miércoles, 6 de mayo de 2015

LOS NUDOS DE MATILDA

Los hilos se fueron entrelazando poco a poco, el tejido tomó forma y el tramado dejó ver las huellas, los errores, los nudos más tirantes, los más flojos, así como las imperfecciones más pequeñas, todo surgió sin excepción.

Los puntos tocaron la piel, acariciaron las palabras que quedaron atrapadas en el tejido testigo de leños crujientes, fuegos chirriantes, fuertes latidos y suspiros. Apretado y flojo, el tejido denotaba cierta paradoja; ampliada por los vientos que habían soplado desde diferentes puntos cardinales, por momentos llenos de pasión, en otros cargados de indiferencia y hastío. También quedaron impregnados con total libertad todos los pensamientos que surgieron mientras artesanalmente se entrecruzaban los hilos. El pensamiento, un rincón donde las alas de libertad nunca se cortan.

Caprichosamente, los diferentes hilos comenzaron a enredarse, a anudarse, fue como una bola de nieve. El nudo se hizo más y más grande… ¿Cómo desenredarlo? En términos cotidianos lo más sencillo es cortar lo anudado y empezar de vuelta; pero Matilda no sabía de laberintos no resueltos, de soluciones imposibles, le llevaría mucho tiempo, pero continuaría destejiendo el enredo hasta que los hilos quedaran prontos para entrelazarse nuevamente.

Con mucha paciencia, tesón, día a día tomo asiento en el sillón de hamaca y a través del suave balanceo se calmó para poder desanudar tramo a tramo el tejido enredado. Las horas transcurrieron en silencio, en un profundo compromiso. Así las brazas de la estufa de leña fueron testigos oculares del esfuerzo de Matilda que venció uno a uno los obstáculos, se enfrentó a los miedos, a los cuestionamientos, a las voces que ferozmente estropeaban su trabajo.

En el paraíso de sus pensamientos Matilda deshizo los nudos, la posibilidad de vuelo de las ideas le permitió llegar hasta donde nunca había llegado, fiel a sus convicciones más profundas y certeras que la habían acompañado a lo largo de su recorrido.


Andrea Calvete