viernes, 29 de enero de 2016

INESPERADO AMANECER

Reflejos de la aurora perfilaban en el espejo. Los tonos rosa y el trinar de los pájaros se entremezclaban con sus sueños aún profundos. Una leve brisa invadía con frescura la habitación. El despertador estaba por sonar, sin embargo, Antonella no podía abrir sus ojos, lo que soñaba era demasiado hermoso para interrumpirlo.

No siempre los sueños tienen esa suerte de hacernos grata la noche, algunas veces se convierten en una verdadera pesadilla como parte de un plan caótico, y estamos deseando despertarnos. Sin embargo, la placidez de Antonella era como la de un niño que duerme profundo.

La música no paraba de sonar agradable y contagiosa, las risas y las conversaciones abundantes, pero no desagradables. Todos vestían de gala, el aire festivo inundaba la velada. Antonella estaba complacida de estar allí bailando y riendo, en realidad se encontraba rodeada de gente a la que nunca había visto, sin embargo la hacían sentir feliz.

La felicidad había quedado lejos de la realidad que la circundaba, de las miradas que día a día le quitaban un poco de aire, o de los que con sus palabras la herían o enfrentaban. Esta fiesta era parte de la magia que había desaparecido de sus días.

En este sueño todo era posible, no existían impedimentos ni barreras, y si por casualidad aparecían, un toque de color y alegría las borraba como el pincel cargado de óleo se funde en el lienzo del artista, contagiando magia y fantasía.

Sin darse cuenta se encontró bailando en el medio de una pista llena de gente y bebiendo champagne, saboreándolo al ritmo de la música. “¡Qué placer estar aquí, disfrutando de esta noche maravillosa, acompañada de gente increíble!” dijo Antonella para sí.

Habían quedado atrás las preocupaciones, los miedos, los desengaños, los enojos, las dudas y aquel llanto que le oprimía el pecho. No lo podía creer, se sentía otra persona.

De pronto, la tomó de la mano un joven de ojos claros, con mirada penetrante y sincera le dijo: “¿Bailamos?” El ruido de la música no les permitía demasiado diálogo, sin embargo parecía que se conocían de hacía mucho tiempo.

De pronto, el despertador la trajo a la realidad, era hora de levantarse, desayunar e ir a trabajar. Con pocas ganas, Antonella se levantó y empezó su día.

Camino al trabajo, en el ómnibus, vio al muchacho con el que había soñado, el que la había seducido lentamente durante toda la noche en la fiesta. No lo podía creer, le clavó la mirada en forma reiterativa. Un poco avergonzada por la insistencia desvió la vista.

Unos minutos después alguien le pidió permiso, era el joven de los ojos claros, que se sentó a su lado. Quedaban veinte minutos de camino hasta el trabajo de Antonella que transcurrieron en un abrir y cerrar de ojos. Próximo a su parada, se despidieron y quedaron contactados para seguir el diálogo.

Andrea Calvete