, nuestros enojos, nuestras frustraciones, nuestras represiones, todo lo que está a la vista y lo que se aloja en esas profundidades que no son accesibles. A todo esto debemos sumar que vemos en los demás lo que proyectamos desde nuestros deseos, y generalmente nos olvidamos que poco y nada conocemos de la persona a la que estamos observando.

Si nos ponemos a pensar a lo largo del camino lentamente nos vamos aproximando a ese yo interior que vamos descubriendo y puliendo lentamente, pero más allá del esfuerzo día a día se levantan velos que no sospechábamos que allí estaban y nos hallamos ante una nueva capa.

Probablemente, en la medida que nos acercamos más a ese interior profundo seamos más benevolentes o comprensivos a la hora de mirar a nuestros semejantes, o al menos tratar de entenderlos. Porque para poder ponernos en la piel de quien tengo al lado, primero tengo que conocer muy bien la mía.

Sin embargo, todo depende del cristal con que se mira. Por ejemplo, si nos cargamos de buenas intenciones al observar a alguien o algo, seguramente proyectaremos allí buena energía. De lo contrario, cuando teñimos de un color oscuro y negativo lo que miramos lo que finalmente vemos no resulta agradable a la vista y a los sentidos.

Es común decir o pensar te acepto tal cual sos, pero si nos detenemos a pensar suele ser una verdadera falacia, porque en el fondo cuando conocemos a alguien lo vemos del modo que deseamos o nos gustaría que fuera y, con el transcurso del tiempo, esa imagen inicial suele diferir con la que descubrimos.

Al principio las relaciones funcionan de maravillas, todas son virtudes, alabanzas, que al tiempo se desvanecen al enfrentar nuestros deseos con la realidad. Y cuanto más difieren se incrementa el descontento que sentimos con esa persona que estamos conociendo.

Generalmente, tendemos a colonizar al otro, en el afán de que se apruebe lo que pensamos, sostenemos o creemos, sin ver que el hombre del hombre necesita, que nos complementamos aún en las disidencias

Es frecuente que sin darnos cuenta nos encontremos moldeando a las personas que tenemos al lado, a nuestra imagen y semejanza, olvidando que cada persona en un ser único e irrepetible, con sus gustos, deseos, anhelos, virtudes y defectos. Quizás un buen punto de partida es decir que todos somos seres portadores de un alma que nos iguala como seres que habitamos un planeta y una galaxia, pero nos diferenciamos desde cada particularidad que nos caracteriza y distingue.

Ramón de Campoamor dice: «En este mundo traidor / nada es verdad ni mentira / todo es según el color / del cristal con que se mira». Es decir que a través de nuestra mirada sobrevuela el subjetivismo, la arbitrariedad, el relativismo. Referido a ese mundo traidor nos muestra que no siempre se puede confiar ciegamente en lo que vemos, porque día a día todo se transforma y cambia. Si bien la desconfianza no es un parámetro que nos conduzca a senderos certeros, nos permite sin embargo cuestionarnos y detenernos en determinados puntos para poder entonces ajustar esos cristales a través de los que observamos pasar la vida.

Es a través de las gafas que percibimos a quienes nos rodean, les damos consejos y opinamos convencidos que lo que decimos es lo que el otro precisa escuchar y es lo que le va a servir. Sin embargo, nos olvidamos de un pequeño y gran detalle que es que observamos a través de nuestro cristal miope y subjetivo que dista mucho de lo que es la realidad de la persona que tenemos al lado, a la que podremos acercarnos en la medida que ella nos lo permita, pero siempre desde nuestro lugar y perspectiva

Andrea Calvete



sábado, 8 de septiembre de 2018

NUBES DE CONTRADICCIONES 2

Toda contradicción encierra una dulce y amarga sensación, en donde se produce un tironeo absurdo, inexplicable, en el que pareciera que se agotan los recursos, escasean los minutos porque se dilucide o aclare la disyuntiva.

Querer lo imposible, aún sabiendo que es una necedad porque los nubarrones negros se avecinan. Sin embargo, el corazón no deja de albergar una pizca de esperanza. Posiblemente, fundada en un deseo profundo que dista con lo que en realidad está a nuestro alcance.

Quizás lo posible suceda y el imposible desaparezca, o por el contrario lo posible se desvanezca cuando el imposible se asome. Será cuestión de perspectiva, de instalarse en la línea en la que el equilibrio se produzca, pero alcanzará con pisar levemente fuera del lugar para sentir que el tironeo surge, y el desequilibrio tambalea.

Así andan las almas deambulando en sus nubes de contradicciones perplejas, algunas veces insondables, otras difusas y sin el más mínimo sostén que les dé cabida, excepto su propia y despiadada existencia, desbordada de deseos contrapuestos a deberes, de posibles enfrentados a irrefrenables imposibles.

Deseos, deberes, posibles, imposibles… parte de los minutos de este reloj que no para, aunque por momentos quisiéramos detenerlo unos instantes tan sólo, para poder sortear esa contradicción que nos rodea, que nos carcome la cabeza y nos abarrota los pensamientos.

Las contradicciones andan en pareja, e intentan besarse, acariciarse, abrazarse, para borrar esa perplejidad que las aleja, como en una perfecta fusión en que lo terrenal y espiritual logren tocarse con suavidad y esmerada delicadeza.

Flotan en el aire, se deslizan misteriosas por las noches en la que los desvelos se aproximan, o en los atardeceres donde los sueños se esfuman en el horizonte. Se esparcen en el corazón cuando late con arritmia, y el pulso intenta escapar de ese ritmo disonante que lo asfixia.

Con su halo de enigma juegan a esconderse, se burlan entre sí, largan carcajadas, mientras quedamos absortos en su juego perfecto y misterioso, como simples prisioneros de sus caprichos, o deseos, a la espera que una prevalezca sobre la otra.

Andrea Calvete

EL TRÁNSITO DEL INTENTO

Intentar es esgrimir argumentos, es transitar por los terrenos rocosos de las dudas, es despeinar al tiempo, es burlarse de las sombras, es reírse de los miedos, es buscar donde las posibilidades habitan y los imposibles se asoman con un gran sombrero.

Cada intento por avanzar, escurridizo o quieto, se esculpe en el cielo de las oportunidades, algunas veces tormentosas y esquivas. Aunque queramos recordarlos basta una mera desilusión para enviarlos al cajón del olvido. Sin embargo, cada intento fallido es una luz tenue en el callejón de los tropiezos.

El intento se compone de anhelos, de expectativas, de esfuerzos, y surgen cuando uno se remanga la camisa y pone manos a la obra. Algunas veces nos agarran con muchas fuerzas, bien preparados, otras nos enfrentamos a ellos tímidamente porque realmente no confiamos demasiado en que sean posibles, y allí aparece desafiante el fracaso. Generalmente cuando dudamos se resquebrajan o desvanecen.

Intentar es palpar lo áspero y lo suave, lo tangible e intangible, para poder acariciar todas las texturas posibles. Es lograr descubrir los colores, los gustos, los aromas, los sonidos existentes y los que aún no se han revelado porque se esconden misterios a la espera del que vuela.

Los intentos son parte de nuestro accionar, de ese abanico de encrucijadas, de esas decisiones que tomamos y que no siempre son certeras. Como un florido ramillete cuelgan de ese árbol de vida que crece frondoso en la medida que no olvidamos regarlo.

¿Quién no ha intentado algo en la vida? ¿Quién no se ha jugado por alcanzar un sueño, por tocar esa vereda en la que el sol habita? ¿Quién no ha escuchado su voz interna?... Posiblemente todo lo hayamos hecho, con mayor o menor éxito, pero los frutos del intento no son lo importante, sino la intención que en ellos ponemos, las ganas, el entusiasmo como motor de ese accionar que nos conduce.

Intentar es una búsqueda latente que no requiere de nombre, de forma o palabra que sirvan de testigos. Los intentos son auténticos y puros cuando nacen sinceros desde alma. No importa si se alcanzamos la meta proyectada, porque la meta es un largo camino en el que cada día continuamos el viaje.

Andrea Calvete




domingo, 2 de septiembre de 2018

REGIÓN DESCONOCIDA

Cualquier disparador es válido a la hora de comenzar unas líneas. En este caso al observar las lecturas en mi blog, pude apreciar que habían ciertos lectores que según indicaban las estadísticas provenían de una región desconocida. Entonces me pregunté: ¿Desde dónde se conectan, en qué parte del mundo habitan, cuáles son sus costumbres, su idioma, su día a día?

A través de un teclado nos comunicamos con personas que probablemente no veamos cara a cara en la vida, sin embargo a través de un texto, foto o publicación llegamos a tomar contacto, un gran desafío y también responsabilidad. El hecho de que alguien haga esa pausa para leernos, observarnos, de modo de reflexionar y pensar, es una posibilidad única que lleva a trascender el lugar desde donde uno puede expresarse.

La región más desconocida, solemos ser nosotros mismos, una caja de pandora, un baúl de posibilidades que algunas veces es tan difícil de acercarse, por miedos, por temores o simplemente por no querer asumir lo que verdaderamente somos o anhelamos.

En un rincón oculto se halla lo que desearíamos ser, lo que en nuestro yo más íntimo brega por surgir, por tocar ese universo al que aún no ha podido vislumbrar, pero que intuye que existe. Sin embargo, más allá de lo que desconocemos de nosotros mismos, al observar a quienes nos rodean sabemos muy poco, intuimos, o aderezamos a piacere lo que creemos o anhelamos que tengan. La gran mayoría de las veces lo que trasladamos a esas personas tiene que ver con nuestros deseos íntimos y personales, y es así que al conocerlas verdaderamente nos encontramos frente a seres totalmente desconocidos que distan de lo que imaginábamos.

Existen tantas regiones desconocidas, que nos gustaría descubrir, apreciar, comprobar, y no sólo me refiero a superficies terrestres, sino a ámbitos en los que quizás podríamos transitar y desafiar nuestras habilidades, conocimientos e intelecto. El ser humano tiene la opción de llegar a los lugares más recónditos, a través de la creatividad, la imaginación y el misterio puestos al servicio de alcanzar esos sitios por los que nos dejamos sorprender o estamos dispuestos a descubrir.

“El hombre es la única criatura que tiene una parte de su existencia en lo desconocido, en el futuro, como una sombra proyectada delante de sí. Que todo el tiempo intenta atrapar esa sombra escurridiza, habitar en la imagen de su esperanza”. La edad de hierro (1990), J. M. Coetzee

De eso se trata alcanzar la región desconocida, estar dispuestos a dejarse sorprender, a descubrir nuevas posibilidades, desafíos, aromas, sonidos, colores, texturas, gustos… de la mano de lo onírico que nunca puede faltar si estamos convencidos de elevar las alas y volar hacia esa región a la que aún no hemos llegado. Afortunadamente, de eso se trata el devenir de un cambio continuo y permanente que nos invita a no quedarnos estáticos, a descubrir posibilidades en forma continua.

Andrea Calvete



sábado, 1 de septiembre de 2018

LOS HIJOS DEL VIENTO

Los hijos del viento brillan a través de sus mentes, se elevan con las alas de ilusiones iluminados por su creatividad e inteligencia. Están convencidos de que todo y nada son dos vocablos efímeros, mientras que siempre y nunca se escurren como arena entre las manos. La certeza los sorprende, la incertidumbre los acaricia, y un halo de misterio los acompaña dispuestos a dejarse maravillar por el nuevo día.

Surgen con ellos el aleteo de la libertad, los cielos de estrellas y los horizontes llenos de utopías. Los colores infinitos de las ideas, los sabores especiales de las noches de luna llena, los atardeceres de esperanzas naranjas, y los lilas de los sueños los cincelan. Así nacen los hijos del viento.

Con su halo enigmático el viento llega sin anunciar, “sopla de donde quiere lo escuchamos pasar, no sabemos de dónde viene ni a dónde va”. Del mismo modo, nos invita a ser libres más allá de nuestro origen o destino, nos permite unirnos a esos hijos que recolecta en su camino.

Hay quienes lo sienten pasar y se niegan a dejar que su aire los purifique, o que su brisa los acaricie, o simplemente no se dejan despeinar por su imprevista llegada. Sorprenderse gratamente por su arribo es como renacer en un día de primavera.

Los que no se amarran o se esclavizan son hijos del viento, de su tiempo volátil, de su aleteo extenso, de sus pupilas brillantes y de sus ojos bellos. Como sus descendientes saben honrar el vuelo, para elevarse lento y divisar que es posible un preciado universo.

Los hijos del viento no se prohíben los sucesos, pues es en ellos está la decisión, el camino a seguir por propio convencimiento. Cabalgan por las orillas de las olas que rompen fervorosas en las doradas arenas. El tiempo no los retiene, descalzos caminan sobre distintos suelos, nada los ata o aprisiona, si hacen una pausa la disfrutan porque conciben la vida como una celebración.

Quizás todos seamos hijos del viento, semilla de su vuelo y aroma de su esencia, de ese planear por nuevos cielos sin barreras.


Andrea Calvete