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SÍNDROME DE LA RANA EN LA OLLA DE AGUA

La dignidad humana no tiene precio, el único: la voz de nuestra propia conciencia. Por eso, más vale permanecer “un minuto de pie que una vida de rodillas”, y no caer en el trillado síndrome de la rana en la olla de agua.

Una fábula utilizada en marketing para dar a conocer los errores en que incurren las empresas, pero que no deja de tener correlación con lo que nos ocurre a las personas en nuestro diario vivir, que al igual que la rana nos vamos acostumbrando lenta y gradualmente a cosas que no tienen ni pies ni cabeza y finalmente las terminamos aceptando.

El ejemplo de la rana consiste en colocarla en una olla donde la temperatura del agua se va incrementando gradualmente hasta que se cocina en ella. De lo contrario, si se la introdujera en una cacerola con el agua en ebullición, la rana saltaría instintivamente, como forma de conservar su vida.

Y en el caso de las empresas llegan a los abismos más grandes sin ser conscientes de sus errores, incurriendo finalmente en decisiones que no eran las previstas o deseadas. A las personas nos suele ocurrir lo mismo, nos acostumbrarnos al mundo que nos rodea y terminamos aceptando, haciendo cosas que realmente no eran ni lo que soñábamos o deseábamos.

Si miramos detenidamente, podremos ver tantas cosas que no nos gustan, que distan de lo que habíamos previsto para nuestras vidas, tantos proyectos truncados, tantas voces no escuchadas, tantos actos en los que no quisiéramos estar involucrados, pero finalmente lo estamos.

Las personas rápidamente nos acostumbramos a estímulos predecibles y constantes. De este modo, lo habitual sin variantes finaliza con el acostumbramiento, y sólo capta nuestra atención aquello que nos irrita o nos molesta. Es así que al adaptarnos, llegan menos mensajes a nuestro cerebro.

Generalmente, cuando un estímulo se repite sin cambio, nuestra respuesta de adaptación disminuye, aunque las personas creativas se habitúan menos a los cambios, les cuesta más tiempo, y sin embargo contrariamente prestan mayor atención a los estímulos que se repiten, o aquellos que perciben habitualmente.

Y más allá de nuestra forma de ser, a la larga todos nos habituamos a estímulos y situaciones que pasan casi desapercibidas, porque ya no son algo que despierten nuestro interés o atención. 

Probablemente, si intentamos no perder el entusiasmo, el dinamismo, el poder creador, la imaginación, el sentido del humor, nos mantengamos atentos, activos, dinámicos para que cada día sea diferente, para que tenga un componente nuevo que nos sorprenda y anime.

Y a propósito de esto comparto un cuento que se titula "Perdiendo el control", donde un hombre ya no le ve sentido a nada, y arrastra su vida, de la casa al trabajo sin el menor entusiasmo.

PERDIENDO EL CONTROL

Corría la mañana y José Sauer ya se veía muy cansado, sin ganas de nada. Perdido en un letargo miró hacia la ventana y vio a la gente caminando apurada por 18 de Julio, porque era la hora de entrar a trabajar. Los observó aturdido y suspiró.

De pronto, oyó una voz que le decía- José no puedes seguir así, es hora de que reacciones, se te está yendo todo de las manos- a la que José escuchó confundido.

Si José, a vos te hablo- repitió la voz ya en tono más fuerte.

José ya no sabía si era la voz de su conciencia o se estaba volviendo loco, lo que sí estaba seguro es que era la segunda vez que aparecía.

Entonces contestó- ¿qué es lo que quieres, acaso yo te he molestado en algo, porque si no lo sabes tengo unos días fatales?- dijo algo perturbado.

Por eso mismo, estoy aquí- dijo la voz- para hacerte entrar en razón, te estás secando en vida y estás perdiendo todo lo que más quieres, ya no se te ve sonreír nunca, sin embargo rezongas todo el día como un viejo gruñón.

- Es que estoy harto, de que en la empresa las cosas no salgan como esperaba. Mis hijos siempre están encerrados en sus cosas y ya casi no me hablan. Mi mujer apenas me escucha, comparte alguna comida y de mala gana. No sé qué hacer, estoy sin ánimo de nada, todo me da igual, y para peor si enciendo la tele las noticias me deprimen: guerras, peleas y rapiñas. Y me voy a cenar de un pésimo humor- dijo José abatido.

- La rutina mata muchas cosas, nos acostumbramos y no vemos que perdemos nuestra capacidad de asombro, de escuchar, de hacer cosas nuevas. Te propongo que intentes todos los días realizar un pequeño cambio con tu familia, con la empresa y con vos mismo, para sentirte útil, eficiente, que estás vivo- dijo la voz en forma conciliadora.

- Tienes razón, no sé porque no lo vi antes, hace mucho tiempo que parezco un muerto en vida, voy como un autómata de aquí para allá sin importarme demasiado nada, sólo cumplir con lo que tengo establecido.

Pasaron tres meses y la misma voz volvió a aparecer. Ya en la oficina se podían ver algunos cambios en el mobiliario y en las paredes, parecía que un toque de luz y alegría hubiera entrado por la ventana. José sentado en su escritorio, lucía mucho más joven vestido de colores claros, y su rostro ya no irradiaba tristeza, sino paz y alegría. Entonces surgió nuevamente la voz.

- Hola José veo que no ha sido en vano mi intervención, has cambiado notoriamente y para bien, no me importa lo que hayas hecho, veo que los resultados son los que yo buscaba, te felicito, y te digo que sigas así con esta vitalidad contagiosa.

- José contestó- Gracias querido amigo si no hubiera sido por ti, creo que a esta altura, no tendría empresa, ni familia, y estaría deambulando por las calles fuera de mí, totalmente sin control. Me ayudaste muchísimo, ahora cuando me encuentro con una persona en ese estado de apatía intento hacer lo mismo que hiciste tú.

Y como si nada hubiera pasado sonó el teléfono y José siguió trabajando, cargado de energía y dejando que la luz que entraba por el ventanal lo llenara de ganas de llevar a cabo su día de la mejor manera.

Y es que como José tantas veces nos vemos estancados, sin ánimos, sin poder reaccionar, sintiéndonos mal con nosotros mismos, y viendo que ya todo poco nos importa. 

Por lo tanto, para no dejarnos cocinar en nuestra propia agua, no debemos perder la dignidad, que nos permite mirar a los ojos sin miedo, con valor y con paz interior. En la medida que ella se mantiene intacta, resulta más simple mirar a nuestro alrededor. Un supuesto o una meta un tanto idílica en estos días, pero igualmente vale la pena el intento. Todo tipo de armas son utilizadas en su contra, pero está en cada uno la fuerza de voluntad y el total convencimiento por mantenerse firmes ante la lucha.

Y la dignidad generalmente va de la mano de la autoestima, tan necesaria para tomar decisiones precisas, convencidos de que estamos haciendo lo mejor, seguros de que somos capaces de llegar tan lejos como nos lo propongamos.

El sometimiento deja un sabor amargo, un retrogusto a infelicidad. Por supuesto, que en el diario vivir no es sencillo nos vernos obligados a realizar cosas que nos disgustan, y que van en contra de lo que pensamos y sentimos, de no ser así creeríamos que hemos llegado a la isla de la fantasía.

Eladia Blázquez manifiesta que “merecer la vida no es callar y consentir tantas injusticias repetidas... Es una virtud, es dignidad y es la actitud de identidad más definida”, en definitiva es ese no ponernos de rodillas, es decir basta, es ser fieles con lo que pensamos y sentimos.

Cabe cuestionarnos: ¿es que nos hemos acostumbrado a esos pequeños cambios graduales que se suceden a diario y que nos someten sin darnos cuenta a la sumisión, a postergar nuestros valores?, probablemente ante situaciones drásticas nos antepongamos rápidamente a ellas dado que nuestra reacción es inmediata, casi instintiva.

Vale la pena analizar dónde nos encontramos parados, pues posiblemente no tengamos conciencia de cuantas veces somos manipulados, sometidos, debilitando nuestra dignidad y, en definitiva, nuestra propia autoestima.

Es cuestión, de tomarnos unos minutos para analizar cuántas decisiones las tomamos desde el conocimiento, de la fehaciente convicción de que es eso lo que queremos para nuestras vidas. Y solemos ser rehenes de nuestros miedos, del qué dirán, de lo que se usa, de lo que no, de lo que vende, de lo que sirve, de lo que marca la diferencia, de lo que nos puede distinguir. En definitiva, no somos lo que quisiéramos porque la civilización moderna nos marca un destino a seguir.

También nos cargamos de información, de teorías, de fórmulas, que suelen ser ideales para aplicar en cualquier instancia de nuestras vidas, pero que sin embargo, llegado el momento, solemos dejarlas en un cajón bien guardadas, porque pierden su valor cuando se trata de uno mismo.

Y para no caer en nuestra propia rutina y quedarnos estancados es fundamental decir sí o no cuando debemos, aún cuando se nos pongan en contra muchas personas. Porque significa que luchamos por lo que queremos y creemos necesario. Y no hay nadie mejor que nosotros mismos, para juzgar ¿qué decidir, por qué?, lejos de los cuestionamientos, críticas, o criterios diferentes. Los seres humanos todos vivimos situaciones personales y distintas, absolutamente válidas, que nos llevan a proceder de determinada forma.

Quizás lo primero que debamos comprender, es que a la hora de juzgar a alguien primero debemos mirarnos a nosotros mismos, y ver si ya no nos hemos empezado a cocinar como la rana en nuestra propia vida, opaca, sin brillo, llena de pozos, de errores, de situaciones por mejorar y cambiar.

Todos cometemos errores, y es sencillo mirar la “paja en el ojo ajeno” sin ver la nuestra. Porque es duro reconocer nuestras debilidades, nuestros defectos, nuestras miserias, nuestros secretos más íntimos, en definitiva admitir aquello que nos duele o no nos gusta de nosotros mismos.

El problema es que lo que nos molesta y nos desagrada, solemos no verlo, lo llevamos al lugar más profundo, quizás a nuestro propio inconsciente, en un afán por superar las situaciones indeseadas y vivir más tranquilos. Algunas veces, es un sistema de escape que los seres humanos solemos disparar para sentirnos bien, aliviados, pero no llegamos a ver que por más que esté escondida, ésta es la realidad que nos circunda.

Asimismo, el propio ritmo de vida no nos da margen a cuestionamientos, reflexiones o dudas, todo se debe hacer con prisa, y cada día se suman más tareas a la lista de cosas que tenemos que alcanzar. Y de pronto, nos vemos agobiados, como un callejón sin salida bastante cansados, y ya poco nos inmuta lo que sucede alrededor, porque ya no podemos enfrentar ni lo que nos pasa en nuestra propia vida.

Por lo tanto, es importante hacer una pausa para pensar y analizar ¿cómo enfrentamos nuestros días? ,¿con qué nos responsabilizamos, con qué no? Además ser capaces de discernir y ver si las decisiones son tomadas en forma consciente y espontánea, o son producto de lo que los medios de comunicación y la sociedad en general nos imponen, o simplemente del negar ver nuestra propia realidad. Y con esto quiero decir apostar a ser nosotros mismos, lo más libres de estigmas, prejuicios, preconceptos o normas preestablecidas, a la vez de despegarnos de esas rutinas que parecen dejarnos atrapados sin salida.

Entonces para no cocinarnos en nuestra propia vida, propongo mirar en un trabajo de introspección, de búsqueda, e intentar renovarnos día a día. No importa haciendo qué, eso será cuestión de las cosas pendientes que todos tenemos y no debemos desistir, pero sí hacer y proponernos cosas nuevas.

Siempre hay algo por hacer, por descubrir, por aprender, estamos a tiempo de cambiar, de ver las cosas con una perspectiva diferente. Es aquí y ahora dónde estamos viviendo, en nuestro tiempo presente, y no lo debemos desaprovechar, el tiempo es muy valioso, pasa rápidamente y nunca se detiene.

Y entonces pendiente es no acostumbrarnos a ver con frialdad lo que sucede, detenernos y conmovernos cuando sea necesario, pues de lo contrario nos hemos robotizado en un mundo electrónico al cual pertenecemos, pero del que no descendemos.

Finalmente, no permitamos nunca dejar de asombrarnos, de sorprendernos, de estar dispuestos a seguir la búsqueda. Porque si nos dejamos secar como las hojas de los árboles, o cocer en vida como la rana, entonces nuestros días realmente no tienen demasiado sentido. Y no vale la pena desaprovechar ni un solo minuto, aunque existen vivencias y momentos sumamente complicados, siempre es posible ver la luz.

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