lunes, 24 de mayo de 2021

DE REGRESO AL ÚLTIMO BASTIÓN


En una suerte de cuento de ciencia ficción la Humanidad entera se ha internado en un cuento al mejor estilo de Ray Bradbury, en el que tomar distancia, utilizar tapabocas, y alejarse lo más posible de todo individuo que camina se ha convertido en una realidad que desgasta y asfixia.

Un año atrás reflexionaba acerca de ese último bastión, en el que hemos tenido el privilegio de sentirnos protegidos, aislados y seguros, que con el correr de esta pandemia los expertos han decido denominar la cabaña, y por allí circula un mito en el que el Síndrome de la cabaña, se hace cada vez más frecuente, y habrá que ver si decidimos abandonarla en alguna circunstancia.

Desde el momento que ha fue declarada la Pandemia, en marzo de 2020 la vida del Planeta se vio convulsionada, hábitos, costumbres, rutinas fueron desterradas de un plumazo, el trabajo mermó, el hambre se instaló en muchos hogares, y la inmensa desolación por la pérdida de millones de seres humanos nos ha dejado un inmenso agujero en el corazón.

De alguna forma vuelvo a lo que compartía un año atrás, nuestras raíces se resquebrajan, el humo tapa la visión, mientras las llamas se esparcen, se avivan las pasiones, anestesiados y escépticos nos movemos por la calle de la desolación. Aquel bastión en el que residía la tranquilidad y la calma se aleja como un oasis en el medio del desierto. Sin embargo, cabe destacar que la Humanidad entera ha depositado la esperanza en las vacunas, cosa que aún no hemos visto su resultado, estamos ansiosos a la espera de sus efectos.

Nada está muy claro sobre lo que vendrá después, cada día que transcurre nos alejamos de ese bastión en el que nos criamos y crecimos confortables, sin preocupaciones disfrutando de la niñez y la algarabía de la vida. Ojalá los más pequeños transiten estos momentos de manera que no queden secuelas en ellos, porque la niñez es una etapa muy tierna y sagrada, sobre la que se eleva el ser que vamos construyendo lentamente. Ojalá no dejemos de sonarle la nariz al hijo del vecino, o de dar esa taza de azúcar o de harina que le faltó a doña María, o de barrer la vereda con entusiasmo… porque nuestros mejores hábitos parecen también haber quedado detenidos producto de este virus detractor.

El día después aún no está nada claro, ni cómo llegará, ni cómo lo lograremos, pero lo que más me preocupa es cómo saldremos parados emocionalmente después de todas estas restricciones y barreras y obstáculos para luchar contra el virus

Y finalizo con las palabras del escritor Eduardo Callaey “Y un día me di cuenta de que todo aquel mundo en el que había crecido estaba sitiado. Que todo lo bueno, lo bello y lo sagrado se estaba apagando en medio del desinterés, la desidia, o simplemente la ausencia de sentido. Con el tiempo descubrí que había otros como yo y decidí resistir con ellos desde el último bastión”, y desde allí desde ese último bastión es que hoy los invito a no darnos por vencidos y a seguir el camino.

Andrea Calvete