miércoles, 23 de febrero de 2011

“LA SENCILLEZ Y NATURALIDAD SON EL SUPREMO Y ÚLTIMO FIN DE LA CULTURA”

Por Andrea Calvete

La cultura está compuesta por la información y las habilidades que posee el ser humano, pero si en el afán de acrecentarla olvidamos ser humildes, honestos y bondadosos ¿de qué nos sirve alcanzarla?

Y por eso, nunca más acertada la frase de Friedrich Nietzsche, “la sencillez y naturalidad son el supremo y último fin de la cultura”, pues con estos dos valores podremos compartir lo que hemos aprendido, de lo contrario la arrogancia, la altanería, se pararán en el camino obstaculizándonos la visión, de modo que no será tarea sencilla trasmitir nada de lo que somos, si en definitiva nos cerramos en un mundo plagado de egoísmo, donde prima el yo como palabra más corriente.

Sin embargo, independientemente a los distintos grados de cultura, lo fundamental será el ser que se esconde tras ese conocimiento, cargado de valores auténticos, no teñidos por posturas, o posicionamientos, pues quien se vale de lo que tiene o es, para demostrar desde donde habla, muy pequeño ha de quedar frente a quien lo escucha.

Por el contrario, quien hable desde lo que es sin arrogancia, con humildad, desde su corazón mismo, llegará con su mayor o menor grado de cultura a cualquier persona en el planeta, pues lo hará de su integridad humana. Y la integridad se pierde muchas veces cuando los individuos sienten que todo lo han alcanzado, pues no terminan de ver que se les aproxima un precipicio enorme, en el que caerán solos con su enorme ego que les imposibilita ver más allá de sus narices.

Los libros aportan conocimientos, los cargos jerarquía, los títulos trabajo y preparación, pero de nada valen ninguno de ellos si a la hora de ponerlos en práctica no afloran los verdaderos valores humanos, que hacen al hombre: honesto, tolerante, humilde, generoso, honrado, prudente, responsable y agradecido. Atributos tan importantes que si se pierden de vista, no tendrá sentido educar o enseñar a las generaciones venideras.