jueves, 30 de abril de 2020

AMBIVALENCIA

Quizás la ambivalencia de vivir juntos y separados, hiperconectados y desvinculados, vivos y muertos, cerca y lejos, sea parte de la misma paradoja que la vida nos propone al enfrentar nuestra propia dualidad. Sin embargo, con cada paso que damos a través de esa conexión dual, estamos más cerca de solidificar esa liquidez para llegar al todo, y así dar un sentido verdadero en este devenir fluctuante que espera de nosotros la respuesta.

En esta modernidad líquida donde todo va perdiendo solidez, aún quedan quienes luchan por sus utopías, o por sus anhelos mustios y oxidados, porque aún flamean, mientras el latido agónico del amor pretende sobrevivir, ya que pese a todo es más fuerte e intentará hacer brillar una mirada o palpitar un pecho cuando su mano se extienda.

La modernidad líquida nos envuelve, y nos paramos frente a un mundo en que los paradigmas parecen desmoronarse. Mientras la tecnología avanza nos escondemos detrás de los monitores esperanzados que algún momento se humanicen. Hoy más que nunca necesitamos el contacto con el otro, ese contacto físico tan necesario en el que una mirada puede algunas veces más que mil palabras, o un apretón sincero o abrazo llenan nuestro corazón abatido.

Estamos hartos de emoticones y caritas que expresan sentimientos, motivaciones y deseos, necesitamos de ese café cara a cara, de esas largas charlas hasta que ardan las velas.

Si bien vivimos encerrados en nuestras pequeñas burbujas, apartados y casi recluidos, aún existen nexos que nos permiten sentirnos vivos, queridos y necesarios, porque por más que la incertidumbre nos sacuda y el desánimo nos despeine, en lo más profundo de nuestro ser habita un don divino que es capaz de despertar, siempre que estemos abiertos a la vida y al devenir, al cambio y la posibilidad de seguir avanzando y vibrando en armonía y sintonía con lo mejor de nosotros.

Quizás la ambivalencia de vivir juntos y separados, hiperconectados y desvinculados, vivos y muertos, cerca y lejos, sea parte de la misma paradoja que la vida nos propone al enfrentar nuestra propia dualidad. Sin embargo, con cada paso que damos a través de esa conexión dual, estamos más cerca de solidificar esa liquidez para llegar al todo, y así dar un sentido verdadero en este devenir fluctuante que espera de nosotros la respuesta.

Andrea Calvete








sábado, 25 de abril de 2020

CONSTRUYENDO UNA NUEVA NORMALIDAD

Construyendo una nueva normalidad, “building a new normal”, es la consigna desde comienzos de marzo en Estados Unidos y diferentes partes del mundo ¿Cabe preguntarnos qué es la normalidad en nuestros días, en esta contemporaneidad que nos ha dejado encerrados, aislados, a un metro y medio de distancia?

Y los diferentes gobiernos ya está trabajando en esta “nueva normalidad”. Una “normalidad” impuesta por una pandemia que nos tiene contrariados, afligidos, disgustados, presos, aislados, temerosos, fuera de nuestras actividades, alejados de nuestros afectos, en medio de una gran crisis económica. Nuestras posibilidades se tambalean y nuestro ánimo también.

¿Nos adaptaremos a la “nueva normalidad”? Dice un viejo dicho “no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista” y seguramente nos adaptaremos, pero nos preguntamos: “¿Cuáles serán las consecuencias de todo lo que estamos viviendo, de esta pesadilla salida de uno de los mejores cuentos de ficción?”

Si bien las interrogantes nos interpelan constantemente, se contraponen nuestros deseos por volver nuestros días como siempre, aunque sabemos que eso no será posible. Sin embargo, en nuestros ratos de evasión, soñamos, viajamos, recorremos aquellos estantes en los que no habíamos sido contaminados por estos días de pandemia.

Por otra parte, al leer las noticias observamos “casos”, “número de contaminados”, “número de muertos”, y se nos pone la piel de gallina al ver que somos tratados como números de una infame historia, ¿acaso se olvidan de que son vidas, sufrimiento, dolor y muerte la que rodea a toda esta durísima situación? Cuando leemos estas expresiones se entremezcla una suerte de egoísmo, porque es al otro al que le pasa, aún no me ha pasado a mí, pero nadie está a salvo en esta pandemia.

Y así andamos con tapabocas, desinfectándonos las manos y todo lo que está a nuestro alcance, con temor a cruzarnos con alguien que tosa, es que vemos en el otro a un enemigo potencial… es muy triste lo que genera este Covid- 19. Sin embargo, no dejo de reconocer que hay mucha gente que se ha solidarizado con los que sufren, están enfermos y necesitados, quizás esta sea la parte que nos de un poco de luz a este “cuento de ciencia ficción” que estamos protagonizando día a día.

En esta “nueva realidad”, espero encontrar algo bueno, positivo …, les soy sincera me está costando mucho, pero no me daré por vencida, mientras tanto nos iremos gradualmente adaptando a lo que esta pandemia ha querido cambiar muy a nuestro pesar, y no tendremos más remedio que aceptar con paciencia, pero no con resignación. Resignarnos significa casi darnos por vencidos, creo que debemos aceptar lo que sucede, pero poner cada uno nuestra cuota de creatividad, de ingenio y de ilusión, es decir repensarnos y redescubrirnos ante lo que vivimos día a día.

Andrea Calvete




jueves, 23 de abril de 2020

HIJOS DEL VIENTO

Los hijos del viento brillan a través de sus mentes, se elevan con las alas de ilusiones iluminados por su creatividad e inteligencia. Están convencidos de que todo y nada son dos vocablos efímeros, mientras que siempre y nunca se escurren como arena entre las manos. La certeza los sorprende, la incertidumbre los acaricia, y un halo de misterio los acompaña dispuestos a dejarse maravillar por el nuevo día.

Surgen con ellos el aleteo de la libertad, los cielos de estrellas y los horizontes llenos de utopías. Los colores infinitos de las ideas, los sabores especiales de las noches de luna llena, los atardeceres de esperanzas naranjas, y los lilas de los sueños los cincelan. Así nacen los hijos del viento.

Con su halo enigmático el viento llega sin anunciar, “sopla de donde quiere lo escuchamos pasar, no sabemos de dónde viene ni a dónde va”. Del mismo modo, nos invita a ser libres más allá de nuestro origen o destino, nos permite unirnos a esos hijos que recolecta en su camino.

Hay quienes lo sienten pasar y se niegan a dejar que su aire los purifique, o que su brisa los acaricie, o simplemente no se dejan despeinar por su imprevista llegada. Sorprenderse gratamente por su arribo es como renacer en un día de primavera.

Los que no se amarran o se esclavizan son hijos del viento, de su tiempo volátil, de su aleteo extenso, de sus pupilas brillantes y de sus ojos bellos. Como sus descendientes saben honrar el vuelo, para elevarse lento y divisar que es posible un preciado universo.

Los hijos del viento no se prohíben los sucesos, pues es en ellos está la decisión, el camino a seguir por propio convencimiento. Cabalgan por las orillas de las olas que rompen fervorosas en las doradas arenas. El tiempo no los retiene, descalzos caminan sobre distintos suelos, nada los ata o aprisiona, si hacen una pausa la disfrutan porque conciben la vida como una celebración.

Quizás todos seamos hijos del viento, semilla de su vuelo y aroma de su esencia, de ese planear por nuevos cielos sin barreras.

Somos hijos del viento, y así brillamos a través de nuestras mentes, nos elevamos con las alas de las ilusiones, iluminados por la creatividad e inteligencia. Convencidos de que todo y nada son dos vocablos efímeros, mientras que siempre y nunca se escurren como arena entre las manos. La certeza nos sorprende, la incertidumbre nos acaricia, y un halo de misterio nos acompaña dispuestos a dejarnos maravillar por el nuevo día.

Llegamos desnudos al mundo pero no en forma literal, porque venimos determinados por nuestros genes, por lo que de alguna manera nuestras familias han determinado, por el nombre que nuestros padres han elegido, por el colegio al que asistiremos y por la educación que recibiremos.

Algunos en esa suerte de determinismo el ser hijos de alguien “conocido o prestigioso” le trae muchos dolores de cabeza. Así en principio tratan de asemejarse lo más posible a ese progenitor, pero cuando no lo hacen entonces pretenden despegarse y hacer su camino, aunque muchos no lo logran y siguen siendo los “hijos de”

Sin embargo, somos todos somos “hijos de”: hijos del viento, del paso de la historia, de nuestros antecesores y de nuestros padres. De alguna manera todo va sumando en lo que somos y también nos va determinando, de allí el trabajo personal y constante por esculpirnos conforme a nuestras creencias, convicciones y sentimientos profundos, fieles a lo que deseamos y anhelamos ser, más allá de lo que alguna manera venimos determinados.

Me pongo a pensar y también he determinado a mis hijos, desde luego con el afán de que fueran personas plenas y satisfechas, como seguramente lo han hecho mis padres… sin embargo, esa suerte de determinismo me pesa en los hombros, y la historia vuelve a repetirse.

Lograr despegarnos de lo que nos ha determinado, no es tarea sencilla porque en ese paquete se mezcla lo que hemos adquirido, incorporado y también elegido. La misma naturaleza también nos determina lugares más cálidos, más fríos, más o menos reconfortantes donde vivir y llevar al cabo nuestros días.

Somos hijos del viento, y así brillamos a través de nuestras mentes, nos elevamos con las alas de las ilusiones, iluminados por la creatividad e inteligencia. Convencidos de que todo y nada son dos vocablos efímeros, mientras que siempre y nunca se escurren como arena entre las manos. La certeza nos sorprende, la incertidumbre nos acaricia, y un halo de misterio nos acompaña dispuestos a dejarnos maravillar por el nuevo día.

Andrea Calvete

miércoles, 22 de abril de 2020

ATRAPADOS ENTRE PALABRAS

La palabra un instrumento que puede llegar a esclavizarnos o a liberarnos. Así algunos vocablos buscan desesperadamente materializarse, y otros inoportunos llegan cuando menos los esperamos, atrapados entre lo dicho y lo no dicho, entre lo supuesto y lo ocurrido, nuestra vida transcurre deseando ese punto en el que las palabras logren una armonía.

Algunas veces las palabras saben a poco, porque no expresan lo que desearíamos oír, otras están ausentes, mientras las verborrágicas se aligeran a salir sin pensar demasiado.

Pero no faltan las que quedan mudas, nos ensordecen con su falta de expresión. Entonces nos preguntamos ¿por qué callan, por qué fueron silenciadas? Nuestra mente un gran instrumento capaz de disponer qué recordar, callar o aquietar, aunque no siempre somos conscientes de ello. Por momentos, nos encontramos atrapados entre palabras sin sentido, pero en el fondo sabemos que lo tienen.

Entre los recovecos de las letras las palabras se deslizan, ponen su acento en determinados asuntos, dejando otros para cuando sea el momento más oportuno.

Algunas palabras tienen el don de enredar, otras de difamar, herir, o anudar las situaciones hasta hacerlas insostenibles.

Las palabras como balas se alojan en lugares de difícil acceso, se instalan dolorosas, molestas, se retuercen entre nuestro cuerpo, mientras pretendes con un plumazo borrar de todo ese dolor como si nada hubiese sucedido.

No me engañan tus halagos desmedidos, tus ponderaciones, que pretenden borrar con el codo lo que manifestaste en pleno uso de tu razón. Dicen que las palabras se la lleva el viento, pero algunas tienen ese don de quedar más grabadas que otras, de esconderse en esos rincones de difícil acceso, y allí están recordando por momentos ese desafortunado instante en el que decidiste dispararlas.

Ese disparo ha hecho perder mi confianza, ese lazo que parecía indestructible ha quedado cortado, resquebrajado por la desilusión, por el descubrimiento de un ser muy diferente al que creía que eras, pero que sin embargo estaba allí realzando a tu verdadero yo.

Tomo un bisturí e intento extirparla, con mucho pulso y precisión, con la valentía entre mis manos me pongo en marcha, dispuesta a que se produzca el sano proceso de cicatrización, en el que la herida lentamente cierra.

Es así que cuando intentamos revertir algún acto y cambiar la actitud hacia una persona, es importante no olvidar que algunas palabras suelen tener el efecto de las balas una vez que se dicen no tienen marcha atrás, porque fueron disparadas con una intensidad y una fuerza irreversible. También cuando esas palabras lastiman, dañan o perjudican no son tan fáciles de solucionar con una simple sonrisa y un cambio de actitud.

Tantas veces no llegamos a dimensionar el daño que pudimos ocasionar a alguien a través de nuestros dichos, o palabras, que quizás no hayan tenido ese destino, pero sin embargo han llegado a su receptor y lo han molestado, dañado o incomodado. Es así que cuando nos damos cuenta de ello, intentamos revertir lo sucedido, pero no siempre es posible. De alguna manera, vivimos atrapados entre palabras.

Andrea Calvete

sábado, 18 de abril de 2020

AL ENCUENTRO DE UN RINCÓN


Me recuesto en un rincón especial, en compañía de un té disfruto los perfumes de la tarde, los ruidos de las inmediaciones. Me dejo abrazar por la brisa y el cielo celeste, los colores, aromas y sabores del otoño, que despiertan mis sentidos y me distiendo.

Ese rincón especial está al alcance de todos, es ese lugarcito del hogar, del balcón o de una habitación en el que nos permitimos ser.

El simple hecho de abrir una ventana y dejar que el aire y el sol la atraviesen es una inmensa bendición, que seguramente hasta ahora no la valorábamos debidamente, pero estos días nos han permito gozar de “aquellas pequeñas cosas” como diría Serrat.

En ese rinconcito especial, podemos disfrutar de una taza de té o de café, o de un mate bien amargo, en silencio o compañía de una linda música, abiertos a los perfumes y colores de la naturaleza, a la belleza de ese momento en el que decidimos premiarnos, mimarnos hacer esa pausa tan merecida y deseada, dejando las preocupaciones de lado, y las prisas para después.

En este rincón podemos permitir que los ocres, rosas y naranjas se unan a pálidos celestes pasteles, para deleitar nuestras pupilas con una fiesta de colores, donde las nubes blancas se tiñen de las tonalidades del atardecer con un ritmo lento y sugestivo.

En la medida que vamos disfrutando de este espacio, va cayendo la tarde, y aparecen los grillos y luciérnagas que iluminan como luces intermitentes los rincones más oscuros.

Las fragancias de las flores impregnaron el aire de frescura y paz, así en compañía de nuestro mate o café logramos desconectarnos de todo lo que le nos preocupa, para estar allí con nosotros mismos, disfrutando de nuestro yo más profundo.

Unos minutos de relax en un lugar en el que nos sintamos a gusto es un privilegio para nuestros sentidos, para poder dejar atrás por unos instantes los problemas, para que la mente logre trascender lo superfluo y conectarse con lo profundo e interno.

Así un atardecer puede ser un lugar lleno de paz y armonía, bajo un cielo cargado de estrellas que empiezan a apoderarse de toda su superficie para dar cabida a la noche que está por llegar.

Pero más allá, del momento en el día, ese rinconcito especial en el que escribimos, pensamos, pintamos, leemos, o simplemente nos distendemos, tiene esa particularidad que nos deja ser y estar en paz y en armonía, de modo de hallar ese equilibrio por momentos tan necesario, pero a su vez tan lejano.

Me recuesto en un rincón especial, en compañía de un té disfruto los perfumes de la tarde, los ruidos de las inmediaciones. Me dejo abrazar por la brisa y el cielo celeste, los colores, aromas y sabores del otoño despiertan mis sentidos y me distiendo.

Andrea Calvete








EL ÚLTIMO BASTIÓN

Nuestras raíces se resquebrajan, el humo tapa la visión, mientras las llamas se esparcen, se avivan las pasiones, anestesiados y escépticos nos movemos por la calle de la desolación. Aquel bastión en el que residía la tranquilidad y la calma se aleja como un oasis en el medio del desierto

En la medida que pasan los días una enmarañada suerte de desánimo contagia el aire, mientras los tapabocas parecen ser los salvadores de una historia de ciencia ficción. Pero, es la realidad, es este presente sin pie ni cabezas que estamos viviendo.

Guardar distancia del otro es lo que aparentemente nos salvará. Ahora me pregunto esa distancia se acortará en algún momento, porque ya estábamos bastante distantes antes de que todo esto ocurriera, cabe entonces analizar si no se ensancharán las brechas.

Nada está muy claro sobre lo que vendrá después, cada día que transcurre nos alejamos de ese bastión en el que nos criamos y crecimos confortables, sin preocupaciones disfrutando de la niñez y la algarabía de la vida. Ojalá los más pequeños transiten estos momentos de manera que no queden secuelas en ellos, porque la niñez es una etapa muy tierna y sagrada, sobre la que se eleva el ser que vamos construyendo lentamente.Ojalá no dejemos de sonarle la nariz al hijo del vecino, o de dar esa taza de azúcar o de harina que le faltó a doña María, o de barrer la vereda con entusiasmo… porque nuestros mejores hábitos parecen también haber quedado detenidos producto de este virus detractor.

El día después aún no está nada claro, ni cómo llegará, ni cómo lo lograremos, pero lo que más me preocupa es cómo saldremos parados emocionalmente después de todas estas restricciones y barreras para luchar contra el virus.

Muy atinadas las palabras del escritor Eduardo Callaey “Y un día me di cuenta de que todo aquel mundo en el que había crecido estaba sitiado. Que todo lo bueno, lo bello y lo sagrado se estaba apagando en medio del desinterés, la desidia, o simplemente la ausencia de sentido. Con el tiempo descubrí que había otros como yo y decidí resistir con ellos desde el último bastión”

Nuestras raíces se resquebrajan, el humo tapa la visión, mientras las llamas se esparcen, se avivan las pasiones, anestesiados y escépticos nos movemos por la calle de la desolación. Aquel bastión en el que residía la tranquilidad y la calma se aleja como un oasis en el medio del desierto, con mucha paciencia seguramente llegaremos porque dice un viejo dicho italiano que “piano piano se va lontano”

Andrea Calvete

sábado, 11 de abril de 2020

EL ÁRBOL DEL CORAZÓN

El árbol del corazón tiene la nobleza de ser genuino, ninguna desesperanza lo detiene, o ingratitud lo quebrante, él sigue latiendo a su ritmo, para generar nuevas hojas de ilusión impregnada de los aromas más sutiles y los colores más bellos que estén a su alcance.

Las ilusiones perdidas se desprenden del árbol del corazón, quedan así en el piso, mientras quienes caminan las pisan sin saber realmente el dolor que nos causan. A su vez nosotros pisamos las ilusiones desprendida de otros corazones que al igual que nosotros se dejan llevar por la desesperanza de haberlas dejado atrás.

Tanto se pierde en la vida, pero como contrapartida se gana. Cada ilusión que se desvanece tiene como resultado otra nueva ilusión que aparece para iluminar nuestro día, pero se torna realmente difícil cuando quedamos en blanco a la espera de que una nueva ilusión aparezca o ilumine nuestro camino, porque nos hallamos a la deriva sin saber muy bien para dónde agarrar.

Sentimos que no habrá un después, se deshilachan las ilusiones como un vuelo inconcluso. Se visten de ocres las tardes en un desesperado intento porque algún naranja aparezca.

Sin embargo, al mirar con detenimiento esas ilusiones que se han desprendido del corazón alcanzamos a percibir esos naranjas que aún permanecen en la acera, entonces comienzan a iluminarse nuestras pupilas esperanzadas, porque que se asoma un brillo esperanzador que llega del árbol del corazón.

“Hojas del árbol caídas, juguetes del viento son. Las ilusiones perdidas, ¡ay!, son hojas desprendidas del árbol del corazón” nos dice José de Espronceda

El árbol del corazón tiene la nobleza de ser genuino, ninguna desesperanza lo detiene, o ingratitud lo quebrante, él sigue latiendo a su ritmo, para generar nuevas hojas de ilusión impregnada de los aromas más sutiles y los colores más bellos que estén a su alcance.

Andrea Calvete  




POEMA DE ABRIL

Dos palabras se unen sin saberlo, se dejan embriagar por su misterio bajo un cielo celeste y despejado, quieren ser poema de este abril que abriga con su canto.

Perfumadas de ocres, se toman de la mano y caminan con discreción y elegancia. No se detienen porque saben que el invierno pronto las alcanzará, no quieren perder el seductor encanto del otoño.

Los pájaros revolotean diáfanos, la espuma blanca de las olas rompe en la paz de la mañana. Ellas caminan descalzas por la orilla del mar, se detienen y se besan apasionadamente, para vibrar como nunca lo han hecho. Hechizadas por el tibio aire de abril continúan absortas.

Los vaivenes de las olas son perfectos, es que abril hace del mar una sinfonía armoniosa de azules de cobalto, entre sepias infinitos. Los aromas se entremezclan con el rocío de las hojas que comienzan a caer y poblar las veredas como alfombras suaves y amarillas. En este escenario se dan todas las condicionantes para que estas dos palabras se amen con locura.

La lluvia de abril también suele ser diferente, se llena paz y de tranquilidad, es un remanso para los recuerdos, gotas doradas bañan la quietud que se inspira mientras en un charco se espejan dos pájaros en su nido. Entre recuerdos y anécdotas caminan abrazadas bajo su paragua, mientras la risa las acompaña.

Con ritmos tibios y suaves llega abril, para bailar entre la magia y el encanto de sus nubes pomposas y esfumadas. Sus silvestres perfumes y sus mentolados sabores se pierden en los rosas pálidos que entrecierran sus ojos con aire somnoliento. El sol a través de su alquimia se perfila y conquista en cada rayo a quien se anima a disfrutar de sus mágicos escenarios. Las dos palabras se sienten las protagonistas del más hermoso cuadro realizado hasta el momento.

El aire encantado las perfuma cada amanecer lleno de sonidos delicados y envolventes, en el que lentamente se desojan los deseos hasta encontrarse con ese palpitar a punto de perderse. Ellas continúan felices porque quieren ser poema de este abril que abriga con su canto.

Andrea Calvete







lunes, 6 de abril de 2020

UNA CARTA AL OLVIDO

No sé si llegara a tiempo esta carta, pero al menos haré el intento. Creo que se unirán unos cuantos, a mis palabras, de modo que la energía puesta en estas líneas se hará potente y será parte de una enorme egrégora.

Te molestamos a diario pidiendo olvidar lo que nos disgusta o amarga. Hoy, sin embargo, no se trata de borrar de un plumazo lo que sucede porque sabemos que estaría lindando en la utopía, pero sí que contribuyas a borrar tanto sufrimiento, desesperanza y desánimo.

Un gran aliado en esta carta es la gratitud. Ella agradece todo lo que sucede porque sabe que detrás de cada cosa que pasa siempre hay algo que nos enriquece y nos ayuda a crecer. Nosotros intentamos acompañarla, pero no es fácil seguirle el paso, va muy decida y nada la quebranta, como entenderás algunos nos vamos cayendo por el camino, otros tenemos que tomar asiento para respirar y descansar, y otros ya no le podemos seguir el paso.

Como verás las cosas están complicadas, por eso está en ti colaborar para borrar tanto sufrimiento en la faz de la tierra, desde luego te ofrecemos nuestras manos para colaborar en lo que haga falta. Estamos acompañados también por la solidaridad sentimiento que nos ayuda a vibrar en conjunto y armonía.

Por favor deja en nuestra memoria lo mejor de nosotros, lo que nos permita ser luz, hay mucha oscuridad en estos momentos. Desde luego estamos impulsados también por la empatía, gran aliada cuando se trata de ponernos en la piel del que tenemos al lado.

No quisiéramos ocupar más tu tiempo, debes estar saturado de pedidos, finalizamos agradeciéndote que hagas lo que esté a tu alcance, nosotros desde ya contamos también con nuestra amiga resiliencia, ella nos ha enseñado que lo que no te mata te fortalece, así que vamos por buen camino.

Gracias y esperamos que borres las imágenes duras que estamos viviendo, para así continuar fortalecidos.

Andrea Calvete




sábado, 4 de abril de 2020

CUANDO NADA ESTÁ CLARO

Cuando nada está claro se buscan respuestas, se escatiman sílabas, se piden prestados versos, canciones, se buscan colores, sonidos y formas… pero todo parece dirigirse en un sentido incomprensible.

Los días buscan pararse como siempre, sin embargo, no los tomamos tan a la ligera, y todo parece sentirse y apreciarse mejor. Los pinos perfuman las mañanas, el otoño sabe como nunca a lavandas y romeros en flor.

A pesar de que día a día todo se torna tan incomprensible, lo que si nos queda claro es lo que hasta ahora no habíamos valorado, o habíamos pasado por alto. Surge esa dicotomía de ser y no ser, de estar y no estar, de querer y no querer… es que todo lo que queremos en estos días aparece esa disyuntiva. Y no es la primera vez en la que nos enfrentamos a ella, pero hoy nos acorrala en un rincón y nos pide que actuemos con precisión, porque cualquier falla puede llegar a ser irreparable.

Cuando nada está muy claro se buscan respuestas, y de repente nos tropezamos con viejos estantes olvidados en donde las palabras desgastadas por el tiempo se deshilachan, mientras intentamos emitir una frase coherente. Es que la coherencia ha salido de paseo y pocas veces la encontramos en estos días.

A pesar de que día a día todo se torna tan incomprensible, los afectos se vuelven un tesoro que nos da luz y fuerzas. Nuestros ojos se deslizan para mirar como nunca, para ver la belleza que habita en la propia naturaleza y que apenas reparábamos en ella.

Cuando nada está muy claro se buscan respuestas, se escatiman sílabas, se piden prestados versos, canciones, se buscan colores, sonidos y formas… pero todo parece dirigirse en un sentido incomprensible. Sin embargo, en la medida que pasan los días nos va quedando claro que es lo que realmente es valioso en nuestras vidas.

Andrea Calvete




miércoles, 1 de abril de 2020

SIEMPRE HAY UN MOTIVO

Hoy por hoy los motivos parecen alejarse, desdibujarse en torno a situaciones confusas. La incertidumbre se entremezcla y así las motivaciones parecen distanciarse de nuestra vista. Sin embargo, parafraseando a Eladia Blázquez “siempre hay un motivo, si encuentras el modo de sentirte vivo, a pesar de todo”

El motivo es lo que nos impulsa a hacer, a proyectarnos a movernos. Pero no siempre tienen el fin de ser alcanzados, sino que nos sirven como puntos de partida, de esta forma parecen convertirse en algo secundario, aunque en el fondo continúan siendo enorme disparadores.

Los motivos suelen perder fuerza cuando las explicaciones se hacen complejas, cuando las desilusiones nos acechan o las ingratitudes nos visitan.

En estos días los motivos parecen evanecerse, frente a un montón de interrogantes, de preocupaciones y de inestabilidad. Sin embargo, hay un gran motivo que nos impulsa que es el estar vivos, a pesar de los problemas o contratiempos que podamos estar enfrentando.

Dice un viejo proverbio: “Quien quiere hacer algo encuentra un medio, quien no quiere hacer nada encuentra una excusa” Así los seres humanos motivados por hacer o no hacer nos conducimos y tomamos decisiones diariamente.

Hoy más que nunca es importantísimo encontrar ese motivo que nos dé un empujoncito, para que no se apague esa chispa de vida que nos mantiene encendidos para continuar con fe y esperanza.

Si estamos dispuestos a encontrar motivos debemos dejar de lado la queja, la crítica y la envidia. La queja no es productiva, estanca nuestra energía, por lo tanto, proponer para cambiar lo que no nos gusta. La crítica para que sea efectiva tiene que traer aparejado opciones o alternativas. La envidia en un sentimiento que corroe el alma genera infelicidad e insatisfacción para quien la padece. Por lo tanto, ninguno de estos sentimientos es bueno si deseamos que nuestra energía fluya para entonces sentirnos motivados.

Siempre hay un motivo para continuar caminando, para descubrir lo mejor de cada uno de nosotros, pues lo que motiva nos mueve y nos da impulso vital, en estos momentos más que imprescindible.

Andrea Calvete