lunes, 11 de enero de 2021

EL ÚTLIMO BASTIÓN- Parte II


Nuestras raíces se resquebrajan, el humo tapa la visión, mientras las llamas se esparcen, se avivan las pasiones, anestesiados y escépticos nos movemos por la calle de la desolación. Aquel bastión en el que residía la tranquilidad y la calma se aleja como un oasis en el medio del desierto. 

¿Cuáles son los sentimientos que han aflorado con toda esta pandemia? ¿Nos han servido para acercarnos a los demás, o para alejarnos cada vez más en esas burbujas tan indicadas, pero a su vez tan peligrosas?

En la medida que pasan los días una enmarañada suerte de desánimo contagia el aire, mientras los tapabocas parecen ser los salvadores de una historia de ciencia ficción. Pero, es la realidad, es este presente sin pie ni cabezas que estamos viviendo.

Guardar distancia del otro es lo que aparentemente nos salvará. Ahora me pregunto esa distancia se acortará en algún momento, porque ya estábamos bastante distantes antes de que todo esto ocurriera, cabe entonces analizar si no se ensancharán las brechas.

Nada está muy claro sobre lo que vendrá después, cada día que transcurre nos alejamos de ese bastión en el que nos criamos y crecimos confortables, sin preocupaciones disfrutando de la niñez y la algarabía de la vida. Ojalá los más pequeños transiten estos momentos de manera que no queden secuelas en ellos, porque la niñez es una etapa muy tierna y sagrada, sobre la que se eleva el ser que vamos construyendo lentamente. Ojalá no dejemos de sonarle la nariz al hijo del vecino, o de dar esa taza de azúcar o de harina que le faltó a doña María, o de barrer la vereda con entusiasmo… porque nuestros mejores hábitos parecen también haber quedado detenidos producto de este virus detractor.

El día después parece estar más cercano con la vacuna, pero preocupa muchísimo cómo saldremos parados emocionalmente después de todas estas restricciones y barreras para luchar contra el virus.

El otro día me puse a mirar detenidamente el estacionamiento del supermercado, me sentí que ingresaba en un libro de Ray Bradbury. Personas enmascaradas detrás de sus tapabocas, con tatuajes en brazos y piernas, rápidamente ingresé en “El hombre ilustrado” un hombre con el cuerpo lleno de tatuajes, pero no tatuajes corrientes sino tatuajes asombrosos y mágicos, percibí ese instante en donde la realidad y la ficción que se tocan, y lo incierto se instala como si la arena movediza nos atrapara. Fue como revivir un capítulo de Black Mirror, extraño, pero estamos parados al borde de un abismo.

Quien me inspiró estas palabras de reflexión ha sido el escritor Eduardo Callaey: “Y un día me di cuenta de que todo aquel mundo en el que había crecido estaba sitiado. Que todo lo bueno, lo bello y lo sagrado se estaba apagando en medio del desinterés, la desidia, o simplemente la ausencia de sentido. Con el tiempo descubrí que había otros como yo y decidí resistir con ellos desde el último bastión”

Aquel bastión en el que residía la tranquilidad y la calma se aleja como un oasis en el medio del desierto, con mucha paciencia seguramente lo lograremos. “La paciencia es un árbol de raíz amarga, pero de frutos muy dulces”, y esa raíz es amarga porque hay que saber escuchar, observar, callar, comprender, hasta poder ponernos en el lugar del otro, de ese modo surgirán los frutos dulces, la recompensa, y tendrá lugar la tolerancia.

Andrea Calvete