martes, 19 de enero de 2016

¿EL ÓRGANO MÁS SENSIBLE?

La literatura, música, filosofía, artes plásticas y otras disciplinas apelan al corazón para hablar de sensibilidad. Sin embargo, en el diario vivir este poético argumento pierde sentido, cuando se busca en el bolsillo de la gente.

El corazón si bien es un órgano noble, que habla de la autenticidad y bondad de las personas, no siempre logra caminar sin ser conmovido por las cuentas que llegan todos los meses e inevitablemente son parte de nuestras preocupaciones.

Según doña María “el órgano más sensible del ser humano es el bolsillo”. Impacta esta afirmación, pero si nos detenemos a analizarla pronto veremos que no deja de estar tan lejos de lo que nos sucede diariamente.

Antes de entrar en el análisis, cabe resaltar que la avaricia lleva a tener un cocodrilo en el bolsillo, que cierra sus dientes ferozmente antes de desembolsar un centésimo.

“El avaro” de Moliére escrito en el siglo XVII ya habla de ese órgano sensible llamado bolsillo. Una historia en que sale a luz el lado más mezquino y egoísta de las personas, la avaricia.

Las personas avaras suelen acompañarse por la soberbia y vanidad que les nubla la vista y el corazón, por lo tanto, se les cierra la billetera a la hora de tomar cualquier decisión.

En la historia de la humanidad, casamientos realizados por dinero, conveniencia, intereses, caminos truncados, seres frustrados y personas en el fondo insatisfechas, son producto de decisiones tomadas por el bolsillo.

Vivimos en un mundo donde se nos mueve como marionetas por hilos, en que la mayoría de las decisiones tomadas llevan consigo un movimiento de dinero. A esta altura suena utópico vivir sin comodidades, confort y tecnología que ya son parte de los elementos que nos acompañan desde que nacemos.

Sin embargo, recuerdo con mucha gratitud a mis padres que siempre tenían un plato bien servido para cualquier persona que nos visitara. No se crean que éramos una familia pudiente, apenas llegábamos con el sueldo de mi padre a fin de mes.

Esa generosidad trasmitida por mis padres con su accionar, me sirvió para sentir lo maravilloso que es dar desde el corazón, sin esperar nada a cambio, sólo sentir que hicimos todo lo mejor que pudimos.

Algunas veces, cuando uno se pone a mirar el camino recorrido piensa y analiza. En mi caso, puedo decirles que el corazón siempre pudo más que el bolsillo en cualquier decisión, desde luego económicamente no salí favorecida, pero no me arrepiento.

Como les decía, no podemos escapar a la sociedad de consumo que nos circunda, sin embargo podemos priorizar qué es lo que dados nuestras convicciones creemos son elementos prioritarios en el camino.

Parafraseando a Alejandro Jodorowsky: “Otorga a cada palabra raíces en el corazón”, del mismo modo las decisiones que tomamos a cada instante deberían recurrir a estas raíces para que crezcan sólidas y con buena base.

Lo que rompe la vista es cuando alguien que tiene mucho para dar sea incapaz de dar lo más mínimo, y no me refiero sólo a bienes materiales, sino también a tiempo, cariño, afecto, comprensión, es decir cosas intangibles pero igualmente necesarias.

Algunas conductas se corresponden a años de sufrimiento, padecer necesidades, o simplemente el haber sido educados de determinada forma. Igualmente me parece que poco justifica al que cierra su bolsillo con candado y se hace inconmovible.

Duele el corazón cuando algunas personas que poseen o dirigen grandes corporaciones y gozan de un excelente nivel económico pagan sueldos miserables y siguen por la vida sin que se les pare un pelo cuando alguien muy cercano tiene un problema económico.

La sensibilidad de este “órgano llamado bolsillo” nos afecta a todos de diferente manera, pero en algún punto del camino nos ocurre que tenemos que tomar alguna decisión importante en la que él se hace presente y nos dirige el camino.

Es común también que lo que hacemos a veces no coincida con lo que pensamos, y aquí también el dinero tiene su peso.

Ojalá que en nuestras decisiones el bolsillo no sea nuestro principal guía, sino nuestras convicciones, sentimientos, anhelos, los deseos más profundos, para que la fidelidad entre lo que creemos y hacemos se mantenga intacta, y así poder caminar con libertad y alegría.

Andrea Calvete